El grano de café que sostiene a Colombia se hunde

28 de Mayo de 2026 11:56

Granos de café en proceso de secado, una de las etapas más afectadas por el exceso de lluvias durante la crisis cafetera de 2026.
Por: Isabella Barrera

Isabella Barrera Guzman
Bloguero Periodista
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Antes, cuando Julián Guerrero llegaba al cafetal a las siete de la mañana, el aire olía a algo distinto. Las matas estaban tupidas, los gajos doblados por el peso de los granos de color rojo, y la luz de la mañana entraba entre las ramas como si el mundo fuera un lugar ordenado. Él recorría los surcos con las manos abiertas, toca cada grano, escoge solo los maduros, los que tienen ese rojo oscuro que parece ser un buen café. “El momento que más me gusta del día es cuando me encuentro un gajo de la mata completamente maduro”, dice. Hoy sigue llegando a las siete. Sigue recorriendo los mismos surcos. Pero los gajos no están igual. Las matas han cambiado, el clima las ha cambiado, y lo que antes era una certeza —que la cosecha iba a llegar— ahora entra en duda.

Colombia es un país construido, en una buena parte, sobre el café. Más de 500.000 familias dependen directamente del cultivo a lo largo de regiones como el Huila, el Eje Cafetero, Nariño y Antioquia. Durante mucho tiempo, el grano colombiano fue sinónimo de calidad en los mercados internacionales, y el sector cafetero fue uno de los sustentos más sólidos de la economía nacional. Pero en 2026, ese pilar está temblando. Según datos de la Federación Nacional de Cafeteros, la producción cayó un 33,5 % en el primer trimestre del año frente al mismo periodo de 2025: de 3,78 millones de sacos se pasó a apenas 2,51 millones. Y si se mira el año cafetero completo —de octubre de 2025 a marzo de 2026— la caída acumulada llega al 28 %. La Federación proyecta que al cierre del ciclo la producción no superará los 12 millones de sacos, una cifra que no se registraba desde 2022.

Julián lleva diez años en el café, que lo siembra en un pueblo llamado tibirita, y dice que para él el cafetal siempre ha sido más un refugio que un trabajo. “Para mí el café significa un hobby, es el espacio que yo tengo para descansar del día a día. No hay sonidos cerca del cultivo, está alejado de ruidos.” Pero ese silencio también ha cambiado. Lo que antes era quietud ahora tiene el sonido constante de la lluvia, de un clima que ya no se comporta como antes. “Ha disminuido la temperatura, hace más frío ahora y eso afecta mucho la mata”. Las lluvias del primer semestre de 2025 registraron niveles de hasta un 50 % por encima de la media histórica en varias zonas productoras del país, según la Federación Nacional de Cafeteros. Ese exceso de agua afectó las floraciones del café y, con ellas, el desarrollo del grano que se cosecharía meses después. “Cuando llueve suele haber heladas y eso quema mucho la mata y afecta la calidad del producto. La calidad no es la misma y la cantidad tampoco.”

Pero el frío y las lluvias son solo la mitad del problema. La otra mitad tiene que ver con números, con precios, con la lógica de un mercado que pocas veces favorece al que más trabaja. Julián lo dice con la calma de alguien que ha aprendido a convivir con la injusticia: “Eso depende mucho del precio al que estén pagando la carga de café, pero en muchas ocasiones sí se ve uno arrastrás para pagar jornales y todo el tema, porque cuando hay producción suelen bajarle al precio.” Los abonos han subido. Los jornales también. Pero el ingreso no siempre acompaña ese aumento. “No es justo. Siento que cuando sale producción bajan el precio del café y en muchas ocasiones se ve uno muy justico con los gastos”. Esa contradicción —más cosecha, menos ganancia— no es nueva en el campo colombiano. Pero en medio de la crisis, se siente con una intensidad diferente.

A varios kilómetros de distancia, en Bogotá, Mateo Benavides vive la misma crisis desde el otro extremo de la historia. Con 31 años y una trayectoria amplia como barista y comercial, trabaja en Coocentral, una cooperativa que compra café de sus asociados en el Huila, lo tuesta y lo distribuye a clientes en todo el país. Desde esa posición, ha visto cómo la crisis se fue metiendo en cada rincón de la operación, despacio primero, y luego de golpe. “A la crisis del precio se nos juntó una crisis de producción”, dice. El café que llegaba de los caficultores llegaba mojado, porque las lluvias no paraban. Había que secarlo, pero no había espacio. “Tocó primero adecuar el espacio, segundo contratar por más horas a los trabajadores que ya estaban”. Las góndolas de secado trabajaron sin descanso durante semanas enteras. Los costos operativos subieron, los de energía también, y los logísticos se dispararon porque el flujo de materia prima se volvió errático e impredecible.

