Crónica de un riesgo aprendido

28 de Mayo de 2026 09:00

Calle oscura con una mujer caminando sola bajo una luz nocturna
Por: María Catalina Landínez Ramírez

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Salgo de mi casa con la sensación incómoda de que ya voy tarde y de que, más allá del reloj, hay algo en esta noche que no me termina de cuadrar. El tráfico está imposible, es de esos en los que uno siente que el tiempo se queda atrapado entre semáforos y filas de carros sin avanzar. Miro el reloj, calculo mal, vuelvo a mirar, y en este mismo instante entiendo que quedarme en mi casa es perder del todo la noche. No hay mucho que pensar: prefiero bajarme y caminar. Respiro hondo, tomo mis audífonos negros y los pongo a todo volumen, como si llenar mi cabeza de música fuera suficiente para bloquear todo lo demás, aunque en el fondo sé que no lo es.

El frío se me mete por las piernas apenas cruzo la puerta, la noche está despejada y la luna, absurdamente perfecta, ilumina lo suficiente como para que todo parezca tranquilo, casi bonito, como si la ciudad no fuera la misma que durante el día veo en noticias y conversaciones llenas de advertencias. Saludo al portero, intento sonreír, y empiezo a caminar mientras suena Aitana en mis oídos y yo me obligo a pensar en cualquier cosa que no sea el hecho de que voy sola.

En el trayecto se me cruza la idea de tomar un taxi o pedir un Uber, pero inmediatamente mi cabeza empieza a construir escenarios que no son imaginarios, porque ya han pasado, porque ya les pasaron a otras. Pienso en Diana Ospina, aquella chica que se subió a un taxi convencida de que era la opción más segura, y terminó encerrada, rodeada de hombres que le vaciaron la cuenta, que la amenazaron, que la tocaron mientras ella solo podía esperar que no la mataran; pienso en cómo salió, en cómo cuentan la historia como si hubiera tenido “suerte”, como si sobrevivir fuera suficiente.

Luego está el Uber, esa falsa sensación de control, el nombre del conductor en la pantalla, la placa, la ruta trazada… y aún así, historias de desvíos, de puertas que no se abren, de manos que se atreven porque saben que estás encerrada en un espacio pequeño del que no puedes escapar en movimiento.

Y el bus… el bus es otra cosa, otro tipo de violencia que se normaliza hasta volverse invisible. Subirse es aceptar que un hombre puede pegar su cuerpo al tuyo, “sin querer”, que puede frotarse contra tu espalda o contra tus piernas mientras el vehículo se mueve, que puede respirar cerca de tu cuello y disimularlo con el vaivén, y que si te volteas, si dices algo, probablemente te digan exagerada, que fue el tumulto, que cómo se te ocurre pensar mal.

Todas las opciones tienen algo en común: el riesgo no desaparece, solo cambia de forma.

Entonces decido seguir caminando porque, aunque no sea realmente más seguro, al menos siento que el control todavía está en mis piernas, en mi ritmo, en mis decisiones, aunque sea una ilusión.

Doblo por la primera cuadra, la del humedal Córdoba, y el ambiente cambia sin que nada visible lo justifique, como si el lugar guardara memoria. No es solo la oscuridad, es lo que ya pasó ahí, lo que el cuerpo no olvida aunque intente seguir caminando como si nada.

Pienso en la primera vez que estuve a punto de estar con alguien. Era el primero. Yo era virgen. Recuerdo la incomodidad creciendo poco a poco, esa sensación en el pecho que me decía que no estaba lista, que no quería, que algo no estaba bien. Y cuando finalmente dije que no, cuando me detuve, cuando elegí mi cuerpo, él no lo entendió.

No fue un grito directo hacia mí, pero fue peor. Empezó a golpear las cosas a su alrededor, a lanzar objetos, a perder el control como si mi decisión fuera una provocación, como si yo le hubiera quitado algo que le pertenecía. Yo solo estaba ahí, paralizada, viendo cómo la situación se deshacía frente a mis ojos. Después, sin más, me dejó. Me dejó sola, botada, con el miedo pegado al cuerpo y con una culpa que no era mía pero que igual cargué.

Sigo caminando.

Y entonces aparece el otro recuerdo, igual de incómodo, igual de pesado. El día en que alguien decidió quitarse el condón sin decirme, sin preguntarme, sin pensar en lo que eso significaba para mí. Como si mi cuerpo fuera un lugar donde él podía decidir las reglas. Como si yo no estuviera ahí.

Después me tocó a mí hacerme cargo de todo; comprar la pastilla del día después, pagarla y asumir las consecuencias físicas, el miedo, la ansiedad. Y él… él simplemente desapareció. Como si yo hubiera sido solo eso: un cuerpo disponible, un momento, algo que se usa y se deja.

Camino más rápido.

Y lo peor no es solo lo que pasa, sino lo que dicen después. Las voces que repiten que nosotras nos lo buscamos, que cómo se nos ocurre confiar, que para qué salimos, que por qué estamos ahí, que cómo vamos vestidas. Como si la violencia fuera una consecuencia lógica de existir siendo mujer. Como si hubiera una forma correcta de no ser violentada.

Como si esto fuera cuestión de suerte.

Aprieto los dientes y sigo, porque la noche no se detiene y yo tampoco puedo hacerlo.

Al avanzar hacia la siguiente cuadra, veo a un grupo de chicos ocupando la calle y, antes incluso de escucharlos, ya siento el cambio en mi respiración, en mi postura, en la forma en la que bajo un poco la mirada y ajusto inconscientemente la falda, como si de repente mi ropa fuera el problema. Pienso en devolverme, en perder la cita, en inventar cualquier excusa que me evite pasar por ahí, pero recuerdo lo difícil que fue conseguir ese espacio en la agenda médica y sigo adelante, diciéndome que solo es una cuadra, que no puede pasar nada, que no siempre pasa algo.

