Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
Buscar
15 de Mayo de 2026 11:26
Dicen que en Colombia la paz no se firma, se teje. Se teje en el silencio de un taller en la madrugada, en el crujido rítmico de un telar de madera y en la voluntad inquebrantable de quien ha decidido que su historia no terminará en la tragedia de una huida.
A través de diversos emprendimientos de moda y confección, Bogotá se ha convertido en el taller donde convergen el diseño contemporáneo y los saberes ancestrales. Aquí, las máquinas de coser y los hilos no solo producen prendas de vestir; funcionan como herramientas de resistencia que permiten a víctimas y excombatientes rediseñar su identidad urbana, demostrando que el sector de la moda puede ser el vehículo más tangible para la autonomía económica y la reparación simbólica en el corazón del país.
Colombia es un país que camina, pero no siempre por elección. Durante varias décadas, el conflicto armado ha obligado a millones de personas a abandonar el rastro de sus ancestros para salvar la vida, dejando atrás la tierra para abrazar la incertidumbre.
Según las cifras del Registro Único de Víctimas (RUV), a la fecha se contabilizan más de 10 millones de personas afectadas, de las cuales más de 8.9 millones corresponden a casos de desplazamiento forzado, una tragedia que ha reconfigurado el mapa humano del país.
Bogotá, la ciudad de las puertas abiertas, ha sido uno de los refugios de este éxodo humano. Sin embargo, lo que para muchos es el final de un camino de dolor, para otros representa el nacimiento de un “faro de luz”. En medio del gris del asfalto, el emprendimiento social ha surgido no solo como una fuente de ingresos, sino como el mecanismo definitivo para recuperar la voz de millones de colombianos.
Esta transición de la supervivencia al liderazgo encuentra su génesis en ideas que nacieron de la empatía. Pakantó es el ejemplo de cómo la moda puede ser un puente. La marca nació hace cinco años en una mesa de café, producto de la visión de dos amigos universitarios. Iván Londoño, su cofundador, recuerda que el motor fue un “propósito superior”.
“Pakantó nace de un tema en común y un gusto particular por el conflicto armado; una empatía muy grande con las víctimas. Queríamos juntar diseños de moda que nos parecieran chéveres estéticamente con comunidades vulnerables, sobre todo población víctima”. Explica Londoño que dicha empatía los llevó a buscar asociaciones dentro de la Unidad para las Víctimas para integrar técnicas ancestrales en diseños urbanos contemporáneos.
Esa búsqueda los condujo a las profundidades de Bolívar, conectando con la Asociación de Mujeres Víctimas del Conflicto Armado de San Jacinto (Asomuvica). Luz María Plaza Romero, líder de la asociación, narra con orgullo cómo pasaron de ser 25 mujeres en 2016 a ser 126 artesanas en la actualidad. Para Luz María la alianza con Pakantó rompió la lógica del mercado tradicional ya que la marca compró las telas directamente en San Jacinto, evitando intermediarios. Sin embargo, su relato deja entrever una realidad cruda. “Tenemos una cantidad de productos almacenados por no vender… necesitamos más empresas que nos ayuden a impulsar nuestras artesanías”.
Esta necesidad de visibilidad se extiende al sur del país, en el Putumayo, donde el grupo artesanal Wanga protege la herencia del pueblo Inga. Francisco Hansazoi, integrante de la comunidad, destaca que colaborar con emprendimientos bogotanos asegura que el trabajo de las madres cabeza de hogar —víctimas del conflicto— llegue a "buenas manos". Para Hansazoi, esta labor trasciende lo comercial, pues representa un esfuerzo por preservar su identidad: "estamos con todo el ánimo de rescatar y fortalecer nuestros usos y costumbres, nuestras tradiciones y una de esas, pues es a través del tejido manual".
En el escenario de un país que le dijo “No” al plebiscito en 2016, nació Manifiesta. Sara Arias, su cofundadora, explica que el proyecto fue una respuesta directa a la polarización: “Queríamos demostrar que no eran monstruos los que estaban firmando la paz”. Lo que comenzó como un acto de fe política se convirtió en una empresa de impacto real que hoy trabaja con más de 40 familias de excombatientes y víctimas.
