Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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28 de Mayo de 2026 13:00
Al caer la tarde, una masa blanca, espesa y acolchada, comenzó a cubrir la montaña en el último tramo del descenso. En ese momento, no había ninguna referencia visual del horizonte: no había suelo ni se avistaba tierra. Solo instrumentos. Ni un grupo armado, ni el sonido de las hélices, ni siquiera la llamada de alerta.
Y, aún así, el helicóptero siguió bajando.
“Todo estaba nublado”, recuerda el teniente Ángel Gualdrón. Solo era confiar en su entrenamiento y en su aeronave.
La misión de rescate era en el departamento del Chocoó, una región con diversidad natural y cultural, de población en su mayoría afrodescendiente y, desafortunadamente, una de las más complejas en seguridad del país. Ubicada al occidente de Colombia, se encuentra a más de 500 kilómetros de la ciudad de Bogotá y, en avión, desde Medellín, a unos 55 minutos aproximadamente, el punto más cercano de operación para la Fuerza Aeroespacial Colombiana.
Su geografía, selva densa, ríos y una constante nubosidad, no solo dificulta el acceso por tierra, sino que convierte cada operación aérea en un reto técnico y humano. En este lugar hacen presencia distintos grupos armados, entre ellos el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y el Clan del Golfo, lo que aumenta el riesgo de cada operación.
Diez soldados del Ejército Nacional de Colombia habían sido heridos tras un ataque con explosivos lanzados desde un dron. Diez vidas que dependían de que ese helicóptero UH-60L Black Hawk lograra entrar y salir de una zona donde los criminales no solo estaban en tierra, sino también en el aire.
Antes de despegar, cada pieza del helicóptero es revisada con precisión. No es un procedimiento, es una condición de supervivencia. “El helicóptero es ingeniería, no magia”, afirma el teniente Gualdrón. Todo debe estar a punto: los niveles de aceite y combustible listos, el sistema hidráulico sin fugas ni derrame líquido rojo, señal de una posible falla y cada una de las líneas correctamente conectadas; porque, si algo de eso falla, el helicóptero simplemente no responde y, además, el piloto no tendría la fuerza suficiente para moverlo. De eso depende que se narre una historia… o no.
En el aire, cualquier error tiene sus consecuencias.
”Si una falla compromete la seguridad, se cancela de inmediato. Antes de cada vuelo, la tripulación realiza un briefing en el que revisa cada detalle: desde los sistemas de navegación y comunicación hasta los protocolos de emergencia. Nada se deja al azar. No es solo revisar, es decidir. Porque un error en el sistema de control de vuelo o navegación no solo impide la misión: puede significar la pérdida de la aeronave”, explica el técnico de aviación, el intendente Rivera.
Aquella tarde, fue alertada la base del Comando Aéreo de Combate No. 5, Bg. Arturo Lema Posada, en Rionegro, desde donde se coordinan este tipo de operaciones para el occidente del país, y con ella se activó un engranaje que funciona contra el tiempo.
La tripulación reconstruye el escenario al que se va a enfrentar; se despliega toda la inteligencia militar para anticipar los riesgos. En una de las misiones, incluso, la información llegó cuando sobrevolaba el lugar.
“Recuerdo una misión específica en la que salimos a una evacuación aeromédica en una zona con alta presencia de grupos armados, especialmente el Clan del Golfo“, cuenta el teniente Gallo, de Inteligencia, una de las estructuras criminales más grandes del país, dedicada al narcotráfico y con fuerte presencia en varias zonas del territorio nacional.
La voz se mantiene firme, pero lo que describe genera angustia en su rostro. “Una vez despegamos, ya en el aire, nos informan que interceptaciones a estos grupos habían permitido escuchar que reportaron la salida de mi helicóptero y la escolta. Eso fue vital porque ya sabíamos que en el punto al que íbamos nos estaban esperando”, agrega el teniente Gallo.
