Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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24 de Abril de 2026 11:30
Cuando se habla de “termales”, muchos piensan de inmediato en Santa Rosa de Cabal, Risaralda; en Paipa, Boyacá; o en Los Ángeles, Huila. Sin embargo, pocos imaginan que en Tabio también existen estas maravillas de calor geotérmico.
Para muchos residentes de municipios cercanos resulta sorprendente, pues suelen preferir los lugares más reconocidos. Además, Tabio suele percibirse como un pueblo “muy alejado” de Bogotá o de otras poblaciones de la Sabana. Esto se debe, en parte, a que las carreteras que conducen allí aún no están rodeadas de grandes construcciones o proyectos de vivienda, y también a que la naturaleza y la flora del camino parecen sacadas de una película.
Desde el occidente de Cajicá, de donde partí a las 10 de la mañana, el trayecto es sorprendentemente corto: apenas nueve kilómetros que en carro se recorren en 22 minutos. Durante el viaje tuve la sensación de estar alejándome por completo de mi casa, aunque en realidad no era así. El recorrido me fue envolviendo con potreros llenos de vacas y pequeñas montañas que se deben rodear antes de llegar al pueblo. Esa geografía, a mi criterio, es lo que genera la sensación de aislamiento.
Al entrar al municipio, empecé a ver a sus habitantes en la calle: pueblerinos bonachones con ruanas y sombreros bien puestos, algunos tomando tinto en la panadería, otros llevando a sus hijos al colegio o simplemente haciendo diligencias. Pronto noté que el lugar de destino quedaba retirado del casco urbano.
Desde el centro del pueblo, a unas cuadras del parque principal, tomé un desvío hacia el norte por una estrecha vía rodeada de interminables lotes verdes vacíos que conducía en línea recta al Cerro de Juaica. Al inicio, el camino parecía monótono, sin giros ni curvas, con cercas y árboles a los lados. Pero tras unos minutos apareció al fondo una puerta blanca cubierta de tejas color café.
Allí estaban los termales, conocidos como el balneario “El Zipa”, un lugar al que locales y visitantes llegan para desconectarse de la rutina y encontrar esa paz interior que tantas veces nos roba el oficio diario.
A la entrada me recibió Jairo Herrera, trabajador del balneario desde hace varios años. Me cobró la entrada: 5 mil pesos, ya que solo iba a conocer el lugar y conversar con los locales. De haberme bañado, el costo habría sido de 30 mil pesos.
Mientras recorría el recinto con más detalle, le pregunté a Jairo por las tradiciones que allí se conservan y por su visión de lo que este espacio natural ofrece. “Lo más grato es ver cuando los visitantes llegan y salen con una sonrisa. Muchos vienen desde Bogotá, pero también es muy común ver extranjeros, quienes se asombran de encontrar piscinas de este estilo en un lugar que para ellos es paradisiaco”, afirmó.
Comencé fotografiando el entorno: los patos, las flores y la gran montaña que se alza al fondo. En ese momento me crucé con un joven que no parecía ser local, pero se mostró curioso frente a mi recorrido. Su nombre: Daniel Marín. Me contó que se había mudado a Tabio dos años atrás, buscando junto a su familia una mejor calidad de vida: aire más limpio, menos ruido que el habitual en Bogotá.
“Cuando descubrí los termales por primera vez supe que iba a ser mi nuevo lugar favorito, pero no solamente para bañarme en sus aguas calientes, sino también para esparcirme de otro modo. A veces, como hoy, nada más vengo a pasar la mañana y a almorzar en el restaurante. Ya los cocineros me conocen y todo”, relató con alegría.
El lugar donde alguna vez los chibchas celebraban sus fiestas ancestrales guarda, tras el olor a azufre y sus paisajes paradisíacos, historias de luchas y dificultades. Los habitantes con los que conversé comentaban que, al ser un sitio algo recóndito, no siempre alcanza la visibilidad que merece. Además, muchos residentes de otras zonas de Cundinamarca suelen preferir los termales de Boyacá, más reconocidos y concurridos.
Valentina Granados, tabiuna de nacimiento, explicó que para ella el balneario es mucho más que simples piscinas de aguas calientes color verde, cargadas de minerales. “Mis padres, desde que tengo memoria, me traían al lugar. Me hicieron comprender que el agua y el azufre son más que necesarias para el alma, son lo que le dan vida”, dijo con nostalgia. Y añadió: “Pero también es triste que a veces el lugar se vea amenazado por la contaminación y el aislamiento”.
Mientras me detenía a observar las flores y el interminable horizonte rural, comprendí que este lugar único significa mucho más de lo que se suele pensar para Tabio. Diego Márquez, periodista de ProColombia, explica que el vínculo emocional entre la comunidad y los termales se debe a que no solo representan la cara principal de “El municipio verde de Cundinamarca”, sino que detrás de ellos existe una herencia medicinal y una conexión comunitaria.
“Este legado cultural se refleja en la construcción de la oferta turística de esta población, pues los termales continúan siendo el atractivo central alrededor del cual se articulan servicios complementarios como gastronomía típica, en la cual destacan los lácteos, alojamientos rurales y actividades de naturaleza”, detalla Márquez.
No obstante, también advierte sobre el fenómeno que enfrenta el balneario, que podría convertirse en un arma de doble filo. Según Márquez, “lo que diferencia los termales de Tabio de los destinos termales de Cundinamarca y del país es precisamente su carácter sencillo, natural y poco intervenido”. Sin embargo, señala que no están preparados para un posible incremento en la actividad turística, pues “se deben aprender a gestionar las capacidades de carga, residuos sin que se genere una saturación que afecte al destino, ni a la comunidad que lo rodea”.
Adicionalmente, Laurent Michelle Campos, trabajadora de la Secretaría de Bienestar Verde de Cundinamarca, mencionó la necesidad de proteger el recinto. ““Las amenazas ambientales no solo afectan el agua: ponen en riesgo biodiversidad, economía turística y la continuidad de un recurso único que Tabio no puede darse el lujo de perder”.
Una vez terminé de realizar mi recorrido por el milagro geológico, fui a la cafetería por una empanada y un café con leche y seguí hablando con Daniel Marín. “Qué bueno que se dé la oportunidad de conocer este lugar, es lo que con cariño llamaría una maravilla en medio de la nada”.
Desde la ventana observé a las personas disfrutando de las sanadoras aguas y detallé lo felices que se veían: las madres jugando con sus hijos, secándolos, los grupos amigos en el borde sintiendo el calor renovador y los salvavidas al fondo.
Finalmente, llegó el momento de despedirme de aquel paraíso escondido, eran cerca de las 12 del mediodía. Aquel viaje había terminado, era hora de volver a Cajicá a retomar el oficio, pero esta vez no era la imagen de un aula de clases lo que había en mi cabeza ni el olor a tinta y papel, sino el olor a mineral, a aire fresco y a naturaleza, la imagen que se quedó en mi cabeza era aquella del agua verde, de los niños disfrutando y de las flores adornando un paisaje de película. Los termales de Tabio representan mucho más que simples aguas cálidas para bañarse, son para el municipio y su población, una herencia histórica, que hace que sin ella “La puerta de los dioses” no sea lo que es hoy en día.
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