Habitar un territorio desde afuera

28 de Mayo de 2026 09:00

Por: Cortesía de Andrés Celis

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El exilio es un desgarro.

Es una presión constante en el pecho.

Es sentirse ahogado con una máscara de oxígeno puesta.

E. Andrés Celis R

Imagine que un día le despiertan y le dicen que debe dejarlo todo, su rutina, su familia, su gente. Cargar lo que pueda al hombro sin saber si algún día va a regresar; no por elección sino porque el riesgo de muerte no le deja otra salida. Llega a un país donde siente que no pertenece, un lugar que no siente suyo, con gente que no conoce y vulnerable ante una situación repentina.

Esta es la historia de Andrés Celis y la de miles de colombianos que tuvieron que dejar su tierra a causa del conflicto y la persecución.

A finales de septiembre de 2022, Andrés, quien soñaba con un país diferente, recogía su maleta tras el escáner de metales en el aeropuerto. No sentía emoción, solo ganas de llorar y una pregunta que no podía responder.

¿Por qué?

El “porqué” ocurrió meses atrás. Libros tirados en el piso, cosas sucias, puertas de par en par, una ventana abierta y comida regada por el piso. Un sábado 19 de febrero 2022. Al encontrarse con esta escena, Andrés supo de inmediato que no se trataba de un desorden cualquiera. Parecía un robo, sí, pero un robo con un objetivo claro.

Aunque faltaban varios objetos de valor, lo que buscaban era algo más importante. En una maleta había dos grabadoras que contenían testimonios de máximos responsables del conflicto, piezas fundamentales para construir el informe final de la Comisión de la Verdad. Entre los testimonios se encontraba el de Dairo Antonio Úsuga, alias “Otoniel”, en ese entonces el capo más buscado del país. La información allí contenida era un peligro para los poderosos vinculados al Clan del Golfo, una verdad que querían silenciar a toda costa.

Eduardo Andrés Celis Rodríguez, desarrolló esa mirada crítica cuando estaba en el Instituto Pedagógico Arturo Ramírez Montúfar (IPARM), el colegio de la Universidad Nacional. Fue allí donde nació un interés particular por lo que otros callaban. Su padre tenía una biblioteca con varios ejemplares sobre marxismo con este aprendizaje buscaba entender las causas estructurales del conflicto. Poco a poco fue construyendo una curiosidad profunda por comprender que detona la guerra en Colombia.

No solo quería conocer esas causas sino también entender el otro lado, el de los perpetradores, escuchar la versión de los actores armados y saber cómo ellos interpretan la guerra.

En Verdad Abierta nació ese Andrés que hoy conocemos. Allí realizó sus pasantías de Ciencia Política y durante seis meses cubrió las audiencias de las Autodefensas Campesinas de Magdalena Medio en el tribunal Justicia y Paz. Su trabajo tuvo buenos resultados y a partir de esa experiencia, inició una larga trayectoria de investigaciones sobre el conflicto armado colombiano.

Mientras trabajaba allí, colaboró con Óscar Parra, el creador de Rutas del Conflicto, un medio que nació con el objetivo de mapear las masacres ocurridas en el país. Proyecto que también incluía una sección que se llamaba Yo sobreviví, donde se publicaban relatos de las víctimas. Andrés impulsó este proyecto durante un año, mientras continuaba trabajando simultáneamente en Verdad Abierta.

Posteriormente, el Programa de Desarrollo de Naciones Unidas (PNUD), abrió una convocatoria para el lanzamiento de la Comisión de la Verdad. Andrés aunque no tenía una preparación tan extensa como la de otros postulantes, decidió presentarse. Realizo una buena entrevista y su experiencia en Verdad Abierta se convirtió en un valor agregado, pues ya tenía un trabajo directo con actores armados y experiencia investigando el conflicto.

Antes de que se creara formalmente la entidad, trabajó durante nueve meses en el periodo de alistamiento para la Comisión de la Verdad. Una vez constituida la institución, permaneció allí durante cuatro años.

La investigación sobre el robo tomaba rumbo. Dos policías llegaron al lugar.

—¿Qué fue lo que hizo anoche? ¿Qué le robaron?—pregunto uno de los policías.

—Unas grabadoras de mi trabajo —respondió Andrés.

—Según lo que vemos, eso fue que se metió un habitante de calle a robar para llevar esos objetos al mercado negro —aseguró uno de los policías.

Andrés no estaba muy convencido de ello y les pidió que llamaran a la Fiscalía para registrar como había quedado el apartamento.

El policía hizo dos llamadas.

—Eso se van a demorar en llegar. Mejor deje así —respondió.

Todos los investigadores mantenían la misma hipótesis, que un habitante de calle había entrado a robar.

Diez horas después del robo, tras revisar cámaras, tomaran huellas e investigaran la escena, le pidieron acceso a sus líneas de celular para saber los movimientos que había tenido la noche anterior.

Comenzó entonces una vigilancia extensa.

