Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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14 de Mayo de 2026 16:08
Son las 3:30 a.m., y mientras el común de los habitantes de Chía descansa, al fondo de una calle oscura, con el frío agudo que caracteriza este municipio, se puede vislumbrar a una pareja que arrastra con esfuerzo una pesada carretilla.
Cada cierto tramo, se detienen, y el hombre se acerca a las canecas de basura dispuestas a la orilla de la calle. Abre las bolsas en busca de alguna botella o pedazo de cartón, que ojalá no esté mojado o manchado. Lo toma y lo echa a la carreta que, gracias a que fue un buen día, va llena de material, llena del sustento que los ha mantenido 30 años en esta labor.
Son Jorge Espitia y su esposa Alba Araujo, quienes desde antes de que salga el sol hasta que se pone, realizan la labor del reciclaje por el sector céntrico del municipio. Su dinámica de trabajo es una labor en conjunto: Espitia empuja la carreta con el material, mientras que Alba observa el próximo punto al que deben ir.
En Chía es común ver esta escena en la mañana, al mediodía o en la noche, y no solo con ellos, sino con los más de 400 recuperadores censados. Sin embargo, aunque su labor es clave para el medio ambiente y les permite tener una manera digna de sostenerse, cada vez se enfrentan con más dificultades.
El reciclaje en Chía enfrenta una crisis marcada por la caída en los precios de los materiales, la falta de regulación y las duras condiciones laborales de quienes ejercen este oficio. Aunque su labor es clave para el medio ambiente y ha ganado reconocimiento, persisten la estigmatización social y los retos económicos que ponen en riesgo su sostenibilidad.
Mery Quiroga, administradora de la estación de clasificación y aprovechamiento, ECA, Eco Aseo Ambiental, afirma que cada vez es más difícil sostener la empresa, debido a las caídas en los precios de venta del material. “Le bajaron 130 pesos al kilo de cartón, que no suena mucho, pero por viaje son dos toneladas, entonces pierdo $260.000 a la semana y al mes, más de un millón”.
No solo con el papel se está presentando esta problemática, el PET (plástico reciclable) también se ha visto fuertemente afectado. En 2024 su valor de compra era de $1.800 pesos, mientras que actualmente apenas es de $850 pesos. Estas caídas afectan tanto a las ECA como a los recicladores, ya que, al bajar su valor de comercio, se debe reducir el precio de compra.
Gregory Vicuña, recuperador y bodeguero, comenta al respecto: “Yo no sé de dónde le bajan el precio, creo que hace falta que nos expliquen más”. Y es que a muchos recicladores no se les está informando el motivo por el cual se les paga menos que antes.
Fabián Cruz, representante legal de Aseo Ambiental Chía E.S.P, afirma que las caídas del precio se deben a la falta de regulación. Por su parte, Mauricio Botero, asesor para asuntos ambientales y sostenibilidad, concluye que la solución es crear una asociación nacional de recicladores, de igual peso que la de cafeteros.
Andrés Acosta, Eloisa Pinzón y Julián Villa, recicladores de profesión, concuerdan en que antes todo era mucho mejor, había más material por reciclar, se pagaba mejor y valía más la pena, mientras que ahora no es así.
Mery Quiroga también comenta acerca de lo que dicen sus afiliados: “Muchos me han dicho que si la situación sigue así se van a retirar, que esto ya no les está dando lo suficiente y les sale mejor buscarse otro trabajo”.
Sin embargo, Mauricio considera que no se va a acabar, porque desde que haya basura, habrá reciclaje: “Puede que se vuelva más difícil, pero nunca se va a acabar. Somos humanos y siempre nos terminamos acostumbrando a las dificultades”.
El reciclaje es un oficio que existe desde que la basura misma está en el mundo, sin embargo, a fecha de hoy sigue en proceso de reglamentación y aceptación social, lo cual no ha sido sencillo. Desde 1970 se consolidó de forma legal, pero hasta 2003 la profesión del reciclador fue oficialmente reconocida a través de la sentencia T-724 de 2003 de la Corte Constitucional y el posterior Decreto 596 de 2016 del Ministerio de Vivienda, Ciudad y Territorio.
En los años noventa era común escuchar la palabra ‘desechable’, no para referirse a un objeto, sino a personas consideradas sin valor, incluso menospreciadas frente a la basura misma. Esa visión se materializó trágicamente el 1 de marzo de 1992, cuando diez recicladores fueron asesinados en la Universidad Libre de Barranquilla y sus cuerpos utilizados en prácticas académicas y tráfico de órganos. Este hecho, doloroso y decisivo, se convirtió en el detonante para la creación de la normativa que buscó dignificar y proteger la labor de quienes viven del reciclaje.