La magnitud del reto que asume Manifiesta se entiende mejor con cifras; según la Agencia para la Reincorporación y la Normalización (ARN), tras la firma del acuerdo, cerca de 13000 personas dejaron las armas. De ellas, el 80% ha participado en proyectos productivos. El emprendimiento ha logrado canalizar este potencial en una fuerza laboral técnica. “Miles de personas dejaron las armas y varias de ellas las cambiaron por máquinas de coser", señala Sara, resaltando que la marca no solo vende ropa, sino que ha generado un modelo de sostenibilidad donde los firmantes de paz han confeccionado más de 5.000 prendas.
La red de colaboración de Manifiesta ha trascendido los talleres de confección para abrazar diversas geografías y realidades del conflicto. A partir de 2023, la marca consolidó una alianza estratégica con la Red de Turismo Comunitario de la Amazonía, integrando la protección del medio ambiente con la justicia social. Esta diversificación ha permitido que la narrativa de la marca incluya no solo a excombatientes, sino también a víctimas de la violencia que buscaron nuevas alternativas tras la crisis de la pandemia.
Al final del día, el impacto de este ecosistema es tanto económico como simbólico; como bien señala Sara, trabajar con estas comunidades en el contexto colombiano es un imperativo ético: “Es lo que más nos hacía sentido en un contexto en el que la sociedad requería tejer puentes y no solamente estar divididos y polarizados”.
Este esfuerzo privado se apoya en un sistema institucional robusto pero congestionado. La Ley 1448 de 2011 es la encargada de transformar a los afectados en “sujetos de derecho”. La abogada Alicia Rueda, experta en reparación integral, sostiene que esta norma busca compensar el sufrimiento y transformar proyectos de vida. El Estado ha invertido, a través de la Unidad para las Víctimas, 6.7 billones de pesos en indemnizaciones administrativas desde la creación de la unidad, buscando la inserción de la población en el sistema productivo.
Asimismo, entidades como el SENA, a través del Fondo Emprender, han sido el pulmón financiero para estas ideas, destinando más de 282 millones en 12 convocatorias lanzadas a principios de 2026 y 275 millones en capital semilla en marzo de 2026 para emprendimientos de las víctimas.
Yeimi Montejo, fundadora de El Elyon, es un resultado vivo de estas métricas. Desplazada de Riohacha, Yeimi posicionó su cultura wayúu en Bogotá gracias a este capital semilla. “Le doy las gracias al grupo SENA porque nos han ayudado con las ferias para darnos a conocer”, relata, evidenciando cómo el apoyo técnico traduce la ley en ingresos reales.
No obstante, Paula Tovar, politóloga con experiencia en la JEP, advierte que el presupuesto anual suele cubrir apenas una fracción de las solicitudes. “Es un proceso traumático porque los recursos y el personal son limitados frente al volumen de víctimas”, explica Tovar. Ante esta saturación, la Cámara de Comercio de Bogotá busca que las empresas, a través de su “Red de Inclusión Productiva”, adopten políticas que cierren la brecha que el Estado deja abierta mediante la conducta empresarial responsable.
Para Natalia Riveros, consultora en construcción de paz, la reparación no puede medirse solo en pesos. “Estas no deben ser ayudas únicamente sociales, deben ser ayudas de entender la verdad de lo que les pasó”, sostiene.
Al comprar una prenda de Manifiesta o una mochila de El Elyon, el ciudadano participa de un ejercicio de justicia restaurativa. Sin embargo, el reto de la sostenibilidad permanece. Iván Londoño reconoce que marcas como Pakantó necesitan capitalizarse para tener referencias más accesibles y de mayor rotación sin perder su esencia artesanal. La meta es escalar el negocio para que las comunidades en San Jacinto o Putumayo tengan pedidos constantes que garanticen su autonomía económica definitiva.
El emprendimiento social es el nuevo campo de batalla por la paz en Colombia. Es un espacio donde el frío del desplazamiento se combate con la firmeza de los números y la calidez de la creatividad. El impacto es doble: otorga a las víctimas la capacidad de decidir sobre su futuro y educa a una sociedad que a menudo prefiere ignorar sus cicatrices.
La paz, como señala Sara Arias, se trata de conectar a una nación que prefirió los muros. Mientras existan líderes como Luz María Plaza o Francisco Hansazoi, y empresarios con un propósito superior, el hilo de la resiliencia seguirá resistiendo. La historia de nuestro país se está reescribiendo a mano, demostrando que la dignidad no tiene marcha atrás cuando cada puntada cuenta para remendar el tejido social de Colombia.
Conoce más historias, productos y proyectos.