Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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19 de Mayo de 2026 10:49
“Un hobby de señoras”; son las palabras que muchos usan para describir el tejido y, desafortunadamente, debo admitir, yo también he repetido lo mismo en el pasado, hablando, evidentemente, desde la ignorancia. Sin embargo, eso cambió cuando asistí a la FILBo 2025 (Feria Internacional del Libro de Bogotá), donde me encontré frente a frente con un tapiz de aproximadamente 15 metras cuadrados, tejido por manos coguanas.
La imponente belleza de los nudos, las figuras y los hilos abrazándose estrechamente hasta formar una obra de arte de esta magnitud, era capaz de robarle el aliento a cualquiera. Esos 8.239 metros de hilo tejido a mano por ASOARTESCO (Asociación de Artesanos de Cogua) fueron para mí la ventana hacia un mundo silencioso que, a pesar de su importancia en nuestra cultura colombiana, muchas veces es ignorado o despojado de su significado.
El tejido es mucho más que hilos cruzándose, más que un simple tapiz y más que un “hobby”, es una práctica ancestral que actualmente sobrevive gracias a aquellas mujeres que continúan susurrando sabiduría, conocimiento y tradición en cada nudo que tejen o hacen, esperando, pacientemente, a que alguien más decida leer entre hilos y entienda el verdadero peso del tejido colombiano: que es uno de los guardianes de nuestra identidad.
Con esta idea en mente, decidí adentrarme en este mundo del que somos parte desde que nacemos, como asegura la artesana Araminta Cepeda, quien afirma: “El primer nudo nos lo hacen al nacer”.
El tejido es mucho más que una simple técnica artesanal: ha sido, desde su concepción, una actividad sumamente cargada de significado cultural. En las comunidades andinas, el tejido transmitía información, estatus, roles sociales, además de reflejar cómo las comunidades interpretaban el mundo.
Evidentemente, también tenían un propósito funcional y práctico: vestir y abrigar a los habitantes para protegerlos de los fuertes climas del altiplano cundiboyacense. Igualmente, tenían un valor comercial, aspecto del tejido que aún persiste y del que muchas artesanas coguanas obtienen su sustento.
Los muiscas utilizaban la lana como material principal para sus elaboraciones y la tinturaban con pigmentos naturales que extraían de flores, hojas u otros elementos de la naturaleza. Con la llegada de los españoles, esas costumbres propias se fusionaron con las europeas, derivando en las técnicas, estilos y prácticas de tejido que conocemos actualmente.
En su tesis sobre el tejido como práctica nativa-originaria-campesina y su aporte al empoderamiento de la mujer dentro de la consolidación del proceso comunitario en la comunidad muisca en la reconstrucción en el altiplano cundiboyacense, la autora Yuly Andrea Guerrero Martínez explica esto con mayor claridad: “La práctica nativa-originaria-campesina del tejido en sí misma es un espacio que evidencia el conflicto entre las permanencias y resistencias de un pueblo indígena y el proceso de mestizaje con objetivos claros de aculturación por parte de los conquistadores del nuevo mundo.”. Es decir, el tejido es parte de ese sincretismo cultural que llena de riqueza y variedad la cultura colombiana.
Desde su invención, el tejido ha sido una actividad de reunión social liderada por mujeres. Mientras el hombre se encargaba de la protección y la alimentación, las mujeres quedaban a cargo del resto de actividades domésticas, razón por la que son ellas las guardianas de este saber hoy en día.
Cada nudo, cada hilo, cada tinte y cada técnica llevan consigo siglos de historia, pasada de generación en generación por mujeres, principalmente. Las abuelas le enseñan a sus nietas, quienes luego les enseñarán a sus hijas. Es un ciclo delicado, que necesita de constancia para seguir existiendo. Muchas veces el conocimiento cultural no se encuentra en libros, sino en personas. Por esta razón, creo que la mayoría de nosotros, si no es que todos, tenemos algún recuerdo de infancia de nuestras abuelas o tías sentándose a tejer toda la tarde, mientras compartían largas historias. De hecho, es así como muchas artesanas de Cogua aprendieron a tejer.
Araminta Cepeda, cofundadora de ASOARTESCO, aprendió desde muy niña, viendo a sus tías hacer magia con las manos, deshaciendo sacos, convirtiendo esa lana en ovillos y tejiendo algo nuevo a partir de eso. “Aprendí a tejer antes que a leer y a escribir, tenía 4 o 5 años”, comenta mientras, con sumo cuidado, me enseña carteras, vestidos y faldas que ha hecho con sus propias manos.
