Andrés Cely: el Rey del Requinto que conserva la tradición en Zipa

28 de Septiembre de 2026 10:03

Por:

Zury Mariana Bernal Garnica
Periodista Periodista
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Al cruzar el umbral del apartamento de Andrés Felipe Cely Triana, el bullicio exterior de la calle se extingue de golpe. Adentro se respira una atmósfera diferente, un aire de tranquilidad profunda que contrasta con el vértigo cotidiano. Lo primero que captura la mirada es un cuadro grande, colgado en la pared del comedor, en el que aparece Andrés junto a su hermana Natalia.

Antes de avanzar un solo paso, él se adelanta con hospitalidad boyacense:

—¿Deseas tomar café?

—Gracias, —respondo mientras lo veo ir a la cocina a prepararlo.

Me quedo pensando que en algo nos parecemos, y es que ambos compartimos una devoción absoluta por el café o, como le decimos coloquialmente en estas tierras andinas, un buen "tinto" caliente.

Cely vive solo. Su hogar es un reflejo de su mente: ordenado, silencioso, pero habitado por una presencia creadora constante. Al fondo del pasillo se encuentra su estudio de grabación privado, un búnker acústico donde crea, interpreta y graba de forma independiente cada una de sus piezas. Es allí, lejos de todo, donde nacen sus nuevas historias musicales.

Al observarlo en su entorno, Andrés revela una estampa que proyecta serenidad y concentración. Es un hombre de piel morena, cabello lacio y oscuro. Al conversar, su rostro de rasgos amables se ilumina con facilidad; cuando sonríe, sus ojos se hacen pequeñitos, casi imperceptibles, y despliega una sonrisa pareja, amplia y sumamente contagiosa que rompe cualquier distancia de inmediato. Sus dedos son largos y ágiles; al verlos de cerca, se hacen evidentes las yemas duras, curtidas y agrietadas por el roce inclemente del acero de las doce cuerdas de su requinto.

Su presencia en Sabana Centro no es un hecho fortuito. En una provincia donde la identidad campesina se ve constantemente presionada y diluida por la expansión urbana de Bogotá, Cely se ha convertido en un pilar vital de resistencia cultural. Zipaquirá, el municipio que lo acogió a los 19 años, es uno de los poquísimos lugares del país que cuentan con una cátedra universitaria formal de requinto en la Universidad de Cundinamarca.

Desde este rincón de la sabana, Cely no solo obtuvo el codiciado título de Rey del Requinto, sino que ha recorrido municipios como Chocontá, Facatativá y Girardot, formando a las nuevas generaciones de requintistas y demostrando que la música de cuerda andina puede dialogar de igual a igual con la academia musical del mundo.

De las ecuaciones al andamio de la construcción

La herencia musical en la vida de Cely siempre estuvo rodeada de temores familiares. Aunque por el lado de su madre la casa estaba llena de compositores y músicos, el recuerdo más fuerte era el de su abuelo materno, el músico del pueblo que animaba parrandas de cuatro o cinco días en las chicherías de Boyacá. “El miedo de la familia era que nosotros tomáramos trago y que fuéramos borrachos", recuerda Andrés, rememorando por qué terminó estudiando tres semestres de Matemática Pura en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC).

Aunque era un estudiante brillante, capaz de resolver las ecuaciones más complejas, el llamado de la música fue más fuerte. Abandonó la carrera de matemáticas y decidió presentarse a la escuela de música de la misma UPTC. Sin embargo, al no existir allí la cátedra de requinto por considerarse en esa época un instrumento "demasiado campesino", tuvo que presentar el examen interpretando guitarra clásica. Lo rechazaron tres veces consecutivas.

La presión en su hogar se tornó asfixiante: había dejado una carrera segura para fracasar en el arte. “Me tocó meterme a la rusa, trabajar como obrero de construcción para ganarme la vida, porque la presión de mi mamá y mi papá era súper intensa", confiesa con dureza.

Fue en medio de esa época de trabajo en la construcción cuando Andrés comenzó a recibir clases particulares de requinto con un maestro en Sogamoso. Allí, su profesor le reveló una noticia que cambiaría su destino: en Zipaquirá existía una licenciatura en música con una cátedra universitaria dedicada formalmente al requinto.

