De la venta de empanadas al tatami internacional

5 de Junio de 2026 10:00

Por: Francisco González

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I. La física del asfalto y el tatami

Sus nombres llegaron impresos en la lista oficial. Clasificados. Los tres torneos, las tres banderas: los Nacionales en Colombia, la Serie A de Coruña en España y el Campeonato Panamericano en Brasil. Angélica Lucía Ospina Gómez y Álvaro Andrés Yopasa Quiroga habían hecho lo que se les pedía —pelear, ganar, sumar los puntos suficientes para que el sistema los reconociera como lo que son: dos de los mejores karatecas del país—. El circuito de élite absoluto los esperaba. El problema es que el circuito de élite absoluto no paga el pasaje.

Por: Francisco González

Bogotá empieza antes que el sol. A esa hora en que la ciudad aún no ha decidido si es noche o madrugada, cuando el frío de la sabana cae como una losa sobre los hombros y el asfalto húmedo refleja la luz amarilla de los postes, dos atletas clasificados para competir en tres países diferentes ya están de pie, cargando el peso del día.

Las neveras no distinguen entre campeones y vendedores. Pesan igual para todos.

Angélica tiene 50 kilogramos de cuerpo que defender con vida —son los mismos con los que compite, los mismos que cuida con disciplina feroz en cada comida, en cada entrenamiento, en cada hora de sueño que logra robarle al calendario—. Álvaro carga la categoría de -61 kg en los hombros, y las piernas largas con las que cruza el tatami —la superficie acolchada donde se libran los combates— a la velocidad del pensamiento son las mismas que sostienen horas de pie detrás del puesto, atendiéndolo todo con la misma concentración con la que leen a un rival. Ambos se mueven con la eficiencia que solo da el entrenamiento: la espalda recta, el paso medido, la mente calculando distancias como lo hacen en combate.

Este es su doble turno.

En el universo del alto rendimiento local, la confirmación de un cupo no viene acompañada de un pasaje de avión ni de una cuenta de hotel saldada. Viene acompañada de una pregunta silenciosa pero asfixiante que se instala directamente en el cuerpo: ¿cómo vamos a llegar allá?

Antes del mediodía, cuando otros deportistas descansan entre sesiones, ellos resuelven el problema que ninguna medalla nacional ha podido resolver del todo: la plata para el siguiente torneo. La solución se llama empanada. La idea nació de la necesidad y de la solidaridad —la mamá de Zayeb Castro, otro integrante del equipo, centraliza los insumos, garantiza la producción y mantiene el flujo de caja; ellos saben venderlas y el recibimiento de la gente ha sido más grande de lo que esperaban—. Cada fin de semana se organizan, cuentan el inventario, se ubican en el puesto y abren la jornada. La logística no tiene la elegancia de un contraataque de kumite, pero tiene la misma intención: avanzar contra el tiempo, resistir el golpe de los gastos, ganar cada punto disponible.

El cuerpo que soporta dos sesiones de entrenamiento al día es el mismo que aguanta horas de pie junto a las neveras. El mismo que llega al dojo —la sala de entrenamiento del karate— con las piernas pesadas por la jornada en el puesto y tiene que convencerlas, con pura voluntad, de que aún les queda velocidad. Para Álvaro, ese rival invisible que acumula cansancio en los gemelos y en los muslos después de las horas de venta es quizás el más difícil de vencer. No tiene nombre. No aparece en los brackets del torneo. Pero siempre está ahí cuando se sube al tatami.

El observador casual que pasa por la carrera séptima solo ve a dos jóvenes detrás de un puesto de empanadas, atendiendo clientes con la naturalidad de quien lleva años haciéndolo. Nadie se imagina que debajo de esas chaquetas de invierno se esconden los dorsales y el corazón de dos de los mejores exponentes de las artes marciales en el continente. El asfalto es su primer juez: implacable, sin podio y sin aplausos. La calle es su dojo al aire libre, y el puesto, su primera batalla diaria contra el cronómetro.