Un mes después del robo, Andrés decidió ir a trabajar en otra ciudad para despejar un poco la mente. Mientras disfrutaba del atardecer, lo abordaron tres personas por la espalda exigiendo que les entregara los celulares. A Celis se le hizo extraño que supieran que tenía dos, el personal y del trabajo.

Cuatro meses después de lo ocurrido, recibió una llamada amenazante de un hombre que sonaba mayor y tenía una voz gruesa. A pesar de haber denunciado la situación, las llamadas se repetían en varias ocasiones. También comenzaron a enviarle correos electrónicos con amenazas de muerte.

El 28 de Junio del 2022 se entregaba el Informe final de la Comisión de la Verdad. Mientras el país recibía el documento, Andrés intentaba encontrar la forma de proteger su vida. Le asignaron un esquema de seguridad, ahora dos escoltas lo acompañaban a todas partes. Había perdido su libertad.

Las autoridades no avanzaban en las investigaciones ni del robo en el apartamento ni del asalto en la calle. Poco tiempo después, Celis tuvo que salir del país porque en Colombia no había las garantías suficientes para vivir. Se refugió en Europa. Cuando llegó lo recibieron en una casa de construcción antigua: dos pisos, unas habitaciones y una huerta grande. Su habitación tenía una cama sencilla, un closet pequeño y una mesita de escritorio. En las paredes se veía la humedad, que revelaba la edad de la casa.

Intentaba no pensar mucho en su situación. Comenzó una maestría en el Instituto Internacional de Sociología Jurídica en España y por momentos jugaba a sentir que estaba de intercambio.

Una tarde al regresar de clases, recibió una llamada a un número telefónico que ya había cambiado por cuarta vez.

—¿Si me copia, señor Andrés?

(Andrés pensó que no iba a recibir más de esas llamadas)

—Tiene el gusto de hablar con el comandante Luis Beltrán, es un placer mi señor, ¿Si me copia?

—¿Y desde donde me llama usted?

—Del bloque principal de las AUC.

—¿Y qué necesitan ellos?

—Como le estaba diciendo dos malparidos hijueputas y me disculpa la expresión de la palabra. […] Nuestra organización está siendo financiada y contratada por estas dos personas, nos trajeron fotografías de usted, fotografías de la familia, dirección de la residencia y números telefónicos, es por eso señor que tenemos su número, aparte la cantidad de 15 millones en efectivo para nosotros ejecutar una muerte por encargo.

—¿Y quiénes son esas personas?

—Usted los conoce mejor que nosotros. Se lo comunicamos porque lo investigamos. Lo seguimos, diez días pisándole los talones, respirándole en la nuca y usted ni cuenta se dio.

La llamada no duro más de tres minutos.

Durante dos semanas casi no durmió. Después de un tiempo aceptó el consejo de su terapeuta y acudió a un psiquiatra. El diagnóstico fue estrés postraumático, depresión y ansiedad. Comenzó el tratamiento, pero cada día se convirtió en una lucha constante por levantarse, por ir a clase y por mantenerse en pie. Por momentos pensó que la única salida era el suicidio.

Andrés sintió que estaba peleando solo, sin el respaldo institucional que esperaba. Y aún no sabe cuándo podrá regresar a su país.

El exilio, nunca deja de mutar. Cambia de forma, pero siempre encuentra la manera de tocar fibras emocionales. A veces aparece en los recuerdos más inesperados. Un olor, por ejemplo, que recuerda Andrés. Es el olor del asfalto, dice. “Después de la lluvia, cuando sale el sol y el asfalto se calienta. Ese olor es único. Ese olor es Bogotá”.

Andrés es hincha de Millonarios. Hoy cuatro años después de su salida del país vuelve la memoria: los estadios, las noches largas de la ciudad, el arte, la música, la rumba. A miles de kilómetros de distancia sigue pendiente de los partidos de su equipo y cuando la diferencia horaria se lo permite. Hace dos años, cuando el equipo hizo pretemporada en Europa, fue a verlo jugar.

Porque el exilio no ha logrado romper ese hilo invisible que lo mantiene atado al país. Cuando a alguien lo obligan a irse, algo se quiebra. Pero no desaparece el arraigo.

Por eso, incluso lejos de Colombia, nunca ha dejado de investigarla. Su tesis de maestría la dedicó al Ejército Gaitanista y al Clan del Golfo. Ahora hace su doctorado sobre crimen organizado y conflicto armado en Colombia.

Como él mismo lo dice “tiene al país encima”.

Ese vínculo también tiene un costo. No es fácil desprenderse emocionalmente del lugar al que ya no se puede volver. Muchos optan por empezar de cero. Él ni siquiera lo intentó, nunca se quiso ir.

Hoy su vida transcurre en algún lugar del mundo. El exilio le arrebató la cotidianidad que tenía, pero no su convicción. Porque a pesar de todo, sigue investigando el mismo país que lo obligó a marcharse.

Y aunque el desarraigo persiste, hay algo que tiene claro:

No ganaron. Aquí estoy.

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