Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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30 de Marzo de 2026 18:00
Avíseme cuando esté listo para salir protegido.
Aún no amanece, Adriana se ajusta el chaleco antibalas sobre su uniforme azul rey y acomoda la camisa gris cuello tortuga que lleva debajo. En el pecho, la escarapela de la Policía y dos pines que identifican su pertenencia al esquema de seguridad. Revisa su arma y confirma la ruta. Afuera, el vehículo blindado espera encendido. Nunca es un día cualquiera cuando se trabaja protegiendo a alguien cuya presencia puede incomodar a muchos.
Adriana tiene 27 años y cuida la vida del magistrado Eduardo Cifuentes Muñoz, presidente de la Sección de Apelaciones de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP). Es uno de los esquemas de seguridad de la Unidad de Protección a Personas e Instalaciones Gubernamentales y Diplomáticas (DIPRO). La JEP no es un tribunal cualquiera; allí se toman decisiones que reavivan las heridas más profundas del conflicto armado en Colombia.
Adriana es la única mujer que integra el esquema de seguridad del magistrado, y se garantiza que su labor se cumpla sin interrupciones. Pero su historia no empezó con el uniforme ni dentro de la institución. Comenzó en casa, atravesando altibajos que moldearon a la profesional que es hoy.
Su padre, Jairo, es un hombre de estatura baja, cuerpo robusto y mirada firme. Tiene el cabello corto, ya entrecano. Creció convencido de que la disciplina forma el carácter, y con esa idea educó a sus tres hijos. Tras la ruptura con Bleidy, la madre de Adriana, la familia se fragmentó. La distancia marcó una nueva etapa para Adriana y sus hermanos, Pablo y Stiven. Aun así, la figura paterna siguió influyendo en su formación y en la manera en que aprendió a enfrentar la vida.
Bleidy, la madre de Adriana es una mujer de piel blanca, estatura media y mirada directa. Lleva el cabello largo de color negro, con mechones teñidos de rubio. Su carácter fuerte marcó el ambiente del hogar. Durante un tiempo, Adriana empezó a tomar sus propias decisiones sin dar muchas explicaciones, mientras su madre insistía en saber dónde estaba y qué hacía. Esa diferencia generó tensiones constantes entre madre e hija. Aun así, el vínculo entre ambas nunca terminó de romperse.
La rebeldía marcó una etapa difícil en la vida de Adriana. Se fue a vivir con su padre y todo cambió. Según recuerda su madre, “Él estuvo siempre al pendiente de ella, qué hacía, para dónde iba, y quién estaba a su alrededor”. La vigilancia fue más estricta y así comenzó a corregir conductas y a reenfocar su camino.
En ese proceso terminó la educación media en la Institución Tecnisistemas y comenzó a imaginar un futuro distinto. Durante un tiempo pensó en estudiar psicología, con la idea de entender la mente humana y encontrar respuestas. Pero su camino terminaría tomando otro rumbo.
Stiven, su hermano de 22 años en ese entonces ya estaba en la Policía Nacional; le hablaba a su hermana sobre disciplina. Le mostró un camino concreto sobre el cual podía sostenerse y empezar a crecer como mujer dentro de la institución.
La uniformada ingresó a la Escuela General Rafael Reyes en 2021 con determinación. Allí entendió que ser mujer es un reto constante. Debía demostrar capacidad física, resistencia mental y fortaleza. No bastaba con cumplir; había que mantenerse para seguir en el proceso.
Durante su formación tuvo que enfrentar otra prueba exigente en la Escuela de Cadetes de Policía General Santander. Allí debía correr siete kilómetros, llevar su cuerpo al límite y resistir cuando el aire parecía no ser suficiente. No fue solo un desafío físico, sino también mental.
En ese proceso, su hermano Stiven estuvo pendiente acompañándola y motivándola a no desistir. Adriana recuerda que en los momentos de mayor frustración Él era quien le daba ánimo para continuar. “No te preocupes por un no le decía su hermano preocúpate cuando te digan que no puedes”. Desde la baranda le gritaba que persistiera, que ella podía. Ese apoyo terminó siendo una de las fuerzas que la impulsaron a seguir.
Durante la formación también escuchó comentarios de algunos compañeros. “Las mujeres no aguantan este entrenamiento”, le dijeron más de una vez. Le repetían que no resistiría las pruebas físicas, pero esas palabras terminaron siendo un impulso para demostrar lo contrario. El 22 de junio de 2022 se graduó como patrullera. Ese día no celebró únicamente un logro profesional, sino también haber demostrado que podía ocupar un lugar que muchos no imaginaban para ella.
Hoy su rutina exige precisión: cambiar rutas, evaluar riesgos y anticipar movimientos para proteger a un magistrado cuyas decisiones tienen impacto nacional. Ante cualquier amenaza, su cuerpo se convierte en escudo. En su caso ser mujer, significa estar preparada para enfrentar cualquier riesgo, incluso cuando ella no es el objetivo.
Cada madrugada, antes de partir, Adriana se coloca el chaleco y asume lo que viene con absoluta claridad. Reconoce que su trabajo implica riesgo, que la responsabilidad es real y que el miedo existe. Al mismo tiempo, comprende que debe dar el paso al frente. Por eso vuelve a prepararse y salir: su lugar está ahí, en la primera línea, convertida en un escudo humano.
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