No los llamen víctimas. Son atletas de doble jornada. Su resistencia no nace sola del entrenamiento: se forja pateando la calle y se consolida en el tatami.

II. El costo real de una medalla

Hay un número que ningún marcador deportivo registra: la cantidad de empanadas que equivale a un pasaje internacional de ida y vuelta.

Angélica Ospina es actualmente la Top 2 de Colombia en la categoría Kumite femenino -50 kg. El Kumite es la modalidad de combate del karate —dos atletas frente a frente, marcando puntos con golpes y patadas de precisión controlada— y los -50 kg es la categoría más ligera y veloz de la rama femenina. No es una cifra menor sostenerse entre las dos mejores del país. En un deporte donde el cupo para representar a Colombia se gana peleando —punto a punto, combate a combate, torneo a torneo—, esa posición exige exactamente la misma ferocidad que competir afuera. Este año se coronó Campeona Nacional Senior representando a la Liga de Boyacá, un título que confirma lo que el circuito colombiano ya sabe: que esa mujer menuda y veloz que llegó de Sogamoso es una de las cartas más peligrosas que tiene el país. Detrás de ese oro nacional hay también un bronce panamericano junior que no fue suerte ni accidente. Es trayectoria. Yo llevo como 14 o 15 medallitas ya colgadas, dice con una sonrisa que no presume sino constata.

Álvaro Yopasa cierra la temporada como Campeón Nacional Senior 2025 en kumite masculino y medallista de bronce nacional en la máxima categoría. Es el Top 5 de Colombia en los -61 kg, forjado bajo la exigencia casi militar del Club Dane de Karate-Do, uno de los dojos más respetados y rigurosos del país.

En cualquier otra latitud del mundo deportivo, estas credenciales significarían una vida dedicada por entero a la optimización del rendimiento: concentraciones en centros de alto rendimiento, preparación biomédica personalizada, asesoría nutricional estricta, fisioterapeutas de cabecera y la única preocupación mental de estudiar los videos tácticos de los rivales extranjeros. El atleta de élite internacional vive en una burbuja diseñada para la victoria. En Colombia, la burbuja no existe; el atleta debe construir las paredes de su propio gimnasio y asegurar el sustento de su propia carrera.

La gran paradoja del deporte colombiano los alcanza a ambos con la misma puntualidad que los golpes bien ejecutados: ganar el cupo es solo la mitad del trabajo. La otra mitad se llama financiación.

Esta urgencia económica que obliga a los campeones de élite a recurrir al comercio informal en la Ciclovía responde directamente al histórico declive presupuestal que atraviesa el deporte en Colombia. Fue en esa grieta donde nació la respuesta. Dijimos que había que hacer algo al respecto, recuerda Angélica. Todos queremos mejorar, todos queremos crecer juntos como amigos, como equipo. ¿Qué hacemos? La mamá de un compañero hace empanadas. Le compramos, las vendemos. Probemos a ver qué pasa. La respuesta de la gente fue grande. El recibimiento de las personas fue muy grande. Fue muy bacano saber que hay personas que entienden que uno como deportista está sacrificando muchas cosas y que la inversión es realmente grande.

Por: Francisco González

Este declive del sector deportivo nacional ha seguido una curva descendente que asfixia el recambio generacional y la permanencia en la alta competencia. Pasar de la promesa de un apoyo estructural a un techo presupuestal tan bajo significa, en la práctica, que el Estado central ha decidido soltarle la mano a sus campeones en el momento más crítico de sus carreras. Esta asfixia financiera se filtra de inmediato hacia las instituciones locales —como el Instituto Distrital de Recreación y Deporte (IDRD) en Bogotá—, los cuales ven limitada su jurisdicción legal a proveer únicamente metodólogos, entrenadores, fisioterapeutas y espacios de entrenamiento para torneos del calendario nacional. Por la falta de rubros y las fronteras de su competencia jurídica, se ven obligados a desentenderse de los tiquetes de la agenda competitiva internacional, dejando ese peso muerto sobre los hombros de la federación y, en última instancia, en los bolsillos de los propios atletas. Como lo explica el propio Álvaro Yopasa de manera muy directa:

«Teníamos que buscar alguna otra manera de poder subsanar como los gastos y pues una de ellas fue vender empanadas en grupo... buscando poder asistir a todos los campeonatos, poder tener un foco internacional».