A los 19 años, desafiando el escepticismo de sus padres, Cely viajó solo a Cundinamarca con una maleta. Vivió en inquilinatos de barrios difíciles de Zipaquirá y trabajó lavando platos en restaurantes para costearse la vida, hasta que la oficina de Bienestar Universitario descubrió su virtuosismo y lo becó, permitiéndole pagar una matrícula simbólica a cambio de representar a la institución por todo el departamento.

Cómplices en el Do y el Fa

Esa misma pasión que lo salvó de los andamios es la que hoy entrega en sus salones de clase. En el aula, Andrés no es el típico docente inalcanzable. Es un amigo para sus estudiantes, alguien que busca que estén cómodos, felices y que realmente disfruten de estar ahí aprendiendo. Se esmera por crear un buen ambiente, siempre y cuando sus alumnos lleven la misma sintonía.

Sin embargo, ese ambiente cálido está respaldado por una disciplina inquebrantable. Su carácter puede cambiar muy rápido si ve que un estudiante no está prestando atención, no estudió o está tocando desafinado. En ese instante, Andrés se pone serio. No lo hace por antipatía, sino para que sus alumnos entiendan que interpretar un instrumento es un compromiso serio, que hay algo mucho más profundo que va más allá de un trozo de madera y unas cuerdas de metal.

Esta mezcla de complicidad y rigor ha sembrado una gratitud inmensa en sus alumnos. Después de clase, es habitual ver a Andrés tomando un tinto con ellos o con sus padres para charlar de la vida. Miguel Ángel, a quien todos conocen cariñosamente como el "Paisa", resume este sentimiento con emoción: “el profe es una bacanería. Él llega al salón, nos saluda de mano, no deja a nadie sin saludar. Él siempre está alegre, uno puede bromear y él también hace parte de ese buen ambiente. Él nos tiene mucha paciencia para enseñarnos y estamos agradecidos de nuestro progreso. Gracias a él al menos sé qué es un Do y un Fa".

El espejo de Natalia y el llanto que bajó el ego

"Para mí, mi hermano mayor siempre ha sido el ejemplo", relata Natalia Catalina, su hermana menor y tiplista del ensamble familiar Hermanos Cely Triana. Natalia recuerda con nostalgia la infancia en Tunja, cuando compartían una guitarra vieja que les quedaba inmensa en sus pequeños brazos de niños, obligándolos a inventar ritmos a puro oído.

A pesar de la profunda admiración que le profesa, Natalia también es la guardiana de las anécdotas que bajaron a Andrés de la nube del egocentrismo académico. Durante su carrera en Zipaquirá, Andrés se sabía uno de los mejores instrumentistas y descuidó las materias teóricas. Confiado en su oído excepcional, llegó a la última clase de gramática musical sin haber repasado. Su profesor de entonces tomó una decisión drástica y lo reprobó en Solfeo 6. “Andrés, es que tú eres muy talentoso, pero de talento nunca serás bueno, necesito que seas más disciplinado", le advirtió el maestro de solfeo.

El golpe fue devastador. Andrés sintió frustración al ver que debía repetir el curso, pero el verdadero baño de humildad ocurrió cuando Natalia, que venía dos semestres atrás en la carrera, lo alcanzó académicamente y terminaron compartiendo el mismo salón de clase. Su madre, doña María Triana, recuerda cómo debió intervenir en el carácter de su hijo durante ese proceso de crecimiento: "me ha tocado enderezar el árbol un poquito, pero ya está bien formado y dando los frutos, que es lo importante".

Andrés Felipe Cely Triana y su hermana Natalia interpretando música campesina en Cogua. Foto: Zury Bernal

“El mismo requinto y la misma vida le enseñan a uno a aterrizarse”, —reflexiona Andrés—. Cuando uno se sube a la tarima, tiene una hora de fama, y se baja de allí y sigue siendo el mismo; le toca llegar a pagar el arriendo, hacer mercado, pagar servicios. Eres un ser humano común y corriente".

