Lo que pasa en Abril. El retrato de la vida de un cuidador

21 de Mayo de 2026 12:28

Cuidadora atiende a una persona mayor en el hogar, en presencia de otros familiares reunidos en la sala.
Por: María Paz Fajardo Rojas

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El 13 de abril de 2023, los bogotanos salieron a fotografiar el cielo. El IDEAM lo explicó: era un halo solar, un fenómeno causado por cristales de hielo que refractan la luz y forman un círculo perfecto de colores alrededor del sol; fue visible en Cundinamarca, Boyacá y Santander. Un arcoíris que se cierra sobre sí mismo. Curiosamente, lo que para ellos fue una maravilla, para mí fue la unión del cielo con la tierra, ese día fue el día en que murió mi abuela Olga.

Olga Valencia era la esposa de Jaime Fajardo. Durante años fue ella quien cuidó de mi abuelo: aplicó insulina cada noche, dio la gelatina con avena de medias nueves,“respondió, día tras día, a esa pregunta que volvía sin descanso sobre dónde estaban sus hijos". Hasta el día de su muerte cuidó a Jaime con esa entrega que no pide reconocimiento porque ni siquiera se reconoce a sí misma como sacrificio. Es amor. En la salud y en la enfermedad.

Cuando nos dimos cuenta de que ella también estaba enferma fue porque ya no podía ocultarlo, fue muy tarde. Murió seis días antes de mi cumpleaños con una enfermedad silenciosa. Un infarto fulminante e inesperado.

Mi tía Consuelo, su hija, tiene el pelo castaño con visos rojizos, el rostro refinado, sus ojos reflejan cansancio y dolor, aunque sonríe con templanza y firmeza me transmite que no todo está bien. Al levantarse después de estar quieta, el cuerpo le cobra cuenta de los 40 años de trabajo de pie como docente, más el estar subiendo y bajando escaleras en una casa de dos pisos, más el sostener a su padre cada vez que se levanta, más el asearlo y acompañarlo. Ese peso de tener a un padre que cada día depende más de ella se refleja en su cuidado al desplazarse y el dolor en su lumbar diagnosticado con fibromialgia, un dolor crónico, una anomalía en su columna que hoy la obliga a salir con bastón.

Consuelo, cuidadora de su padre adulto mayor, en su hogar en Bogotá.

 

 

En la familia de Consuelo, nadie se sentó a decidir quién sería el cuidador. Simplemente ocurrió. Al estar más tiempo en la casa, aprender a aplicar la insulina, y conocer con exactitud la rutina y lo necesario para Jaime, inmediatamente se decretó su rol. 

Ese lugar no se nombró, pero se fue estableciendo en silencio. Tal vez por eso, cuando Consuelo intenta explicar de dónde viene todo, vuelve a ese momento que todavía la acompaña: “Al lado de la tumba de mi mamá, le prometí que iba a desempeñar mi labor como cuidadora con todas las fuerzas que ella me enseñó para sacar a mi padre adelante”. Desde entonces, más que una decisión, cuidar ha sido una forma de cumplir, día tras día, esa promesa que no necesita repetirse para ser la motivación de cada uno de sus actos.

A veces pasan más de 20 días sin que Consuelo haga alguna actividad diferente que estar en su casa, ver novelas con Jaime y escuchar la radio, extraña tener esa pausa de la tarde para hablar con sus amigas, donde un café y algo de comer se vuelven excusa para detener el día sin tener la urgencia de cambiar a su papá, extraña salir al cine sin preocuparse. Consuelo intenta ser franca, como si quisiera mostrar que lo ha superado. Pero su cuerpo la delata. La voz se le entrecorta, mueve las cosas en sus manos de un lado a otro y desvía la mirada con frecuencia. Aprieta los labios, suspira y sin darle importancia se limpia una lágrima mientras me relata la rutina de aquel día, el último que compartió con su madre. Con una risa leve, dice que prefiere el cine de las 11 o de las 3. “Es que el día que fui al cine, mi mamá murió, y eso me marcó mucho”, admite. No me lo dice en modo de confesión, sino como algo que vivió y que la transformó. Y aunque insista en que no sabe por qué le da miedo, en cada gesto queda claro que ese temor sigue ahí.