La división de poderes institucionales deja un vacío que los atletas pagan caro, algo que Álvaro enfatiza de forma tajante:

«Los otros campeonatos en los que nosotros queremos estar y en los que son internacionales ellos no apoyan directamente porque no es su jurisdicción sino es la de la federación».

Como lo explica Angélica con una honestidad que no reclama lástima sino comprensión, la Federación suele apoyar con alimentación y hospedaje, y la liga —en su caso, la de Boyacá— ha respondido con inscripciones y algún tiquete cuando ha podido. En las inscripciones que he tenido este año me han aportado, me han aportado con uno que otro tiquete. Han estado ahí bastante presentes como empujando la situación, reconoce. Pero los pasajes para certámenes como centroamericanos, suramericanos y panamericanos, los gastos del día a día en el exterior: eso corre por cuenta propia.

Pero tras un periodo de promesas institucionales, el Ministerio del Deporte sufrió un hachazo estructural sin precedentes en la asignación de sus recursos públicos. Las proyecciones presupuestales estatales consolidan una reducción dramática, recortando los fondos globales de la cartera a una cifra alarmante e histórica de tan solo 208.000 millones de pesos. Esta cifra representa una caída drástica de más del 60% en comparación con los recursos asignados en el año anterior, cuando el presupuesto del sector alcanzó los 1,3 billones de pesos, dejando un hueco financiero de casi 1,1 billones de pesos menos para la ejecución de programas de alta competencia e infraestructura.

En el tatami no se puede medir en empanadas lo que cuesta un punto. Pero en la calle, la ecuación es perfectamente clara. Cada cliente atendido, cada jornada de ventas es una cuota más del pasaje a una competición. No hay abstracción en eso. Es concreta, tangible, y tiene un peso —literal— que se carga con las manos.

III. El cronómetro y la báscula: los dos tiranos invisibles

La vida del karateca de élite está gobernada por dos tiranos implacables que no aparecen en ningún afiche oficial: el tiempo y el peso.

En el Kumite Senior, los combates tienen una duración estricta de tres minutos: dos atletas se enfrentan en una superficie de ocho metros cuadrados, marcando puntos con técnicas de puño y patada dirigidas a zonas específicas del cuerpo del rival, ejecutadas con velocidad y control. Para el espectador habituado al fútbol o al boxeo, tres minutos parece un lapso insignificante. Dentro del tatami, es una eternidad de desgaste y tensión psicológica pura. Como lo describe Álvaro con precisión quirúrgica: son 3 minutos que se hacen muy largos porque en esos 3 minutos tienes que pensar que el rival está ahí pensando en qué hacer para poder marcarte. Todo el tiempo es una tensión mental que muchas veces es lo que a uno lo hace perder.

Para mantener esa velocidad de ejecución, el cuerpo debe funcionar como una máquina de precisión absoluta. Cada gramo de peso innecesario es un lastre que reduce la capacidad de aceleración y retrasa el tiempo de reacción por milisegundos —milisegundos que en la alta competencia marcan la diferencia entre esquivar un golpe o recibir un impacto que le otorga tres puntos al rival.

Es aquí donde la doble jornada adquiere su dimensión más cruel.

