El laberinto del delirio: una noche en el Embalse del Neusa

29 de Mayo de 2026 07:26

La laguna del Neusa a las cuatro de la tarde
Por: Catalina Lleras

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Son casi las cuatro de la tarde cuando mi mirada naufraga contra aquel muro de árboles que se alza ante mí con cierta solemnidad. Sigo caminando, pues el entorno pasa a segundo plano frente a la tiranía de mi propio cuerpo: la maleta me jala por los hombros mientras que mis brazos entorpecen con el peso de la carpa, las linternas y el inventario entero para sobrevivir a una noche en el Embalse del Neusa. Este agotamiento, sin embargo, no debe confundirse con desgana, pues existe algo casi adictivo en aquel vértigo que se instala en la boca del estómago una vez te consume la adrenalina. 

El suelo se abre bajo mis pies en una red de raíces blanquecinas, retorcidas como arterias dormidas. Una savia café parece deslizarse entre ellas, marcando el camino hacia el rincón vacío en el que pienso acomodarme. 

El viento del Neusa sopla con una intención distinta. Sacudo la lona roja que se agita como una vela frenética mientras mis botas se hunden en el pasto húmedo. Desenrollo las varillas de fibra de vidrio mientras los elásticos internos chasquean. Arrodillada, intento enhebrar la primera vara por su funda, pero el ángulo falla, la estructura se arquea en un sopeso imposible y, de repente, el latigazo: la varilla se zafa, la lona colapsa y me envuelve en la tela de poliéster frío que huele a encierro. Lucho contra el peso muerto de la carpa sobre mi cabeza y gateo entre pliegues oscuros hasta encontrar la salida. Me pierdo en el rompecabezas de la lona, peleando por separar el derecho del revés; hasta que, finalmente, el entoldado queda firme.

Me pongo en pie y sacudo el barro de mis rodillas para empezar el reconocimiento. Camino por la orilla esquivando los charcos y rodeo el campamento con pasos largos a fin de medir la distancia entre el agua y la entrada de mi carpa. Giro sobre mis talones y me detengo para memorizar la línea que se marca entre el cielo y los cerros. 

Absurdamente pequeña

Camino hacia la orilla de la laguna y me acuclillo en el borde mientras siento cómo la humedad de la tierra se filtra por las suelas de mis tenis de tela. Veo un sol pálido reflejarse en la superficie, conformando un tajo de luz que parte el agua en dos. Y, en el lecho, las plantas babosas se mecen con cada oleada, arrastrándose como si fueran las entrañas expuestas del Neusa. 

Un golpe seco me arranca de mis pensamientos cuando una piedra irrumpe contra el agua a pocos centímetros de mi cara, obligándome a girar con el corazón en la garganta. Una niña sostiene el brazo en alto mientras que su padre le alcanza otra roca. Hay algo casi perturbador en su gesto, pues las arroja con una agresividad desprovista de culpa que rompe la superficie en círculos concéntricos, destruyendo la calma del embalse. 

La silueta de la niña parece no encajar entre los trazos que componen la escena. Aparenta vivir en su propio mundo: las montañas son seres fantásticos, gigantes cuyo propósito es cuidar de ella; las flores cobijan a las hadas diminutas que visten el embalse de color; y en la espesura del bosque, viven los duendes curiosos que siempre cuchichean acerca de la vida ajena. 

Tanta inocencia me resulta inquietante, pues ella permanece intacta ante ese reino que nosotros, por el simple delito de crecer más allá de la infancia, hemos sido condenados a olvidar. Mientras para la niña cada piedra arrojada es un acto heroico contra las bestias submarinas, a mis ojos este es un gesto trivial cuyo éxito depende de la fuerza y la velocidad.

La niña se ve absurdamente pequeña; no solo por su tamaño diminuto que desafía la vastedad del horizonte con una arrogancia casi irónica, sino porque tejer un reino únicamente con el hilo de la inocencia raya en lo ridículo. La lógica es un acreedor impaciente que termina por cobrar sus deudas, deshaciéndose del asombro hasta que dejamos de arrojar piedras al vacío y empezamos a cargarlas en la espalda. 

