Las manos que sostienen el macramé en Cogua

22 de Mayo de 2026 18:00

Artesana Araminta Cepeda con una de sus obras
Por: Alejandro Bueno
11 Min

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A las diez de la mañana, Araminta Cepeda todavía está terminando de desayunar cuando llegamos a su casa, en Cogua. Sobre la mesa permanece una taza a medio vaciar y, a su lado, un hombre que parece acompañarla en la rutina silenciosa de la mañana. Afuera el día avanza lento, pero dentro de la casa ya hay señales de trabajo: hebras enrolladas sobre una silla, tejidos doblados en una esquina y varias piezas colgadas como si la sala también funcionara como vitrina.

El macramé, una técnica ancestral basada en la creación de obras a partir de nudos hechos completamente a mano, ocupa casi todos los espacios de la casa. Entre hilos de algodón, lana y cabuya, Araminta ha construido durante más de cuatro décadas una rutina alrededor de este oficio artesanal.

Infografía Macramé de Samuel Mayorga

Mientras organiza algunas cosas antes de empezar la entrevista, Araminta camina despacio entre los espacios de la casa. Saluda, acomoda unas bolsas y comienza a mostrarnos el lugar donde pasa la mayor parte del tiempo. La sala es amplia y ordenada. En una de las paredes hay estanterías llenas de libros y colecciones de CDs; más adelante, un televisor permanece apagado. El comedor está cubierto por un mantel que parece no haberse levantado en todo el día, y al fondo, junto a un pequeño escritorio, descansan un computador y una máquina de escribir.

Nada parece diseñado específicamente para el oficio artesanal, pero todo termina conectado con él.

Mientras habla, Araminta empieza a sacar materiales desde distintos rincones de la casa. Primero aparecen rollos de cabuya, lana y varias hebras gruesas, cuidadosamente organizadas. Las pone sobre la mesa del comedor y las acomoda casi de memoria. Sus manos mantienen un movimiento constante incluso cuando conversa.

“Yo aprendí a tejer antes que a leer y escribir”, dice mientras desenreda una de las fibras. Después sonríe un poco y añade: “Yo creo que, si hay otras vidas, yo en otra vida tuve que haber sido artesana”.

El tejido que ocupa la casa

Araminta se sienta finalmente frente a uno de los proyectos en los que está trabajando, desde ahí comienza a explicar cómo funciona el macramé. No utiliza agujas ni máquinas. Todo depende de las manos, de la tensión correcta y de la manera en que cada nudo sostiene al siguiente.

“El macramé es un tejido ancestral hecho sin herramientas, totalmente a mano”, explica mientras ajusta las hebras entre sus dedos. Luego resume el oficio en una frase más simple: “El macramé es el arte de hacer nudos”.

Mientras habla, mide una hebra y la extiende a lo largo de la mesa. Explica que algunas prendas requieren cortes de hasta ocho metros, especialmente los chalecos o estructuras grandes. Después fija las fibras sobre la obra y empieza a moverlas con rapidez, formando una secuencia de nudos que parece automática.

Cuenta que cuando trabaja para diseñadores, primero recibe una idea o un molde. Luego debe interpretar cómo convertirlo en tejido. Empieza construyendo la silueta principal y después desarrolla los detalles. Si algo falla, muchas veces hay que deshacer parte del trabajo y empezar de nuevo.

Mientras sus dedos avanzan entre las hebras, la conversación también se mueve entre tiempos distintos. Habla del presente mientras recuerda los años en que empezó a tejer siendo niña. Habla del cansancio físico que le produce pasar varias horas seguidas trabajando, pero también de la tranquilidad que encuentra en repetir movimientos que ya conoce de memoria.

Una sola pieza puede requerir varios días de dedicación, con jornadas de entre tres y cinco horas diarias según el encargo. Sin embargo, ella nunca describe su oficio con dramatismo, sino con la naturalidad de quien ha integrado el tejido como parte esencial de su rutina cotidiana.

Soartesco y el oficio que sostiene al municipio

Con el paso de la mañana, Araminta comienza a mostrarnos algunas de las piezas terminadas. Bolsos, caminos de mesa, prendas decorativas y muestras de tejidos que guarda cuidadosamente dobladas. Varias de ellas han sido exhibidas en ferias junto a otras artesanas de Soartesco, la asociación de la que hace parte en Cogua.

Mientras acomoda los productos sobre la mesa, llega su compañera artesana Fanny Acosta. Ella explica cómo funciona el colectivo. “Es un grupo de mujeres que trabajan de manera independiente, pero que se unen para participar en eventos y gestionar ventas.”

“La asociación se queda con un 10% para los gastos y para el transporte y alimentación en ferias”, explica. Luego añade: “La unión hace la fuerza. La asociación nos permite ayudarnos todas”.

