Tejer: el oficio artesanal que Cogua no puede perder

29 de Mayo de 2026 13:00

Por: Juan Ospina
11 Min

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El domingo en Cogua huele a panaderías de barrio y suena a puntos de venta energéticos y llamativos. Cerca del parque principal, circulan familias que vienen de diferentes partes del país, turistas que fotografían sin comprar, y vendedores que aprendieron hace tiempo a distinguir al que mira del que tiene intención real de llevarse algo.

Miguel Ahumada está entre sus ruanas desde las seis de la mañana. No porque abran a esa hora, sino porque hay cosas que se hacen por tradición. Lleva 38 años viviendo de los tejidos, mucho más que muchos alcaldes juntos. Más que la propia asociación que él mismo ayudó a fundar.

El arte de tejer no nació de una tradición familiar, de hecho, su acercamiento a los tejidos en lana vino de un apoyo. "Le pedí el favor a un vecino que era el que tenía el telar, que me enseñara. Me enseñó un día y con eso yo seguí." A partir de ese momento, construyó una pasión que lleva casi cuatro décadas intacta. Hoy conoce el proceso completo: sabe esquilar, sabe que el vellón recién cortado necesita entre ocho y quince días antes del primer lavado "porque si no, a la oveja le da descalentada y se empieza a pelar”, sabe que el agua debe ser tibia y que el jabón no va en esa etapa.

El mayor desafío que encuentra para seguir adelante es el tiempo. Declara que hay días en los que sencillamente no le da tiempo para hilar, solamente para tejer; este es el primero de muchos desafíos que se viven en la Asociación de Artesanos de Cogua (ASOACOGUA).

En marzo de 2003 el alcalde del momento tuvo una idea: levantar, organizar y formalizar a los tejedores del municipio. Se hicieron reuniones, se redactaron estatutos, y el 3 de ese mismo mes, el puesto de venta se legalizó. Miguel estuvo desde el inicio. "Yo soy cofundador", dice, sin ninguna particularidad, como quien cuenta un dato que es simplemente verdad. Lo que siguió fue una lenta construcción. La asociación fue tomando forma, presencia y un lugar en el mapa artesanal del municipio. El municipio, por su parte, fue aprendiendo a integrarlos a su economía.

Jaime Paz, gerente de desarrollo económico de Cogua, define la actividad artesanal de esta forma: "Si bien el fuerte de nosotros no son las artesanías como tal, sí que tenemos un fuerte como es la gastronomía, que es lo del tema de la picada, igualmente tenemos un fuerte en temas turísticos que es la represa del Neusa". Los artesanos se encuentran al final de esa cadena. Los visitantes llegan por la gastronomía y los atractivos turísticos, y solamente antes de marchar, pasan por el centro del municipio.

El municipio le da a la asociación un espacio en el corredor los domingos. Cuatro veces al año organiza ferias: la de emprendedoras en marzo; la gran feria turística y artesanal de noviembre, y una más en el calendario. Para salidas a eventos externos, la administración cofinancia con las asociaciones que tienen estructura suficiente para asumir su parte.

Son respaldos reales. Miguel no lo niega. Pero un corredor dominical y cuatro ferias al año no son suficientes para sostener un oficio que requiere semanas de trabajo por pieza. Las ventas, dice Miguel, son esporádicas. "Hay veces que uno dice: el lunes, ¿a quién se le puede vender? Y hay veces que sí se vende el lunes. Como hay veces que los jueves y viernes no se vende nada." Los días más concurridos son los sábados y los domingos, pero son igual de impredecibles que otros.

El problema que llegó desde afuera

A Miguel se le pregunta por el estado del comercio artesanal desde que existe la asociación y la respuesta da una vuelta inesperada: "el mercado está muy afectado", dice. Y añade la razón: el contrabando.

No habla de mercancía ilegal propiamente dicha. Habla de tejidos que vienen del Ecuador y otras regiones, que entran al país con documentación en regla, pero que compiten directamente con las ruanas locales a precios que ningún tejedor artesanal puede igualar. Dice que ese producto ha ido cerrando el espacio. "No sólo aquí en el municipio, sino en general en todo el país".

El tema no ha llegado a la municipalidad. Al ser interrogado, Jaime Paz atiende al cuestionamiento y contesta con sinceridad: “Es la primera vez que lo escucho”. Y admite que aun sabiéndolo, el espacio de acción local sería estrecho: "No es de la responsabilidad del resorte de la administración municipal el control de ese tema porque ya se vuelve más macro". Los tejidos entran con toda legalidad, el municipio no tiene manera de interceptar esa cadena.

La brecha entre las preocupaciones de los artesanos y el conocimiento de quienes gestionan el sector constituye parte del problema. Miguel y los demás tejedores tampoco han buscado alianzas con asociaciones de otros municipios para abordarlo en conjunto. "No se ha hecho", admite. "Y realmente no ha habido quien ayude a especificar esa parte."