Hoy vive con una enfermedad en el alma que calma con gotas homeopáticas: La depresión. El duelo que no tuvo tiempo de procesarse porque había un padre que seguía necesitando atención, el dolor y las lesiones físicas que no ceden y la incertidumbre de no encontrar una enfermera que la ayude, no porque no exista, sino porque no logra confiarle a cualquiera el cuidado de su papá; no llevarlo a un hogar geriátrico no por falta de opciones, sino porque no le da el corazón para reducir la vida de “rey” que él ha tenido a una habitación ajena, y porque los lugares que se acercan a lo que él merece cuestan al mes más de 10 a 12 millones de pesos colombianos. Más de 2 mil dólares.

A dos cuadras de mi casa, vive mi tía Anyull, que, por coincidencia, cumple años cada 13 de abril. Anyull perdió a su esposo Carlos en diciembre de 2024. Carlos fue coronel del Ejército colombiano y durante sus últimos meses de vida, su hija fue la responsable de llevarlo a las citas, de visitarlo en el hospital y de coordinar con las enfermeras qué horarios les tocaba. Cuando Carlos murió, Anyull empeoró. Claudia pasó entonces de cuidar a su padre a cuidar a su madre, casi sin pausa.

El Subsistema de Salud de las Fuerzas Militares en Colombia, gestionado por la Dirección General de Sanidad Militar (DISAN) no le asigna enfermera. Todo el cuidado lo paga ella, aproximadamente más de los 12 millones que tiene como ingreso mensualmente, paga más del 50% en sueldos de enfermeras y cuidados médicos para Anyull. A duras penas le entregan los insumos para la colostomía que tiene su mamá, y en cantidad mínima. Incluso viviendo de la pensión de un coronel, los costos adicionales recaen sobre Claudia.

Yazmín Moreno, fisioterapeuta de la Dirección General de Sanidad Militar, conoce ese escenario desde adentro. En el programa de atención al adulto mayor donde trabaja, atiende a militares activos, retirados y sus beneficiarios. Cuenta que los mayores retos no son clínicos sino humanos: la continuidad del tratamiento depende casi siempre de un familiar que lo sostenga en casa, sin formación específica y sin relevo. El programa existe, la telemedicina existe, las visitas domiciliarias existen. Pero cuando la familia llega, muchas veces el deterioro ya es avanzado, porque muy pocos conocen de los programas de prevención y cuidado. 

Sin filtro, de manera directa le pregunté cuál era la mayor problemática. Si existen programas, prevención y solución al cuidado ¿Qué pasa? Yazmin respondió con una seguridad contenida, como midiendo cada palabra. Asegura que muy pocos tienen información acerca de los recursos que dan las instituciones y cómo el programa de sanidad militar tiene cobertura total y que muy pocos acceden a ellos. 

Ese desgaste tiene nombre, aunque pocas veces se diga en voz alta. Es lo que ocurre cuando, como explica Yazmín “un adulto cuida a otro adulto. Los hijos están en otro lugar por sostenibilidad económica, entonces los hijos cuidan al papá. Y siempre se nota el desgaste, no tanto en el paciente sino en el cuidador. Llega un momento en que ya la persona dice: “no puedo más.” A eso se le llama síndrome del cuidador quemado. 

Según  la Ley 2297 de 2023, conocida como la Ley de Cuidadores, el Estado está obligado a ofrecer programas de apoyo a quienes dedican su vida a cuidar a otros, incluyendo equipos interdisciplinarios, visitas domiciliarias y acompañamiento psicológico. En teoría. Pero, cuando el cuerpo empieza a doler o el llanto se vuelve parte de la rutina, no hay claridad ni eficiencia en un protocolo que responda a quien ya no da más.

Hace tres meses, en el marco del seguimiento de la ley, la EPS Aliansalud envió un trabajador social a visitar a Jaime y Consuelo. Vino. Hizo preguntas. Muchas preguntas. Pero hasta la fecha no se ha vuelto a saber nada del proceso.

