El Mundial Tricolor en cuenta regresiva

El 2026 es un año de contraste para los colombianos, si bien se siente la tensión en el contexto político electoral, se enciende la pasión futbolística por el Mundial más grande de la historia: un torneo con 48 equipos, organizado en tres países, y marcado por la nostalgia de lo que podría ser el último baile del '10'. Este año el seleccionado nacional tendrá dos factores claves que lo podrían llevar a levantar la copa: 25 años sin ganar ningún título y 25 directores técnicos que lo intentaron y no lo lograron.

Han pasado más de dos décadas desde el domingo 29 de julio de 2001, la última vez que la Tricolor levantó una copa. Un cuarto de siglo desde aquella tarde en Bogotá en la que se alcanzó la gloria y se escribió una de las páginas más memorables de su historia. Un único gol bastó: el cabezazo de Iván Ramiro Córdoba al minuto 65 venció el arco mexicano, hizo estallar El Campín y unió a las personas en un solo grito de celebración. Así se selló la mejor actuación de los Cafeteros en un campeonato oficial: una Copa América perfecta donde la localía se convirtió en fortaleza.

Sin embargo, no todo fue perfecto, la organización del campeonato surgió en un contexto complejo, puesto que la nación atravesaba uno de los momentos más complicados en materia de orden público y agudización de la violencia. Situación que puso en duda la realización del torneo. no obstante, y contra todo pronóstico, Colombia se ratificaba como sede oficial cinco días antes del inicio de la competencia. Una Copa América atípica en la que Argentina, gran favorita, estuvo ausente y Brasil se presentó con una plantilla alterna, ambas selecciones argumentaron problemas de seguridad. A pesar de esto, el fútbol, una vez más, se convertía en refugio ante la incertidumbre.

Dirigida por Francisco “Pacho” Maturana, el seleccionado construyó una campaña perfecta: seis partidos, seis victorias y el arco invicto. Un rendimiento quirúrgico y casi irrepetible, que demostraba que el equipo además de brillante era sólido, disciplinado y tenía una identidad clara.

En esa nómina había talento de sobra: Óscar Córdoba bajo los tres palos, una defensa implacable con Iván Ramiro Córdoba, Mario Yepes y Gerardo Bedoya; la precisión en el medio campo con Freddy Grisales, Giovanni Hernández y Mauricio Molina; y el ataque a cargo de Eudalio Arriaga, Jairo Castillo y Víctor Hugo Aristizábal consagrado como goleador del campeonato con 6 tantos. Aquí no solo había una generación dotada, había un plantel que entendía el momento histórico que representaba.

El título fue la culminación de un proceso que inició en los años 90. La llamada “generación dorada” había posicionado a la Tricolor en el mapa del fútbol internacional: la histórica clasificación al Mundial de Italia, luego de 28 años ausentes tras la participación en Chile 62, el inolvidable 5-0 contra Argentina en el Monumental de Buenos Aires, y la presentación en Estados Unidos 94, evidenciaban el potencial que tenía el país en este deporte.

Carlos “El Pibe” Valderrama, Faustino Asprilla, Freddy Rincón, Leonel Álvarez y René Higuita no solo jugaron al fútbol: redefinieron la identidad de una Selección que dejó de ser un actor secundario para convertirse en protagonista. Sin embargo, el título siempre fue esquivo hasta 2001.

El valor de esa Copa América va mucho más allá de lo deportivo. Colombia necesitaba una alegría colectiva, un atisbo de ilusión y un “algo” que nos recordara que somos un solo pueblo. En medio de la violencia, la incertidumbre y la fragmentación social, el combinado nacional logró algo que pocas veces se consigue: unir al país bajo una misma emoción. Esa escuadra no solo ganó partidos; le devolvió la esperanza a una nación entera. En el sentimiento de muchos hinchas fue el evento más memorable en la historia de la Tricolor.

Si hay un síntoma que explica esa historia de intentos fallidos, está en la dirección técnica. La Sele no solo ha tenido generaciones talentosas, también ha sido un equipo en constante cambio desde el banquillo. Más de 30 entrenadores la han dirigido a lo largo de su historia. Sin embargo, solo cinco técnicos han logrado clasificar al torneo más importante: Adolfo Pedernera (Chile 1962), Francisco Maturana (Italia 1990 y Estados Unidos 1994), Hernán Darío Gómez (Francia 1998), José Néstor Pékerman (Brasil 2014 y Rusia 2018) y Néstor Lorenzo (Estados Unidos, Canadá y México 2026).

