Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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25 de Febrero de 2026 11:40
A Eco, un perro criollo, lo abandonó su familia en la carretera de la vereda Goteras, en Zipacón, Cundinamarca. Durante seis meses buscó comida en las fincas y durmió cerca de las casas hasta que se perdió en las montañas del municipio.
Allí empezó a cazar para conseguir alimento y a moverse con otros perros que vivían por la zona. Una tarde, junto a la manada a la que se unió, atacó a Laika, la perra de Herlinda Martínez y Héctor Pichimata, dos campesinos de la vereda: un día que la dejaron salir de la finca —usualmente estaba con ellos— fue devorada por los perros.
No todos los perros callejeros son iguales. Según la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR), un perro feral es aquel que tuvo contacto con humanos, lo perdió por completo y sobrevive sin depender de ellos.
La diferencia con el perro callejero está en el vínculo: mientras el callejero busca alimento o refugio cerca de las personas, el feral evita el contacto, forma grupos y se adapta al entorno natural. En zonas rurales de Sabana Occidente y Gualivá, la CAR ha registrado grupos de hasta diez ejemplares. Algunos cazan aves o pequeños mamíferos y alteran el equilibrio de los ecosistemas.
El impacto del perro feral es ambiental, sanitario y social. La CAR advierte riesgos de transmisión de enfermedades como la rabia o el parvovirus, además de la pérdida de fauna local. Los municipios también asumen costos en el control y atención de estos animales.
La bióloga Katerine Arenas, de la Corporación Autónoma Regional del Alto Magdalena, explica que los perros ferales alteran los ciclos reproductivos porque se reproducen sin control; los patrones de actividad porque se mueven de día y de noche en busca de alimento; y la distribución de la fauna silvestre porque desplazan a otras especies de su territorio. También afectan la disponibilidad de presas para animales nativos.
“Generan conflicto con los campesinos, pues atacan animales domésticos que pueden confundirse con ataques de fauna silvestre”, afirma. En varias veredas, algunos habitantes optan por el veneno como método de control, lo que termina matando a especies que consumen los restos contaminados.
Frente a este escenario, una iniciativa de captura, esterilización y suelta: el Programa CES del Instituto Distrital de Protección y Bienestar Animal intenta reducir el tamaño de las manadas. Su líder, Mauricio González, explica que este control evita que los grupos sigan creciendo y reduce el impacto de los perros ferales sobre el entorno.
La relación entre el hombre y el perro nació cuando el lobo se acercó al fuego. Según el documental “En pocas palabras: Perros” distribuido por Netflix en 2021, los lobos que toleraron la presencia humana recibieron alimento y protección, y con el tiempo se transformaron en perros. La domesticación fue un proceso que unió a ambas especies por necesidad.
Curiosamente, esta relación no es unilateral: si un perro pierde el contacto humano, los comportamientos del lobo reaparecen: caza en grupo, defiende territorio y busca alimento por instinto. Un perro abandonado puede tardar entre cinco y siete meses en perder los hábitos domésticos.
En el campo, el perro cuida cultivos, vigila corrales y acompaña el trabajo de los campesinos. En las zonas urbanas se volvió compañía y apoyo emocional para los hogares. Sin embargo, los datos muestran una transformación en la relación humano-perro.
Por ejemplo, el Informe Diagnóstico del Estado de la Fauna Doméstica y Silvestre del Municipio de Cajicá (2021–2035) indica que el 74 % de los hogares tiene al menos un perro. El documento también señala un aumento en los casos de abandono, sobre todo en las áreas donde la expansión urbana ha desplazado familias.
“Cuando los dejan, se van hacia el monte y allá se quedan”, afirma Héctor Pichimata, campesino de Zipacón.
El biólogo Iván Linares explica que el fenómeno de los perros ferales no es nuevo ni exclusivo de Colombia.
“Es un tema difícil y global. Nace del abandono. Los perros se reproducen, cazan por hambre y se les despierta el sentido de manada que guardan en el genoma, cuando eran lobos”, indica Linares.
Según Linares, las autoridades ambientales conocen esta situación desde hace años y han intentado controlarla mediante políticas públicas de vacunación y esterilización. Sin embargo, la magnitud del problema supera la capacidad de los municipios.
Las razones del abandono son múltiples. Diagnósticos municipales y datos de la Secretaría de Ambiente de Cundinamarca identifican factores como la pobreza, la falta de educación sobre tenencia responsable y la ausencia de políticas permanentes de esterilización.
Linares afirma que las estrategias actuales de control no son suficientes: “Se hacen operativos de captura y brigadas, pero no hay infraestructura ni recursos. En muchos municipios ni siquiera existe un lugar donde llevar a los animales”.
Los perros ferales cazan por alimento, pero no distinguen entre fauna silvestre y doméstica. “Pueden atacar conejos, armadillos, terneros e incluso otros perros”, dice Linares. “En una manada no hay control. Se han documentado casos de muertes humanas y no importa el tamaño: desde chihuahuas hasta perros grandes se comportan igual”.
Para identificar la presencia de perros ferales se deben instalar cámaras trampa y realizar estudios etológicos, ciencia que estudia el comportamiento de los animales, ya que algunos animales presentan comportamientos mixtos: “De día parecen perros de finca; de noche se unen a las manadas y causan daños sin que los dueños lo sepan”.
Los perros ferales afectan los ecosistemas a través de la depredación de especies nativas, la transmisión de enfermedades, la competencia con fauna local y la modificación de hábitats.
Para evitar que esto ocurra, es esencial la educación en el hogar, según Linares. Las personas deben entender que un perro no es un capricho; es un compromiso.
En la psicología del bienestar animal se reconoce que el abandono genera traumas emocionales reales: muchos perros experimentan ansiedad, depresión y desorientación cuando pierden su figura de apego, como señala la profesora Sofía R. Viniegra de la Universidad Nacional Autónoma de México UNAM, especialista en Vínculos humano–animal.
Si asumimos esa responsabilidad, podemos frenar la formación de jaurías, mitigar el impacto ambiental y construir una relación más ética y sostenible con esos seres que decidimos llamar “mascotas”.
Eco quedó solo. Con el tiempo perdió totalmente el contacto con los humanos y se volvió salvaje. Se convirtió en un peligro para otros animales, campesinos y ecosistemas. Eco es un ejemplo de la problemática que surge cuando los perros son abandonados.
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