En ese momento, todo cambió. No era solo un rescate, sino una posible confrontación, ser atacados con drones, explosivos o fuego directo. La información en tiempo real se convirtió en la única guía para entrar, salir y evitar esa amenaza.
Aun así, despegan, porque hay algo que pesa más que el miedo: el tiempo; cada minuto, cada instante es apremiante para la misión. Una vida se extingue en la inmediatez de unos pocos minutos. “No se puede morir ningún herido. No se puede morir un compañero más”, afirma el teniente Gualdrón, con la presión que los comandantes les inducen para dar resultados. Esa indicación es el pilar de la misión; se instala en la cabeza de todos, taladrando cada pensamiento o emoción.
“La alerta cambia todo. Ya no solo se trata de la vida del rescatado, sino de toda la tripulación. Por eso tenemos una regla clara: no podemos permitir que una misión termine convirtiéndose en otra. Tenemos que asegurar que los que rescatan no se vuelvan los rescatados”, complementa el teniente Gualdrón.
Siete hombres van a bordo del Black Hawk: el piloto y el copiloto, quienes lideran y van al mando de la aeronave y el personal; dos artilleros de puerta, abrazando dos ametralladoras, M240H de 7,62mm o Minigun M134 de 7,62 mm montadas en las ventanas laterales; un técnico cuarto que manipula el hoist, en quien recae la responsabilidad de manejar este sistema para la extracción de los heridos según la localización; y los rescatistas de personal, quienes le prestarán la atención médica previa al manejo hospitalario.
“Independientemente de qué sea amigo o enemigo, toca atenderlo. La vida va por encima de todo”, explica el técnico cuarto Sánchez, recordando que, en medio del caos, no hay espacio para decidir a quién ayudar.
El vuelo hacia el punto es una entrada progresiva a la incertidumbre. La meteorología es adversa: nubes bajas, lluvia, visibilidad casi nula. Volar en esas condiciones implica confiar en el GPS, las cartas de navegación, los indicadores del panel.
Un punto de aterrizaje que inicialmente es seguro puede dejar de serlo ante la presencia de un artefacto explosivo, lo que obliga a modificar la ruta entre áreas boscosas y obstáculos como cables de energía, que pueden bloquear la ruta de salida y obligar a maniobras inmediatas para evitar un impacto.
Desde el aire, esa amenaza tiene forma concreta: drones.
“Artefactos que antes eran de uso civil, modificados de manera artesanal para lanzar explosivos, vigilar movimientos y atacar sin exponerse”, comenta el teniente Gualdrón.
Mientras el helicóptero avanza, la amenaza es una realidad en medio del vuelo, cada sonido y movimiento se siente distinto; las hélices cortan el aire, dejando un zumbido ensordecedor; el viento golpea el fuselaje como si intentara destruirlo, pero la adrenalina permite, en ese momento, bloquear todo sentimiento de temor.
En esta zona colombiana hay un ataque cada día. Desde la cabina, esas cifras no son estadísticas son una advertencia constante. Cada descenso, cada maniobra, cada segundo en tierra puede coincidir con uno de esos ataques que no anuncian su llegada y que han convertido el cielo en otro frente de guerra.
El diario El Tiempo sacó a la luz un informe donde establecía que, entre abril de 2024 y febrero de 2026, se habían registrados 418 ataques con drones cargados con explosivos en Colombia, lanzando cerca de 935 artefactos. Estos hechos dejaron al menos 328 víctimas entre civiles y miembros de la fuerza pública.
En medio del vuelo, el copiloto describe su enfoque operativo durante la misión: "Lo primero que me pasa por la cabeza es empezar a hacer como él dónde estoy, para dónde voy, cuánto me voy a demorar, cuánto combustible voy a utilizar, qué tipo de aeronave voy a utilizar”, explica el teniente Gualdrón.
El conflicto no es el mismo que se vivió años atrás. En los años 90 y 2000 predominaban organizaciones como las Fuerzas Armas Revolucionarias de Colombia (FARC), el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y los grupos paramilitares; hoy hacen presencia disidencias de grupos como el Clan del Golfo.
