Elecciones 2026. Cubrimiento especial.
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10 de Julio de 2026 10:30
Desde las tres de la tarde del sábado 27 de junio. el Teatro Acto Latino, en Teusaquillo, sobre la Carrera 16 con Calle 58, abrió sus puertas para el evento "Feliz Cumpleaños Laura", un toque organizado por la banda de punk y rock Laura Sal de mi Cabeza, celebrando sus dos años de formación. Aquel show contó con un arsenal de agrupaciones memorables, como Esprl (Espiral) y 10 cosas que odio de ti.
Tras cruzar la puerta blanca metálica de la casa, en la sala, al costado derecho me recibió un robot construído a partir de objetos reciclados: su cabeza era un televisor viejo, su cuerpo unos cajones y sus piernas dos tubos de PVC rojos. Mientras que al costado izquierdo estaba el bar, con su respectivo menú escrito en un tablero de tiza: “Poker: 6k”, “Empanada: 5k”, “Tinto: 3k”, “Papas: 4k”.
Más adelante del living, un cuarto más “artístico” apareció: diez pinturas colgaban de una pared rosada, una mesa negra soportaba el peso de un viejo gramófono y de una máquina de escribir, para luego ver la entrada del teatro. Sus tiras de oropel me hicieron saber que allá era donde tocaban las bandas.
Hacia las cuatro de la tarde, la primera agrupación en subir a la tarima cumpleañera fue El Sueño de la Razón Produce Mariposas. Arriba de la batería colgaba una decoración que decía “Feliz Cumpleaños” y un globo en forma del número dos permanecía pegado sobre el bombo. El grupo brindó un show que recordó a los Cocteau Twins, pero mezclado con la brutalidad del screamo.
En “Abril” los arpegios agudos de la guitarra y las voces suaves creaban una atmósfera onírica difícil de pasar por alto; además, las luces azules, verdes y rosadas ayudaban a que aquellos pasajes calmados de la canción de verdad se sintieran más allá de la música. Eso sí, cuando llegaba la parte heavy del tema, el juego de luces cambiaba por completo: la gente saltaba, mientras las luces rojas intermitentes y los gritos comunicaban la liberación colectiva que se podía sentir allá dentro.
Algo que me pareció interesante fue que el setlist de aquella banda estaba escrito en una caja de pizza de Little Caesars, uno de los miembros la agarró y preguntó al público: “¿quién quiere el setlist?”. Luego la lanzó y la atrapó una chica. Muy creativos.
También, al entrar al teatro podías ver de cerca un poster de Iván Cepeda pegado en una ventana por encima de la entrada, y lo percibí como si fuera un presagio de los tintes políticos que tendría el evento más adelante, recordando que la música nunca es ajena a la política. Ejemplo de lo anterior fue la siguiente banda: 10 cosas que odio de ti, arrancaron con la canción “Espero no verte pronto” y su guitarrista dijo: “¡Una bulla por Cepeda!” para que las más de 50 personas presentes ensordecieran el recinto.
Posteriormente, la vocalista de la banda le dijo a alguien del público: “Si quieres inicialo tú”, refiriéndose al pogo que la banda intentaba formar, y, de repente, como si estuviera guionizado, las personas se organizaron en un círculo perfecto en segundos para dar inicio a las patadas voladoras y a los empujones al ritmo de la música. Me encontraba anotando todo, había casi ocho personas en ese pogo abrazado por las ya características luces rojas rápidas que eran sinónimo de caos.
El olor a cigarro, alcohol y vape de sandía también acogió la atmósfera, plagada de adolescentes, otros veinteañeros, con camisetas de Korn, Deftones y de chaquetas con estampado que resultaban en una paleta de colores donde el negro dominaba el panorama. Este no era uno de esos toques donde parece que todo el mundo se conoce; acá estaban pequeños grupos siempre juntos, de cuatro, cinco personas.
Uno podía ver a muy poca gente sola. Una de ellas se llamaba Catalina. Me acerqué y le pregunté: “Más allá de la música, ¿por qué crees que la gente viene a estos eventos?”, a lo que me respondió: “Yo creo que para encontrarse con otras personas y compartir y descargar la energía”. Una respuesta honesta. Se le veía en los ojos, y la compartía yo también. Era increíble ver toda la liberación que, quizás, mucha gente anhelaba sacar o desahogarse; cada grito, cada salto y empujón resultaba en el argumento perfecto para demostrar que hay una juventud que se siente más viva que nunca.
10 cosas que odio de ti finalizó su presentación con una frase que se me quedó en la cabeza: “Podemos cumplir nuestros sueños sin importar lo que pase. Es solo cuestión de uno”, dijo el guitarrista con la Flying V colgada. Los músicos también aprovecharon esos micrófonos no solo para cantar, sino para dar mensajes que terminaron resonando sin necesidad de melodías ni ritmo.
A las cinco y media salí de aquel salón decorado con globos para ver los emprendimientos. Me llamaron la atención dos, los cuales vendían joyas, aretes, manillas y collares, que recibían constantemente clientes interesados. Pero hubo uno que apareció de la nada. Un chico me tocó el hombro y me dijo: “Oye, tú que tienes cara de ser inteligente, ¿no nos quieres comprar un rollo de canela?”. Era el último que les quedaba y, sin dudarlo, dije que sí. Luego, sonriendo, el chico le dijo a sus compañeras: “¡Eso, ya vendimos, ya nos podemos ir a la casa jaja!”. Pensé en el compromiso de aquellas ventas y lo importante de apoyarlas, los músicos también le recordaban al público sobre las mesas de emprendimientos y que les echaran un vistazo.
