Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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29 de Abril de 2026 23:59
Lo admito: no me gusta el fútbol desde que nací. Tengo primos que rozaron el fútbol profesional, tuve un abuelo apasionado por el balón, pero ninguno de ellos me hizo enamorarme del balompié. Fue James y ese Mundial de 2014 lo que hizo que mi mayor pasión despertara. Una pasión similar a un romance tóxico, donde he vivido más derrotas que victorias, pero en el que sigo y disfruto como nadie. Este pasado martes se disputó la semifinal de ida entre el Paris Saint-Germain y el Bayern Múnich por la Champions League, y qué semifinal. Un solo partido basta para recordar esta serie como uno de los mayores deleites de este siglo, y un nuevo encuentro que hace que me enamore más de ese deporte que, a veces, da más desilusiones que alegrías, pero el del martes fue una gran alegría.
En París, el compromiso terminó con un resultado de 5-4 a favor del equipo parisino. Sí, 9 goles, un promedio de 1 gol cada 10 minutos. Un resultado similar al de esos partidos que todos jugamos en el colegio o en el barrio, donde no había arquero y todos corrían detrás de un balón. La diferencia es que esto es fútbol profesional; y no, los equipos no defendieron mal. Las críticas hacia un partido de estas características, por carecer de táctica y de seriedad a causa de la cantidad de goles, son injustas y apáticas. Son rasgos de una amargura que abruma a unos cuantos “fanáticos”.
Es difícil narrar cronológicamente los hechos. Pasamos de un 1-0 a favor de los visitantes a un 5-2 para los locales, para que después, cuando cualquier otro equipo se habría rendido y habría dado por muerta la eliminatoria, los alemanes recortaran la diferencia y dejaran la serie a un solo gol para el partido del próximo miércoles. Fue un vendaval de ambos equipos, haciendo que un partido de fútbol pareciera uno de tenis o de baloncesto.
Ahí llegan las primeras virtudes del compromiso: la identidad y el carácter. Ninguno de los dos equipos renunció a sus cualidades, ni se abrumó con sus debilidades. ¿El Bayern es un equipo largo entre sus líneas? Sí. ¿Hay un equipo que aproveche más los espacios y las transiciones que el PSG? No. ¿El Bayern renunció a su estilo sabiendo los peligros que conllevaba? Tampoco. El partido fue un ejercicio de gallardía y de identidad, de una valentía y confianza plenas en su proceso. Es muy común que los equipos cambien su esencia dependiendo del rival, pero ninguno de los protagonistas del encuentro cometió este error. Ambos mostraron sus falencias, pero sin ningún tipo de pena.
Pero una obra como esta no puede realizarse sin actores estelares. El cast de esta película es similar al de un filme de Christopher Nolan o Quentin Tarantino. Aquí no vimos a DiCaprio, De Niro, Cillian Murphy o Christian Bale. Vimos a Harry Kane, Khvicha Kvaratskhelia, Ousmane Dembélé, Michael Olise, Vitinha y Luis Díaz. Todos con una actuación meritoria de un premio. Ver a un jugador como Nuno Mendes ser totalmente sobrepasado por Olise fue una prueba de lo que jugaron los atacantes. O también lo es ver cómo Stanisic, uno de los mejores laterales del mundo, tuvo pesadillas con un georgiano que hizo lo que quiso en su banda izquierda. El partido fue un deleite técnico y atlético, con 22 tipos corriendo 90 minutos con el balón pegado al pie. Cada jugador puede tener una compilación de sus jugadas que, si alguien ve en 2040, pensará que se trata del heredero de Pelé.
Los protagonistas nunca dejaron de jugar al fútbol. Es común ver por estos lados del continente la marrullería, la vagancia, la pausa técnica y la pelea. Estos tipos no actuaron así. Jugaron los 90 minutos sin pausa alguna, sin conflicto ni tensiones. Y cuando Sandro Schärer pitó el final, todos se dieron la mano como señores y regresaron a su vestuario. Una elegancia que los caracteriza, pero de la que centenares de equipos carecen.
Y qué mayor orgullo podemos sentir que tener a uno de los nuestros allí. El partido de Luis Díaz fue apoteósico. Generó un penalti y anotó un gol inenarrable. Pero no todo se basa en su contribución al resultado. Hace dos semanas fue decisivo con dos tantos para eliminar al Real Madrid, con una anotación al final del segundo encuentro. En esa ocasión no fue influyente en el juego de su equipo; pero el martes sí: contó con un juego asociativo impecable, con unas carreras y transiciones que dejaron atrás al mejor mediocampo del planeta, y con un compromiso total. La cereza del pastel para el guajiro fue uno de los mejores goles de su carrera. Un pase largo y templado de Harry Kane dejó a Díaz solo frente a Marquinhos, donde el colombiano la bajó con el taco del pie, hizo un amague y una pausa que descolocó al capitán de los parisinos, y colocó el balón con efecto al fondo de la red. El gol fue anulado por supuesto fuera de lugar, pero el VAR corroboró un gol que selló el mejor partido de la carrera de Díaz, quien dio un golpe sobre la mesa de la élite del deporte y dijo “presente”. Una actuación que hace que al colombiano del común se le infle el pecho y vuelva a confiar en la ya pronta Copa del Mundo.
El próximo miércoles se jugará el juego de vuelta en Alemania, donde se decidirá quién pasa a la final de la competición más importante a nivel de clubes. Puede que sea un partido reciente y que la nostalgia nos haga decantarnos por duelos del pasado, pero sin duda este es el mejor partido de fútbol que he visto en los últimos años, o inclusive del siglo. Aprovechen, señores, que están en la ciudad del museo del Louvre, porque esa obra de arte debe ser colgada.
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