Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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3 de Marzo de 2026 18:00
La administración municipal de Cogua destinó cerca de 84 millones de pesos para asistencia humanitaria, servicios funerarios, procesos de vivienda, educación y salud. Sin embargo, cuando se trata de salud mental, el reto no es solo presupuestal, sino cultural y social.
Durante un taller liderado por la Alcaldía y la Gobernación, el objetivo inicial era generar un espacio íntimo para más de 400 víctimas del desplazamiento forzado que viven en el territorio, hablar de traumas, miedos y procesos de sanación.
En Cogua, la atención a esta población es coordinada por Angélica Segura, enlace municipal de víctimas, quien lidera los procesos de reparación y articulación institucional. Desde su experiencia, el principal obstáculo para la presencia de las víctimas no es la falta de oferta de talleres, sino las prioridades económicas de las familias desplazadas.
“Ellos están más pendientes de sus ingresos y ocupación laboral, pero no se apoyan en los demás procesos”, explicó la funcionaria al referirse a la baja participación en actividades de acompañamiento emocional.
Muchas de estas personas trabajan extensas jornadas, especialmente en el sector floricultor, o viven en veredas alejadas del casco urbano. Al final del día, el cansancio pesa más que la posibilidad de asistir a un espacio terapéutico.
Ante la falta de víctimas en el espacio inicial, la jornada se abrió a adolescentes del municipio. La decisión no fue improvisada: la salud mental atraviesa todas las edades.
La psicóloga Yenny Santana, vinculada al Centro de Salud Local por la Gobernación, explicó que en los jóvenes es donde más se identifican casos de ansiedad, depresión e ideación suicida, aunque persiste un fuerte estigma.
“En la población de adolescentes es donde más vemos ideación suicida, depresión y ansiedad; para ellos esto no es importante, dicen que es para los locos”, afirmó durante el encuentro al que asistieron jóvenes miembros del grupo "teatro de calle" del municipio.
El taller incluyó la proyección de un cortometraje sobre reclutamiento forzado y una lectura participativa sobre qué es la salud mental entendida como bienestar emocional, psicológico y social. Se compartieron señales de alerta: cambios constantes de humor, cansancio extremo, aislamiento, dificultad para concentrarse y problemas para dormir. El mensaje fue sencillo, pero contundente: hablar puede prevenir crisis mayores.
Dos adolescentes de 14 años calificaron el espacio como “entretenido y motivador”, destacando que los videos facilitaron la comprensión de temas complejos que, aunque parezcan lejanos en Cogua, siguen afectando a jóvenes en otras regiones del país.
Entre los asistentes estuvo Rosa Muñoz, madre proveniente de Suárez, Cauca, quien llegó al municipio buscando proteger a sus hijos del reclutamiento y la violencia. Su historia refleja una realidad menos visible: el desafío de integrarse.
Rosa cumple con sus responsabilidades y lucha por salir adelante, pero asegura que el señalamiento persiste. “No remitirse solo a ver la persona de qué lugar dice su cédula que es, sino darte la oportunidad de conocerla”, expresó.
La guerra no solo deja desplazamiento; deja duelos que no se superan. Rosa perdió a dos de sus hermanos en el conflicto. Al preguntarle si esas heridas cierran, su respuesta fue directa. “Yo creo que es algo que jamás cicatriza, lo asimilas y aprendes a vivir con ese recuerdo”, indicó.
En Cogua existe un centro de escucha gratuito, ubicado en la Casa Social de la Mujer, que funciona de lunes a sábado y está abierto a todas las edades. Allí, se busca orientar sin juzgar y prevenir crisis mayores como el suicidio.
El desafío, sin embargo, sigue siendo convocar y convencer. Porque mientras las instituciones ofrecen espacios para sanar, muchas víctimas continúan priorizando la supervivencia diaria sobre la reparación emocional.
En un municipio que no vivió directamente la guerra, pero que hoy acoge sus consecuencias, la verdadera reparación no se mide solo en recursos asignados, sino en la capacidad colectiva de escuchar, no estigmatizar e integrar.
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