Elecciones 2026. Cubrimiento especial.
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18 de Septiembre de 2026 13:30
Cuando me bajé de la ruta Guatoque, en la estación de transmilenio de la calle 57 hacia las 6:30 de la tarde, solo pensaba en dos cosas: primero, en cómo iba a hacer para que no me atracaran en mi trayecto hacia la casa cultural de La Yunta, ubicada en Teusaquillo, y segundo, en cómo iba a sonar el nuevo disco de Encarta 98 en la Listening Party previa a su lanzamiento.
Atravesé cuadras no muy seguras; corrí hasta rozar el parque San Luis y finalmente llegué a mi destino. Me recibió un hombre alto, con barba prominente y una rasta larga, cuyo porte dejaba claro que era quien supervisaba el recinto. Ahí estaban los Encarta, la “banda de Cedritos”, emocionados, con una ilusión que se les notaba en la mirada; me recibieron con gratitud y con una amabilidad que me hizo sonrojar bastante.
Esa noche del 16 de septiembre se sentía una vibra íntima desde el momento en que entré al salón principal, donde un altar se estaba armando y una mesa sostenía dos parlantes frente a 12 sillas, un puff verde y seis cojines. La iluminación también parecía meticulosamente curada: cuatro lámparas, una de luz rosada, y seis velas. Tímidamente me dirigí al patio de la casa, me llamó la atención un mural gigante de estilo expresionista urbano, colorido, con figuras casi tribales cuyas caras parecían entender que estaban en un lugar donde la música iba a trascender la escucha; al costado derecho había una mesa circular que soportaba el peso de tres cervezas Poker y Águila junto a un cenicero. Al ver eso me convencí de que, efectivamente, durante toda esa noche me convertiría en fumador pasivo.
Hacia las 6:58 llegaron un chico y una chica: él tenía una chaqueta azul que recordaba a Paddington, y ella, un bolso rojo. “¿Vamos a comprar papitas?”, le preguntó él. Yo aproveché y pregunté si podía acompañarlos, a lo que dijeron que sí.
Los tres respiramos el aire frío y arranqué una conversación medio improvisada:
“¿Y entonces conocen a Encarta?”, lancé.
“Sí, estuve en una banda con uno de los miembros, ¿y tú?”, respondió el chico.
“Les hice una entrevista hace un año para el medio de la universidad, funcionó bien”.
“Qué chévere”.
Mientras seguíamos dialogando, el chico me comentó que ya había escuchado el disco, que se lo habían mandado hace tiempo; resaltó que las canciones eran muy buenas, sobre todo una tal “Hoguera”. Inmediatamente pensé en el concepto del disco: “Hoguera… pero si la portada del sencillo era con agua… más raro, bueno”.
Salí de la cigarrería con un Todo Rico BBQ y una Pepsi, ellos como con tres paquetes diferentes.
Al volver, había dos nuevas personas frente a la reja de la entrada, lo que significaba que la gente ya estaba empezando a llegar, y eso que eran las 7:15; el evento comenzaba a las 7:00. Me senté en el salón principal, analizando esas paredes azul oscuro y las cortinas del mismo color que abrazaban los cuartos cercanos. El agua se seguía manifestando. El guitarrista de la banda, David Rivera, se sentó detrás de los chicos de las papas; traté de ignorar la conversación hasta que sentí que alguien me tocó el hombro, David me preguntó: “Oye, ¿hace cuánto fue la entrevista que nos hiciste?”. Le dije que había salido como en septiembre-octubre del año pasado, y él respondió: “¡Uff, pensaba que había sido a inicios de este año!”. Esa entrevista había marcado un punto importante para mí, y darme cuenta de que para él seguía sintiéndose como un hecho reciente me gustó mucho.
En el salón también se encontraba otro hombre sentado al lado de la pared, con gorra, de aire misterioso, leyendo un libro que al principio no alcancé a ver, hasta que lo volteó y leí en la portada: La carretera, de Cormac McCarthy. “Hmmm, leyendo un libro que habla de un mundo postapocalíptico en un evento de shoegaze… poético”, pensé. Sebastián Portilla, baterista de la banda, apareció: “Pongamos musiquita”, dijo, y se acercó a la mesa de los aparatos y empezó a sonar música ambient, canciones como Empty Words de Bowery Electric escaparon de los parlantes.
