“Vestir desde adentro”, el proyecto de Carolina Aguirre

4 de Junio de 2026 16:00

Diseñadora de modas, creadora del proyecto "vestir desde adentro"
Por: Carolina Aguirre

Ana Sofia Melo Arango
Bloguero Periodista
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A las siete de la mañana, frente a un armario, se libra la primera batalla del día. El escenario es casi siempre el mismo: una persona inmóvil, adentrada en una parálisis absoluta ante una montaña de opciones, concluyendo con un suspiro que “no tiene nada qué ponerse”. Este fenómeno, que para muchos es una frustración doméstica, es para Carolina Aguirre Gutiérrez el punto de partida de una investigación profunda sobre el comportamiento humano. Para ella, el caos del clóset no tiene que ver con la cantidad de ropa o la falta de ella, sino con algo menos visible: la dificultad de reconocerse a sí mismo.

En una sala en silencio, lejos del ruido de la ciudad, Carolina le pide a Gabriela Cárdenas, una periodista, que cierre los ojos. Gabriela obedece, aunque su cuerpo no termina de soltarse. Hay una tensión leve en la forma en que respira, en los hombros que no bajan del todo, en las manos que permanecen quietas pero rígidas sobre las piernas. Carolina no se acerca al clóset todavía. Antes de hablar de ropa, empieza por otro lugar.

Respira profundo. Lento, le dice.

Gabriela inhala y exhala, tratando de seguir el ritmo. Hay una pausa. Luego, Carolina le pide que piense en un color, el primero que llegue. El verde aparece, pero Gabriela duda. No está segura de por qué ese color, no lo tenía identificado como propio. La duda se queda flotando incluso después de decirlo en voz alta.

En otra sesión, en otro momento del proceso, Laura Rodríguez, una actriz, también cierra los ojos cuando escucha la misma instrucción. Respira, se concentra, intenta ver ese color. Al principio tampoco es claro: aparecen dos, el amarillo de la infancia y el azul que adoptó después, como si incluso en algo tan simple hubiera una negociación interna. No es inmediato ni seguro, pero algo empieza a ordenarse mientras lo nombra, mientras recuerda, mientras conecta con una versión de sí misma que había quedado relegada a un recuerdo difuso.

Carolina no corrige ninguna de las dos escenas. Las deja ocurrir. Hace años entendió que ese instante, el de la duda, el de la contradicción, el de la memoria que aparece sin permiso, es más revelador que cualquier prenda.

No siempre lo tuvo claro. En el año 2000, su relación con la moda pasaba por otros espacios, por otras lógicas. En ciudades, como París, donde la estética parecía estar “resuelta”, empezó a notar algo que no encajaba. Recuerda los recorridos por barrios donde la ropa era impecable, donde las combinaciones parecían estudiadas, donde nada estaba fuera de lugar. Pero también recuerda la sensación persistente de que algo faltaba. Había coherencia en la forma, pero no siempre en el fondo. Personas que cumplían con todas las reglas, pero que no terminaban de habitar lo que llevaban puesto.

En paralelo, empezó a moverse en espacios menos previsibles: pequeños eventos, encuentros improvisados, pasarelas poco comunes en las calles de París o dentro de las paredes de un bar; lugares donde la moda no tenía la rigidez ni los estereotipos de una pasarela. Ahí la escena cambiaba. Los cuerpos eran distintos, las formas de vestir también, y, sin embargo, había algo que se sostenía con más fuerza: la sensación de autenticidad. No era la prenda la que hacía la diferencia, era la relación con ella. Esa intuición se quedó con Carolina incluso después de regresar del exterior, como una incomodidad que no se resolvía desde las reglas tradicionales de la moda.

Por eso, ahora, frente a Gabriela, la siguiente pregunta no tiene que ver con ropa.

—¿Qué te dices cuando te miras al espejo?

Gabriela baja la mirada antes de responder. Dice que a veces se gusta, pero que otras veces se juzga con dureza. Que puede empezar tratándose con cariño, pero termina criticándose. Que se cambia varias veces antes de salir y que, incluso cuando ya está en la calle, duda de lo que lleva puesto. Su clóset está lleno, pero eso no la acerca a una decisión más clara.

Tiempo después, Laura se enfrenta a la misma pregunta, pero desde otro lugar. Dice que durante años lo primero que veía en el espejo era aquello que no le gustaba. Que su mirada siempre iba directo a un punto específico de su cuerpo, como un hábito difícil de romper. Ahora intenta hacer algo distinto: detenerse en otras cosas, en lo que ha atravesado, en lo que ha logrado sostener incluso en momentos difíciles. No es un cambio absoluto, pero es un movimiento.

Carolina escucha y resume sin elevar la voz: ese diálogo interno es el que termina vistiéndolas todos los días.

Cuando finalmente abren el clóset, la escena cambia. En el caso de Gabriela, cada prenda parece traer consigo una historia que pesa más que la tela. Saca una chaqueta, la observa, duda. Dice que no quiere verse de cierta manera, que no se siente cómoda con lo que proyecta. La deja a un lado. Luego aparece un pantalón que no usa desde hace tiempo, no por cómo le queda, sino por la carga emocional que conserva para ella. Esa prenda quedó asociada a una experiencia desagradable que prefiere no revivir, y por eso evita volver a usarla.