Álvaro debe mantenerse en los 61 kilogramos con un régimen nutricional estricto mientras su jornada diaria transcurre de pie en el puesto, rodeado del olor de la comida que financia sus viajes. En la alimentación uno tiene que estar muy estricto, no se puede pasar, porque el deporte de combate es con categoría de peso: uno se pasa y no puede competir, explica. El hambre física de la dieta se cruza con el hambre de gloria deportiva. La báscula oficial del torneo es el primer rival al que debe vencer cada vez que viaja; una batalla diaria que se libra en el silencio de cada jornada en el puesto, lejos de cualquier cámara.

Angélica enfrenta un desafío análogo en los -50 kg. Al ser la categoría más ligera del kumite femenino, la agilidad es el factor determinante. El desgaste físico de las largas jornadas de pie en el puesto genera una fatiga acumulada en los músculos de la cadera y en los gemelos —las mismas zonas del cuerpo que necesita tener completamente descansadas y explosivas para ejecutar los desplazamientos rápidos y los amagues que caracterizan su estilo de combate. Mientras sus oponentes internacionales dedican las horas posteriores al entrenamiento a la crioterapia y el descanso en hoteles, los campeones colombianos siguen aguantando las piernas después de las jornadas en el puesto, desafiando las leyes de la recuperación deportiva para asegurar el dinero del próximo destino.

El cronómetro de la calle corre en contra del cronómetro del tatami. Y aun así, siguen ganando.

IV. Dos vidas cruzadas por el desarraigo

Sostenerse en la élite del deporte implica una madurez temprana donde el carácter debe blindarse y la identidad, redefinirse lejos de casa. La historia de Angélica y Álvaro está marcada por decisiones radicales y transiciones que no aparecen en las estadísticas oficiales pero que explican quiénes son cuando suben al tatami.

Angélica es de Sogamoso, Boyacá. De una ciudad pequeña donde el dojo quedaba cerca de la casa, donde los compañeros de entrenamiento eran también los amigos de la infancia, donde la familia estaba al alcance de una llamada corta y una visita rápida. Todo era mucho más asequible, dice, inclusive el dojo en el que yo entrenaba, que fue fundado por un grupo de amigos. Se sentía propio, familiar. Vino a Bogotá a estudiar Artes Escénicas, y el cambio fue un golpe seco: la gran ciudad no tiene esa temperatura de lo conocido. Bogotá me costó muchísimo. Dejar a mi familia también fue bastante complicado. Todavía moverme en Bogotá me cuesta, me da muchos nervios. Hubo épocas densas donde el apoyo de un equipo desapareció y se vio obligada a entrenar sola en la sala de su apartamento. Su entrenador de años se fue del país y desde la distancia le mandaba el mensaje que debía ser suficiente: Con esto tienes para mantenerte. Sigue. El preparador físico, en Barranquilla, enviaba los planes por mensajería. Una karateka de élite forjando su oro en una sala de apartamento bogotano, con el frío de la sabana entrando por las ventanas.

Pero Angélica cuenta con una armadura particular que la diferencia del resto de competidores: es estudiante de Artes Escénicas, y el teatro y el karate no son para ella dos vocaciones en competencia. Son el mismo idioma en dos dialectos distintos.

La actuación me regaló el explorarme en el cuerpo, jugar con las posibilidades, decir: me voy a poner a estudiar qué siento en el cuerpo para aprender cosas nuevas de karate, explica. Y al revés, en las artes escénicas hay muchas técnicas que vienen de los principios de las artes marciales: la postura, el centro, la energía. En la categoría más ligera de la rama femenina, donde la fuerza bruta es secundaria y lo que domina es la agilidad y la capacidad de engaño, Angélica actúa en el tatami: ejecuta fintas —movimientos falsos para confundir al rival—, amaga con la mirada, maneja el ritmo del espacio como si fuera un escenario y confunde a la rival antes de lanzar la técnica definitiva. Cuando grita en el combate —ese kiai, el grito de energía que en el karate acompaña cada golpe y que, según las reglas, es requisito para que el árbitro valide el punto—, lo hace con la misma comprensión con la que una actriz llena la sala: la energía viene del centro del cuerpo y se proyecta; también en la voz sucede algo, la energía se moviliza y el poder viene de la voz. Estoy ahí dando todo de mí, toda mi energía está en esa técnica.

