Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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14 de Abril de 2026 16:00
En las tierras altas de Nemocón, donde el paisaje rural aún transmite calma y amplitud, se esconde una realidad cada vez más compleja para quienes han dedicado su vida al trabajo del campo. El envejecimiento de la población campesina, la escasez de agua, la baja rentabilidad agropecuaria y la falta de relevo generacional configuran lo que algunos habitantes describen como una “muerte silenciosa” del territorio productivo.
Para Elvia Álvarez de Romero, campesina de 77 años y habitante de la finca Buena Vista, esta transformación no es una idea abstracta, sino una experiencia cotidiana. Al describir la situación de su vereda, su percepción es directa y sin rodeos: “Aquí el campo es muerto”. En su relato, el silencio no es solo sonoro, sino social y productivo.
Elvia recuerda que, en décadas pasadas, la diversidad de cultivos hacía parte del paisaje y de la vida diaria. Según cuenta, sus antepasados sembraban maíz, papa, arveja, cebada y trigo, mientras que hoy esa práctica casi ha desaparecido. “Ahorita nadie siembra”, afirma con nostalgia, al señalar cómo las tierras productivas han sido abandonadas o transformadas en espacios de descanso o monocultivos forestales.
La campesina también expresa un profundo sentimiento de desamparo institucional. Desde su experiencia, acudir directamente a la administración municipal no genera respuestas efectivas. No obstante, reconoce que el acompañamiento técnico ha sido clave para sostener su pequeña producción lechera, especialmente a través de la UMATA, de la cual asegura que es “el mayor apoyo” que reciben los productores de su zona.
La preocupación por el futuro del campo es compartida por la administración municipal. Mónica Gómez, secretaria agropecuaria y ambiental, explica que uno de los principales desafíos es la falta de interés de las nuevas generaciones por continuar con las labores rurales. De manera indirecta, la funcionaria señala que muchos jóvenes prefieren la estabilidad de un salario fijo antes que asumir los riesgos del trabajo agrícola, optando por emplearse en cultivos de flores u otros sectores.
En palabras de Gómez, el problema también está relacionado con un cambio cultural profundo. Según explica, hoy los jóvenes encuentran mayor atractivo en el uso de la tecnología y las redes sociales, incluso en la idea de convertirse en creadores de contenido, antes que dedicarse a actividades que requieren esfuerzo físico constante y cuyos resultados económicos no siempre están garantizados.
Esta percepción coincide con la visión de Elvia, quien observa cómo la población campesina envejece sin un relevo claro. A la falta de relevo generacional se suma una crisis estructural de rentabilidad. Felipe, veterinario con amplia experiencia en el sector agropecuario, describe un desequilibrio económico que resulta insostenible para los productores. Según explica de forma directa, los costos de los insumos superan ampliamente los ingresos obtenidos por la venta de leche y ganado, lo que hace inviable mantener la actividad en el largo plazo.
Esta situación ha generado apatía y desmotivación entre los campesinos, quienes sienten que su trabajo no es valorado ni por el mercado ni por la sociedad. El testimonio se convierte así en una denuncia implícita de un modelo económico que, aunque depende del campo, no garantiza condiciones dignas para quienes lo sostienen.
Nemocón comparte su vocación agropecuaria con la industria floricultora, un sector que genera empleo, pero que no siempre deja beneficios directos en el municipio. De acuerdo con Gómez, muchas de estas empresas operan en el territorio, pero tributan en Bogotá, donde concentran su parte administrativa, lo que impide que los recursos económicos se queden en la región.
La funcionaria también advierte sobre el impacto ambiental de esta industria en un municipio que enfrenta un alto déficit hídrico. Según explicó, "el uso de pozos profundos para el riego de flores contrasta con la escasez de agua que afecta a pequeños productores y ganaderos, quienes dependen casi exclusivamente de las lluvias".
El cambio climático ha intensificado las dificultades del territorio. Las lluvias son cada vez más escasas y que fuentes superficiales como el río Checua permanecen secas gran parte del año. Frente a este panorama, la Secretaría ha implementado estrategias como la entrega de tanques para la recolección de aguas lluvias y el fortalecimiento de programas de inseminación artificial para mejorar la genética del ganado lechero.
No obstante, los recursos son limitados. Con un presupuesto anual cercano a los 206 millones de pesos, la dependencia debe cubrir salarios del personal técnico, mantenimiento de maquinaria, insumos, bancos de forraje y jornadas de bienestar animal. A esto se suma la dificultad de convocar a la comunidad a procesos de formación. Aunque se han ofrecido capacitaciones gratuitas en articulación con el SENA, la baja participación sigue siendo una constante.
El panorama que emerge de estos testimonios es el de un campo resiliente, pero cansado. Mientras los productores mayores resisten con los recursos que tienen, la institucionalidad intenta sostener el sector con presupuestos ajustados y una respuesta social cada vez más débil. El silencio de los surcos en Nemocón no es solo la ausencia de cultivos, sino la expresión de una ruptura entre el territorio, su gente y el modelo de desarrollo que los rodea.
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