El Jardín Botánico de Bogotá: un portal hacia un mundo en calma

25 de Mayo de 2026 15:04

Por: Natalia Pedraza

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Nunca imaginé que dentro de la caótica capital, entre sus infinitos trancones y ardorosos ruidos, se encontraría un edén escondido. Un espacio verde, como las praderas de las afueras de la ciudad, encerrado entre calles urbanas que contienen un zoológico de desorden. Había escuchado hablar de ese hermoso oasis de plantas y flores pintadas de arcoíris; sin embargo, la idea de ir era muy lejana, pues  mi mente aturdida no me convencía de ir. 

Con tanto camino que recorrer, yendo de un extremo de la ciudad a otro, no sabía si mis pies y mi billetera aguantarían la travesía, pero quería conocer el pulmón de Bogotá y capturar con mis ojos el bosque encantado que tal vez ayudaría a liberarme de las cadenas que llevaban grabadas todas mis preocupaciones de la semana. 

Quería adentrarme en aquel lugar donde los árboles se alzaban tan imponentes como rascacielos, los senderos parecían sacados de un cuento de hadas y los hábitats recreados invitaban a viajar por distintos rincones del país sin mover un solo pie. Era el instante de decidir y al final, seguí lo que mi corazón y mi mente pedían: regalarme un merecido descanso de la rutina.

El eterno trayecto 

Ya tenía conmigo todo lo necesario: una maleta con una gorra, protector solar, una botella de agua, sombrilla por si el clima me traicionaba y una cámara para hacer eternos esos paisajes de los que me habían hablado. Con mi mochila y mi corazón en la mano empecé el viaje hacia el Jardín Botánico de Bogotá José Celestino Mutis. No pensé que me fuera a demorar casi hora y media en llegar a mi destino, pero entre caminar hacia la estación de buses, ver el celular que tenía las indicaciones, subirme a la buseta y esperar de pie entre un tumulto de gente que parecía el ejército dentro del caballo de Troya, la sobreestimulación era realmente aturdidora y me pregunté si valdría la pena el recorrido. 

 

El clima hizo de las suyas, tanto así que el infierno parecía frío al lado de este, de verdad me estaba cocinando dentro de ese bus. Al menos se veía un sol brillante en el cielo, lo que no sabía era si era o no sol de lluvia. La música de mis audífonos se fue desvaneciendo gracias a una pelea entre dos pasajeros junto a mí, la cual era la armonía perfecta para las bocinas de los carros alrededor, cosa que generó una alarma insoportable en mis oídos. 

Ver a la gente subir y bajar, reír y bostezar, cada uno con un ritmo diferente fue agotador, yo solo quería estar conmigo misma, metida en mis pensamientos, pero las constantes distracciones me obligaban a salir de mi mente y golpear la palma de mi mano contra mi muslo cada 5 segundos. Todo eso y mucho más provocó que anticipara cada vez más mi llegada a lo que creía ser el paraíso de la tranquilidad y buscar algo que me sacara de ese mareo. 

La puerta que se abre hacia otra realidad

Al fin, después de lo que se sintió como un año entero, llegué a mi destino. A la entrada había un gran letrero de letras plateadas que decía Jardín Botánico de Bogotá, que me recibió con los brazos abiertos. Compré la entrada, que fue más económica de lo que pensé ya que estaba a 15 mil pesos cuando yo creí que sería el doble, y crucé la puerta de entrada para despedirme del mundo de afuera por unas horas. 

La sensación de pasar de una ciudad caótica a un templo de naturaleza fue espectacular. Aunque había gente a mi alrededor haciendo todo tipo de cosas, no pude evitar quedar boquiabierta con la vista que tenía enfrente: un conjunto de palmas de cera que contrastaba perfectamente con el azul del cielo. Delante, un hermoso lago turquesa con una fuente que le daba sonido ambiente al lugar, borrando completamente todo lo que había escuchado en el bus de venida. 

Ya me encontraba de mejor humor. Habían quedado atrás aquellos estímulos intensamente abrumadores que, durante el trayecto, resultaron desesperantes. Como bien señala Tomás Martínez, psicólogo que comprende profundamente las emociones: “el estado de ánimo depende de lo que hacemos”. No dudo que dejar de ver y sentir la ciudad fue un alivio para mi cuerpo y mi mente.