Natalia describe esa firmeza de carácter como una fuerza de doble filo: "Él es muy impulsivo... ese carácter sirve para ciertas cosas, pero pues también puede ser un aguijón para otras". Sin embargo, destaca su lado más protector: "El punto débil de él siempre va a ser la familia... cualquier cosa en la que desfallezcamos o que nos haga falta, él procura mirar qué se puede hacer".

El polo a tierra familiar

Esa inquebrantable unión familiar se materializa en los ensayos del grupo Hermanos Cely Triana. En el ensamble, su madre, doña María, toca la guacharaca con un estilo campesino rústico y puramente tradicional. Aunque técnicamente sería sencillo contratar a un guacharaquero profesional de la escena popular, Andrés descarta de inmediato esa opción: "sería quitar nuestra esencia. Mi mamá es ese polo a tierra que lo manda a uno otra vez a sus raíces. Siempre será bueno volver a donde uno nació", afirma Andrés con convicción.

Doña María evoca con orgullo aquellos inicios marcados por la escasez, pero bendecidos por la pasión: “Nosotros iniciamos así, con las uñas. No venimos de familias de recursos abundantes ni nada de eso, pero sí se puede vivir de la música. Hemos vivido para la música y de la música".

Esa misma rigurosidad académica que adquirieron los hermanos Cely en la sabana cundinamarquesa les dio, en el año 2016, el pasaporte a uno de sus mayores hitos profesionales. Se abrió una convocatoria nacional para seleccionar músicos que viajarían a Alemania a interpretar una misa colombiana junto a un coro infantil. Aunque se presentaron requintistas empíricos con una velocidad asombrosa, el jurado exigía un requisito innegociable: saber leer partituras de manera fluida. Andrés fue el único requintista del país en superar la prueba. "Andrés Felipe le apostó y pues la verdad se trabajó bastante para ganarse ese rey del requinto", recuerda doña María.

El grupo Hermanos Cely Triana con su propuesta de música tradicional y andina colombiana. Foto: Zury Bernal

El esfuerzo dio sus frutos. Durante un mes y medio, con hospedaje y tiquetes pagos, Andrés y Natalia llevaron el pulso del torbellino y el tiple andino por trece ciudades alemanas. La emoción de verlos triunfar sigue intacta en las palabras de su madre: "me siento realizada, de que ellos ya están con sus carreras bien preparadas. Siento orgullo total por ellos, ya me puedo morir mañana".

Pentagramas para el campo: vencer al olvido

Hoy, Andrés compagina su labor de concertista con la docencia en la misma UPTC que alguna vez le cerró las puertas. Se encuentra en medio de una encrucijada conceptual: sabe que encerrar la música tradicional en una partitura puede restarle "viaje" y "sabor", pero entiende que la tradición oral de Sabana Centro y de la región andina colombiana es alarmantemente frágil. "Lo que no se escribe tiene tendencia a perderse —sentencia con preocupación—. Mucho repertorio se ha perdido porque lo tocaba mi bisabuelo, el señor se murió y se acabó la canción porque nadie más se la aprendió".

Por esta razón, su estudio en Zipaquirá no es solo un espacio de ensayo; es un centro de investigación donde transcribe las tradiciones empíricas a partituras y diseña cartillas pedagógicas para universidades y casas de cultura. Su objetivo es dotar al requinto de un repertorio propio y moderno, pensado desde y para el instrumento, alejándose de las adaptaciones de temas escritos originalmente para tiple o bandola.

Aunque confiesa con honestidad que la música le ha traído "más momentos de frustración que de alegría" debido a la inestabilidad del arte en nuestro país, su mirada al futuro está libre de amargura. Al preguntarle por su mayor anhelo mientras me ofrece el último sorbo de café de la tarde, Andrés no dibuja estadios llenos ni reflectores internacionales. Su sueño es mucho más íntimo, arraigado a la tierra y al papel: “Yo quisiera, cuando esté más viejito, ver en los festivales cómo los niños y los jóvenes cogen mi música y la interpretan desde las partituras. Con que un niño toque una obra mía en una tarima, sabré que ya aporté mucho a este instrumento”.

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