Por otra parte, históricamente ha existido una confusión importante: no es lo mismo un habitante de calle que recicla a un reciclador de oficio. Como explicó Mauricio Botero, administrador ambiental, la diferencia radica en que el reciclador de oficio está censado en una ECA (Estación de Clasificación y Aprovechamiento de Residuos Sólidos) y recibe una tarifa de reconocimiento económico por kilogramo recolectado. Además, su motivación principal es generar un sustento para sí mismo y, en muchos casos, para su familia.
Andrés Acosta es reciclador hace 4 años. Inició con una pequeña moto bastante mal armada: el sillín no tenía un pedazo, la estructura de la moto era visible, tenía óxido y, en vez de una luz, había una máscara de payaso. Ahora, usa un motocarguero eléctrico que fue entregado por parte de la Alcaldía de Chía a Aseo Ambiental Chía E.S.P buscando mejorar las condiciones de los recicladores.
Su rutina inicia a las 7 de la mañana, prende el motocarguero y sale en busca del reciclaje. Cerca del mediodía va a Aseo Ambiental, ubicado sobre la calle cuarta. Baja los globos repletos y empieza la clasificación: chatarra, cartón, archivo, plásticos y PET. Ese proceso puede tardar más de 2 horas, según la cantidad de material recogido y dependiendo de si en el lugar donde lo recogió separaron previamente los residuos.
Fabián Cruz, representante legal de Aseo Ambiental considera que “la parte más importante de la economía circular es la separación en la fuente, porque ahí es de donde vienen todos los materiales”.
Julián Villa, reciclador de oficio desde hace 25 años, comenta que al realizarse la separación en la fuente su trabajo es mucho más fácil: “Ya uno llega al punto y no tiene que meter la mano en la basura, se recoge la bolsa y después se separa en la bodega”. Porque sí, el reciclador debe ir bolsa por bolsa, abriendo y revisando qué materiales hay adentro y si estos son aprovechables.
No todos utilizan guantes, lo que implica un contacto directo con desechos mal separados: papeles de baño, restos orgánicos y, en especial, vidrios. Estos últimos representan un riesgo constante, pues al introducir la mano en la bolsa es común sufrir cortes debido a la falta de separación adecuada del material.
Mauricio Botero afirma que la parte más importante de la cadena del reciclaje es el reciclador, porque sin este no habría quien recoja todo el material que sale en las bolsas de basura. Tampoco quien esté horas caminando kilómetros empujando un carrito o manejando una bici. El reciclaje es una profesión que requiere de tiempo completo. Andrés Acosta lo dice de la siguiente forma: “Si yo no salgo un día ¿qué van a comer mi esposa y mi hija?”.
Las jornadas son extensas y duras porque, independientemente del clima o de la hora, se debe salir a buscar el material. Algunos recuperadores cuentan con acuerdos con conjuntos residenciales, sin embargo, no siempre es así y tienen que buscar por todos los barrios la cantidad suficiente de material para que sea un buen día.
Por otra parte, no todos tienen el mismo medio de transporte: Andrés posee un motocarguero, pero también está Alcides Aguilar, que maneja un triciclo, o Eloisa Pinzón, una recuperadora de a pie que mete todo en un costal para venderlo.
Otro aspecto relevante es que se trata de un trabajo de carácter permanente. Según el censo realizado en 2022 por la Alcaldía de Chía, la edad promedio de los recicladores es de 44 años. Además, de los 364 censados, 199 no contaban con estudios o tenían como máximo educación primaria, y 26 habían cursado estudios superiores al bachillerato. Por otra parte, de los 364 registrados, solo 11 desarrollaban una actividad económica adicional al reciclaje.
Finalmente, el promedio de tiempo ejerciendo esta labor era de 15 años, lo que evidencia que se trata de un oficio de largo plazo.
Según datos de EMSERCHIA (Empresa de Servicios Públicos de Chía), en el año 2024 cerca de 12.000 toneladas fueron recicladas, lo que representa el 22% de todos los desechos del municipio. Doce mil toneladas que no llegaron a un vertedero, sino que volvieron a su ciclo, todo gracias a la labor invisible de un reciclador.
Queda mucho por resolver en este ámbito —en lo económico, social e institucional—; sin embargo, el proceso avanza en buen rumbo. Cada vez es más común ver familias que separan sus residuos desde el hogar y negocios que los entregan directamente a los recuperadores. Además, la percepción ha cambiado: el reciclador ya no es visto como un “desechable”, sino como una persona que aporta al medio ambiente y a la limpieza urbana. “El de la basura no es el reciclador, somos nosotros”, dijo Mauricio Botero.
Entre tanto, Jorge y Alba seguirán reciclando juntos, empujando con toda su fuerza la carreta que lleva el sustento diario, bajo el sol, lluvia y el frío presentes en Chía.
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