Del camino, la luna y otras reflexiones solitarias: caminar por Cartagena

13 de Junio de 2026 08:00

Mientras Café, ubicado en el Callejón de los Estribos, Cartagena de Indias
Por: Juan Camilo Acosta Chaves

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A veces, solo a veces, siento que la luna me acompaña. No me pregunten porqué esa idea chiflada echó raíces y se convirtió en una suerte de dogma inquebrantable al que me aferro como un niño con una fe ingenua.

Pero sé cuándo y dónde lo sentí por primera vez: fue en la noche del Viernes Santo de 2022. Esa noche de luna llena, después de la Vigilia Pascual y de encender un “fuego nuevo”, me tumbé en una roca para descansar.

Estaba en una salida de campo a una vereda cercana a Mesitas del Colegio, en Cundinamarca, y, en algún punto, me quedé solo en el monte. Lo supe porque el fuego ya se había apagado, los murmullos extenuados de mis compañeros se habían desvanecido y el frío comenzó a calar en mis huesos.

La luna, redonda como un dije de plata, fue mi compañera esa noche. Y, más curioso aún, no me sentí abandonado o desprotegido, pese a que estaba solo en un lugar que apenas conocía con una linterna sin pilas. Sentí una calma que se extendió, lánguida y perezosa, por todo mi cuerpo. No era plenitud. Tampoco creo que era Dios.

Era la luna, su luz: como un pájaro entre el forraje, salpicaba su blanquecina luz mostrándome la trocha que conducía al campamento, un poco más abajo. Caminé montaña abajo y todo el tiempo la luna estuvo ahí, junto con el canto de los grillos y el susurro de las hojas.

Esa noche, la luna me llevó a casa.

* * *

Cuando viajé a Cartagena, en abril de 2026, también me perdí en el Centro Histórico. Pero, de nuevo, no sentí angustia por ello.

Debo ser uno de esos viajeros que gozan dejarse llevar por donde los pies desean hasta caer exhaustos. Tal vez, sea cierto lo que dice David LeBreton,sociólogo francés, autor del ensayo Elogio al caminar, cuando menciona que “Caminar es una apertura al mundo”.

Resoné con esas palabras: en ese viaje, era la primera vez que viajaba solo fuera de casa. Había sido elegido editor periodístico del diario del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (FICCI) y estaba feliz corrigiendo artículos, escribiendo algunos y paseando a gusto por el casco antiguo de la ciudad.

Ese placer lo saboreo pocas veces. En el afán del día a día, de volar desenfrenado entre una tarea a otra, rara vez existen esos espacios muertos donde el cuerpo–y los pies, sobre todo– toman el control y dejan que el espíritu se sienta a contemplar.

“Caminar es vivir el cuerpo”, detalla LeBreton. “Recurrir el bosque, a las rutas o a los senderos no nos exime de nuestra responsabilidad, cada vez mayor, con los desórdenes del mundo, pero nos permite recobrar el aliento, aguzar los sentidos, renovar la curiosidad”.

Pero a los pensamientos de LeBreton quisiera agregar la compañía del caminante: estar rodeado de una masa humana que cantaba, gritaba y paseaba por las calles de la ciudad antigua me dio una falsa seguridad de estar acompañado.

Hasta que el sol se lanzó sobre el mar. Y, de golpe, miré al cielo: esa noche no hubo luna; era un agujero negro, hueco, en un cielo grisáceo. El mar quedó ahogado por la música de trompetas, el tambor del mapalé y la amalgama de voces hablando en alemán, francés, portugués, inglés y español.

Las murallas de Cartagena de Indias –y los colores brillantes de sus casas coloniales de estuco y madera– estaban iluminadas por velas en los comedores al aire libre, bombillas LED de los faroles y reflectores neones con tonos verdes y morados psicodélicos en las azoteas.

Ahora sí estaba solo. Solo y perdido.

* * *

Estaba buscando el Callejón de los Estribos. Y, por suerte, terminé frente a la Iglesia de Santo Domingo: una gigante con sus paredes amarillentas tornándose anaranjadas bajo el crepúsculo.

En 1559, poco tiempo después de edificarse la Iglesia de Santo Domingo, los padres dominicos se dieron cuenta de que la estructura era débil. Sin más remedio, llamaron a ingenieros y, con su ayuda, edificaron estribos–columnas enormes de piedra maciza– en el costado izquierdo para sostenerla.

Esas estructuras le dieron el nombre al callejón, el cuál quedó aún más estrecho con los arreglos en la iglesia.

Hoy, el callejón es sitio de numerosas tiendas de ropa, de artesanías y de unos cuantos cafés. En una de las casas coloniales, una buganvilla crecía sobre un marco de madera pintado de blanco. Y, en el vidrio, con letras azules: “Mientras Café”. En su página web, dentro del FICCI, esta tienda se vende como “en esencia, una invitación a saborear la vida sin prisa”.

La tienda es así: un cuarto de paredes desnudas, con el ladrillo a la vista; estantes llenos de tocadiscos, cubiertos de polvo y dos libros sobre cocina; y un cajón de madera forrado con cojines con dos mesitas y otra, en el lado opuesto, con lo que antes era un sofá de alguna casa señorial.

Pero, ese día, colgaba de las paredes varios cuadros: una mujer con su sombrero playero, viendo la cúpula de la Catedral de Cartagena desde la piscina en la azotea del hotel; algunos esbozos en acuarela sobre el malecón de la ciudad, un puesto de jugos y el puerto y el árbol, en tonos cálidos y hecha con lápices de colores.