Soñé mil veces con estar allí.  La cálida brisa que soplaba con las hojas de los árboles me susurraba algo que la ciudad nunca pudo confiarme: “suéltate y deja ir lo que te atormenta”. Caminé los largos senderos entre matorrales y arbustos que me hacían sentir en un bosque sin salida, obviamente en el buen sentido, siendo este un espacio apartado de la realidad. 

A pesar de que las flores y yo estábamos en nuestro propio mundo, el silencio me hizo recordar todas las cosas y compromisos que tenía que hacer para la semana, el sobrepensar se apoderó de mí nuevamente. No entendía por qué, si ya estaba en un lugar que me permitiría desconectarme del desorden. Sin embargo, en vez de ignorar ese sentimiento, decidí convivir con él para posteriormente poder controlar las reacciones que este me generaba, precisamente para soltar las ideas negativas que flotaban en mi mente constantemente, sin necesidad de pantallas, música de fondo o alguien más con quien hablar, solo yo el olor amaderado a mi alrededor. 

La naturaleza en el jardín de Natalia Pedraza

 

Me senté en una pequeña banca y solo cerré los ojos, permitiendo que el silbido de los pájaros llenara la marea de ideas en mi cabeza. Después de respirar profundo sintiendo el aire puro transitar por mis pulmones y mi corazón, y que la manecilla del reloj de mi muñeca diera casi 10 vueltas, emprendí camino hacia otro espacio, claramente igual de verde que el resto. 

Finalmente logré dejar atrás aquellos estímulos de alta saliencia que, como explica Martínez, captan la atención de inmediato y generan distracciones a corto plazo. El entorno en el que me encontraba fue un gran apoyo; y es que, tal como señala el psicólogo, la reacción depende de cada persona y del contexto con el que más se identifique. A algunos puede agradarles estar rodeados de ruido y movimiento constante, pero para mí el jardín botánico resultó un espacio maravilloso para reconectar conmigo misma y acoger las ideas que surgían en mi mente, para luego despedirlas no con rencor, sino con gratitud y gracia.

Luego de pasar un momento de reflexión interna, me fijé en lo que hacían las otras personas a mi alrededor, quería saber si se sentían igual que yo en términos de desconexión del mundo externo, por eso empecé a caminar más allá hasta dar con alguien que me contara su experiencia en el jardín. 

Salir de la mente de uno mismo 

Me topé con una pareja de adultos mayores, estaban vestidos como si fueran a una expedición biológica: ambos llevaban gorros de pescador y pantaloneta hasta las rodillas, también tenían chalecos color caqui y zapatos con una plataforma acolchada, que evidentemente estaban pensados para caminar bastante. La mujer tenía un porte similar al de la etóloga y defensora de chimpancés Jane Goodall. Se veía delicada, con facciones suaves y elegantes y unos ojos azules brillantes, mientras que el hombre era más corpulento pero tímido, no levantaba mucho la cabeza al hablar, y sus canas y gafas lo hacían ver como todo un sabio de la biología. 

Eran Sandra y Jorge, fieles visitantes al Jardín botánico. Me dijeron que el lugar era muy especial para ellos y que todo les encantaba ya que entraban a un sitio de desconexión con la ciudad y podían conectarse con la naturaleza, que muchas veces pasa desapercibida en medio de lo urbano. Me hablaban mientras leían un cartel que describía una flor silvestre, lo que me hizo saber que estaban ansiosos por aprender de la flora alrededor. No quise interrumpirlos más en su viaje de aprendizajes, así que me dirigí a un campo de rosas a unos metros. 

Me sentí igual que la bella durmiente, solo que no me pinché el dedo con ninguna espina. El aroma que se emitía era dulce y fresco al mismo tiempo, como estar acostado encima de una nube de algodón de azúcar, era un sueño del que no quería despertar. Allí me pareció oír un idioma diferente al español, eran tres mujeres que no se veían locales, todas eran altas, una era rubia, otra pelirroja y la otra, que se veía mucho mayor que las demás, tenía un sombrero que yo usaría solamente en un día de playa. Me acerqué y escuché un acento inglés bien marcado. 