Historia mundialista

La Tricolor ha tenido generaciones talentosas, momentos de alto nivel y actuaciones destacadas, especialmente en Brasil 2014 y Rusia 2018. La era de James Rodríguez, David Ospina, Radamel Falcao, Juan Guillermo Cuadrado, Yerry Mina y compañía volvió a ilusionar al llegar a los cuartos de final en 2014, la mayor instancia alcanzada en esta Copa bajo el mando de José Pékerman, y los octavos de final en 2018. Pero el título no llegó. Hoy ad portas del Mundial 2026, la Sele enfrenta un nuevo reto: cerrar esa brecha histórica entre el talento y la consagración, ante la última participación del 10 (James) y el debut del 7 (Lucho).

Luis Alfonso “Bendito” Fajardo, exfutbolista colombiano clave en Italia 90, destaca el papel de la Selección como un factor de cohesión en uno de los momentos más complejos del país. En medio de la violencia derivada del narcotráfico, recuerda cómo cada avance del equipo en la competición lograba movilizar a miles de personas a las calles, “transformando al menos por un instante el miedo en celebración”.

El empate frente a Alemania Federal no solo tuvo impacto deportivo, sino simbólico, una sociedad “profundamente fragmentada” encontró en este resultado un motivo para unirse en un solo abrazo. Fajardo protagonizó la clasificación a un Mundial que significó el regreso de los Cafeteros a la élite del fútbol tras 28 años de ausencia. Bajo la dirección de "Pacho” Maturana, el conjunto nacional se convirtió en un once competitivo, difícil de vencer, donde la “generación dorada” no solo destacaba por su talento, sino por la hermandad construida dentro y fuera del campo.

De cara al presente, "Bendito" Fajardo reconoce una ventaja clave en el combinado actual: la experiencia internacional de sus futbolistas, muchos de ellos vinculados a ligas europeas. Sin embargo, advierte que el mayor desafío será la gestión emocional en escenarios de alta exigencia. “Cuando nos vemos en superioridad o las personas creen que somos grandes favoritos, aparece el riesgo de creerse clasificados antes de jugar”, expresó.

Fajardo insiste en que, en este tipo de torneos no hay margen para el error. Cada decisión en el campo puede marcar la diferencia entre avanzar o quedar eliminado. Aun así, se muestra optimista, considera que el grupo cuenta con talento, determinación y entusiasmo suficientes para afrontar el reto. La expectativa es que todos esos factores se articulen en función de un objetivo común: que Colombia haga una destacada actuación mundialista.

Eterna esperanza

Pero: ¿por qué genera tanta pasión un deporte en el que no se suelen obtener títulos? La respuesta se encuentra entre la resiliencia y la eterna esperanza que conforman la esencia del hincha colombiano. Ese que es apasionado e incondicional, que a pesar de no obtener los resultados esperados vive cada partido como una fiesta en la que no le puede faltar la camiseta, la bandera y la vuvuzela; pero a la vez es profundamente nostálgico al recordar los momentos de gloria y destacar a aquellas figuras históricas que pusieron a soñar al país, con la ilusión de que cada presentación del seleccionado nacional sea mejor que la anterior y que se logre alcanzar el tan anhelado título. A continuación Jaime Roa, psicológo deportivo, con experiencia en el Instituto Distrital De Recreación Y Deporte (IDRD) da su opinión sobre el fútbol como actor de cohesión social.

Dentro de esta historia de frustraciones, alegrías, desilusiones y esperanzas, el experto destaca la lealtad de los hinchas que han apoyado al fútbol en todas las etapas de su vida; y vivieron junto a muchas de las distintas generaciones de jugadores que han transcurrido, la emoción de disputar encuentros de nivel internacional. Aquí, la nostalgia histórica no es un simple ejercicio romántico, sino un relato vivo, lleno de anécdotas, experiencias, voces y sentimientos. Albergan con aprecio los recuerdos de sus primeros mundiales, cómo celebraron con emoción cada victoria, y al mismo tiempo cómo sufrieron las derrotas.

