Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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19 de Mayo de 2026 11:35
En La Alquería, uno de los principales núcleos textiles de Bogotá, el sonido de las máquinas de coser ya no es el mismo. Donde antes había un ritmo constante de producción, hoy hay silencios intermitentes, locales vacíos y conversaciones marcadas por la incertidumbre.
En uno de los talleres de La Alquería, varias máquinas de coser permanecen apagadas. Sobre las mesas hay rollos de tela a medio usar y prendas sin terminar que llevan días, incluso semanas, en el mismo lugar. Antes no había pausa, las máquinas sonaban desde la mañana hasta la noche y el trabajo no daba abasto. Hoy, en cambio, el silencio se cuela entre los puestos vacíos. Los encargos ya no llegan con la misma frecuencia y muchas máquinas pasan horas, incluso días, sin volver a encenderse. A su alrededor, varios puestos están desocupados, personas que se fueron porque ya no era rentable seguir.
La irrupción de plataformas como Shein y Temu ha alterado profundamente la dinámica del sector. Sin embargo, el impacto no es uniforme. Desde la mirada empresarial, el fenómeno se percibe de manera indirecta.
“Lo que más ha impactado es el producto final. Muchas empresas han quebrado en Colombia, y eso no es solo aquí, es a nivel mundial. En telas no es tanto, pero en producto ya confeccionado sí ha sido un golpe muy fuerte para todo el mercado”, explica Alfredo Jiménez, desarrollador de negocios y licitaciones en Lafayette.
Para él, el golpe no está tanto en las telas, sino en la ropa ya confeccionada que llega a precios imposibles de igualar. Aun así, insiste en que la industria nacional tiene ventajas estructurales como calidad, reconocimiento internacional y capacidad de adaptación.
“La confección colombiana es supremamente bien valorada a nivel internacional. Nosotros tenemos estándares muy altos y, además, somos muy resilientes, siempre encontramos la forma de adaptarnos y seguir”, afirma.
Pero en el día a día de quienes confeccionan, la historia es distinta. Catherine Charris, diseñadora y dueña del taller Aleshka, lo resume sin rodeos: “Usted consigue prendas desde 10.000 pesos en las plataformas, entonces quieren pagarle a uno 800 pesos por confeccionarlas. Eso es lo que vivimos aquí todos los días. Ellos quieren calidad, pero no quieren pagar el proceso que eso implica”, explica.
Su testimonio revela una tensión constante entre calidad y precio, donde el mercado parece inclinarse cada vez más hacia lo segundo. Esta presión no solo afecta los ingresos, sino que desvaloriza el oficio.
El problema se agrava cuando los clientes comparan lo que compran en plataformas con lo que ofrecen los talleres. “Cuando uno les dice que un arreglo vale 12 o 15 mil pesos, le responden: ‘pero eso me costó’. Entonces prefieren no mandarlo a arreglar, aunque la prenda no sirva, porque ya sienten que invertir más no vale la pena”, cuenta.
Esta presión sobre los precios no ocurre en el vacío. Está directamente relacionada con el aumento de importaciones, especialmente desde Asia. De acuerdo con cifras del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, en 2024 China concentró el 57,7% de las importaciones del sector textil en Colombia, con aproximadamente USD 945,7 millones, muy por encima de otros países como India (11,6%) o Perú (4,6%).
Además, la tendencia no solo se mantiene sino que crece. Para 2025, las importaciones provenientes de China aumentaron 25,7% respecto al mismo periodo del año anterior, consolidando su dominio en el mercado. Este volumen de entrada de productos, muchos a bajo costo y producidos a gran escala, refuerza una competencia que los talleres locales difícilmente pueden igualar.
En la práctica, esto se traduce en lo que viven diariamente los confeccionistas: prendas más baratas en el mercado, menor demanda de producción local y una presión constante por reducir costos, incluso cuando eso implica sacrificar la sostenibilidad del oficio.
Paradójicamente, la misma lógica que favorece lo barato también genera frustración. Carmenza, quien vende encajes y materiales, ha visto cómo muchos clientes regresan después de comprar en estas plataformas, buscando una mejor calidad.
“La confección china no tiene nada que ver con la de acá. La gente compra por barato, pero cuando ve cómo llega la prenda o cómo está hecha, vuelve otra vez a buscar lo de uno”, dice. Sin embargo, ese retorno no compensa la caída general. “Las ventas han bajado muchísimo. La gente ya no confecciona porque sale más caro que comprar hecho, entonces dejan de comprar materiales como el encaje”, afirma.
Esta contradicción evidencia una tensión estructural: los consumidores saben que la calidad local es superior, pero el precio sigue siendo el factor decisivo. La inmediatez y el bajo costo pesan más que la durabilidad o el trabajo artesanal.
El impacto va más allá de lo económico. La confección en Colombia ha sido históricamente una fuente de empleo para mujeres, muchas de ellas madres cabeza de hogar.
“Estamos generando un problema social. La mayoría de personas que trabajan en confección son mujeres, y este es un oficio que les permite sostener a sus familias”, advierte Catherine.
Para ella, la desaparición de estos espacios no solo implica pérdida de empleo, sino también de oportunidades de autonomía económica. Además, señala una cadena de afectaciones que conecta campo, industria y ciudad: menos producción local implica menos demanda de materias primas como el algodón.
A esto se suma un problema adicional: la competencia desleal. Según Alfredo Jiménez, el contrabando de telas sigue siendo incluso un problema más fuerte que competir con plataformas como Shein o Temu en ese segmento.
“Es imposible competir contra esos precios. Mientras uno maneja unos costos, el contrabando se mueve a menos de la mitad, entonces no hay forma de igualarlo en el mercado”, afirma.
En La Alquería, esta realidad se traduce en confusión para los consumidores. “La gente cree que es la misma tela o que es el mismo producto, pero no lo es. Hay mucho material importado que se vende como si fuera nacional, y eso afecta la percepción de calidad”, explica. Esta distorsión afecta la confianza en la industria textil colombiana y dificulta aún más su posicionamiento frente a productos extranjeros.
Frente a este panorama, la adaptación aparece como la única salida. Catherine ha logrado sostener su negocio apostándole a la especialización en diseño, patronaje y producción para marcas emergentes.
“Los talleres que van a quedar son los que tienen la capacidad de transformarse. Si uno se queda haciendo lo mismo de siempre, simplemente no sobrevive en este mercado”, afirma. Sin embargo, no todos tienen esa posibilidad. La falta de apoyo estatal, los altos costos laborales y la competencia global hacen que muchos talleres simplemente no logren sostenerse.
El impacto de estas plataformas no es exclusivo de Colombia. Según informes del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, el sector enfrenta una presión creciente por el aumento de importaciones y los cambios en los hábitos de consumo. De hecho, países como China concentran más de la mitad de las importaciones del sector, lo que evidencia la fuerte dependencia de mercados externos.
Este fenómeno responde a dinámicas globales como la producción a gran escala, cadenas de suministro optimizadas y modelos de negocio basados en la rapidez.
A pesar de esta difícil situación, hay una idea que atraviesa todos los testimonios: la industria no desaparecerá, pero sí cambiará.
Se volverá más pequeña, más especializada y, posiblemente, más exclusiva. El reto estará en encontrar un equilibrio entre lo local y lo global, entre precio y calidad. Porque detrás de cada prenda hecha en Colombia no solo hay tela e hilo, sino historias, oficios y formas de vida que, aunque golpeadas, aún resisten.
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