Hubo un tiempo en que los visitantes llegaban y compraban. Miguel lo recuerda sin nostalgia excesiva, pero con precisión: "El turismo antes llegaba y le gustara lo que le gustara, compraba y lo llevaba." Eso cambió. Hoy el turista llega, mira, pregunta el precio y negocia. "Hoy en día el turismo por más que sea regatea", dice Miguel. El turismo extranjero, que en otro momento representaba una venta segura y a mejor precio, es ahora escaso y más cauteloso.

El municipio sigue apostando a ese circuito turístico. Paz menciona la represa del Neusa, la gastronomía, los eventos culturales como anclas que traen gente. Pero el comportamiento del visitante cambió, y las artesanías lo sienten primero porque están al final de la cadena: si el turista gasta menos en general, recorta primero lo prescindible, y una ruana —por más auténtica que sea— puede esperar.

Lo que se viene si nadie lo evita

La preocupación más honda de Miguel no es el contrabando ni el turismo que regatea. Es que lo que él sabe hacer desaparezca cuando él ya no esté.

Lo dijo en público cuando se posesionó el nuevo gobernador: "Eso es cuestión de las administraciones, fomentar algo para incentivar a la juventud para que no se acabe la tradición."

Desde la gerencia de desarrollo económico, Jaime Paz comparte esa inquietud con claridad. "Ese tema inquieta mucho, y no solo en la parte artesanal, sino en muchas otras labores en las cuales no hay ese relevo generacional", dice. El diagnóstico es específico: en tejidos de lana, la mayoría de los artesanos son adultos mayores. En bisutería y otras artesanías hay jóvenes, pero el telar es territorio de personas de tercera edad. "La idea es poder hacer ese relevo generacional y capacitarlos”, agrega Paz.

Por ahora es más deseo que programa. El municipio trabaja el tema del relevo desde la gastronomía y quiere extenderlo a los artesanos, pero la hoja de ruta concreta todavía está por construirse.

Hay, eso sí, una promesa de infraestructura. La plaza de mercado que lleva tiempo en construcción debería estar lista, según Paz, hacia finales del año entrante. "Obviamente tendrá sus espacios tanto de comercialización como de exposición de las artesanías", dice. La idea es que una vez avance la obra, se pueda pensar también en veladas culturales y exposiciones permanentes.

Es la apuesta más tangible que tiene el sector por ahora. Un espacio que todavía no existe para un oficio que sigue existiendo apenas.

Lo que queda

Cuando la conversación ya está por terminar y el corredor comienza a vaciarse con la llegada de la tarde, Miguel Ahumada suelta una última reflexión que nadie le pidió, pero que parece llevar consigo desde hace años. Mientras alrededor algunos comerciantes empiezan a guardar sus productos y el ruido del día se convierte poco a poco en silencio, él habla de la artesanía como si hablara de algo más grande que un oficio. “El mensaje es que apoyen la artesanía local. Sea el municipio que sea, departamento que sea, todos tenemos una artesanía y es cultural y ancestral”, dice con calma, como quien no intenta convencer a nadie, sino recordar algo que siente evidente. Para Miguel, cada ruana, cada tejido y cada objeto que se vende en el corredor representa una historia que viene de mucho antes que él mismo.

Luego añade otra idea que parece resumir la razón por la que sigue levantándose cada domingo antes del amanecer para instalar su puesto. “Que preservemos y que nos propongamos a no dejar caer lo ancestral. Siempre es indispensable lo ancestral.” No lo dice desde el discurso romántico ni desde la nostalgia vacía, sino desde la experiencia de alguien que aprendió el oficio casi por casualidad y terminó dedicándole gran parte de su vida. Durante 38 años ha repetido el mismo ritual en Cogua: llegar desde las seis de la mañana, organizar las prendas, atender a quienes pasan por el corredor y volver a guardar todo cuando cae la tarde. Con el tiempo, ese trabajo dejó de ser solamente una manera de ganarse la vida y se convirtió también en una forma de resistir al olvido.

Los domingos terminan siempre de la misma manera. Las ruanas regresan lentamente a las bolsas, los maniquíes se desmontan, las mesas se recogen y el corredor queda vacío otra vez, como si durante unas horas hubiera existido un pequeño mundo que desaparece al caer la noche. Miguel observa ese cierre semanal desde hace casi cuatro décadas y, aunque el movimiento del mercado sigue vivo, también sabe que cada vez son menos las personas jóvenes interesadas en continuar con este tipo de tradiciones. Por eso, cuando el silencio vuelve al corredor y los últimos comerciantes se marchan, queda una pregunta inevitable rondando entre los puestos vacíos: quién continuará con ese ritual cuando Miguel Ahumada ya no esté ahí para abrir el día desde las seis de la mañana.

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