El fútbol se transformó en toda una escuela emocional, una que ha enseñado a esperar, y al mismo tiempo a reencontrarnos como sociedad. Cada partido era un acontecimiento nacional, familias y vecinos reunidos, calles vacías que luego se llenan de vida; lo que demuestra que no es una simple afición, es una pasión que alberga una fidelidad que no depende de resultados. Pero tras décadas de ausencia de la llegada a un podio, este campeonato es una nueva oportunidad que revive la ilusión, la emoción y las expectativas en la Selección.

Ante este desafío, la generación veterana observa con una mezcla compleja de emoción contenida, escepticismo aprendido y fe en el esfuerzo. No esperan milagros, pero tampoco renuncian a la posibilidad de sorprenderse. Han visto mucho como para confiar por completo, pero también han vivido lo suficiente para saber que el fútbol siempre deja espacio para lo inesperado. Esa contradicción es la llama del corazón que dedican a este deporte, la convergencia entre lo que fue y lo que podría ser. Los nombres en las camisetas cambian, los estilos de juego y las estrategias de equipo evolucionan, las dinámicas del fútbol global se transforman, pero hay algo que permanece inalterable: la necesidad de creer como lo demuestran los siguientes testimonios (escuchar audio).

Un legado que perdura

En la mayoría de las casas colombianas ese archivo de memoria emocional se transmite de generación en generación. El fútbol se convierte en parte esencial de las tradiciones familiares y sociales, tanto al verlo, como al salir a jugarlo. Está presente en las conversaciones en torno a la mesa, las anécdotas que los grandes les cuentan a los pequeños, los amiguitos que llegan a pedir permiso para salir a jugar con el balón, las camisetas y demás símbolos que se guardan con cuidado en alguna parte de la casa.

Es un sentimiento al que no le importa atravesar la barrera de la edad, se transmite como parte del legado de la experiencia, de padres a hijos, de abuelos a nietos, con una naturalidad instaurada hace mucho. Un espacio de encuentro intergeneracional. No solo porque convoca a millones frente a una misma contienda, sino porque permite que distintas edades compartan una misma emoción desde lugares distintos. Para quienes vivieron los mundiales de finales del siglo XX, cada torneo es una cápsula de recuerdos de periódicos, narraciones radiales y una que otra transmisión televisiva. Para los más jóvenes, en cambio, el vínculo futbolístico se ha transformado, ha llegado mediado por pantallas de alta definición, análisis en tiempo real y redes sociales.

Aunque los jóvenes de esta época no vivieron muchos de los partidos que pasaron a la historia, a través del relato de sus mayores, referencian a los ídolos de sus padres y abuelos. Y profesan por ellos un respeto y admiración tan grandes como quienes sí los acompañaron en vivo. Es una memoria heredada, reconstruida a partir del entusiasmo de quienes los rodean. Reciben el fútbol como un campo abierto que reinterpretan con sus propios códigos: memes, transmisiones en streaming, debates digitales. Pero la estructura emocional es la misma. La emoción antes de un partido decisivo, la ansiedad de un penalti, la euforia de un gol, el silencio tras una derrota. Dejan de ser receptores de memoria para convertirse en generadores de ella (ver video).

Mucho más que fútbol

Al final, lo que está en juego no es solo un resultado deportivo, sino la persistencia de una tradición afectiva. Como puente generacional, el balón que rodará en 2026 no solo será seguido por millones de ojos; será acompañado por décadas de recuerdos y por nuevas pasiones en construcción. Porque en Colombia, el fútbol se hereda. Y en cada partido, en cada gol, en cada celebración compartida, esa herencia se renueva. No será únicamente un evento deportivo, será una nueva etapa en una historia que es tanto personal como colectiva. Un escenario en donde los relatos del pasado dialoguen con las experiencias del presente.

El fútbol es un idioma compartido que no exige presentación y que, en un territorio atravesado por diferencias profundas, es una identidad compartida que funciona como punto de encuentro social. Al ver a la Selección se evidencia esa dinámica, personas que no se conocen reaccionan al unísono, se miran, se reconocen en la emoción del otro. Hay una especie de acuerdo tácito: durante ese tiempo, todos están del mismo lado. Para muchos, eventos como el Mundial son de los pocos espacios en los que el país se une y comparte una misma esperanza. Y aunque los avances de la tecnología han hecho cambios en la forma de consumir el fútbol, la tradición de vivir la experiencia en compañía se mantiene. La conexión en línea no reemplaza la reunión física, la complementa.