Después de años siendo cuidadora, cuando ese rol termina, no todo vuelve a la normalidad de inmediato. Después de más de 20 años cuidando a su madre, seguido de un duelo y dolor,  los días de Nelly López tienen otro ritmo, más abierto al descanso, viviendo una quietud nueva sin la urgencia de antes dedicando su tiempo a jugar con sus nietos. Por otro lado, Cristina Peña comparte con su familia entre semana mientras su madre permanece con su hermana, quien vive con ella. Los fines de semana se reúne con su mamá y aprovecha ese tiempo para acompañarla y disfrutar. Entre todos han dispuesto los recursos para que un auxiliar de salud se encargue del cuidado de forma permanente. Así, Cristina y sus hermanos se organizan para estar en distintos momentos, con agradecimiento por ese apoyo y sin asumir directamente el desgaste físico y emocional del cuidado diario...Para otras personas el regreso a los espacios de antes es automático. Marcela aprendió eso antes que nadie en mi familia. Su madre, Gladys —hermana de mi abuela Olga— cayó enferma, y Marcela asumió su cuidado durante años. Cuando Gladys murió, Marcela dejó de venir a reuniones familiares, dejó de responder llamadas, dejó de compartir con nosotros, decidió tomar distancia.  

En Bogotá hay cerca de 9.500 adultos mayores que hoy no tienen a nadie que los cuide, según el Concejo de la ciudad. No llegaron solos a ese punto: sus cuidadores se agotaron, se enfermaron o murieron antes que ellos. En ese silencio se rompe la cadena del cuidado y la ciudad se queda con personas mayores solas en sus casas o varadas en hospitales, esperando.

El ritmo demográfico no da abasto. Bogotá tiene hoy 53 adultos mayores por cada 100 menores de 15 años. Para 2050, según proyecciones del DANE, habrá dos adultos mayores por cada joven. El relevo no alcanza. Y cuando el cuidado informal se quiebra, el sistema de salud absorbe lo que la familia ya no puede sostener: hospitalizaciones evitables, urgencias desbordadas, pacientes sin seguimiento.

Colombia tiene hoy 8,6 millones de personas realizando cuidado directo no remunerado. El 76,2% del tiempo total dedicado al cuidado en el país lo asumen las mujeres. La Ley del Cuidador existe desde 2023. El Registro Nacional de Cuidadores, que permitiría identificarlas y protegerlas, todavía no está consolidado. Sin ese registro, los beneficios de la ley no llegan. Y la cadena sigue rompiéndose en silencio, familia por familia, abril tras abril.

Hoy, 13 de abril de 2026 celebrando los 87 años de mi tía Anyull,  a seis días de mi cumpleaños, es el aniversario de la muerte de mi abuela Olga. El sábado 11 de abril fuimos a la misa conmemorativa por sus tres años de fallecida.

Consuelo llegó peinada con el cabello semi recogido. Sonríe pero no sostiene el gesto, se ve más como una fachada para demostrar que está bien y que agradece la asistencia a la misa. No hubo preguntas de si había dormido, si había llorado, si la espalda había mejorado con las terapias. Anyull no vino porque está recuperándose de la infección. Claudia con tapabocas y prevención saludó a todos y apenas finalizó la misa se retiró con afán porque tiene que llevar la cena a su mamá. Y después de casi un año sin contacto, Marcela está sentada en la banca de atrás.

Salimos de la iglesia al anochecer. No había sol, no había halo esta vez. Solo luz. Consuelo caminó despacio hacia el carro, mientras su hermano llevaba a Jaime de la mano. Yo la miré y solo pude pensar en mi abuelito mirando su vida desde su poltrona hacia afuera, en todo lo que el sistema llama cuidado informal y que, en la práctica, termina concentrándose en una sola persona, ajustando su vida alrededor de otra.

Jaime, adulto mayor, permanece en su hogar en Bogotá, donde pasa la mayor parte del tiempo bajo el cuidado de su familia.

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