El show de Ca7riel y Paco Amoroso: Bogotá se rinde al caos irreverente

11 de Septiembre de 2025 09:00

Ca7riel y Paco Amoroso cantando en el Movistar Arena de Bogotá
Por: Sebastián Rosas

Alejandra Vasquez Valencia
Periodista Periodista
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Ca7riel y Paco Amoroso encendieron el Movistar Arena en su primer concierto propio en Bogotá, con un show que desbordaba energía, sátira y fiesta colectiva. Entre luces, fuego y crítica a la industria musical, la dupla argentina convirtió la noche en una experiencia sensorial.

“¿Cuánto tiempo estarías dispuesto a esperar para ver a un artista en primera fila?”, es una pregunta usual entre fanáticos de cualquier corriente. Para muchos, esa pregunta tuvo respuesta el pasado 10 de septiembre, cuando algunas personas hicieron fila desde las 7:00 a. m. en el Movistar Arena de Bogotá para asistir al concierto de Ca7riel y Paco Amoroso.

Se trata de dos artistas que son parte de la nueva ola argentina que fusiona trap, funk, electrónica y rap con una energía arrolladora que ya los ha convertido en referentes de la escena latinoamericana.  

Con letras cargadas de ironía y puestas en escena que fusionan lo teatral con lo musical, sus presentaciones trascienden el formato tradicional del concierto para convertirse en verdaderas experiencias sensoriales. En Colombia, sus nombres resuenan entre quienes exploran nuevas rutas dentro de la música urbana, alejándose de lo convencional en busca de propuestas auténticas y provocadoras.

Esta visita representaba no solo su primer gran encuentro con el público bogotano, luego de la presentación en el Festival Estéreo Picnic (FEP) de este mismo año, sino también la confirmación de que el under rioplatense ya no es tan “under”: está marcando tendencias en festivales y playlists de la región.

Juan Vargas, integrante del club de fans de los argentinos y el primero en llegar a hacer fila, llevaba una pancarta que, haciendo alusión al fragmento que se volvió viral de la canción El Único, pedía que le hicieran algún garabato en el cuello para tatuarse al día siguiente. No fue el único en llamar la atención: influencers aprovecharon la espera para dinamizarla con retos, como uno que consistía en estirar unas cintas pegadas a una figura del torso de Paco, simulando sus piernas, hasta adivinar su estatura; quien acertara se llevaba un premio.

Al principio predominaban jóvenes de entre 15 y 25 años, pero con el paso de las horas se sumaron adultos de 40 en adelante e incluso niños desde los 10 años que aguardaban en la fila con la misma ilusión. La música de la dupla demostró ser intergeneracional.

Cuando por fin dieron acceso a la platea, un niño pequeño logró quedar en primera fila gracias a que varias fans lo dejaron pasar y lo cargaron para que alcanzara a ver mejor, con la esperanza de que pudiera subir al escenario. Eso no ocurrió, pero sí consiguió que el camarógrafo le tomara una foto que más tarde apareció en el Instagram oficial de Ca7riel y Paco, un pequeño triunfo colectivo celebrado como propio.

La primera fila también venía con empujones incluidos. Bastó con que empezaran a inflarse las dos cabezotas de los artistas, características de cada concierto, a cada extremo del escenario, para que la negatividad se esfumara. Ya iba a empezar el concierto.

La analogía de “inflarse” —músculos bombeados con esteroides— atraviesa la obra reciente de Ca7riel y Paco Amoroso y da nombre a su gira. Papota, jerga argentina para proteína en polvo y que le da nombre al EP —formato musical breve que suele incluir entre tres y seis canciones, más extenso que un sencillo pero más corto que un álbum— se convierte en metáfora de una industria musical que exige brillo constante, cuerpos perfectos y performance impecable, sofocando la autenticidad.  

El cortometraje del EP, tras el salto del Tiny Desk, satiriza productores vampíricos, letras vacías y la presión algorítmica: frases como #tetas o el personaje “Chad GPT” encarnan esa banalidad. Entre crítica y humor, los artistas exponen ansiedad, ego e impostura, pero también rescatan la amistad como antídoto para no perderse en el camino.

El concierto arrancó con la banda en vivo, que dio vida a las sonoridades electrónicas de los discos. Los músicos, monstruosamente talentosos, llenaron el Movistar Arena de un groove vibrante y se ganaron protagonismo antes de que aparecieran Ca7riel y Paco Amoroso. 

Ellos irrumpieron sentados en un inflable con la palabra Papota, abriendo el concierto con Dumbai, la primera canción que había llegado a ser conocida de ellos. Navegaron con fluidez entre rap, funk, electrónica y jazz, hasta llegar a una balada llamada Pirlo que transformó el ambiente: el público iluminó el Movistar Arena con linternas decoradas con los colores de la bandera de Colombia: amarillo, azul y rojo. 

A cada asistente se le entregó un sticker de uno de esos colores, que luego se pegó sobre la linterna, creando desde las gradas una imagen vibrante y colectiva de la bandera nacional.

De ahí en adelante, la puesta en escena fue una fiesta desenfrenada. Hubo humo, fuego, láseres y hasta strippers que los cargaron y lanzaron por los aires. Ca7riel se lució en la guitarra y con un histrionismo que recordaba por momentos a Freddie Mercury, mientras la voz rasposa de Paco enamoraba a la audiencia. 

Aunque no todo el setlist era conocido por el público, las canciones eran tan contagiosas que se podían memorizar al instante. Era imposible no dejarse llevar por el ritmo. Fue una hora y media de puro desenfreno y energía que convirtió al concierto en adoración colectiva.

Lo único que opacó la experiencia fue el camarógrafo: si bien las pantallas ayudaban a quienes estaban lejos, su constante presencia en el escenario desconectaba un poco a los artistas del público cercano.

Al terminar algunos asistentes tuvieron una especie de amnesia posconcierto. Como explicó el psicólogo Ewan McNay, profesor de la Universidad SUNY Albany, a Business Insider, un exceso de excitación puede llevar a que la memoria no logre consolidar lo vivido, lo que hace que se olviden partes del show. Algo similar ocurrió con fans de Taylor Swift en The Eras Tour, quienes reportaron quedarse sin recuerdos claros de conciertos frenéticos de estímulos y emociones. Lo que quedó, sin embargo, fue la certeza de haber vivido una celebración explosiva e irrepetible.

Fue mucho más que un concierto: una muestra poderosa de cómo la mezcla entre lo urbano y otros géneros puede detonar una experiencia vibrante, caótica y genuina—la esencia misma de Ca7riel y Paco Amoroso. Bogotá se rindió ante su irreverencia y se dejó llevar por una energía que derrochó autenticidad. 

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