El tiempo avanzaba, La Yunta cada vez estaba más llena de veinteañeros y treintañeros, empecé a sentirme muy raro porque era el más joven. Mi maleta (de spiderman, para colmo), que había traído desde la universidad, se había quedado en el patio, ahora ocupado por un parche de adultos que me intimidaban; me armé de valor y crucé la puerta, me senté en el piso con mi libreta y mi botella de Pepsi, escuchando esas conversaciones donde el humo del cigarro y el olor a cerveza me llegaba hasta los ojos: “¡Que día pedí un domicilio para el parche y me llegó el del guayabo jajá!”, comentó Luis Felipe “Satán” Torres, guitarrista de Encarta. Sebastián Portilla se levantó de su silla y me dijo: “Ven, siéntate acá que voy al baño”. Esa silla de tiras de caucho me acogió por veinte minutos, vi una caja de Marlboro rojo sobre la mesa y se empezaron a reunir pequeños grupos de personas que hablaban de varios temas: “Hay veces donde voy en el Transmilenio y la gente escucha Encarta a las siete de la mañana”, afirmó María Paula Vásquez, vocalista, sobre una función de Spotify for Artists que le deja ver reproducciones en tiempo real.
“Sí… el emo ayudó a revivir el math”, mencionó el baterista de la banda de math rock Esquemas, grupo que debutó por allá en 2023, mientras conversaba con un músico sentado a mi derecha (cabe recalcar que el baterista se parecía mucho a Redfoo de LMFAO por los crespos y la barba).
Ambos estuvieron de acuerdo en que bandas como Kidchen han sido clave para que el math vuelva a estar fuerte hoy, pero igual el anhelo queda: “Esperar que la escena vuelva…”, remató el baterista. Ninguno de los dos músicos interrumpió la toma de apuntes, si bien las miradas raras no faltaron, me permitieron anotar los comentarios. Fue interesante escuchar cómo se valoraban las escenas locales, nichos que me gustaría fueran más grandes.
Ya siendo las 7:50, María Paula volvió al patio y alcancé a escucharla decir: “Ustedes fuman mucho”. Un chico le respondió: “¿No dijo Charly García que el cigarro ayudaba a cantar?”, a lo que ella contestó: “¿Y cómo canta Charly ahora?”.
Me encantó estar al lado de esa conversación. No todos los días escuchas algo así; me reí genuinamente, convencido de que estaba en el lugar correcto.
“Chicos, ya vamos a empezar… ¡apaga ese cigarro!”, expresó María Paula ante ese patio que ya no le cabía ni una Poker. En cuestión de pocos minutos el salón principal se inundó de gente, aproximadamente 27 personas; apagaron las luces y pensé: “Esto no se me va a olvidar nunca”.
Mi celular, a 20% de batería, me mostraba las 8:05 de la noche. Primero pensé en mi papá: “Debe estar pensando a qué hora me devolveré a la casa, agh… Bueno, voy a escuchar esto honestamente, ya me da igual si llego a las 11 y escribo la crónica hasta las dos de la mañana”.
Apagué el teléfono, saqué la libreta y presté atención. Encarta 98 entró al salón, se ubicaron detrás de la mesa de los parlantes y Luis Felipe dijo: “Buenas noches”; de repente sonaron aplausos, se me aceleró el corazón. “Somos el grupo tres”, bromeó, y las risas no se hicieron esperar; terminó su intervención agradeciéndonos por venir, por compartir y por escuchar.
Martín Erazo caminó hacia una esquina, agarró un cuadrado que parecía un vinilo y mencionó lo siguiente: “Con ustedes, la portada del disco”. El recinto estalló en aplausos y silbidos.
Una mano tocando flores sumergidas en el agua: es tan sutil, pero, al mismo tiempo, tras escuchar el disco, esa imagen te grita muchas cosas. A lo largo de la escucha todo el mundo vibró, se sintió una atmósfera de ritual inmensa y ni en misa había sentido algo parecido.
Detrás de aquella portada se esconden varios simbolismos. La foto fue tomada en la Laguna de Fuquene. María Paula explicó que era un lugar sagrado para tribus indígenas. El agua termina sanando todo, y eso le pasó a Encarta 98, quienes atravesaron periodos complicados y encontraron su “lucero” en la amistad, el amor y en la música. Un cuerpo de agua va más allá del simple recurso visual: es paz.
La primera canción fue “Nada va a cambiar”. Mi favorita, después de escucharla con una calidad incomparable a la de mis audífonos Redmi, ya quedó fichada como el tema que sonará en la ducha por los siguientes seis meses; me recordó a la banda Lush: es ágil, y ninguna otra voz hubiera funcionado en esa canción, solo la de María Paula. Ella es una mezcla entre Miki Berenyi, Elizabeth Fraser y Rachel Goswell.