Estudios publicados por organismos como la Fundación de Ideas para la Paz muestran que los grupos armados hoy superan los 27.000 integrantes y que esta cifra ha venido en ascenso, casi en un 23% en un solo año. A esto se suma un aumento del 34% en las disputas armadas y una expansión del control territorial que ha intensificado la guerra en zonas estratégicas.
“La inteligencia militar es vital porque nos permite entender qué está pensando el enemigo, qué capacidades tiene en la zona y qué posibles acciones puede tomar. Esa información, sumada a la que entrega la tropa en tiempo real, es la que define cómo entramos, por dónde salimos y qué riesgos debemos anticipar en cada misión”, explica el Teniente Gallo, de Inteligencia.
Esa incertidumbre y desesperación se vuelve mas evidente en el momento en que la operación entra en contacto directo con el terreno y con los evacuados.
La motivación es encontrarlos con vida: demacrados, heridos, cubiertos de sangre; algunos con esquirlas en su cuerpo y cara, extremidades fragmentadas por el impacto, vendas improvisadas, nudos de torsión que reflejan la solidaridad de sus compañeros.
Ahí entran los rescatistas, son los primeros en bajar, los que cargan, los que atienden, los que escuchan. “Lo primero que realizamos al llegar a tierra es asegurar la zona donde se encuentra el herido, verificando posibles riesgos para la tripulación. La intención es evacuarlo y llevarlo a un lugar donde pueda recibir atención médica”, explica el técnico cuarto Sánchez.
“No me dejen morir, mi familia me espera en casa”, dice uno de los soldados. Esa solicitud se queda marcada en el alma del técnico cuarto Sánchez; nunca se le olvida.
Aunque hay confusión, se siente un vacío, un silencio. Aquel soldado, con su rostro parcialmente cubierto, manchado de sangre espesa. “Es cómo ver una mezcla entre una película de terror y una de suspenso”, recuerda el teniente Gualdrón.
“Una evacuación que no olvido fue en la que me tocó sacar un personal de enemigos heridos, nos tocó sacar 2 soldados profesionales y 2 enemigos, uno llega a pensar muchas cosas, uno dice: si lo atiendo o no porque fueron los que les dieron a nuestros compañeros; pero, ante todo, reflexiono y sé que la vida va primero y toca llevarlos sanos y salvos”, comenta el técnico cuarto Sánchez, con una expresión seria en su rostro al recordar el hecho.
Tras la evacuación, la operación no se detiene. La salida del punto es inmediata, condicionada por el riesgo en tierra que está latente en el momento.
El helicóptero no puede quedarse mucho en tierra. Cada segundo aumenta el riesgo de un nuevo ataque. A veces no pueden aterrizar y deben usar el hoist, manteniendo la aeronave completamente quieta en el aire durante varios minutos. Esta maniobra exige precisión absoluta. Cuando termina, el cuerpo reacciona: manos temblorosas, sudor, silencio.
Dentro del helicóptero, la misión continua. Se revisan signos vitales, se priorizan heridos, se toman decisiones en segundos. Porque no siempre se puede evacuar a todos en un solo vuelo. Pero ese día lo lograron. Todos fueron evacuados.
Cuando la misión termina, regresan a la base. Los motores se apagan; solo queda la experiencia vivida; soldados que sobrevivieron, que agradecen, que recuerdan ese momento en el que pensaron que todo había terminado.
Y allí aparecen esas caras ocultas, como la del teniente Gualdrón, quien a sus 22 años hace parte de la tripulación encargada de estas misiones. A bordo del helicóptero Ángel, ha participado en el rescate de más de 26 personas, cada una en condiciones distintas y bajo escenarios diferentes.
Estos hombres despegan confiando en la aeronave, en su entrenamiento y en la coordinación del equipo, mientras cumplen misiones en las que cada decisión puede marcar la diferencia. Y con esa responsabilidad, vuelven al aire.
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