Cerro Pionono: el lugar donde las montañas parecen tragarse el cielo

22 de Mayo de 2026 10:30

Por: Por: Ana María Conto
13 Min

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Eran las doce del mediodía cuando nos subimos al carro para comenzar el trayecto hacia el Parque Ecológico Pionono. Desde el inicio, el recorrido parecía más difícil de lo que imaginaba. La carretera empezaba a inclinarse cada vez más y el camino, lleno de piedras sueltas, tierra seca y curvas estrechas, hacía que el carro avanzara lentamente mientras el conductor intentaba mantener el control. Por momentos, el motor sonaba forzado y dentro del vehículo se sentía una tensión silenciosa cada vez que pasábamos por una subida especialmente empinada. Aun así, era imposible ignorar lo que había alrededor.

A través de la ventana podían verse montañas completamente cubiertas de árboles verdes oscuros y otros más claros que se movían lentamente con el viento. Entre algunos espacios del bosque aparecían casas pequeñas con techos rojos y naranjas perdidas en medio del paisaje de Sopó. Más abajo también se alcanzaban a ver terrenos abiertos donde el ganado caminaba lentamente sobre el pasto.

El cielo estaba un poco nublado y, aunque la luz era poca, caía igualmente sobre las montañas, haciendo que todo pareciera más intenso: el verde de los árboles, el amarillo seco de algunos caminos y el azul lejano que empezaba a aparecer entre las montañas. Había momentos donde el carro quedaba tan inclinado que parecía imposible seguir subiendo. El conductor apretaba fuerte el volante mientras las llantas chocaban contra las piedras del camino. A veces el vehículo se movía bruscamente y por unos segundos pensé que podría quedarse detenido a mitad de la subida.

Aun así, no podía dejar de mirar por la ventana. Había algo extraño en el paisaje, una sensación de estar alejándose poco a poco de la ciudad. El ruido empezaba a desaparecer y solo quedaban el sonido del motor, el viento entrando por las ventanas y algunos pájaros que aparecían entre los árboles.

Incluso en medio de la tensión seguí tomando fotos. Quería guardar cada parte del recorrido: las montañas gigantes cubiertas de vegetación, las curvas imposibles del sendero y la forma en que las nubes parecían quedarse quietas sobre la cima.

El bosque donde el silencio también pesa

Cuando finalmente llegamos a la entrada del parque, el ambiente cambió por completo. El ruido del carro desapareció y empezó a sentirse el frío del viento golpeando la cara. La entrada costó alrededor de ocho mil pesos por persona y también existía la posibilidad de seguir subiendo en carro por quince mil más, pero decidí continuar a pie. Pensé que caminar era la única forma real de sentir el lugar.

El ascenso hasta el mirador fue mucho más cansado de lo que esperaba. El camino estaba rodeado por árboles altos y senderos de tierra húmeda donde a veces aparecían raíces atravesando el suelo. Cada paso pesaba más que el anterior y las piernas empezaban a doler con la inclinación del sendero. A ratos tenía que detenerme para respirar y mirar alrededor, y era imposible no hacerlo.

Desde algunos puntos del recorrido podían verse las montañas extendiéndose una detrás de otra, cubiertas por distintas tonalidades de verde. El viento movía las copas de los árboles y el silencio solo era interrumpido por sonidos lejanos de aves y el roce de las hojas. Había sectores donde la luz del sol apenas lograba atravesar las ramas, dejando pequeñas manchas doradas sobre el camino.

Mientras seguía subiendo, el paisaje parecía abrirse cada vez más. Poco a poco empezaron a aparecer vistas enormes de la sabana y, a lo lejos, el embalse de Tominé comenzó a verse entre las montañas como una gran mancha azul brillante. Desde arriba, el agua parecía inmóvil, reflejando la luz del sol como un espejo gigante rodeado de vegetación.