En algún momento de la conversación recuerda el antiguo almacén que tenían en la plaza principal de Cogua. El lugar funcionaba como punto de venta permanente para las artesanas, hasta que fue demolido para construir un centro comercial.

Desde entonces, dependen nuevamente de espacios temporales y ferias ocasionales para vender sus productos. “Salimos a ferias los domingos y a ferias a las que nos invitan, por grupitos”, comenta.

Más tarde, desde la Gerencia de Desarrollo Económico y Ambiental del municipio, Jaime Páez explica que, aunque las artesanías no son el principal motor económico de Cogua, sí hacen parte de una cadena que se conecta con el turismo y la gastronomía local.

“El tema de las artesanías sí genera desarrollo económico amplio dentro del municipio. Muchos visitantes llegan inicialmente por la gastronomía, especialmente la picada o por lugares turísticos como la represa del Neusa, pero terminan comprando productos artesanales durante su recorrido”.

Según Páez, el municipio busca sostener esa dinámica mediante distintos espacios comerciales. “Nosotros lo que hacemos es que les brindamos un espacio acá en el corredor todos los domingos”, comenta sobre los lugares habilitados para ventas artesanales.

Ahora uno de los principales objetivos de Soartesco es recuperar un lugar fijo donde puedan exhibir el trabajo artesanal de manera permanente. “Teníamos un almacén en la plaza, pero fue destruido y aspiramos a tener uno nuevo en el centro comercial”, dice Araminta.

Desde la administración municipal también proyectan nuevos espacios. Jaime Páez asegura que la nueva plaza de mercado, actualmente en construcción, incluirá zonas para exposición y comercialización artesanal. “Yo creo que al finalizar del otro año ya está la plaza de mercado, que obviamente tendrá sus espacios tanto de comercialización como de exposición de las artesanías”.

Entre pasarelas, libros y clases gratuitas

La conversación continúa mientras Araminta busca ahora algunas prendas elaboradas para diseñadores. Habla de su trabajo junto a Manuela Álvarez y de las colecciones que llegaron al Bogotá Fashion Week y a Distrito Moda en Cali.

“Conocí a Manuela Álvarez, una diseñadora de renombre, y le estoy tejiendo actualmente”, cuenta mientras despliega un tejido sobre la mesa.

También recuerda otro momento importante: “Llevamos nuestra colección al Bogotá Fashion Week en el año 2023”.

Aunque las prendas terminan desfilando bajo el nombre de marcas o diseñadores, gran parte del trabajo manual depende de tejedoras como ella. Horas enteras de nudos invisibles que luego aparecen apenas unos minutos sobre una pasarela.

También nos muestra el libro Manos de oro, un proyecto realizado junto a la gobernación para documentar prácticas artesanales de Cundinamarca. Pasa lentamente las páginas hasta encontrar algunas fotografías de tejidos de la región.

Un oficio que todavía resiste

Ya pasado tiempo de entrevista, Araminta sigue moviendo las manos mientras conversa. Habla entonces de cómo antes de la pandemia el interés por el macramé había disminuido considerablemente. “Después de la pandemia se intensificó el tejido”, dice.

Muchas personas empezaron nuevamente a buscar actividades manuales. El tejido apareció como una manera de ocupar la mente y recuperar el tiempo lento. Desde entonces también aumentó el interés de diseñadores y proyectos culturales por incluir trabajos artesanales dentro de sus propuestas.

Sin embargo, el crecimiento también trajo nuevas exigencias: más rapidez, adaptación constante y una relación cada vez más cercana con el mercado de la moda.

En medio de la conversación, Araminta vuelve varias veces a la idea de enseñar. “Enseño macramé en la Casa Social de la Mujer todos los miércoles por la tarde”, comenta. Allí dicta clases gratuitas para mujeres, jóvenes y niños interesados en aprender desde cero.

Esa preocupación también aparece desde la administración municipal. Jaime Páez reconoce que existe incertidumbre frente al futuro de varios oficios artesanales. “Ese tema inquieta mucho porque no hay ese relevo generacional”, explica, especialmente en tejidos de lana donde la mayoría de los artesanos son adultos mayores.

Según Páez, el municipio busca involucrar a nuevas generaciones mediante procesos de formación; con la intención es que los oficios tradicionales no desaparezcan con el paso del tiempo.

Después de toda una vida al macramé, Araminta sigue hablando del oficio como si todavía estuviera descubriéndolo. Entre tejidos, clases y ferias artesanales, su rutina continúa girando alrededor de las hebras y los nudos que aprendió a hacer desde niña.

Aun así, nada parece haber modificado demasiado su rutina.

Porque mientras la tarde avanza sobre Cogua, ella sigue haciendo exactamente lo mismo que ha hecho durante más de cuatro décadas: medir hebras, organizar materiales y construir nudos en medio de la sala de su casa, como si cada pieza fuera otra manera de mantener vivo un oficio que todavía se resiste a desaparecer.

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