El reloj iba apuntando las 6 de la tarde cuando el turno era para los anfitriones: Laura Sal de mi Cabeza se subió al escenario con camisa y corbata. No eran los mismos de hace un año. Se les notaba la calle, la experiencia, estrenando un nuevo miembro, Felipe Salazar, que se encargaba de la voz en algunas canciones y se hizo muy cercano a la banda los últimos meses mientras grababan nuevo material. Una integración que resultó ser un “as bajo la manga”, acomodando la versatilidad del grupo.
Ya finalizando, Laura cambió de ritmo de forma repentina. Los riffs pesados se apagaron para que un beat tropical, con un bajo a quintas bien potente, agarrara por sorpresa al salón, mientras que el guitarrista se descolgaba su instrumento para balancearlo sobre su mano. El factor showman de la banda habló por sí solo. La gente bailó hipnotizada.
En medio del toque, el vocalista, Samuel Rodriguez, le dijo a la audiencia: “Bueno, voy a botar esta piñata”, una piñata de Bluey (sí, el perro) que destrozaron un puñado de personas. La gente cercana preguntaba: “¿Qué había, qué había?”, no alcancé a ver dulces, pero sí vi esos típicos juguetes de piñata.
Como dijo el guitarrista de 10 cosas que odio de ti: “Más que un toque, esto es una fiesta”, y así lo hizo sentir Laura con su última canción “Vapopum”: en vez de armar un pogo con patadas y empujones, la gente se amontonó fue para bailar.
Aquella tarde, Colombia disputaba la cabeza de la fase de grupos contra Portugal, y la organización del evento no ignoró el acontecimiento. La organización se tomó el tiempo de instalar un proyector y un telón para mostrar el partido, además de repartir gratuitamente palomitas para acompañar el encuentro.
Si durante los anteriores shows el salón parecía lleno, para el partido llegó tanta gente que era complicado encontrar un sitio para sentarse con las piernas cruzadas. Fue en ese momento donde, de verdad, más allá de la música, se sintió un evento mucho más comunitario y los nervios por el juego unificaron a las personas. La atmósfera era íntima, oscura y repleta de alcohol. La única luz era la del proyector.
Tras terminar el primer tiempo del partido, se subió a la tarima la banda Asteria para tocar un tema. Era curioso porque el telón del proyector seguía colgado, entonces no se veían ni el baterista ni el cantante, que tenía que irse a los extremos para visibilizarse. Sin importar el juego que tenían al frente, las personas siguieron priorizando la música, sin pereza cantaron los versos: “Serás mi sol, serás mi sol, serás mi sol”.
Después de mirar ese gol de Colombia, que al final terminó anulado, la gente celebró, gritó, y la persona que estaba sentada en la batería empezó a tocar un ritmo improvisado que asemejaba la reacción colectiva.
Al terminar el partido, el público se acomodó para darle la bienvenida a una de las últimas bandas: Esprl. El elemento político tampoco se camufló en este concierto. Al inicio, el guitarrista atacó a Abelardo de la Espriella y luego mencionó: “Esta canción se la dedicamos al país y a toda la gente que ha luchado por el país”, para dar paso al tema “Ciénaga”, cuyos versos el recinto cantó con pasión: “Los árboles del bosque huyendo del incendio (…)”.
Esprl logró llenar el salón y, a diferencia de las demás bandas, era increíble ver cómo tanta gente parecía tan devota a un grupo cantando cada letra de cada canción. Un momento resaltó cuando el vocalista preguntó: “¿Alguien tiene un mensaje?, ¿alguien quiere decir algo?” mientras alzaba su micrófono; se lo acercó a un chico que dijo: “Este es un espacio en el que hay mucho sentimiento, pero por favor todos cuídense, yo me fracturé la mano, por favor cuídense”. “Muchísimas gracias”, respondió el cantante.
El clímax llegó con “La casa de las mirlas”, canción insignia de la banda. El público la cantó a grito herido con todas sus fuerzas. El coro: “El mar me llama, el mar me llama y me quiere llevar con voces incorpóreas que me quieren arrullar” fue una de las gotas que derramó el vaso emocional de todo el evento, pero cuando el pianista cantó: “Siento cuando es tan difícil sentir”, inició un crescendo colectivo que terminó explotando en la pregunta: “¿Por qué siento cuando es tan difícil sentir?”.
Estos espacios no solo ayudan a mantener viva una escena, sino que mantienen la llama interna que tenemos, sobre todo los jóvenes, de mostrarnos genuinos en un mundo que pide perfección. Cada salto y cada grito simboliza eso: una autenticidad que no se puede perder.
Va de la mano con un discurso que dio el guitarrista de la última banda que se presentó: Recuerdo Acariciar con Miedo las Alas de un Ave Herida.
Él miró a la gente y dijo: “Esta comunidad siempre ha sido de la autogestión, del diálogo, de un discurso que no permite el odio ni la extracción de nuestros ideales, que no permite que nuestra comunidad se vea sumida en el posible caos”.
Esos adolescentes y adultos jóvenes vestidos de negro acapararon una porción de la Carrera 16 para que el Smirnoff de tamarindo y el cigarrillo con Electrolit reposaran en los andenes bajo la noche.
La fiesta parecía no terminar, pero me había llegado mi hora. Mi papá llegó para llevarme a casa; me fui convencido de que aquella escena de emo, screamo y rock alternativo no solo es clave para la divulgación musical, sino que es prueba de que la gente todavía quiere sentirse libre de ser ella misma.
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