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25 de Mayo de 2026 07:08
El primer sendero del Jardín Botánico José Celestino Mutis no va recto. Podría. El terreno lo permite, el espacio lo permite, la lógica lo pediría. Pero se bifurca, un camino va hacia la izquierda, otro hacia la derecha, y ninguno deja ver adónde lleva. Esa bifurcación hace algo preciso: oculta el destino, obliga a elegir sin información. Uno camina sin ver adónde va.
Hay un arco de follaje adelante, luego otro, luego una pendiente tan leve que el cuerpo la absorbe sin registrarla como esfuerzo. Para cuando uno se da cuenta, ya lleva diez minutos caminando más despacio de lo que camina en cualquier otro lugar de Bogotá, mirando hacia arriba, con la voz baja. Nadie pidió nada de eso. El sendero lo hizo solo.
Eso lleva tiempo aprenderse. El jardín nació en 1955, impulsado por el botánico Enrique Pérez Arbeláez, como un proyecto de investigación científica. Le puso el nombre de José Celestino Mutis, el sabio gaditano que en el siglo XVIII documentó la flora colombiana con una meticulosidad que rozaba lo espiritual.
Durante décadas creció en colecciones, en senderos, en hectáreas. Hoy ocupa diecinueve al noroccidente de la ciudad. Pero en algún momento, sin que quede registro exacto de cuándo, el jardín dejó de ser solo un archivo vivo de plantas y se convirtió en otra cosa: en un espacio diseñado para hacerle sentir algo a quien lo recorre, aunque esa persona no sepa que algo está siendo diseñado.
Lorena Saavedra, arquitecta, tiene una frase para esto: "el diseño es como una guía invisible del comportamiento humano". Lo dice en referencia al diseño en general, pero describe con exactitud lo que ocurre aquí. La vegetación está dispuesta de modo que nunca se ve el final del camino. Los árboles altos, nogales, ceibas, palmas de cera que se estiran hasta volverse abstractas, crean una bóveda que cambia la proporción del cuerpo en el espacio: de repente una es pequeña de una manera que no incomoda, sino que aquieta. La luz entra filtrada, nunca directa. El suelo no es completamente plano; tiene irregularidades leves que obligan a prestarle atención a donde se pisa, lo que lo saca a uno del piloto automático. Todo esto son decisiones; sin embargo, ninguna se anuncia.
Les pregunté a varios visitantes qué fue lo primero que pensaron al entrar. Las respuestas convergían: paz, tranquilidad, aire diferente, conocimiento. Una mujer dijo que el lugar "se siente como el pulmón de Bogotá". Un visitante joven lo pensó un momento y dijo que le parecía "parte y parte", que en algunos rincones se nota la mano del humano, pero que en general "se siente muy orgánico". Esa tensión es, quizás, el logro más sofisticado del lugar: que las decisiones de diseño sean tan precisas que desaparezcan. Que el artificio parezca naturaleza.
El Tropicario es donde ese artificio se vuelve más visible y, al mismo tiempo, más honesto. Es un conjunto de cúpulas geodésicas de metal y vidrio que desde afuera no pretenden mimetizarse con nada: son estructuras modernas, casi industriales, plantadas entre los árboles sin disculparse. Adentro, sin embargo, ocurre algo distinto.
Cada cúpula alberga un ecosistema colombiano (el bosque húmedo, el seco, el manglar, el desierto) y el paso de uno a otro es un acto físico antes que intelectual. En el manglar el aire pesa, es espeso, huele a tierra mojada y a algo mineral. En el desierto la luz se endurece, se vuelve más blanca, casi agresiva. El cuerpo lo registra antes de que la mente lo nombre.
Dayana Rocha, guía del jardín, dice que El Tropicario fue pensado para "brindar la experiencia de vivir los diferentes ambientes". No observarlos, vivirlos. La diferencia es enorme. Saavedra lo plantea como principio de diseño: "uno siempre debería diseñar pensando en la experiencia del otro, siempre pensando en yo como usuario qué estoy viendo, qué luz me está llegando, de dónde me está llegando viento, qué quiero sentir". El Tropicario parece haber sido construido exactamente desde esa pregunta.
Salí con la sensación leve de haber viajado, con algo de sudor enmarcando mi rostro. Me compré un helado sabor cocada y seguí sin rumbo fijo, que es la única manera correcta de recorrer este lugar, me parece a mí. Fue caminando así, sin destino, que entendí algo sobre la paleta del jardín: los verdes oscuros del dosel, el amarillo de los helechos cerca del suelo, el café de la tierra húmeda, el gris irregular de las piedras del sendero.
Saavedra habla de "elegir cierta paleta de colores para que den sensación de tranquilidad o de amplitud, acabados que evoquen lo que podemos encontrar afuera". Aquí esa paleta no fue elegida por un diseñador sino convocada. El diseño humano tuvo la inteligencia de no imponerle un color al lugar sino de dejar que el lugar pusiera el suyo, y de encuadrarlo.
Hay algo que Saavedra defiende y que, caminando por el jardín, se vuelve casi comprobable: que el diseño puede transformar la relación que las personas tienen con la naturaleza. Su argumento es de escala pequeña: "si tú tienes un jardín en tu casa y tú quieres que ese jardín se vea lindo porque es tu casa, es tu espacio y lo quieres cuidar, tú empiezas a cuidarlo, tú empiezas a regarlo. Te empiezas a vincular con la naturaleza desde el cuidado. Y luego ese vínculo viaja, cuando estás en la calle te relacionas diferente con la naturaleza, le empiezas a poner atención a ciertos detalles, comienzas a detallar como si la ciudad fuera un gran jardín".
El jardín botánico funciona como ese primer paso a escala pública. Lo confirma Dayana Rocha cuando menciona el programa con la Secretaría de Salud que trae al jardín a mujeres que atraviesan enfermedades graves: "las saca del estrés", dice. No es metáfora médica. Es una afirmación sobre lo que puede hacer el espacio cuando se diseña desde el bienestar.
Me senté un rato cerca de un estanque antes de salir, el que tiene una fuente en la mitad y parece sacado de una pintura de Monet, lleno de nenúfares. Las palmas de cera, a tan solo unos pasos de distancia, se levantaban verticales y absurdamente altas, como columnas de una catedral a la que alguien le quitó el techo para dejar pasar el cielo gris de Bogotá.
Una garza se paró en una piedra con la serenidad de quien lleva años ignorando a los humanos. No pensé en plantas. No pensé en Mutis ni en ecosistemas ni en conservación. Pensé en la curva de ese primer sendero, en cómo alguien decidió que no debía ir recto, y en todo lo que esa sola decisión desencadena: el paso más lento, la mirada hacia arriba, la voz que baja sola. El jardín no le pide nada a quien lo recorre. Solo organiza el espacio de cierta manera, coloca la luz donde hace falta, dobla el camino en el momento exacto y espera. Lo demás lo hace una sin darse cuenta.
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