Es un deporte con un profundo significado cultural. No se trata únicamente de lo que haga el equipo, sino de cómo se vivirá ese proceso en los hogares, en las calles, en los espacios donde conviven distintas realidades ciudadanas. No es solo lo que ocurre en la cancha, sino lo que se construye alrededor: las conversaciones, los rituales, las tradiciones, los símbolos, las expectativas compartidas. Un espacio que comparte una misma narrativa en la que las jerarquías se disipan. El jefe y el empleado, el estudiante y el maestro, el niño y el adulto; celebran con el mismo orgullo y coinciden en un mismo sentimiento. No es solo espectáculo, es una forma de sincronización ciudadana (escuchar audio).

En cada rincón del territorio, el día de partido altera la rutina. Los horarios se ajustan, las calles cambian de ritmo, los espacios públicos se resignifican. Un centro comercial puede convertirse en estadio improvisado; una sala pequeña, en tribuna multitudinaria. No se trata únicamente de ver el juego, sino de hacerlo juntos. Once jugadores representan a millones, un resultado que, al menos por un instante, parecería afectarnos a todos. Es una fuente de orgullo colectivo que detiene el tiempo y permite olvidar los demás problemas de nuestra nación, e incluso los desacuerdos por equipos dentro del mismo deporte. Ha funcionado como un mecanismo de cohesión en contextos de crisis, tensión política, incertidumbre económica, violencia. Los encuentros de la Selección han funcionado como pausas colectivas, como intervalos donde la atención nacional se concentra en algo distinto. No resuelven los problemas estructurales, pero sí generan una sensación temporal de unidad.

¿Una nueva oportunidad?

Los Cafeteros llegan a este nuevo reto en un punto de madurez competitivo, marcado por un proceso de recambio que ha sabido combinar experiencia y proyección internacional. Con una base sólida de futbolistas activos en ligas europeas y una idea de juego cada vez más definida, el equipo ha mostrado capacidad para competir en distintos escenarios, aunque todavía arrastra cuestionamientos sobre su regularidad y manejo de la presión en momentos decisivos. En ese contexto, la expectativa de los colombianos se mueve entre la ilusión y la cautela: hay confianza en el talento del plantel y en la posibilidad de superar la fase de grupos, pero también una conciencia colectiva de que el margen de error es mínimo en una cita de este nivel. Sobre ese equilibrio entre esperanza y exigencia se construyen las miradas de analistas y periodistas, cuyas voces permiten dimensionar el verdadero alcance de la Selección.

Hablar de la Tricolor es hablar de ciclos, de ilusiones y de una identidad que está en constante reinvención. Es un plantel que carga con su historia, con sus momentos de gloria y con sus deudas pendientes. El 2001 no es un neto recuerdo, es una referencia, y a la vez una presión, porque 25 años después la pregunta es la misma: ¿Estamos listos para volver a ganar?. A continuación, líderes de opinión deportivos analizan qué le deparará al seleccionado (ver video).

Las discusiones sobre convocatorias, decisiones arbitrales o rendimientos individuales pueden dividir opiniones. Pero, en un país en el que la conversación pública suele fragmentarse en múltiples agendas, incluso esas diferencias futbolísticas se dan dentro de un mismo marco, el reconocimiento del fútbol como tema común. Discutir sobre fútbol es, también, una forma de participar en la vida social. Una práctica que implica conocimiento, memoria e interpretación. La historia muestra que el entusiasmo puede fluctuar, que la conexión no es automática ni permanente. No obstante, incluso en los momentos de desencanto, el fútbol no desaparece como referencia. Permanece como posibilidad, como expectativa latente.

Para el país, el fútbol no es importante solo por lo que ocurre en la cancha, sino por lo que provoca fuera de ella. Es un catalizador de encuentros, un generador de relatos comunes, un recordatorio de que, a pesar de las diferencias, existen experiencias capaces de convocar a la ciudadanía en un mismo momento. Y en ese gesto repetido de unión, se construye algo que va más allá del deporte: una forma de estar en sociedad.

Aun así, el paso del tiempo también deja su huella. Han transcurrido 25 años desde aquel título que marcó a toda una generación, y aunque los resultados no siempre han estado a la altura de esa memoria, la fe no se ha erosionado. Persiste, se renueva en cada convocatoria, en cada partido, en cada ilusión compartida. Porque si algo define la relación de los colombianos con su selección, es la capacidad de creer: un respaldo constante que, más allá de los triunfos, mantiene viva la esperanza.

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