Carolina no decide por ella.

—¿Esto eres tú hoy?

Gabriela no responde de inmediato. Mira otra vez, como si necesitara confirmarlo.

En otra escena, Laura también está frente a su ropa, pero la relación es distinta. No porque no tenga dudas, sino porque ha aprendido a escucharlas de otra manera. Recuerda que antes elegía desde lo que “funcionaba”, desde lo que evitaba preguntas, desde lo que la hacía sentirse segura hacia afuera. Ahora se detiene un poco más. Piensa en cómo se quiere sentir, no solo en cómo quiere verse.

Mientras Gabriela acumula prendas que no sabe si conservar, Laura ya ha atravesado ese momento de saturación. No solo de ropa, sino de versiones de sí misma que dejó de habitar. Por eso, cuando Carolina habla de soltar, no se refiere únicamente a vaciar un clóset.

—Agradece y deja ir —dice.

Gabriela sostiene una prenda unos segundos más de lo necesario antes de soltarla. El gesto es pequeño, pero no es fácil. En ese mismo proceso, Laura reconoce algo distinto: que soltar también implica dejar de sostener ciertas formas de mirarse y aceptar que hay ciertas prendas que ya no representan la versión de ti mismo que eres en la actualidad.

Es ahí donde la experiencia de “vestir desde adentro” empieza a tomar forma. No como una asesoría de imagen tradicional, sino como un recorrido que atraviesa cuerpo, memoria y lenguaje interno antes de llegar a la ropa. Carolina Aguirre Gutiérrez lleva 26 años trabajando en la industria de la moda. Desde el año 2000 ha vestido personas en distintos lugares del mundo, moviéndose entre pasarelas, asesorías y procesos de diseño donde la estética parecía ocupar el centro de todo.

Sin embargo, con el paso del tiempo empezó a notar una constante que se repetía incluso en quienes tenían acceso a ropa, tendencias o una imagen cuidadosamente construida: la incomodidad. Personas que, aun viéndose “bien” hacia afuera, no lograban sentirse cómodas con lo que llevaban puesto ni disfrutar la ropa como una herramienta de expresión personal. Esa sensación persistente de insatisfacción fue lo que la llevó a crear, en 2019, el proyecto “vestir desde adentro”.

Desde entonces, durante los últimos seis años, ha trabajado acompañando procesos donde la ropa deja de ser únicamente apariencia y se convierte en una forma de traducir hacia afuera aquello que una persona realmente es. Carolina trabaja en tres niveles: lo que la persona piensa de sí misma, lo que siente cuando se mira y lo que finalmente decide ponerse. El clóset es apenas la última capa de ese proceso.

A lo largo de todos estos años, ha visto patrones que se repiten con distintas caras. Personas que acumulan ropa porque no tienen claro quiénes son; mujeres que compran desde la inseguridad y no desde el gusto; historias personales que se quedan atrapadas en prendas que ya no se usan pero que tampoco se sueltan. También ha visto el peso de ciertas ideas aprendidas: que hay colores que “sí” y colores que “no”, que hay cuerpos que “pueden” y cuerpos que “deben esconderse”, que hay formas correctas de habitar la ropa. Por eso insiste en que el cambio no empieza en el clóset, sino en la relación que cada persona construye consigo misma.

En su libro “Desnuda, un retiro con tu ser (2023)”, Carolina recoge esas repeticiones a través de seis historias de mujeres, incluida la suya. No aparecen como casos aislados, sino como variaciones de un mismo conflicto: la dificultad de reconciliar lo que se es con lo que se muestra. En esas páginas, la ropa deja de ser un tema superficial y se convierte en un lenguaje que revela miedos, creencias y formas de relación con el propio cuerpo. Las experiencias se parecen entre sí no porque las personas sean iguales, sino porque los conflictos que atraviesan tienden a repetirse: la falta de aceptación, el miedo al juicio, la necesidad de encajar.

Carolina ha aprendido a reconocer esos patrones incluso antes de que se nombren. Por eso insiste en que la ropa no cambia la forma en que alguien es tratado si antes no cambia la forma en que esa persona se habita con esas prendas que usa cada día.

Al final del proceso, el contraste no está en la cantidad de ropa ni en la calidad de las prendas. Gabriela llega con opciones múltiples y una sensación constante de no saber elegir, atrapada entre lo que cree que debería usar y lo que realmente le hace sentido. Laura, en cambio, llega a un punto donde la elección no desaparece, pero deja de ser un conflicto permanente. Se mira distinto, se habla distinto y, a partir de ahí, se viste distinto.

Entre una y otra no hay una transformación inmediata ni una solución definitiva. Hay un desplazamiento más sutil: el paso de buscar afuera lo que no se reconoce adentro.

El armario sigue siendo el mismo objeto cotidiano, con sus puertas, sus cajones y sus decisiones pequeñas de cada mañana. Pero algo cambia en quien se para frente a él. Porque vestirse deja de ser únicamente una cuestión de apariencia y se convierte en una forma de relación con uno mismo.

Y en ese gesto, repetido todos los días, se juega algo más profundo que elegir qué ponerse: la posibilidad de dejar de esconderse detrás de la ropa y empezar, lentamente, a habitarla.

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