Nadie sabe cómo estoy entrenando, si tengo que llorar, si tengo que batallar lo que haya sufrido, dice Angélica con una firmeza que no busca consuelo. Yo tengo que ir allá y dar lo mejor de mí. Si estoy acá es porque me lo gané igual que tú, no sé qué hiciste tú, probablemente tienes un montón de preparadores, no me interesa. Yo también estoy acá y me lo gané.

Cuando sube al podio, piensa en su papá y en la videollamada de después. En el novio esperando. La medalla se va, dice, pero me quedé con: hice esto, estuve con ellos, me amaron. Eso es todo.

Álvaro tiene una historia diferente pero toca la misma nota. Bogotano de pura cepa, encontró el karate a los 12 años cuando el fútbol —ese primer deporte de casi todo colombiano— no le dio lo que buscaba. En el primer campeonato nacional al que fue, llegó subcampeón en kata —la otra modalidad del karate, donde el atleta ejecuta en solitario una secuencia de movimientos de ataque y defensa que los jueces evalúan por su precisión y expresión—. Las cosas se empezaron a dar. A los 16 o 17 ya sabía que esto no era un hobby: si quiero llegar algo lejos, esto no es solamente un juego y no puedo solo ver lo que sin la responsabilidad que conlleva esto. Y asumió esa responsabilidad con todo lo que implica: la Selección Bogotá, los torneos nacionales, la categoría senior donde los combatientes llevan cinco o seis años de experiencia acumulada y el que llegó nuevo tiene que compensar con velocidad, malicia y una fortaleza mental de hierro. Sin dejar de lado sus estudios como un ingeniero químico de la Universidad Nacional.

Pero para Álvaro, el combate psicológico más difícil, el que pone a prueba la estructura real de su carácter, no ocurre bajo los reflectores de un coliseo. Ocurre en la cotidianidad de la calle. Mi ego es competitivo, más en el tatami, en las competencias, y no se transfiere a mi vida personal o a las actividades que llevo en otros ámbitos, dice. Esto de vender empanadas más que bajar el ego es como: tengo que dejar la pena. Porque la gente tiende a pensar que vivir del deporte es muy fácil, o ni siquiera piensan que uno puede vivir de esto.

Por: Francisco González

Despojarse del rol de atleta temido y metido de lleno en el Top 5 de la nación para asumir con total orgullo el papel de vendedor en el puesto de la carrera séptima demuestra una madurez que va mucho más allá de cualquier trofeo. Lo hace igual. Y eso dice más que cualquier medalla.

V. La comunidad invisible del dojo

Detrás del esfuerzo individual de Angélica y Álvaro existe una red de soporte que no aparece en las transmisiones oficiales ni en las fotografías de premiación. El karate es, por definición, un arte marcial de combate individual. Pero la preparación para la alta competencia es un proceso colectivo que requiere de un ecosistema humano dispuesto al sacrificio.

La logística de las empanadas es el mejor ejemplo de esa comunidad invisible. La producción no es el esfuerzo aislado de dos personas que cocinan por la noche. Es un engranaje donde la mamá de Zayeb Castro —otro integrante del equipo que entiende perfectamente el costo de mantener vivo un sueño continental— aporta su experiencia, su espacio y su tiempo para centralizar los insumos y garantizar que la calidad del producto permita mantener el flujo de caja necesario para los viajes. Los demás miembros del grupo ayudan en la difusión, priorizan las ganancias hacia los que tienen torneo más cercano, y rotan los turnos en el puesto cuando los horarios de entrenamiento de Álvaro o los ensayos escénicos de Angélica coinciden con las horas pico de ventas.

La logística se maneja más flexible de lo que uno puede pensar, explica Álvaro. El que pueda va, y resolvemos las ganancias. Priorizamos a las personas que ya tengan un campeonato cerca. Tenemos mercancía guardada que nos ayuda a seguir vendiendo sin tener que preocuparnos por comprar de nuevo cada semana.

