Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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29 de Mayo de 2026 11:15
Manos de oro es un libro que reúne las técnicas artesanales de Cundinamarca y a los maestros que las mantienen vivas. Entre sus páginas, cargadas de sabiduría ancestral y generacional, encontré a Angélica Navarro, joyera especializada en el trabajo con la plata.
Su nombre despertó de inmediato mi curiosidad: su taller está en Chía y, tras una breve búsqueda de apenas cinco minutos, conseguí su número. Lo anoté en mi celular y la llamé directamente, sin mensajes intermedios ni WhatsApp, con la intención clara de concertar una entrevista.
Me sorprendió que, a diferencia del imaginario que asocia al artesano con una persona mayor, Angélica es joven, apenas supera los treinta años, y ya ha llevado su trabajo a escenarios como el Bogotá Fashion Week.
El teléfono sonaba una y otra vez hasta que finalmente respondió:
—Buenas tardes, ¿hablo con Angélica Navarro?
—Hola, sí, ¿qué necesitas?
—Estoy interesado en entrevistarte sobre tu labor con las joyas.
—Perfecto, el jueves a las tres de la tarde está bien.
Colgué con una sonrisa: había logrado muy fácilmente agendar una cita con una de las joyeras más destacadas del municipio. Sin embargo, la emoción se desvaneció cuando el jueves, media hora antes del encuentro, Angélica me escribió para avisar que debía posponerlo hasta el lunes.
Ese lunes me encontraba afuera de su conjunto, ya que el taller es a puerta cerrada. Pasados unos quince minutos, Angélica apareció: vestía un elegante vestido azul oscuro y botas negras, y desde la distancia resaltaban sus accesorios plateados —dos collares, dos anillos y tres aretes en cada oreja—, todos elaborados por ella misma.
Al ingresar a su casa, la sensación fue inmediata: un hogar lleno de afecto. A la derecha, un piano antiguo evocaba historias pasadas, mientras al fondo unas escaleras conducían al tercer piso, donde se encontraba su taller. Imaginé un espacio caótico, pero al subir descubrí lo contrario. Una silla tejida, destinada a sus pausas tras largas jornadas, daba la bienvenida. El taller, de unos seis metros de largo por tres de ancho, no era ni demasiado grande ni demasiado pequeño, pero cada objeto estaba en su lugar, reflejando orden y dedicación.
A la derecha hay un mueble de madera antiguo que en su era dorada era de color verde, pero que ahora solo tiene atisbos de esta pintura; contiguo se encuentra una mesa repleta de herramientas: puntas de todos los tamaños, pinzas, martillos y un tejo. A la derecha hay dos mesas, una que es usada para armar cada pieza y otra donde se calienta el metal a más de 1000° grados para crear platinas o tubos.
Además, en este mismo costado está la prensa, aquella máquina en la que se mete el material y se deben dar centenares de vueltas hasta obtener el grosor necesario. El proceso puede reducir una lámina de cinco milímetros a la delicadeza de un hilo tan fino como un cabello humano, prueba de la paciencia y precisión que exige la joyería artesanal.
Angélica es una mujer elocuente, consciente de cada paso que la ha llevado hasta el presente. Su historia comenzó en el diseño industrial, carrera en la que se formó profesionalmente, aunque nunca la ejerció, pues su verdadera vocación la condujo hacia la artesanía.
Hace casi diez años, en Anapoima, un par de aretes expuestos en la calle captaron su atención. Ella los quería en azul y se lo pidió a Marta Romero, la artesana que los elaboraba. “Venga en una hora”, respondió Marta. El producto estuvo listo en ese tiempo y, con él, nació el primer vínculo entre maestra y aprendiz. “Estuve como un año con ella, más o menos, aprendiendo todo lo que sabe”, recuerda Angélica.
En 2019, Angélica emprendió la búsqueda de su siguiente maestro: Francisco Piñeros, artesano de la plata. Durante semanas recorrió Tabio convencida de que allí vivía, y cada fin de semana exploraba hasta el último rincón del municipio. Sin embargo, descubrió después que todo ese tiempo él se encontraba en Chía.
La primera lección que recibió de Francisco no fue sobre el material, sino sobre la vida misma:
—No quiero tener las manos llenas de callos y feas como la mayoría de los joyeros, le confesó Angélica.
—Pues hazte manicure, pero no te borres los dedos porque en todos los oficios, al igual que en la vida, vas a tener que aprender a tolerar rasgos de dolor. De aprender a transitar el dolor viene la fuerza y el aprendizaje, le respondió Francisco.
En ese momento presté atención a sus manos y sí, sus uñas se veían sucias, con algunos callos y marcas que mostraban todas las horas, heridas y errores cometidos en el proceso.
Para obtener un buen resultado hay que repetir hasta el cansancio. “Tienes que estar dispuesta a sacrificarte para ser realmente buena, porque si no te retas no vas a ser bueno”, fue otra frase de Francisco que marcó un rumbo en la vida de Angélica. Con este maestro fueron 2 años de aprendizaje, donde conoció todas las técnicas que por cincuenta años Francisco cultivó: joyería armada, trabajar lámina, piedras y la especialidad, el cincelado. No obstante, ella aún no aprendía lo que la llevó a esta aventura, la filigrana.