Subo el volumen de la música, pero no es suficiente.

—“Uy, qué rico culo.”
Malparido triple hijueputa, vaya y le dice eso a su madre.
—“Venga, mamacita, yo la hago ver estrellas.”
No quiero sus estrellas, quiero que se coma un cerro de mierda.

Pero no digo nada.

Las risas se mezclan con las voces y atraviesan la música como si no existiera, y aunque cada fibra de mi cuerpo quiere responder, gritar, enfrentarlos, sé que son varios y que yo estoy sola, así que sigo caminando, apretando las manos hasta que las uñas se me clavan en la piel, repitiéndome que ya casi termina, que solo tengo que cruzar, que no vale la pena arriesgarme más. Cuando por fin dejo atrás esa cuadra, no siento alivio, solo una especie de cansancio que no tiene que ver con el cuerpo sino con todo lo que acabo de tragarme en silencio.

Cambio la música, necesito otra cosa, otra energía, y dejo que Michael Jackson llene el espacio que dejó el ruido de ellos, intentando recuperar un ritmo que ya no es el mismo. Es entonces cuando recuerdo el callejón que acorta el camino hacia el parque y, aunque dudo unos segundos, termino entrando porque el tiempo me empuja más fuerte que el miedo.

El cambio es inmediato: menos luz, menos ruido, más eco. Mis pasos suenan distinto, o tal vez soy yo escuchándolos con más atención, y es ahí cuando lo percibo, primero como una intuición y luego como una certeza: hay alguien detrás de mí. No necesito voltear para saberlo, lo siento en la espalda, en la forma en que mi cuerpo se tensa y mi respiración se vuelve más corta. Camino más rápido, y entonces aparece la pregunta, insistente, absurda y desesperada: ¿será que si voy más rápido mientras doy la vuelta en la esquina, aquellos ojos dejarán de alcanzarme?

Los pasos detrás de mí también se aceleran.

El aire se me vuelve pesado, las manos me sudan, y en medio del miedo busco con la mirada una salida, una excusa, una persona. Entonces lo veo: un hombre más adelante, solo, distraído en su celular. No lo pienso demasiado porque no hay tiempo para pensar, así que camino directo hacia él y, con una voz que no sé de dónde sale, lo llamo como si lo conociera de toda la vida.

—“¡Amigo! Oye, ¿sí trajiste lo que te pedí?”

Él levanta la mirada, me observa un segundo que se siente eterno, y luego asiente, entrando en el juego sin hacer preguntas.

—“Sí, claro, ya iba para donde tú estabas, ¿todo bien?”

Me pongo a su lado, lo suficientemente cerca como para que la escena se vea real, como para que quien viene detrás entienda el mensaje. No miro hacia atrás, pero siento cómo la presencia se detiene, cómo la tensión cambia, y después, finalmente, cómo los pasos se alejan. Solo entonces puedo respirar un poco mejor, aunque el alivio no es completo, porque lo que realmente queda es una idea que me atraviesa con rabia: tenía que ser un hombre. Tenía que parecer que no estoy sola. Porque al final no es que respeten a las mujeres, es que se respetan entre ellos.

—“Gracias”

—“Tranquila, ¿quieres que te acompañe?”

Caminamos juntos hasta salir del callejón, compartiendo un silencio que dice más de lo que cualquiera podría explicar. Cuando llegamos a una zona más iluminada, me despido; no sé su nombre, él no sabe el mío, pero por unos minutos fue suficiente.

Retomo el camino, pensando que ya falta poco, que lo peor ya pasó, pero entonces un carro baja la velocidad a mi lado y rompe esa ilusión.

—“¿Cuánto cobras?”

No respondo, sigo caminando.

—“Ey, no se haga, mami.”

El carro avanza a mi ritmo, como si mi silencio fuera parte del juego, como si mi cuerpo estuviera en vitrina, disponible para ser evaluado, tasado, consumido. Acelero el paso, doblo en la siguiente esquina y finalmente el carro se va, pero la sensación de haber sido observada, invadida, reducida a algo que no soy, se queda pegada a la piel.

Cuando por fin llego al hospital, la luz blanca y el ruido controlado del lugar me envuelven en una calma artificial que contrasta con todo lo que acabo de atravesar. Me siento, espero, respondo cuando dicen mi nombre, y entro al consultorio donde la doctora empieza a explicarme el procedimiento para la interrupción del embarazo, hablando con una tranquilidad clínica que no alcanza a tocar todo lo que pasa por mi cabeza.

Porque mientras ella habla, yo solo pienso en una cosa: hoy tuve suerte.

Hoy llegué.
Hoy nadie me tocó.
Hoy nadie cruzó esa línea invisible que tantas veces se rompe.
Pero no siempre es así.
La última vez que salí sola en la noche, no tuve esa suerte.

Y esa historia, aunque no la diga en voz alta, aunque no la cuente completa, vive en mi cuerpo como un recuerdo que no pide permiso para aparecer.

Y entonces entiendo que esta historia no me pertenece del todo.

Que mi voz aquí es apenas un hilo entre muchos otros, que este relato está tejido con recuerdos, con miedos que no nacen de un solo cuerpo. Porque esta no es la historia de una mujer. Es un coro. Es Mariana. Es Sofia. Es Daniela. Es Martina. Es Carolina. Y tantas otras que han aprendido a caminar con el miedo como sombra.

Aquí nadie habla sola, aquí hablamos todas. Porque al final no se trata de una caminata de tres cuadras, se trata de todo lo que puede pasar en el camino, y de todo lo que ya nos pasó antes.

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