Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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30 de Marzo de 2026 11:00
A sus 56 años, Guillermo León Muñoz trabaja en el área de sistemas e informática en una empresa de tecnología. Estudió programación, administración de redes e ingeniería informática. Reconoce que la vida nunca ha sido completamente fácil. “Siempre hay pruebas que se deben sobrepasar, unas más duras que otras”. La más dura llegó el 15 de noviembre de 2022.
Decidió caminar junto a su esposa e hijo de regreso a casa. Salieron hacia la avenida principal de Villavicencio, en la localidad de Kennedy, en Bogotá D.C. Desde allí caminaban hacia el barrio Timiza, donde estaba su apartamento. Era un camino conocido. Nunca les había parecido peligroso.
Mientras conversaban y reían, dos hombres en bicicleta les cerraron el paso. Su esposa alcanzó a notar la actitud extraña de los hombres. Su hijo respondió “Nos van a robar”.
Todo ocurrió en segundos. Uno de los hombres empujó con violencia a su esposa. Cayó con fuerza al suelo y sufrió una fractura en el brazo. El otro atacante levantó un arma y la apuntó directamente a la cabeza de Guillermo. Disparó. La bala impactó su ojo derecho.
El dolor fue brutal, imposible de comparar con cualquier otra cosa que hubiera sentido antes. La sangre empezó a correr sin control. Intentaba mantener la mirada hacia arriba para detener la hemorragia, pero cada movimiento hacía que el sangrado continuara.
Mientras Guillermo intentaba mantenerse consciente, los atacantes apuntaron contra su hijo. Su esposa reaccionó instintivamente. Se abalanzó contra uno de los hombres para intentar protegerlo, pero el atacante la golpeó en el rostro con la pistola. Luego disparó nuevamente. La bala impactó en su boca. “Las imágenes no se me borran”, me dice Guillermo.
Su hijo también fue atacado. Uno de los agresores intentó apuñalarlo a la altura del cuello. El joven logró esquivar el golpe, pero la bala alcanzó a herirle el hombro.
Guillermo luchaba por mantenerse consciente. Recuerda un sentimiento que aún hoy lo conmueve: la admiración por su esposa. A pesar de estar herida, ella se levantó y caminó hacia la mitad de la avenida para intentar detener un carro que los llevara al hospital.
“Uno ve a una persona sangrando y cree que lo van a robar”, explica Guillermo. Nadie los quería ayudar. Un conductor decidió detenerse. Sin conocerlos, los subió a su vehículo y los llevó al Hospital de Kennedy, a apenas cinco minutos del lugar del ataque. El carro quedó completamente manchado de sangre.
La atención médica fue inmediata. “Los médicos se preguntaban por qué estábamos vivos”. Para él, la respuesta siempre fue clara: “Tal vez Dios tenía otros planes para nosotros”.
Guillermo va camino a su cuarta cirugía en el ojo derecho. Su esposa también ha pasado por múltiples intervenciones para reconstruir los daños en su boca. Su hijo, afortunadamente, se recuperó con rapidez. En medio del proceso, muchas personas aparecieron para ayudarlos. “Dios puso mucha gente alrededor. Estamos muy agradecidos con todos los que nos tendieron la mano”.
Después de un evento así, la vida nunca vuelve a sentirse exactamente igual. “Uno queda muy sensible, muy nervioso, yo siento una moto o una bicicleta y me asusto. Con el tiempo, el temor ha disminuido, aunque algunos recuerdos permanecen. Hemos mejorado muchísimo, pero quedan rezagos. Ya no renegamos tanto. Agradecemos lo que nos quedó”.
“A mí me quedó mi otro ojo y la vida. Tengo a mi esposa y a mi hijo. Estamos vivos y eso es una bendición”. Para Guillermo, el proceso más difícil fue aceptar lo ocurrido. Pero una vez lo hicieron, la perspectiva cambió. “Después de que aceptamos, ya no fue tan duro. Empezamos a valorar todo lo que Dios guardó. Guardó nuestra vida y nuestra integridad”.
La experiencia también lo llevó a replantear sus prioridades. “Valoré mucho más la parte de salir adelante. Si uno se queda en la queja, se queda mal”. Guillermo continuó trabajando. La empresa para la que trabaja le permitió hacerlo desde casa durante un tiempo. Decidió incluso retomar sus estudios y terminar procesos académicos pendientes. “Empecé de nuevo a estudiar y me gradué".
Mientras tanto, su esposa finalmente se pensionó y ahora dedica su tiempo a descansar y a hacer las cosas que disfruta. Su hijo también siguió avanzando. Terminó su carrera de ingeniería industrial y actualmente estudia inglés. “Definitivamente no nos quedamos ahí”, dice Guillermo con orgullo. “Tenemos que seguir creciendo”.
Kennedy es una de las localidades más afectadas por la criminalidad en Bogotá, especialmente hurtos a personas. Guillermo denunció lo ocurrido. Pasaron por Medicina Legal, relataron los hechos ante la Policía y se revisaron cámaras de seguridad. Pero el proceso no avanzó.
Algunos abogados se ofrecieron a llevar el caso de manera gratuita, pero la familia decidió no continuar. “Era un desgaste muy grande”. A pesar de la falta de justicia judicial, encontraron paz de otra manera. “Estamos felices así sea en la sala reunidos. No hubo justicia, pero nosotros creemos en la justicia divina”. A los tres meses el caso fue cerrado y clasificado como robo simple. “Pasó a ser un caso más”.
Para él, el cambio social ha sido evidente. "Se ha perdido mucho de la época antigua. Antes había respeto y valores”. Hoy percibe una realidad diferente. "Estamos en una cárcel donde no se sabe cuándo van a robarte”. Para Guillermo, las instituciones no han logrado responder al problema. “Los que están a cargo de protegernos no lo hacen. Estamos desprotegidos”. Por eso su confianza está en otro lugar. “Solo debemos confiar en Dios. En este caso, él se encargará de hacer justicia”.
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