Sin tiquetes al centro: punk al sur

30 de Mayo de 2026 10:00

Por: Gregorio Arciniegas

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Era un sábado por la noche en Bogotá. Las gélidas corrientes de viento no daban tregua en las angostas calles del barrio El Restrepo. En una de sus viejas esquinas, atravesada por cableados eléctricos y remiendos de lo que era asfalto, se levantaba el salón de ensayos Garage Club. Afuera del local, el frío cortaba la piel; adentro, unos 70 punkeros esperaban ansiosos el inicio del toque de K-93, una de las bandas pioneras del punk en Colombia. 30 años de existencia se sostenían frente a un público que los vio nacer: el barrio y la calle.

La razón de esa congregación no era un festival de la alcaldía ni el resultado de un estímulo del Instituto Distrital de las Artes. Era, más bien, su antítesis: un evento gestionado desde y para la comunidad. La cuarta edición del festival Kalle y Ruido, era el nombre del festival, y fue en esencia, un encuentro donde no se pidió permiso para hacer ruido —ni para existir—.

Henry Timote, organizador del evento y baterista de la bandas Doom Patrol y Lipotimia, lo sabe perfectamente. Aunque se disculpó con el público por cobrar la entrada a 30 mil pesos, entiende que ese es el costo de levantar un festival al sur de la ciudad, lejos del centro tradicional que durante años fue símbolo y refugio del punk.

Cuatro décadas atrás, la historia era distinta. En una Bogotá atravesada por el narcotráfico y la violencia, el punk a duras penas se hacía notar. No había festivales ni circuitos consolidados. Solo seis casetas, ubicadas en la calle 19 con carrera séptima, traían y distribuían música y afiches para una comunidad de cerca de 100 jóvenes. Allí, sobre las bancas cercanas del Eje Ambiental y el halo de la noche, se reunían muchachos de clase media y popular que resistían al violento entorno y encontraban en las guitarras y los gritos una vía de escape.

Una de las primeras piedras angulares en Bogotá fue La Pestilencia, fundada por Héctor Buitrago —hoy guitarrista de Aterciopelados— y Dilson Díaz, la banda ensayaba en un garaje escondido de Barrios Unidos. Hoy en día es Dilsón, su vocalista, quien mantiene el proyecto a flote. Con los años, nuevas propuestas se sumaron al movimiento: K-93, Morgue, S.S. (Sin Salida), Polikarpa y sus Viciosas, entre otras.

Desde los años noventa, el punk no dejó de expandirse. Barrios como Chapinero, Teusaquillo y La Candelaria se consolidaron como epicentros de encuentro, ruido y fraternidad. Lugares como Kaput, Abbot y Costello y El Estruendo marcaron la época. Ya entrados los 2010, el movimiento se instaló por el sur y el occidente. En barrios obreros como El Paraíso y Nuevo Chile, la circulación de casetes y CDs se volvió más cercana, los trayectos hacia el centro menos necesarios y, en paralelo, se fortaleció el aguante comunitario frente a la mano dura de la pobreza y del diario vivir.

Por Gregorio Arciniegas / En medio del mar de puños y patadas, se capta un joven disfrutando del pogo.

Ricardo Meléndez, director del documental Bogotá Punk: Los podridos ochenta, ha sido testigo de ese recorrido. Durante años ha observado crestas puntiagudas y chaquetas cargadas de taches, siguiendo la evolución de una escena que hoy suma cientos de bandas y eventos en casi todos los rincones de la ciudad.

Para él, el crecimiento del punk en las últimas dos décadas responde a una transición natural. “No es raro que el punk crezca y se desplace, porque siempre ha sido un fenómeno que se adapta a donde está la gente y a cómo vive la gente”. Esa capacidad de adaptación —casi instintiva— ha abierto nuevos espacios.

El festival Kalle y Ruido es uno de ellos, lugar donde también se presentó Mal Augurio, una banda de cinco músicos que superan los 25 años y que en su mayoría cuentan con formación profesional en música. Ellos son testigos de una escena que muta en una urbe que les ha cerrado la puerta.

Así lo expone Camilo Pérez, guitarrista de Mal Augurio

Lo han intentado por la ciudad entera: restaurantes del centro, conciertos de la escena emo de Teusaquillo, y hasta bares de rock en el norte y el occidente. Pero la experiencia les ha dejado una verdad poco grata: no encajan en cualquier lugar. Algunos les reprochan la falta de “calle” por inspirar sus composiciones en Béla Bartók; otros cuestionan su estética por tocar con camisetas de fútbol y shorts claros.

Por Gregorio Arciniegas / Federico Zuñiga en acción desde su bateria, mientras la banda Mal Augurio hace un regrabación en estudio.