En general, el disco te lleva a distintos lados, te agarra por sorpresa en varias ocasiones: como cuando en “El ruido de los días” la canción explota después de una intro chill, o cuando te das cuenta de que acabas de escuchar los punteos más hermosos en mucho tiempo gracias a “La montaña”... ¡Ah!, ¿o qué tal cuando en el tramo final de “la hoguera”, la banda Incendiariat arrasa con el screamo y Encarta lo empuja con su muro de sonido característico?
Muro que sonaba bien potente: las capas de guitarras explotaban de esos parlantes. Se sentía como si la música fuera una cobija gigante que nos cubría. Entre aplausos y silbidos las canciones de Lucero movieron al público: la gente movía la cabeza, pisaba al ritmo de la batería, gritaba “¡temazo!”.
A las 8:58 el disco culminó. Encarta abrió el espacio de preguntas y respuestas; señalaron el papel de la nostalgia, del duelo, del paso del tiempo como inspiración, mirar atrás con añoranza y plasmarlo.
Este segundo lanzamiento muestra a Encarta en su faceta coming of age: es imposible no darse cuenta de su maduración musical, cómo trataron cada canción con una paciencia y amor envidiable. El propio Luis Felipe dijo que mientras producía cada canción, cada una se volvía su favorita; María Paula, emocionada, señaló que aprendió a tocar guitarra mientras grababan el disco y que, en realidad, todos los miembros tocaron guitarra.
Fueron incisivos con que “Lucero” era la luz que les ayudó a sanar y encontrar felicidad. Pensé: “Lucero, luz. ¿Cuál es mi lucero?, ¿Ya lo encontré?, ¿Qué es eso que me ayuda a seguirme moviendo?”. Tras meditarlo, se vinieron varias ideas al mismo tiempo: la música, mi familia, la carrera, mis hermanos, esa propia experiencia de estar allá escuchando el álbum.
Me quedé con mi familia, en esos momentos donde uno siente que vuelve a tener los pies sobre la tierra. Encarta logró que reflexionara y ajustara las prioridades. Rodeado de un parche en el que yo era un miembro indefinido, prendí el celular, vi la hora y pensé: “Quiero ver a mi mamá”, la última frase mental del proceso.
La noche seguía, y ellos se permitieron reconocer sus influencias: grupos como Whirr, Cocteau Twins y Beach House. Tres años de trabajo se materializaron en un álbum que, a mi parecer, no solo retrata la melancolía íntima de cada uno de los miembros de la banda, sino que lograron tomar la nostalgia y llevarla hacia lo que estamos viviendo en el país. Un ambiente donde la negatividad parece ser el pan de cada día necesita un disco que le diga a la gente que está bien sentirse mal, como cantaban en su primer EP.
De nuevo me tocó ahogar los nervios: levanté mi mano derecha, temblando, manchada con tinta de esfero y les lancé la siguiente pregunta: “Teniendo en cuenta que el álbum habla mucho sobre esa luz, de ese lucero al final, pienso que el disco también sirve como una radiografía de los tiempos que estamos viviendo. ¿Cómo los influenció la ciudad, Bogotá, y el contexto social?”.
Martín Erazo me contestó: “Somos personas sensibles, nos dejamos sumergir por la nostalgia. Hay cosas tristes en el mundo, pero ¿a donde llevamos eso?”.
María Paula continuó con la respuesta: “En ‘El ruido de los días’, la segunda canción, yo ahí pensé en el contexto de mucha gente. Cómo la casa se derrumba pero la vida se sigue moviendo”.
Mientras respondía otra pregunta, Martín Erazo, comentó: “(...) el factor político… volviendo a lo que decías vos”, para luego voltear la mirada hacia mí y seguir hablando.
Quedé satisfecho al final, recogí mi maleta, puse a cargar mi celular mientras pedía el carro para irme a mi casa; me despedí de la banda y los felicité por semejante disco. La gente se empezaba a ir, hablaban de música, había unos cuantos que se abrazaban.
El taxi llegó a las 10 de la noche con un conductor veinteañero que me preguntó: “¿Qué estaban haciendo en esa casa?”. Le expliqué que estábamos escuchando un disco que iba a salir en dos horas.
Mientras el muchacho manejaba a más de 60 kilómetros por hora en la avenida El Dorado, esquivando baches y forzando las latas del carro, me empecé a preocupar por mi integridad física, pero le dije lo siguiente: “Se llaman Encarta 98. Escúchelos”.
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