Más que acampar 

Poco tiempo después, Rafael Mora, un guardabosques del embalse, se acercó para solicitar mi recibo, pero, tras revisarlo, la conversación tomó otro rumbo. "El impacto viene del ambiente y de la vista; se viven experiencias muy bonitas... en mi trabajo puedo compartir con la gente cosas distintas", relata. Ubicado entre los municipios de Cogua y Tausa el embalse fue concebido en la década de 1940 como una estrategia para regular el caudal del río Neusa, prevenir inundaciones en la Sabana de Bogotá y contribuir a la generación de energía. Este proyecto se consolidó como una infraestructura esencial para el abastecimiento hídrico y desde 1962 se encuentra bajo la administración de la CAR

Mapa desde la Universidad de La Sabana hasta el Embalse del Neusa

 

No obstante, más allá de su importancia técnica, el embalse se ha transformado en un espacio de turismo sostenible y recreación, donde la conexión entre las personas y la naturaleza adquiere protagonismo. Como expresa Valentina Palacios, guía relatora del embalse, “mi trabajo es concientizar a la gente acerca de los cuidados que tenemos que tener con el ecosistema y el amor que hay que tener a la naturaleza”. En este sentido, espacios como el Neusa fomentan experiencias familiares distintas, promoviendo vínculos más profundos. El campista Giovanni Mendoza lo resume al afirmar que “no sólo es conectarse con la familia y desconectarse del ruido de la ciudad, sino sentir un poco de paz”.

Por otra parte, hay quienes viven una experiencia diferente, mucho más inquietante. En medio del embalse, cada silbido del viento y cada movimiento indescifrable entre los árboles puede convertirse en eco de los propios temores. Nadia Tobón, psicóloga, explica que “el silencio de la noche hace que los ruidos de la naturaleza se sientan más intensos”, provocando que muchas personas enfrenten sensaciones de vulnerabilidad difíciles de ignorar. 

En ese escenario, donde “lo único que te protege del entorno es una carpa”, la mente puede intensificar miedos inconscientes, recuerdos incómodos o emociones reprimidas. Sin embargo, en esa misma atmósfera también existe la posibilidad de una transformación profunda. Para quienes han trabajado su autocontrol, señala Tobón, el aislamiento natural puede convertirse en un espacio privilegiado para la introspección, donde “el silencio contribuye a observar pensamientos y emociones con mayor claridad”. Así, acampar en el Neusa puede ser tanto una prueba psicológica estremecedora como una experiencia de encuentro íntimo con el propio ser.

El fogonero

El sol se hunde, dejando un matiz de azul cobalto que pronto se deja devorar por una negrura absoluta. Cada carpa a la vista cuenta su propia historia. 

 


Mi primer encuentro es con Catalina Morales y Óscar Hernández, una pareja que me invita a calentar mi agua de panela sobre su pequeña estufa portátil. Hay en ellos una energía familiar, alegre y profundamente acogedora. Mientras esperamos a que hierva el agua, su hija sale corriendo de la carpa para abrazar a Catalina, y esa simple escena doméstica convierte el campamento en algo más íntimo.

Me cuentan acerca de sus múltiples viajes, donde acampar nunca ha significado solo visitar un lugar, sino sumergirse en los cuentos que lo rodean. “Uno es joven, va al camping y empieza a contar historias de terror”, dice Catalina, recordando cómo cada fogata parece invocar relatos paranormales y leyendas locales. Entre la Sabana de Cundinamarca y Tolima, nombres como “La Llorona” o “el Mohán” resurgen en las voces de cuidadores y lugareños, personas que consideran estas tradiciones parte de su crianza. 

Entre estas historias emerge una de las narraciones más poderosas del Neusa: la de la Laguna Verde. Según la tradición oral, cuando los visitantes llegan con malos pensamientos o intenciones negativas, la laguna se cubre de lluvia y neblina, ocultándose para protegerse. Por ello, los habitantes de la región insisten en la importancia de respetar el páramo, honrar su riqueza natural y evitar perturbar a los espíritus que, según sus creencias, resguardan este territorio. Para quienes vienen de la ciudad escuchar tantas experiencias ajenas termina siendo una forma de contagio emocional: “es crearte una película en la cabeza…pero esa es la aventura”, dice Catalina.

Me despido de ellos y me fijo en cómo, a unos metros, un hombre pelea contra la humedad. Su nombre es José Ulloa y durante esa noche se ha asignado el trabajo de domar la madera rebelde que se niega a arder. Sus manos, curtidas y rítmicas, raspan los maderos mientras el viento sopla desde la laguna, trayendo consigo el aroma a tierra mojada. 

Él tiene casi 60 años. Su rostro está marcado por una cicatriz casi imperceptible y su pelo, antes oscuro, se ha tornado gris en las sienes. Sus ojos cafés no destacan demasiado, pero las arrugas que rodean su sonrisa, me resultan fascinantes.

Casi como una profecía, las palabras de Óscar y Catalina cobran forma frente al fuego cuando los relatos comienzan a emerger, pues José empieza a soltar la memoria, recordando una de esas noches de caos propias de la juventud. 