Aun así, hubo un espacio que los acogió con calidez maternal. A Fuego, su primer hogar, fue durante un tiempo el único bar punk ubicado en el corazón del exclusivo barrio de Usaquén. Allí encontraron retazos de su público ideal. Curiosamente, también fue el lugar de su primer concierto como banda y, meses después, del último antes del cierre definitivo del local, el pasado 31 de enero.

—Fue como un círculo completo —recuerda Camilo Pérez, guitarrista de la agrupación, entre risas.

Detrás de ese espacio estaba Nicolás Cadena, su fundador y administrador. Politólogo de profesión y conocedor de la escena desde sus 20s, quien se dedicó a programar bandas emergentes y a sostener una apuesta clara: dar visibilidad a nuevas las voces del punk.

Sin embargo, el aumento del arriendo terminó por desmantelar el proyecto. Nicolás hizo cuentas más de una vez, pero terminaba el balance con el mismo resultado. El costo de mantenerse subía, pero el espacio no se hacía más rentable. Del otro lado, su arrendador subía la cifra sin matices ni peros, amparado en el Código de Comercio y el IPC (Índice de precios al consumidor) . Así, cuatro millones de arriendo se volvieron ocho en menos de cuatro años.

La última noche en A Fuego, el 23 de enero del 2026, no tuvo nada de épica, solo la certeza incómoda de que el problema no era el público, ni las bandas o los organizadores, sino el precio de existir en ese barrio. El bar y centro cultural, en ese sentido, es un reflejo más de la realidad actual. Bogotá, en medio de su transformación urbana y megaproyectos como el metro, parece privilegiar el orden, el silencio nocturno y los negocios de alto consumo. En ese proceso, las expresiones culturales más ruidosas quedan al margen.

Por Gregorio Arciniegas / En el festival Kalle y Ruido Vol.4. Durante la adrenalina del momento, jóvenes poguean y agitan sus cuerpos al son de las guitarras.

La llamada ley “Antiruido” y el Decreto 293 de 2025 no solo existen en el papel, han afectado a sitios icónicos como El Estruendo. A mitad de los toques, cuando la distorsión se amenizaba y las bandas apenas comenzaban se hacía frecuente la visita de la policía. Ahí, simplemente no había discusión. El volumen caía de golpe, susurraban “¡Silencio!” y con sepulcro apagaban todas las luces. Afuera, la noche del centro seguía intacta; adentro, el punk sonaba contenido, domesticado y fuera de lugar.

Desafortunadamente, hubo otros bares y restaurantes que no corrieron con la misma suerte que El Estruendo. Tan solo en 2024, cerca de 1,700 bares cerraron por incumplimientos de normas o quejas relacionadas al ruido.

Antes este panorama, la respuesta no se hizo esperar. Ese mismo año surgieron nuevas formas de resistencia. Punk al Parque, en su primera edición —liderado por José Suárez, Juanita Forero y Jorge Casas—, se planteó como una contestación directa a las barreras del sistema. Un festival “¡Disruptivo y disidente!” que, tras la exclusión del punk en Rock al Parque por primera vez en su historia, buscó reconfigurar el espacio desde lo autogestionado y la crítica social.

Ya han transcurrido dos años desde que el primer Punk al Parque se tomó Metro Banderas y mientras el centro cede ante arriendos impagables y regulaciones estrictas, bandas como Mal Augurio resisten desde la filosofía del hazlo tú mismo. En estudios pequeños como Eón,—ubicado en La Castellana, al norte de la ciudad— graban su música y producen su propia distorsión. Así, entre los confines de las consolas y los micrófonos, la autogestión para ellos deja de ser estética para convertirse en una forma de sobrevivir.

Por Gregorio Arciniegas / Simón Ochoa, canta con pasión y a grito herido una regrabación de Lepra dentro del estudio.

Ya no esperan convocatorias saturadas de burocracia ni validaciones institucionales del Distrito. Si el centro se vuelve inaccesible, simplemente migran. “Caeremos donde sea que nos dejen tocar”, dice Simón Ochoa, su vocalista. No es resignación o pragmatismo: es estrategia. Es una forma de evitar que el ruido desaparezca o se silencie.

Hoy, al revivir noches como las de Kalle y Ruido, el mapa parece marcar sus bordes como el punto de referencia. Lo curioso es que Bogotá podrá seguir urbanizando sus calles y redefiniendo sus dinámicas, pero es gracias a la existencia de estos bordes que difícilmente logrará callar una inconformidad que se filtra por las grietas.

Esa es una verdad tan intrínseca a su naturaleza como lo es a un pogo sudoroso y ejecutado hasta el cansancio. Porque mientras siga vigente la inconformidad, seguirá vigente el punk.

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