Elecciones 2026. Cubrimiento especial.
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28 de Agosto de 2026 12:15
En el cerro de la cruz, en el costado occidental de Chía, a 2.780 metros sobre el nivel del mar, se levanta la Capilla de Nuestra Señora de la Valvanera, uno de los planes más recurrentes entre quienes visitan o viven en el municipio. Se trata de un templo de estilo gótico construido en 1937, cuya primera piedra fue bendecida por el entonces párroco de Chía, Luis Alejandro Jiménez, en un cerro que desde entonces lleva el mismo nombre del santuario.
Desde el punto donde se ubica la capilla se domina una vista panorámica que se extiende hasta la sabana de Bogotá y el valle de Zipaquirá, lo que ha convertido al lugar en un mirador natural además de un sitio de peregrinación. Con el paso de los años, el cerro también se ha transformado en un punto de encuentro para el deporte. Las escalinatas que llevan hasta la cima fueron llamadas años atrás como "El Camino de la Vida" y hoy son recorridas a diario por caminantes, corredores y ciclistas.
Para llegar hasta la Valvanera existen varias alternativas. Los visitantes pueden subir a pie por las escalinatas, ir en bicicleta o llegar en carro por una de las dos carreteras que bordean el cerro. Cada uno elige su propio ritmo y su propia razón para hacerlo. “Subo todos los días, a pie o en cicla", cuenta Miriam, habitante de la ciudad de Chía, quien es una de los visitantes que suben cada semana a este cerro.
La exigencia depende del camino que se tome: "si sube suave, no me parece tan dura la subida “dice Miriam. Otros advierten que la primera vez puede ser exigente para quien no está acostumbrado; hay quienes, en su primer intento, sienten que "les da la palia" y no logran respirar con normalidad durante el ascenso.
Más allá del esfuerzo físico, varios visitantes coinciden en que el atractivo del lugar también está en lo que se encuentra al llegar a la cima. "Disfrutamos aquí del silencio, de la tranquilidad, de la relajación", dice Álvaro Parada, una de las personas que sube con frecuencia, y agrega que ese momento de calma "me hace falta si no voy en dos días". Para los visitantes subir cuenta como una pausa en su día a día.
Según información oficial del Instituto Departamental de Cultura y Turismo de Cundinamarca, el ascenso, de dificultad baja a media según la ruta escogida, toma en promedio unas tres horas caminando desde el parque principal de Chía, o cerca de hora y media en bicicleta. Si subes por la carretera son aproximadamente 2km, por la placa huella son 1,2km y por las escaleras son 700 metros. El clima en la cima suele ser frío, con una temperatura promedio de 13°C y probabilidad de lluvias, por lo que se recomienda ropa abrigada, calzado de buen agarre, chaqueta impermeable, protector solar e hidratación suficiente.
El tramo inicial está pavimentado; el resto es vía destapada, usada también por ciclistas de montaña. No hay parqueadero formal ni iluminación en el camino, así que se recomienda subir de día, preferiblemente en la mañana o los fines de semana, cuando hay más afluencia de gente.
Las razones para subir varían de persona a persona. "Es bueno para mi salud, para la circulación, para el corazón, para tener buen ánimo, para desestresarme" dice María Ruiz, visitante. Otros lo ven como una oportunidad para entrenar ciclismo o, simplemente, para pasar un día distinto.
En la parte alta, además de la capilla y el mirador, el sector cuenta con zonas de descanso y baños. La eucaristía se celebra los domingos a la 1:00 p.m., y las jornadas de mayor afluencia religiosa ocurren durante Semana Santa y diciembre, cuando se realizan peregrinaciones desde el centro del municipio. Arriba hay puestos informales que venden jugos naturales, agua, bebidas refrescantes y pasabocas como arepas y empanadas; los fines de semana también aparecen vendedores de fruta y ropa deportiva. No hay oferta de restaurantes ni almuerzos, para eso hay que bajar al centro de Chía.
La Valvanera no tiene un único tipo de visitante. Coinciden allí quienes suben por fe, quienes lo hacen por rutina deportiva y quienes simplemente buscan una pausa fuera de la ciudad. Esa mezcla es, para muchos de quienes la visitan a diario, lo que convierte el ascenso en algo más que un recorrido. Una costumbre que se repite semana tras semana en uno de los miradores más reconocidos de la sabana de Bogotá.
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