 

Su voz parece avivar algo más que la fogata mientras regresa a sus dieciocho años, cuando él y sus amigos decidieron acampar en el Neusa. "Todo era menos organizado —explica—. En ese entonces no existían zonas delimitadas, el bosque nos tragaba enteros.”. Apenas llegaron, descubrieron que habían olvidado la comida, por lo que tres de ellos, incluido José, volvieron a Bogotá por ella. Cuando regresaron al Embalse ya había anochecido y entendieron que mientras algunos armaban el campamento, dos de sus amigos ya habían encontrado refugio en el alcohol. 

“Eran de esos borrachos chistosos, de esos que se ponen a fregar”, narra José entre risas. Sin embargo, la diversión no duró, pues bastó una sola pregunta para inmovilizar a todos: “¿dónde está Jero?” Incluso hoy, el aire parece tensarse cuando el fogonero cuenta la historia. Su mirada se transforma y aquellos ojos que antes me resultaban indiferentes adquieren un tono distinto, uno mucho más intrigante, tanto que mi respiración irregular parece anticiparse a un desenlace digno de una tragedia. “¿Qué tal en esa borrachera se haya metido al agua y se haya ahogado?”, me pregunta José como si no fuese él quien vivió esa noche. 

Buscaron durante lo que se sintió como una hora hasta que una figura apareció avanzando por la orilla, empapada de pies a cabeza. En ese instante, el terror que ya había comenzado a construirse dentro de mí se desploma mientras un alivio inseguro toma su lugar. “No pasó nada al final”, dice José retomando su sonrisa; sin embargo, a la mañana siguiente, entre el peso de la resaca, ni siquiera el propio desaparecido pudo descifrar qué había ocurrido durante aquel tiempo perdido.

El manicomio

Es la una de la mañana y mi cuerpo ya no me pertenece. El viento se cuela por las costuras de la carpa mientras me hago ovillo buscando el calor de mi propio cuerpo. Sin embargo, el frío es un depredador de andar sigiloso que, con cada ráfaga, muerde la carne hasta calar en el hueso. Siento mis manos, frágiles como cristal, dispuestas a quebrarse con el menor movimiento mientras mis uñas se clavan en mi sleeping bag. Me fijo en las sombras alargadas bailando en las paredes de lona y oigo como la temperatura contrae la madera, arrancándole un leve crujir. 

A mi alrededor no se escucha ni una sola voz. Todos parecen absortos en un sueño que, por alguna razón, me está evadiendo. Intento cerrar los ojos, pero cada pensamiento desemboca en la necesidad de escapar de este lugar. Me doy cuenta de que el aislamiento opera como un espejo: no hay carros que ahoguen el silencio, ni música, ni televisión; no hay endulzante ni tregua que acalle el miedo profundo que surge cuando te ves obligado a escucharte. 

De esta manera, comprendo que el frío no es más que la culpa instalándose debajo de la piel, pues a veces el peor adversario no se encuentra en el exterior, sino en el juicio propio: “Dios dijo: 'Ama a tu enemigo'. Entonces yo le obedecí y me amé a mí mismo”. En las palabras de Khalil Gibran se manifiesta una verdad casi maldita, nacida en los rincones más frágiles y, sin embargo, más atroces de la condición humana. Sospecho que pocas guerras son tan antiguas y feroces como la que el hombre libra contra su propia mente, pues el cuerpo sana por instinto; mientras que la conciencia pasa media vida aprendiendo a tratarse con misericordia. 

Así debe lucir un manicomio, pienso: claustrofóbico y desorientador. Diría incluso que estoy atravesando el laberinto del delirio. Aquí parecen deambular miles de versiones de uno mismo, mentes extraviadas que no saben dónde encajar ni qué hacer con su propia existencia. Cada pensamiento se multiplica en pasillos sin salida y el encierro deja de ser físico para volverse mental. No sé si han pasado horas o quizás una eternidad, pero aún no existe ni el más mínimo atisbo de luz.

Amanecer

No sé en qué momento me quedé dormida. Afuera, la mañana ya se filtra entre los árboles, destejiendo poco a poco la oscuridad de la noche, y a pesar de no haber dormido, mis párpados no pesan. Salgo descalza y el pasto está mojado, hasta ahora caigo en la cuenta de que anoche llovió. Me pongo los zapatos y empiezo a caminar hacia la laguna. Al acercarme, la escena se vuelve más nítida, pues noto que una garza permanece inmóvil en la orilla. De pronto, rompe la quietud con un movimiento preciso, casi violento, atrapando un pez entre el pico para tragarlo sin prisa. 

 

La Laguna del Embalse del Neusa en la mañana.


Esta escena no es en ningún sentido sobrenatural, y aún así, encuentro en ella algo profundamente arcano. Pienso, entonces, que la mente es un lugar extraño donde la cordura se arrodilla ante lo imposible, pues, no hay gesto más humano que entregarse, así sea por una noche, a la locura.

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