Mariana Cifuentes sueña con alcanzar la Selección Colombia de Voileibol

31 de Marzo de 2026 10:00

Por: Sophia Daniela Carbonó Vizcaíno

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A las cinco y media de la mañana, Mariana Cifuentes Castaño ya está de pie. Empieza otro día con cinco horas de entrenamiento entre colegio, gimnasio y voleibol. Mientras otras adolescentes de su edad piensan en el plan del fin de semana, ella se mentaliza en el saque que va a dirigir o el bloqueo que va a realizar en cada partido. En su cabeza los puntos se juegan antes que el juez pite.

“Soy Mariana Cifuentes, tengo 16 años”, dice con sencillez. Es alta, morena, pelinegra. Le gusta escuchar música, ver series, salir con sus amigas. Desde que le dijeron que probara el voleibol en el colegio, cuando tenía 13 años, este deporte se convirtió en el centro de su vida.

Lo primero que la enamoró no fue un trofeo ni una medalla, sino la idea de trabjar en equipo. 

“Ningún punto se gana solo”, explica. En la cancha descubrió que el voleibol no es solo potencia física, sino, como lo dice ella, es algo muy mental. “No solo se trata de ser talentoso, es saber levantarse después de cada punto”. Ahí entendió que el verdadero partido se juega en la cabeza.

Su rutina diaria no tiene descanso. Entrena una o dos horas en el colegio, luego pasa dos horas en el gimnasio y otras dos con un entrenador personalizado que hace parte de la Selección Colombiana y ecuatoriana de voleibol. 

“Son días muy duros”, admite, pero cuando el cansancio le pesa, siempre piensa en el futuro: en la beca deportiva que quisiera ganarse para estudiar en el exterior y en llegar a jugar en ligas mayores como la italiana.

Mariana es parte de la Selección Bogotá de voleibol y una deportista de alto rendimiento. Ha disputado cuatro torneos nacionales en ciudades como Cartagena y Tunja. Hace unos meses viajó a Chile representando a Bogotá en un torneo organizado por FEVOCHI (Federación de voleibol de Chile) y regresó con el primer lugar. Además, hace un año fue seleccionada dentro de las tres mejores jugadoras de su categoría en Bogotá para un programa de la selección Colombia. 

“En todos los partidos siento muchas emociones, como, nervios, felicidad y preocupación, ya que hay equipos muy buenos y siempre siento esa responsabilidad de ganar, siempre doy mi 100% y mi equipo me hace sentir muy segura y eso me ayuda a manejar mis emociones”, confiesa, al reconocer que la administración de las emociones en una partida es fundamental. 

Pero no todo en el camino de Mariana ha sido disciplina y logros. Hubo un momento en el que pensó seriamente en dejar el voleibol. Sentía que, a pesar de entrenar todos los días, los resultados no llegaban y otras jugadoras parecían avanzar más rápido que ella. 

Esa sensación de estancamiento la frustraba y la llevó a cuestionarse si realmente tenía el talento suficiente para seguir. “Casi dejo el deporte”, recuerda. Fue, sin duda, el momento más difícil de su proceso. 

En medio de esas dudas, el apoyo de su familia fue clave. Su papá habló con ella y le recordó por qué había empezado a jugar y todo lo que había logrado hasta ese momento. También entendió que, en cada partido y entrenamiento, su familia siempre estaba ahí apoyando y creyendo en ella. Esa conversación y ese respaldo la ayudaron a seguir adelante. Hoy mira esa etapa como una prueba que la hizo más fuerte y le enseñó a no rendirse cuando las cosas se ponen difíciles.

Detrás de cada torneo, cada madrugada y cada caída, hay un equipo que no está en la cancha ni aparece en las planillas, pero juega todos los partidos con ella: su familia.

En casa, el voleibol no es solo suyo: es un asunto familiar. La noche anterior a un torneo, el ambiente cambia. Su hermano, Alexander Cifuentes, lo describe con orgullo: “Yo siempre la presumo con todos. No es para cualquiera poder decir que tu hermana ha llegado tan lejos”. Cuando la ve rematar y dejar a todos asombrados, siente “más que felicidad, orgullo”.

Su mamá, Ana Castaño, entendió que el voleibol no era un hobby el mismo año que Mariana lo probó. Desde entonces ha visto los sacrificios. “Es una niña muy sociable, le gusta salir, pero ha tenido que sacrificar un poco su vida personal y social”, dice. A veces no puede acompañarla a todos los torneos porque debe cuidar a la hermana menor, Alaia, pero la observa con admiración: “me siento orgullosa de la forma como lo ha llevado. Es una niña muy madura”.

El papá, Alexander Cifuentes, recuerda el primer entrenamiento en una cancha al aire libre. Desde entonces ha sido su voz más firme. “El alto rendimiento no es para todo el mundo”, le repite. Le habla fuerte porque entiende la exigencia. Para él, tener una hija en la selección Bogotá es “un orgullo muy grande”. Y si algún día piensa en rendirse, ya sabe que decirle: “que entrene fuerte, que no ‘afloje’.

Más allá del voleibol, Mariana es una niña tierna, responsable, amable, disciplinada y solidaria. Para sus amigas ella es ejemplo; muchas quieren llegar a donde ella está. Así lo cuenta Antonia Perdomo, compañera de Mariana: “Mari siempre está dispuesta a ayudarnos, incluso cuando algo le cuesta, su consejo con nosotras siempre es que nunca nos rindamos y trabajemos más que los demás.”

A corto plazo, sus metas son llegar a ser parte de la Selección Colombia de voleibol, participar en los torneos nacionales mayores y en los Juegos de la Juventud; seguir jugando en todos los nacionales de todas las categorías y, ante todo, que su talento llegue a ser reconocido en toda Colombia. 

Su mayor sueño no se limita a una medalla ni a una convocatoria; quiere ser ejemplo e inspiración. No quedarse solo con el voleibol, sino hacer algo más grande, algo que ayude a otras personas. Se ve en un futuro estudiando medicina, con especialización en neurocirugía, para poder ayudar a quienes más lo necesitan y aportar a la vida de otras personas.

Además, piensa en las niñas que sueñan con el alto rendimiento. No habla de talento, sino de constancia: “Que nunca se rindan y crean en ellas mismas, porque si se lo proponen lo lograrán”, dice, como si lo recordara también para sí misma. Sabe que el puesto no se hereda, se gana.

Para Mariana, el voleibol no es solo un deporte. Es el lugar donde ha aprendido a caer y levantarse, a trabajar en silencio y a creer en sí misma incluso cuando las cosas no salen bien. 

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