Esta dinámica comunitaria cambia por completo la psicología del deportista. El atleta que compite bajo el patrocinio de una corporación representa a una marca y responde ante un contrato de rendimiento comercial. El atleta que se financia a través del rebusque comunitario representa a su entorno inmediato, a la red de personas que pusieron de su propio bolsillo y de su tiempo para que el viaje fuera posible. Cuando Álvaro entra al tatami sabe que cada uno de sus compañeros está exigiendo su cuerpo al máximo para que él llegue en óptimas condiciones físicas a competir. No hay espacio para la autocomplacencia en un dojo donde todos saben cuánto costó el pasaje de avión del compañero.

Por: Francisco González

Así sea tener un compañero que le diga a uno "a mí tampoco me sale nada" y reírse un rato, dice Angélica sobre lo que significó encontrar ese grupo después de los meses de soledad en Bogotá. Fue lo que me hizo sentir más apoyada. Eran amigos que realmente querían que me fuera bien y querían compartir karate conmigo.

La comunidad invisible es el verdadero motor que sostiene el ranking. Y sus reuniones no son en una sala de juntas: son en el puesto de la carrera séptima, con el calor de las neveras y el frío de la sabana disputándose el mismo aire.

VI. La última frontera

El año ha pesado. Los cuerpos saben cuántos combates llevan encima.

Primero fueron los Nacionales en Colombia, la competencia madre donde se define quién es quién en el escalafón del país, donde Angélica defendió y consolidó su estatus como campeona y Álvaro se coronó campeón en su versión del 2025. Luego vino el viaje transatlántico: la Serie A de La Coruña, España —parte del circuito oficial de la Federación Mundial de Karate, donde compiten los mejores atletas del planeta para acumular puntos en el ranking global—, financiado en buena parte con las ganancias del puesto. Haber pisado ese tatami a punta de autogestión es una hazaña que el periodismo deportivo tradicional rara vez alcanza a dimensionar: significa haber competido en igualdad de condiciones técnicas contra atletas respaldados por patrocinios multinacionales y apoyo estatal ilimitado.

En este instante, del 25 a 30 de mayo, el calendario señala Brasil.

El Campeonato Panamericano es la última gran frontera del año. La más importante. La que define el posicionamiento continental, la que abre puertas a ciclos más largos, la que tiene el peso específico de lo que se juega cuando todos los mejores del hemisferio se reúnen en el mismo tatami. Las piernas cargan cada sesión anterior. La mente carga cada sacrificio económico, cada jornada en el puesto, cada empanada vendida que representa una fracción del pasaje que los llevará allá.

El contraste en el lugar de la competencia es brutal y evidente para cualquiera que entienda la dinámica del deporte moderno. Mientras los competidores de las potencias extranjeras —Estados Unidos, Brasil, las delegaciones europeas— asisten a estas citas con equipos completos que incluyen médicos deportólogos, psicólogos especializados en el manejo de la presión y analistas de datos, Angélica y Álvaro viajan con una estructura mucho más ligera y una carga mental inmensamente más pesada.

En cada esquina del tatami internacional, mientras esperan la señal del árbitro, ellos no solo repasan la estrategia técnica o los movimientos del oponente. En su mente se dibuja el mapa de la carrera séptima de Bogotá, el rostro de cada cliente que se detuvo a comprarles una empanada para apoyar el fondo común, la lista de personas a quienes les deben cada segundo de permanencia en el exterior. Pienso en mi familia, y obviamente pienso en las empanadas, dice Angélica. Las personas están haciendo esto, estamos intentando que las cosas sucedan y eso está en nuestras manos y lo estamos agarrando fuerte para que las cosas pasen.

Y agrega, con una convicción que no necesita público: Todas estas personas no saben lo que yo estoy pasando. No saben si entro sola o no. Pero si estoy acá es porque soy igual de fuerte, igual de capaz. Nadie va a saber lo que pasa detrás del telón, sino lo que pasa allá.