Al llegar al mirador, la vista hacía olvidar completamente el cansancio. Allí hablamos con Andrés Mendoza, un turista que había viajado desde Medellín. Mientras observaba el paisaje, dijo que sabía que el lugar existía, pero que nunca imaginó la magnitud de lo que iba a encontrar: "uno piensa que tan cerca de la ciudad ya no quedan lugares así, pero esto parece completamente diferente", afirmó.

Andrés también hablaba sorprendido por la cantidad de flora que todavía se conserva en el lugar. Miraba las montañas como si intentara encontrar una explicación al contraste entre la cercanía de la ciudad y la tranquilidad absoluta que había allí arriba.

Seguí caminando un poco más entre los senderos. El cansancio en las piernas seguía aumentando, pero el paisaje hacía que valiera la pena continuar. Había algo extraño en el lugar: una mezcla entre tranquilidad y vértigo, como si el silencio de la montaña conviviera con la adrenalina que normalmente trae la idea del parapente.

Sin embargo, esa tarde no había nadie volando. El cielo estaba vacío. No había parapentes cruzando el paisaje ni personas preparándose para despegar. Solo quedaba el viento golpeando fuerte y la sensación de estar en un lugar que, incluso en silencio, seguía imponiéndose sobre cualquiera que llegara hasta allí.

Un cielo vacío esperando alas

Aun así, sentía que el viaje no podía terminar ahí. Mientras bajábamos, recordé los letreros que había visto durante el camino, señalando diferentes lugares donde se practicaba parapente. Decidimos desviarnos hacia uno de ellos. La señal del celular prácticamente había desaparecido y empezamos a guiarnos solo por los avisos de la carretera hasta llegar a un lugar llamado Paraíso Parapente, ubicado también en el cerro Pionono. 

. by Ana Conto

 

El cerro donde despegan los parapentes en Sopó se ha convertido en uno de los puntos turísticos más importantes para esta práctica en Cundinamarca. Desde allí, decenas de personas llegan cada semana para volar sobre las montañas y observar desde el aire el embalse de Tominé y los paisajes del municipio.

Fidel Peña, secretario de Deportes de la Alcaldía de Sopó, explicó que este lugar se ha consolidado gracias a sus condiciones naturales. ¨El papel que juega el cerro es ser un punto referente para el turismo y donde se encuentran ubicados los clubes de parapente¨, afirmó. Además, señaló que factores como la vista, la organización del espacio y las corrientes de aire hacen que el sitio sea ideal para esta actividad.

Donde el viento enseña a caer sin tocar el suelo

La entrada era gratuita. Apenas cruzamos, el ambiente cambió por completo. Había una fuente en la entrada, una caseta grande y una vista enorme hacia las montañas. Un trabajador se acercó a preguntarme si tenía reserva. Le expliqué que venía a averiguar sobre el parapente y amablemente me dejó pasar para hablar con uno de los pilotos. 

Fabián Valbuena, piloto de parapente, contó que los días allá empiezan temprano en la mañana, cuando revisan cuidadosamente cada equipo antes de iniciar los vuelos. Explicó que cada persona debe registrarse antes de despegar para activar el seguro del sitio y luego reciben instrucciones básicas antes de correr hacia el vacío.

"Los vuelos duran entre quince y veinte minutos y normalmente aterrizan en el mismo punto, aunque si el viento cambia, hay una zona alterna más abajo de la montaña", aseguró Valbuena. Las jornadas terminan hacia las cinco y media de la tarde.

Fabián también habló sobre las personas que llegan al lugar. Dijo que reciben turistas, extranjeros y muchos visitantes de Bogotá y del interior del país. Sin embargo, entre todas las experiencias que ha vivido, hubo una que recordó especialmente. ¨El fin de semana pasado tuvimos una fundación de niños con cáncer. Había niños con amputaciones, otros con tumores y situaciones muy difíciles, pero aun así subieron a volar. Fue una labor social muy bonita¨, contó. Explicó también que este tipo de actividades no se realizan tan seguido, quizá una vez al año, aunque aseguró que le gustaría que se hicieran más veces si más fundaciones se acercaran al lugar.