El artista de estas piezas era Kike Sierra y venía al café esa noche para presentar su obra.

* * *

Jorge Enrique Sierra Cabarcas, mejor conocido por su nombre artístico Kike Sierra, es un artista gráfico cartagenero que ha explorado desde la acuarela y lápices de colores hasta arte digital su ciudad y su gente.

En 2026 fue elegido para crear el logo de la edición 65 del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (FICCI) bajo los conceptos creativos que había propuesto Ansgar Vogt, el director de arte del festival.

El logo final fue un árbol hecho con tonos anaranjados y azules, en el cuál aparecen los habitantes de Cartagena –la palenquera llevando una cámara de cine a la cabeza, los chicos trepando sus ramas, las familias caminando hasta su tronco–, mientras se reúnen para ver una película.

Era tradición en Cartagena, explica Vogt en un artículo, que cuando una pantalla era puesta en el barrio, los jóvenes y los que pudieran subían hasta la copa de los árboles más altos para alcanzar a verla, más allá de las sillas, cuando no podían permitirse comprar una entrada para el teatro.

“El árbol es también un símbolo de ecosistema, un organismo donde todo está conectado. Así entendemos al FICCI, como un ecosistema cultural que ha crecido durante 65 años, con raíces sólidas y profundas en la ciudad, y que sigue expandiéndose”, detalló Vogt en el artículo, publicado en revista Semana.

Kike Sierra ha caminado durante 47 años, y sus raíces, al igual que el árbol que creó, se hunden en los más profundo de Cartagena.

Un artículo de El Universal lo describe como “un nostálgico empedernido que, en algún momento de su vida, por 11 años, estuvo lejos de su tierra y de su gente, pero solo físicamente hablando. Seguía recordando a Cartagena, día y noche, a una Cartagena nostálgica que lo había enamorado”.

Quizás así sea, ya que da la impresión de que Sierra es un observador: no solo se centra en el Centro Histórico, la mítica ciudad de La Heroica, sino que retrata con sencillez a la vendedora de jugos del puesto de la esquina, a la familia que sale un domingo a pesar por el malecón y a los turistas de Cartagena.

Y esa misma sencillez y nostalgia ha impregnado su obra. Salvo una: un cuadro hecho con plastilinas, que muestra un puesto de jugo. Esa obra fue la primera que hizo, siendo pequeño. Su familia –cuenta Sierra– siempre le impulsó a dibujar, pintar y crear; en especial su madre.

En 2011, cuando Kike Sierra regresó a su tierra, su madre y su hermano fueron asesinados. Quizás por eso, Sierra derramó unas cuántas lágrimas cuando vio el cuadro. O quizás por la propia ciudad.

Escriben en el artículo de El Universal que “La defendió siempre [a Cartagena], a través de sus pinturas rememoraba las más hermosas vivencias de cuando apenas era un niño y un adolescente que frecuentaba icónicos lugares de la ciudad, pero de repente, le fueron arrebatadas dos de las personas que más amaba en el mundo. Sin embargo, el amor siempre vence y el arte cura, dicen”.

Kike Sierra caminó desde 2011 buscando retratar esa ciudad. Y el resultado fue un mosaico de su propia vida: tanto había caminado por la capital de Bolívar que él y la ciudad terminaron siendo inseparables.

La exposición de esa noche, en Mientras Café, era un viaje por su vida: desde ese primer cuadro de plastilina hasta el árbol del FICCI 65.

En un cuarto aglomerado por allegados, conocidos y curiosos, todos se movieron como una marea, pasando por los cuadros de la niñez de Kike Sierra, hasta sus esbozos de las calles de Cartagena y sus piezas más recientes, con lápices de colores, recordando esos dibujos infantiles con los que empezó a crear.

En una columna cerca de la entrada, reposaba un pequeño cuadro, hecho con tinta, que retrataba las murallas de Cartagena vistas desde la Catedral. Pero si se aguzaba la vista, se podían ver dos figuras diminutas sentadas encima de esas estructuras imponentes de piedra, al parecer, un joven y su compañero. Solo había una burbuja de diálogo, que brotaba hasta el cielo de tinta: “No sé qué hacer cuando termine la carrera”.

El arte, dicen, tiene el poder de curar. Pero el arte me hizo dudar, después maravillarme y dejar ese sosiego que experimenté la noche de luna llena el Viernes Santo. A pesar de que esa noche no había luna, algo extraño pasó: en ese café, viendo las obras de Kike Sierra, no me sentí solo.

* * *

Salí al Callejón de los Estribos, a un cielo grisáceo iluminado por luces LED de los faroles y reflectores neones psicodélicos con tonos verdes y morados.

Mientras caminaba de regreso para coger un taxi, miré por última vez las murallas de Cartagena. A lo lejos, un rayo resplandeció desde las nubes y se hundió, en picado, al mar. Su luz encandiló la luna y apuntó más allá del horizonte y, por un instante, el cielo iluminó los contornos de los edificios de estuco y madera.

Era tiempo de regresar.

* * *

Logramos publicar 51 artículos y un sin fin de historias que brotaron en esos cinco días. Y creo que, al final, el festival me llenó de sentido: mientras publicaba todos los artículos, corría de un lado a otro, sentí que encontré un propósito. Más allá de esa adrenalina, creo que hay una máxima que me hizo amar este oficio: puedo presumir de ser curioso en cualquier tema.

Hacer preguntas, al fin de cuentas, es lo que me llevó a ser periodista.

Mi último adiós a Cartagena fue un trueno perdido en el mar. Y una gripa cuando regresé a Bogotá, para recordarme que soy rolo.

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