Acoso nocturno: la fiesta no nos pertenece, todavía ...

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En Bogotá, el 75 % de las mujeres asegura sentir miedo de salir a la calle, especialmente en la noche, según datos del Concejo de Bogotá. No es un miedo abstracto ni exagerado, porque afecta la manera en que muchas mujeres se mueven por la ciudad, toman decisiones y viven algo tan básico como salir a divertirse. La violencia de género atraviesa casi todos los espacios de la vida cotidiana, y la fiesta no es la excepción. Aunque en los últimos años el acoso callejero ha empezado a discutirse más públicamente, los entornos de ocio nocturno siguen siendo lugares donde muchas conductas se minimizan o se justifican. Comentarios insistentes, hombres que no aceptan un “no”, tocamientos “accidentales”, miradas invasivas o personas que se aprovechan del alcohol ajeno suelen verse como parte “normal” de la noche. Pero no lo son.

Salir de fiesta no se vive igual para hombres y mujeres. Para muchos hombres, la noche puede ser sinónimo de descanso, desahogo o diversión despreocupada. Para muchas mujeres, en cambio, implica estar alerta todo el tiempo. Hay una serie de hábitos que ya parecen automáticos: tapar el vaso con la mano, avisarle a una amiga al llegar a la casa, compartir ubicación en tiempo real, no aceptar tragos de desconocidos, ir al baño acompañada o calcular cuidadosamente cómo volver. Son cuestiones tan normalizadas que, a veces, ni siquiera se cuestionan. Pero detrás de todas esas decisiones, hay algo muy simple: miedo.

De acuerdo con cifras oficiales, cerca del 40 % de las mujeres en Bogotá cambia rutinas o comportamientos para evitar situaciones de acoso. Eso significa modificar horarios, evitar ciertos lugares, dejar de usar determinada ropa o limitar la forma de actuar en espacios donde, en teoría, deberían poder sentirse libres. Asimismo, la Veeduría Distrital realizó una Encuesta sobre Acoso Sexual Callejero en el año 2025 en la que 1.505 mujeres afirmaron haber sufrido acoso.

En un artículo publicado en la revista científica Transportation Research Part A: Policy and Practice, se evidenció que las formas más frecuentes de acoso hacia las mujeres fueron el acoso verbal, el acoso visual y el contacto físico no consentido, todas con porcentajes superiores al 70 %. Esto demuestra que el acoso hacia las mujeres no se limita a casos aislados, sino que hace parte de experiencias cotidianas en espacios públicos. Y si estas cifras ya son alarmantes en la calle y el transporte público, en contextos de fiesta y vida nocturna la situación puede intensificarse aún más. Lugares como bares, discotecas o eventos masivos suelen convertirse en escenarios donde muchas mujeres enfrentan comentarios sexuales, miradas invasivas, tocamientos no consentidos o situaciones de presión normalizadas bajo el ambiente de “rumba”. La noche, que debería representar diversión y libertad, termina convirtiéndose para muchas en un espacio de alerta constante.

La noche termina funcionando bajo una lógica injusta: las mujeres aprenden a cuidarse, mientras pocas veces se cuestiona a quienes generan el peligro. A nivel nacional, las cifras también son preocupantes. Según el Centro de Estudios en Justicia (CEJ), entre enero y septiembre de 2025 se registraron 24.853 delitos sexuales en Colombia: aproximadamente una víctima cada 16 minutos. El mismo análisis señala que, durante la medianoche, estos delitos aumentan significativamente frente a otras horas del día.

Y aunque muchas veces el alcohol aparece como explicación, especialistas insisten en que estar borracho no elimina la responsabilidad. El problema no es el alcohol en sí, sino la facilidad con la que socialmente se excusan ciertas violencias cuando ocurren en ambientes de fiesta. Además, sigue existiendo una doble moral evidente. Mientras un hombre borracho suele ser visto como alguien que “se pasó de fiesta”, una mujer en la misma situación todavía puede ser juzgada, culpabilizada o tratada como responsable de lo que le ocurra. Esa diferencia revela algo más profundo: el cuerpo y el comportamiento de las mujeres siguen estando mucho más vigilados socialmente.

En medio de todo esto, el consentimiento continúa siendo uno de los límites más ignorados. Muchas agresiones ocurren justamente porque algunas personas siguen creyendo que insistir es seducir, que el silencio significa aprobación o que el estado de embriaguez vuelve ambiguos los límites. Pero el consentimiento tiene que ser claro, libre y consciente. Si no existe, hay violencia.

Denunciar tampoco es sencillo

En teoría, Colombia cuenta con herramientas legales para proteger a las mujeres frente a las violencias basadas en género. La Ley 1257 de 2008, por ejemplo, reconoce distintas formas de violencia contra las mujeres y establece medidas de prevención, atención y sanción. Además, la Constitución protege derechos como la dignidad humana, la igualdad y el libre desarrollo de la personalidad. El problema es que entre lo que dice la ley y lo que ocurre en la práctica sigue existiendo una distancia enorme.