Se presentaron como Anne, Orla y Caroline: madre e hijas provenientes de Irlanda, de paso por el trabajo de una de ellas. Al hablar, resaltaron la paz que se respiraba allí, tan distinta a los trancones y al ruido de afuera. Les sorprendió que, desde dentro, la ciudad pareciera desvanecerse, permitiéndoles disfrutar de un entorno de vegetación desconocida para ellas y de un clima fresco que les ofrecía un respiro en medio de su rutina acelerada.

El sol del mediodía comenzaba a despedirse, mientras el viento soplaba con más fuerza. Sin embargo, el jardín mantenía su atmósfera cálida y acogedora, una sensación que parecía capaz de perdurar incluso bajo un cielo oscuro iluminado por miles de estrellas.

 

El Jardín Botánico invita a la calma y ofrece un respiro frente a la rutina diaria. Aunque pueda compararse con otros espacios verdes de la ciudad, como explica Dayana Roche, guía del establecimiento, este lugar se distingue por estar dedicado exclusivamente a la naturaleza. A diferencia de los demás parques, donde predominan las actividades deportivas, recreativas y la contaminación auditiva de los alrededores, aquí se respira un aire distinto: “Se percibe un ambiente diferente y, a pesar de la afluencia de visitantes, no se siente agobiante”, afirma Roche.

Además, el Jardín desarrolla iniciativas que fortalecen la conexión con el entorno natural. Entre ellas, un programa en alianza con la Secretaría Distrital de Salud que ofrece terapias de naturaleza a personas con cáncer, brindándoles un espacio para alejarse del “corre-corre” de su rutina y encontrar serenidad en medio de la vegetación.

Al conversar con ella me di cuenta de que había bastantes grupos de familias que, independientemente de la edad, disfrutaban el jardín de alguna manera. Unos se adentraban en un libro mientras tenían un ambiente pacifico a su alrededor, seguramente para concentrarse en la lectura sin distracciones; otros corrían entre los árboles y jugaban con el agua de las fuentes centrales, como si fuera un pozo de los deseos con el agua más pura por ver. Finalmente, vi algo que parecía una ilusión y creo que, si no fuera por estar allí, no lo vería nunca en medio de la ciudad: había gente profundamente dormida en el pasto, sin nadie que los molestara o los juzgara. 

Cada uno es libre de hacer lo que quiera al estar en su propio mundo, uno mismo con el bosque alrededor. No obstante, no todo es color de rosas, porque Dayana me comentaba que hay gente imprudente que raya los árboles para profesar su amor y dejan grabado un pedacito de sus sentimientos, otros que fuman marihuana a escondidas, como si el olor fuera a parecerse al de la infinidad de flores. Claramente controlan esos comportamientos, pero una desventaja de estar en medio de un bosque gigante es que puede haber cosas  escondidas entre las sombras, secretos que solo los altos de madera y pequeños matorrales podrán conocer. 

La huella que deja el jardín

Ir al Jardín Botánico fue una experiencia sensacional, no porque hubiera mucha adrenalina, sino porque pude escapar del agujero negro de la ciudad que me consumía. Me marcó completamente, tanto así que creo que mis venas y mi corazón ahora fluyen con sangre de color esperanza. 

Ver a gente sin preocuparse y sin afanarse me transmitió tranquilidad infinita, me pude concentrar en estar presente, en vivir el momento y no pensar en el futuro ni en el pasado, porque estar en ese espacio, para mí, rompió la ilusión de que la vida apurada es la única posible. Logré apartarme de la ciudad aún estando en ella y estoy segura de que más de mil personas hicieron lo mismo. 

Al final entendí que el Jardín Botánico no es solo un conjunto de árboles, flores y senderos escondidos en medio de Bogotá, es una pausa, un refugio donde el ruido deja de perseguirnos por un instante y donde la naturaleza parece abrazar todo aquello que cargamos en silencio. A pesar de estar agotada, no quería salir de ese sitio, pero ya eran las 5 de la tarde, lo que significaba que el mismo portal de la entrada ya se estaba cerrando. Al salir, empecé a recapitular todo lo que había vivido ese día, como si fuera una película y yo estuviera rebobinando la cinta.

Tal vez las preocupaciones y el caos del mundo exterior vuelvan a mí, y seguro no van a desaparecer del todo, pero me di cuenta de que siempre habrá un lugar capaz de recordarnos que bajar el ritmo también es parte importante de vivir. Con eso, comprendí que el verdadero pulmón de Bogotá no solo purifica la ciudad, sino también el alma y la mente.

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