Me habló de la preparación necesaria para volar. Para los turistas, explicó, no hace falta experiencia previa; solo escuchar instrucciones simples como correr, caminar y no sentarse durante el despegue. Todo lo demás queda en manos del piloto, pero para convertirse en piloto profesional, el proceso es mucho más largo. Según contó, se necesitan alrededor de cuatro años y medio de entrenamiento, pasando por distintos niveles.

Design by Ana Conto

 

Mientras me explicaba cómo funcionaban los vuelos, las medidas de seguridad y el equipo necesario, algo detrás de mí llamó toda mi atención. Un joven se preparaba para volar. Varias personas ajustaban su arnés mientras la enorme tela del parapente se extendía sobre el suelo, moviéndose con fuerza por el viento.

De repente, el instructor hizo una señal y ambos empezaron a correr hacia el borde de la montaña. Durante unos segundos parecía imposible que fueran a despegar. Pero entonces la tela se infló completamente y, de un momento a otro, dejaron de tocar el suelo.

El parapente empezó a elevarse lentamente sobre el paisaje. Desde abajo veía cómo el joven se alejaba cada vez más, haciéndose pequeño frente a la inmensidad de las montañas. Primero todavía podía distinguir el color del parapente, pero después solo parecía un punto suspendido en el cielo de Sopó.

El vértigo también puede parecer libertad

Cuando el vuelo terminó, decidí acercarme a hablar con él. Se llamaba Simón Torres y todavía tenía la respiración agitada y una sonrisa nerviosa. ¨No sabes la adrenalina que se siente allá arriba¨, me dijo. ¨Al principio estaba muerto de miedo, pero cuando el parapente despega, todo cambia. Desde arriba, el embalse de Tominé se veía enorme; los árboles parecían miniaturas y hasta las personas se veían diminutas. Lo más raro fue el silencio. Pensé que todo sería gritos y viento, pero hubo momentos donde solo escuchaba el aire pasar. Ahí dejé de tener miedo y empecé a disfrutarlo¨ comentó mirando al cielo.  También admitió que hubo momentos donde el viento movía fuertemente el parapente y sentía que el estómago se le subía completamente, pero aun así aseguró que era una sensación imposible de comparar.

—Cuando empezamos a bajar, yo no quería que terminara —dijo riéndose—. Bajé temblando, pero con ganas de volver a hacerlo otra vez.

Mientras lo escuchaba, entendí que el parapente no era solamente un deporte extremo. Era una forma distinta de mirar el paisaje. Una experiencia donde el miedo y la tranquilidad parecían convivir en el mismo lugar, suspendidos sobre las montañas de Sopó. 

 

Lo que las montañas no dejan ir

Cuando finalmente decidimos irnos, el cielo empezaba a cambiar de color sobre las montañas de Sopó. El viento seguía golpeando fuerte y, a lo lejos, todavía podía verse un parapente flotando lentamente sobre el paisaje antes de desaparecer detrás de la montaña. Empezamos a bajar otra vez por el mismo camino empinado por el que habíamos subido horas antes, pero ahora todo se sentía distinto. El cansancio seguía ahí, igual que el frío y el silencio del cerro, pero había una sensación difícil de explicar, como si el lugar dejara algo en uno incluso después de irse.

Mientras el carro descendía entre piedras, curvas y árboles, seguía pensando en lo que había visto arriba: el vacío bajo los pies, el embalse brillando entre las montañas, el silencio del viento y la manera en que un simple vuelo podía transformar por unos minutos la forma de mirar todo. Poco a poco las montañas fueron quedando atrás y el ruido de la ciudad empezó a regresar, pero entendí que algo del Cerro Pionono se quedaba conmigo. Porque hay lugares que no solo se recorren: también se sienten.

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