La abogada Paola Persa explica que en casos de acoso, especialmente en contextos de fiesta, gran parte de la carga termina recayendo sobre la víctima. "Muchas veces se espera que la persona afectada pueda demostrar exactamente qué ocurrió, identificar al agresor, presentar pruebas, conseguir testigos o reconstruir una situación que ocurrió en un lugar lleno de ruido, alcohol, gente y confusión. Y ahí aparece una de las mayores dificultades: el acoso rara vez deja pruebas perfectas".

A diferencia de otros delitos, muchas situaciones de acoso ocurren en segundos, sin cámaras, sin registros y frente a personas que no intervienen o que incluso minimizan lo ocurrido. Un tocamiento no consentido en una discoteca, por ejemplo, puede ser rápidamente reducido a “un accidente”, “una mala interpretación” o “parte del ambiente”. Esa ambigüedad termina beneficiando muchas veces a quien agrede y no a quien denuncia.

Además, muchas víctimas dudan antes de hablar porque saben que probablemente tendrán que justificarse. Preguntas como “¿habías tomado?”, “¿qué estabas haciendo ahí?”, “¿estás segura de que fue intencional?” o “¿por qué no reaccionaste?” siguen apareciendo constantemente, tanto social como institucionalmente.

Explora el podcast con testimonios de una víctima de acoso y una experta en el tema:

En lugar de enfocarse únicamente en la conducta del agresor, el foco suele desplazarse hacia el comportamiento de la víctima. Eso genera desgaste emocional y también miedo. Miedo a que no crean. Miedo a quedar expuesta. Miedo a revivir la situación una y otra vez. Incluso, miedo a enfrentar consecuencias legales, porque en algunos casos las víctimas pueden terminar enfrentando amenazas de denuncias por injuria o calumnia si no logran probar plenamente lo ocurrido. Por eso muchas mujeres deciden no denunciar. No necesariamente porque el hecho “no haya sido grave”, sino porque el proceso puede sentirse más agotador que reparador. A veces el costo emocional, social y jurídico parece demasiado alto frente a la posibilidad incierta de obtener justicia.

También, existe otro problema: socialmente todavía hay una tendencia a pensar el acoso como algo “menor” si no hubo violencia física extrema. Muchas mujeres crecen escuchando que ciertas situaciones “pasan en todas partes”, que “así son los hombres” o que en una fiesta “hay que aguantar ciertas cosas”. Esa normalización hace que muchas experiencias queden invisibilizadas, incluso para quienes las viven.

Sin embargo, el hecho de que una conducta esté normalizada no significa que deje de ser violencia. Desde lo jurídico, el acoso puede entenderse como una conducta que vulnera la dignidad humana y afecta derechos fundamentales. El consentimiento sigue siendo el punto central: ninguna interacción debería imponerse desde la presión, la intimidación o el aprovechamiento del miedo, el alcohol o la vulnerabilidad de otra persona.

El reto es que las leyes, por sí solas, no transforman automáticamente la realidad. Se necesitan instituciones que respondan mejor, protocolos claros en espacios nocturnos, rutas de atención accesibles y, sobre todo, cambios culturales que dejen de poner la responsabilidad sobre quienes intentan simplemente disfrutar de la noche sin ser violentadas.

Lo que deja el acoso

Las consecuencias tampoco terminan cuando acaba la fiesta. La psicoterapeuta y educadora sexual Alejandra Rendón reconoció que "muchas mujeres viven en un estado constante de alerta incluso en espacios donde deberían sentirse tranquilas. Esa sensación puede convertirse en ansiedad, hipervigilancia o miedo permanente. Poco a poco, el cuerpo aprende que relajarse puede ser peligroso. Y eso cambia la forma de vivir la noche. Cambia la manera de bailar, de relacionarse con desconocidos, de ocupar el espacio público e incluso de disfrutar".

Por eso el problema no se reduce a “casos aislados”. Lo que existe es una diferencia muy clara en cómo hombres y mujeres experimentan la libertad nocturna. La fiesta debería ser un espacio de libertad, no un lugar donde algunas personas tengan que sobrevivir mientras otras simplemente disfrutan. Hablar de violencia en la noche no significa decir que las mujeres deban dejar de salir ni asumir que todos los hombres son agresores. Significa reconocer que hoy muchas mujeres siguen entrando a bares, discotecas o conciertos con estrategias de defensa ya incorporadas. Y eso no debería ser normal.

Aunque hay más conversación pública sobre el tema y mayores herramientas legales, todavía falta mucho para que el ocio nocturno sea realmente seguro y libre para todas las personas. Porque mientras unas pueden vivir la noche con tranquilidad y otras tienen que calcular riesgos constantemente, la fiesta sigue sin pertenecernos a todas por igual.

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