La culpa no es de la vaca, pero es la más afectada

27 de Abril de 2026 14:30

Tanque de recolección de agua de lluvia
Por: Nicoll Gabriela Diaz Moreno

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El agua dejó de ser costumbre para convertirse en cálculo.

En la vereda “El Tunal” ubicada en Zipaquirá, al norte de Bogotá, la lluvia no llega: se recuerda. El suelo, agrietado y duro, ya no guarda humedad sino memoria. Y en medio de ese silencio seco, alimentar al ganado dejó de ser una rutina para convertirse en una estrategia.

Cuando el suelo se seca demasiado, la estrategia cambia: ofrecer zanahoria, hollejos, calabaza y concentrado. Para dar de comer a las reses se necesita de constante adaptación.

El pasto, que debería ser abundante para abastecer el apetito de cada res, no siempre alcanza. “Ellas comen todos los días. Pero toca manejarlo por secciones para que no lo pisoteen todo”, explica Juan Diaz, un ganadero de 17 años que apenas lleva un año en este sector y ha tenido que aprender a adaptarse.

Esta estrategia es común entre los ganaderos, quienes buscan aprovechar al máximo cada metro de pasto que tienen a disposición. Si la finca en la que se encuentran los animales tiene 15 mil metros cuadrados, al día y por animal se le asignan cerca de 10 metros cuadrados de alimento. Aunque esto muchas veces no responde a un cálculo exacto, sino al tanteo: estacas de metro y medio delimitan el terreno para evitar que las reses se pasen de la zona.

Pero cuando los pastos de sus propias fincas no alcanzan, los ganaderos deben buscar más alternativas.

Una de ellas es comprar pasto a otras fincas, como hace Luis Díaz. Hace una semana, su vaca “Canela” dio cría y necesitaba alimentarse bien para producir leche, no solo para su ternera, sino también para el consumo o la venta. Sin suficiente pasto, Luis tuvo que comprarlo en la finca vecina: paga 300 mil pesos el pasto del terreno, el cual debe ser consumido en un mes.

Pero cuando se necesita el pasto y se sabe que las reses no lo terminarán, los ganaderos buscan la manera de aprovechar la mayor cantidad posible. Muchas veces, cuando no vale la pena pagar por algo que no se va a consumit del todo, aparecen las alianzas.

Duván, otro ganadero de la vereda “El tunal”, tiene ocho reses. Por un potrero donde trasladar a sus vacas para el consumo del pasto, le pedían 600 mil pesos, un valor alto para algo que, en 45 días, las reses no alcanzarían a terminar. Entonces buscó a Juan. Ahora comparten el gasto: Duván paga 400 mil; y Juan, 200 mil. El pasto, como el agua se reparten entre las ocho reses de Duván y las cuatro de Juan.

A unos minutos de la finca de Juan, más arriba en la vereda, por un camino pedroso, la voz cambia: deja de ser individual y se vuelve colectiva en palabras de la presidenta de la junta comunal, Norma Gómez.

En la vereda viven alrededor de 180 familias, pero no todas bajo las mismas condiciones.

El agua de consumo proviene de dos fuentes. La primera es una zona de reserva conocida como Laguna Seca. “La gente que ha estado toda su vida en la vereda comenta que, a partir de la explotación por parte de “Peldar”, una empresa dedicada a la cristalería y ubicada en la vía Nemocón-Zipaquirá, este nacedero se ha ido secando”, cuenta Norma. Esta situación afecta a la mitad de la vereda, a aquellos quienes viven en la parte alta.

La segunda fuente es un pozo profundo que se construyó para abastecer a la parte baja, ya que los habitantes de esta zona no tenían acceso al agua de “Laguna Seca”.

“La lluvia ha sido siempre muy escasa en la vereda”, menciona Norma. Luego comparte un mito popular entre los habitantes: que la cantidad de flores en la zona baja, sumada al calor del plástico de los invernaderos, genera un choque con los vapores del cielo y desvía las nubes, llevándose la lluvia hacia otro lugar.

Aquí no se pueden dar “pasos de fe”, para que la tierra produzca lo necesario, se debe contar con sistemas de riego conectados al río que pasa por la parte baja de la vereda, un afluente que proviene del río Bogotá.

Cada productor debe ingeniar sus propias estrategias para sostener su actividad. Los de la parte baja tienen una ventaja: pueden sacar agua del río para regar sus potreros. En cambio, los de la parte alta enfrentan mayores limitaciones, ya que el agua de la vereda es exclusivamente para consumo y no está permitida para riego.

Por eso, solo los hacendados de la parte baja manejan grandes cantidades de ganado. El resto de los productores, como máximo, tienen diez reses y, como menciona Norma: “ellos ya saben cómo manejar estas temporadas de sequía”.

Los más viejos también aprendieron a hacerlo.

Jairo Suárez, de 72 años, ha vivido toda su vida en la vereda. Desde los tres años empezó a ser parte del mundo ganadero. Recuerda que, incluso en su infancia, ya había problemas con el agua. Tenía que subir a la parte alta para conseguirla, cargando botellas de vidrio con los litros que podía transportar. De su casa a la laguna de la que sacaba el agua tardaba media hora subiendo, pero la bajada era la más difícil por el peso del agua que ahora cargaba en su espalda.

Como menciona AgroLatam, “la falta de lluvias continúa condicionando el crecimiento de pasturas…, generando presión sobre los sistemas ganaderos…”. En la vereda, esa presión se vive y conoce hace tiempo.

Hace poco, Juan vendió una de sus reses. A “Chocolate”, un girolando con el que llevaba cerca de un año. Hubiera querido sostenerlo un tiempo más, sacarle mayor provecho, pero la oportunidad de venderlo llegó y, sin pasto suficiente para mantenerlo, aceptó.

La diferencia no es menor. Tener o no acceso al agua marca el ritmo de la vida diaria. Para muchos, abrir la llave sigue siendo una actividad diaria y fácil; aquí, por el contrario, la situación cambia cuando la sed que se debe satisfacer es la de un animal que puede llegar a beber más de 50 litros de agua al día, como advierte “Duroagro”.

Y aunque la vereda ha recibido apoyos --como el proyecto “Agua a la vereda” impulsado por la CAR, que buscaba mejorar el acceso al agua potable en zonas rurales--, la dificultad persiste. No es una percepción aislada. La “Ideam” ya lo había proyectado: una temporada seca para Cundinamarca y otras zonas del país en el presente año.

Esta temporada obliga a los pequeños ganaderos a adaptarse. Algunos, como Juan, optan por vender ganado, otros, como Dúvan y Luis, compran forraje (pastos) a otras fincas, fincas que llevan algún tiempo dejando al pasto crecer y enverdecer. También, hay quienes optan por recurrir a alimentos alternativos, como también hace Juan actualmente, pero esto puede generar una presión adicional a los recursos disponibles. En estos intentos por no flaquear, cada decisión es importante.

Porque mientras el problema avanza más rápido que las soluciones, cada productor debe encontrar la forma de sostenerse.

La diferencia no es menor: tener o no acceso al agua define quién resiste y quién cede en un sector donde el agua es indispensable. Mientras algunos pueden sostener grandes cantidades de ganado, otros aprenden a sobrevivir con lo justo.

Aquí el agua no se desperdicia: se calcula, se mide en baldes, en litros, en días sin lluvia y, sobre todo, se mide en decisiones. En una vereda donde el agua no siempre llega, cada gota no solo se recoge: se cuida, se reparte… y se espera.

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