En 2021, Angélica emprendió viaje hacia Mompox, la cuna de la filigrana. En medio del paro nacional decidió tomar un bus, decidida a cumplir su propósito. El inicio no fue sencillo: su primera “prueba” consistió en transformar cobre de calibre 12 hasta reducirlo a apenas 2 micras —dos milésimas de milímetro—. Fueron dos días enteros bajo un sol abrasador de 38°, repitiendo una y otra vez el paso por la prensa y la hiladora.
Finalmente fue aceptada y comenzó su proceso de aprendizaje. Sus primeras piezas tardaron dos meses en completarse, pero no alcanzaron la perfección esperada. Su maestro las arrojó al fuego para fundirlas, acompañado de una lección que marcaría su camino: "la filigrana es una historia de 400 años. No es una afición, es una herencia. Debes respetarla, transmitirla y aprenderla como tal".
Después de que Angélica me contara su historia, decidió mostrarme cómo se crea una pieza. Primero me enseñó los distintos tipos de plata y unas pequeñas bolitas que se derriten para formar barras. Luego puso una de ellas en la prensa y empezó a mover la manivela con facilidad. Aunque parecía un movimiento delicado, cuando llegó mi turno entendí que se necesita bastante fuerza y precisión para trabajar el material.
Después tomó una tira larga y delgada de plata y usó la hiladora, una plancha con agujeros de diferentes tamaños donde se introduce el material para darle el grosor necesario. Mientras tiraba de la plata, apoyaba el pie sobre la mesa para evitar que se moviera.
Por último, usó un destornillador modificado para enrollar la plata y crear pequeños “caracolitos”. Estas piezas se ponen dentro de otros aros y luego se sueldan una por una. Si se trata de un par de aretes, el proceso se duplica.
De primera mano pude observar toda la delicadeza y a la vez, rudeza que necesita este trabajo: desde sostener la mesa con el pie mientras se hila, hasta, con el mayor de los cuidados, tomar decenas de tiras para realizar una pequeña pieza. El conocimiento que por años Angélica ha recolectado lo lleva en cada parte de su cuerpo, cada dedo sabe qué movimiento hacer, porque todo de ser perfecto, las mismas vueltas, la misma fuerza y claro, el mismo cariño.
El mismo día que entrevisté a Angélica, me dirigí a la Alcaldía de Chía en busca de una respuesta gubernamental, porque el sector de artesanos es manejado por la Secretaría de Desarrollo Económico. Di con Flor Junca, la funcionaria encargada de este sector en el municipio, no obstante, la cita quedó para el martes en la alcaldía.
Flor llegó 40 minutos después de la hora acordada debido a que se encontraba en una visita con una artesana. Nos saludamos y nos dirigimos al sector administrativo de la alcaldía. Resultó ser una persona muy amable, de estatura promedio (1.60 cm) y con una sonrisa de par en par.
Para la entrevista nos sentamos en la cafetería, donde Flor me ofreció un café que ayudó a afianzar la conversación. Lo primero que mencionó fue la necesidad de formalizar el conocimiento: “Todos los artesanos quieren salir a las ferias, pero acá se les dice que tienen que capacitarse”, señaló.
Su reflexión apuntaba a una problemática vigente: cada vez son más las personas que se autodenominan artesanos sin serlo realmente, quienes ven en este oficio una salida económica o un pasatiempo, despojándolo de su verdadera esencia. Flor lo expresó con firmeza: “Un artesano nato es la persona que ama lo que hace, que está en constante crecimiento y se esfuerza por buscar vitrinas”.
Mientras compartíamos el café, la conversación derivó hacia otros temas. Flor explicó que, para la Alcaldía, los artesanos están organizados en tres áreas: la Casa de la Cultura, la Casa de la Mujer y la sección de turismo. Añadió que el apoyo de la Secretaría es constante, pues de manera recurrente se realizan ferias y vitrinas en las que los artesanos natos pueden exhibir y vender sus productos, como ocurrió en la jornada del 7 al 9 de mayo.
Sin embargo, reconoció que estas iniciativas no siempre son fáciles de llevar a cabo debido a la envidia dentro del gremio: “No quieren compartir el negocio, no quieren que haya más manillas, no quieren que haya más tejidos”, comentó con franqueza.
Sus palabras me recordaron algo que Angélica me había dicho días atrás: “Algunos no comparten sus técnicas por miedo a que haya más en el mercado, pero eso no es así; hay compradores para todos y cada uno le pone su propio estilo”. Me resultó revelador escuchar ambas perspectivas y sentir que, en ese cruce de voces, había encontrado la esencia de lo que significa ser artesano.
A lo largo de cada encuentro comprendí que la artesanía es mucho más que un oficio: es arte y pasión. No se trata de un pasatiempo ni de un gusto pasajero, sino de una decisión de vida, porque el artesano nunca deja de aprender ni alcanza una técnica definitiva. Se llega, sí, a un dominio cercano a la perfección, pero siempre hay espacio para corregir, mejorar y reinventar. Y cuando la destreza alcanza ese nivel, comienza otro proceso igual de valioso: el de enseñar, el de heredar un arte que trasciende generaciones.
Es profundamente motivador ver la entrega de un artesano nato, alguien que decide dedicar su existencia a crear con sus propias manos. Me llamó la atención escuchar a Angélica referirse a la figura del “maestro artesano”; parecía sacada de un relato, pero es una realidad viva y tangible.
La artesanía debe perdurar, y es esencial que las nuevas generaciones sigan valorando esta pasión que exige constancia, esfuerzo y la humildad de arrojar al fuego meses de trabajo para perfeccionarlo. Como dijo Francisco: “Si no te retas, no vas a ser bueno”.
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