El camión que antes hacía el recorrido de Garzón a Bogotá una vez por semana tuvo que empezar a hacerlo dos o tres veces. Cada viaje, con viáticos, gasolina y conductor, podía costar cerca de 500.000 pesos. “Teníamos presupuestado que venían una vez a la semana y por producción y por cumplirle a todos nuestros clientes tenían que venir dos o tres veces”. El camión llegaba a Bogotá, descansaba medio día y volvía a arrancar hacia el Huila en un trayecto que dura casi dos días. Y así, semana tras semana. La rentabilidad, que antes variaba entre el 30 y el 35 %, cayó al 25 %. Un golpe que se mide en muchos millones de pesos.

Por encima de todo eso estaba la presión de los clientes. “Tuvimos que decirle a los clientes que si me habían pedido una tonelada de café, no se podía cumplir con esa cantidad”. En el peor momento, Coocentral acumuló pedidos retrasados de un mes completo. “Eso nos hizo casi perder clientes que nos daban el costo de la operación total. Clientes que facturaban 600, 700 millones de pesos mensuales”, dice Mateo, y en su voz hay algo que mezcla el alivio de quien supero esta crisis con la huella de lo que costó lograrlo . Tuvieron que reinventarse: de seis líneas de café pasaron a nueve, mezclando calidades para poder mantener precios y cumplir pedidos. Sumaron al catálogo cosas que antes no vendían —vasos, tazas, azúcares, otros complementos— buscando ingresos que compensaran lo que el café no estaba dando. Y también hubo reestructuraciones de personal. Algunas personas pasaron a otras áreas, otras salieron, otras migraron a trabajo freelance o sea ofrecer su conocimiento y servicio sin un contrato fijo. “Entender que no todas las personas son indispensables fue una de las decisiones más difíciles”, reconoce.

Lo que está ocurriendo en 2026 no es solo el resultado de un mal año climático. Es la acumulación de decisiones, ciclos y omisiones que se remontan años atrás. Cuando el precio de la carga de café estuvo muy bajo durante un periodo prolongado, muchos caficultores tomaron la única decisión que tenía sentido desde su economía doméstica: dejaron de sembrar. Arrancaron los cultivos y plantaron otra cosa. Esa reducción de la oferta, años después, contribuyó directamente a la escasez de hoy. “Lo ideal sería que el precio llegue a un punto estable y que no termine pasando lo que pasó hace unos años, que la carga de café estaba supremamente económica y los caficultores decidieron no sembrar más café, rompieron sus cultivos y empezaron a sembrar otra cosa, y eso, a la larga, desencadenó la crisis que tuvimos”, explica Mateo. El café es un commodity (material tangible que se puede comerciar). Su precio cambia todos los días en la Bolsa de Nueva York, y cada variación se siente en las fincas del Huila, del Cauca, del Eje Cafetero. Lo que sube un día puede bajar al siguiente, y en esa volatilidad viven atrapados tanto el productor como el comercializador.

Los más vulnerables siguen siendo los mismos de siempre. Las grandes cooperativas y empresas tienen herramientas para adaptarse, músculo financiero para absorber los golpes. Los pequeños productores que tuestan, empacan y entregan ellos solos, sin respaldo institucional ni contratos que los protejan, muchas veces no tienen esa red. Algunos, según Mateo, ya quebraron.

Julián sigue madrugando a las siete. Sigue limpiando el grano a mano, buscando sacarlo lo más limpio posible porque así lo aprendió y porque así lo quiere hacer. Sigue encontrando, de vez en cuando, ese gajo maduro que le recuerda por qué lleva una década entre las matas. Mateo sigue respondiendo llamadas, ajustando mezclas, buscando la forma de cumplirle a sus clientes con el poco café que hay. Los dos, desde sus lugares en la cadena, sostienen algo que Colombia no puede permitirse perder. Y los dos saben, aunque no se conozcan, que lo que está en juego no es solo un grano. Es el sustento de miles de familias que cada mañana apuestan todo a que la mata va a florecer.

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