Esa presión económica no los aplasta. Los alimenta. Hay un hambre de victoria que no se explica en los libros de entrenamiento y que sus rivales, con todo pagado desde siempre, jamás lograrán comprender ni contrarrestar cuando el cronómetro empiece a correr. Es la hambre de quien sabe exactamente cuánto costó cada segundo en el tatami.

VII. El camino de las manos vacías

Kara-te-do: el camino de la mano vacía.

Hay una ironía piadosa y exacta en esa etimología cuando se aplica a Angélica y Álvaro. Sus manos viajan a Brasil vacías de los recursos que debería garantizar un Estado que dice creer en el deporte. Vacías de apoyo institucional oportuno, vacías de los cheques que deberían respaldar a los campeones nacionales de una disciplina olímpica, vacías de las garantías mínimas que cualquier federación debería otorgar a quienes llevan la representación del país a nivel internacional.

Pero llenas de todo lo demás.

Llenas de la técnica acumulada en años de entrenamiento. Llenas de la dignidad que da saber que no se les regaló nada, que cada clasificación la pelearon, que cada pasaje lo consiguieron punto a punto —en el tatami y en la calle—. Llenas del calor de la gente que compra una empanada en la carrera séptima con calle 81, frente al Papa Johns, y que al hacerlo —quizás sin saberlo del todo, quizás intuyéndolo— está financiando una presencia colombiana en el continente.

Más allá de las posiciones finales que registren los tableros del Panamericano, la historia de estos dos atletas encierra una lección sobre el papel del deporte en el tejido social del país. El deporte en Colombia es un salvavidas, dice Angélica con la convicción de quien sabe exactamente de qué habla. “Somos un país que necesita unión, que necesita comunidad. Invertirle al deporte es invertirle a la niñez, es cuidar los futuros adultos. Hay muchos que en su barrio solo tienen una cancha, un tatami, un dojo —y a eso se aferran. Con eso podemos salvar corazones, podemos salvar personas.”.

Por: Francisco González

Álvaro guarda su ego para el tatami. Lo que sale a la calle es un joven que entiende que la gloria no llega sola, que hay que ir a buscarla con lo que se tiene, que la dignidad no está reñida con el sacrificio, y que un campeón nacional que vende empanadas no es una contradicción: es la versión más honesta de lo que significa perseguir la excelencia en Colombia. Quiero llegar a ser campeón mundial, dice sin dudar. Llegar a representar a Colombia de la mejor manera y llegar a ser el mejor del mundo, con todas las capacidades que me veo.

El verdadero oro deportivo de este país no se gestiona en las oficinas alfombradas de los entes oficiales ni se planifica en los presupuestos de los planes de desarrollo estatal. Se amasa en la clandestinidad de la madrugada, se sirve con orgullo desde un puesto en la carrera séptima de Bogotá y lo financia el ciudadano de a pie: el transeúnte que detiene su prisa diaria en una esquina del norte de la ciudad para comprar una empanada y, sin llegar a saberlo del todo, termina impulsando el vuelo internacional de un campeón de élite.

Del 25 al 30 de mayo, en Brasil, sus manos llegarán vacías de recursos y llenas de todo lo que no se compra. Pelearán por el país que no siempre los financia, frente a rivales que no entienden ese peso, con la gente de a pie como patrocinador invisible.

Y cuando ganen —porque el karate de doble jornada también gana—, la medalla no sabrá solo a gloria. Sabrá a empanada, a madrugada bogotana, a piernas cansadas que decidieron seguir. Sabrá a todo lo que pusieron en las manos para que las manos llegaran llenas.

Puedes encontrar a Angélica Ospina, Álvaro Yopasa y su equipo en la carrera séptima con calle 81, frente al Papa Johns, los fines de semana. Llevan lo que tienen. Van por lo que merecen.

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