El tejido siempre ha sido una actividad colectiva, no individual, lo cual permite al individuo, en palabras del psicólogo Tomás Martínez, acceder a elementos como “el sentirse parte de un grupo, el heredar tradiciones, el sentir que se está cuidando la cultura del grupo, el sentido de pertenencia”. Al entender todo esto, el tejido recupera la importancia cultural que muchas veces le es restada, porque, aunque no comunica a través de dibujos, letras o palabras, entre nudo y nudo se esconden miles de años de sabiduría, tradición milenaria y encuentro social. Nuestras venas, como colombianos, son hilos, cuyo inicio se remonta a generaciones anteriores a nuestro primer nudo, nuestro nacimiento. Estos hilos nos unen con nuestra tradición, nuestra cultura, nuestra identidad.
En Cogua, la tradición textil es de gran importancia. Tanto así que, de hecho, existen muchas formas de comunidad vigentes alrededor de este arte. Milena Montaño, quien también aprendió a tejer viendo a sus tías y madre cuidar las ovejas y luego hilar la lana, actualmente vive de vender sus productos y de dar clases todos los sábados en un pequeño, pintoresco y acogedor café llamado Coguayork, donde el arte del tejido y el textil son el corazón de todo lo demás.
A través del compartir sus conocimientos en el tejido, ha logrado forjar una fuerte comunidad. “Acá vienen personas de diferentes edades y de diferentes contextos, así que uno aprende mucho mutuamente, nos enriquecemos”. Además, explica cómo el tejer, más allá de mantener viva la tradición, es una herramienta para contar historias, plasmar sentimientos y sanar. El tejido, entonces, se convierte también en transformación de dolor, razón por la que es una práctica muy usada en procesos de terapia para víctimas de violencia o en situaciones vulnerables.
Actualmente esto se ve reflejado en la Casa de la Mujer de Cogua, donde, a través del crochet y el macramé, se ha logrado construir comunidades: “En la Casa se ha venido implementando a través del tejido y el crochet el hacer lazos”, comenta Daniel Molano, subsecretario de educación y cultura de Cogua.
De hecho, las artesanas de macramé que dictan estas clases son parte de una de las dos asociaciones de artesanos que existe en Cogua: ASOARTESCO. Fue fundada por varias artesanas, entre ellas, Araminta Cepeda, que se conocieron en un taller que Artesanías de Colombia dictó. Entendieron entonces la necesidad de unirse y apoyarse mutuamente como artesanas.
La otra comunidad de artesanos se llama ASOACOG (Asociación de Artesanos del Municipio de Cogua), que fue fundada, de igual forma, por un grupo de artesanos, entre ellos, Marta Inés Gómez, quien actualmente atiende en un local que se encuentra junto a la alcaldía, en el parque principal. “Dentro de la asociación siempre ha sido lindo, nos apoyamos mutuamente. El tejido sí une, sin envidia, porque hay que empujar para delante juntos”, cuenta Marta para después explicarme que aquel local y el de al lado son manejados por ellos y que se sienten muy agradecidos de que la alcaldía les ayude con el arriendo de esos espacios.
Sin embargo, la existencia de estas comunidades unidas no parece ser suficiente para luchar contra el mayor enemigo del tejido: el olvido. “La gente joven está un poco alejada de esto, les da pereza el tejido. No entienden lo que significa en verdad”, comenta con preocupación Milena, quien además me explica que ella cree que esto sucede por la inmediatez en la que vivimos.
Ella explica que el tejer, al ser un arte, requiere de tiempo y de paciencia, cosa que los jóvenes parecen no tener de sobra. “Los jóvenes están acostumbrados a lo instantáneo, debido a la tecnología. El proceso artesanal es de paciencia”, agrega Araminta.
Daniel Molano pone sobre la mesa otro punto importante: “muchas veces no se valora la mano de obra artesanal y la competencia que tienen ellos con los productos más industrializados es alta”. Esto no es un fenómeno aislado, mucho menos nuevo, pues como expone el artículo de la UNESCO Técnicas artesanales tradicionales, donde se explica que “la producción en serie, ya sea en grandes empresas multinacionales o en pequeñas industrias artesanales locales, puede suministrar a menudo los bienes necesarios para la vida diaria con un costo de tiempo y dinero inferior al de la producción manual”.
Es por esto por lo que muchos jóvenes prefieren irse por “la ruta segura”, la que les asegura un ingreso fijo, contrario a lo que es vivir de las ventas artesanales. Marta también hace énfasis en esto: “probablemente cuando nos retiremos, esto muere aquí”.
Según las cifras presentadas en el artículo Gobierno y Artesanías de Colombia rinden homenaje a las y los artesanos en su día, del Ministerio de Cultura, Industria y Comercio, hay muy poco relevo generacional. Esto demuestra que se está perdiendo esta transmisión tradicional y que el oficio está disminuyendo estructuralmente.
La cultura, por definición, es constante mas no estática. Se caracteriza por mutar, cambiar y adaptarse. El tejido no tiene por qué ser diferente. Araminta es el claro ejemplo de cómo la tradición y lo contemporáneo pueden coexistir sin ahogarse mutuamente. Habiendo trabajado de la mano con diseñadores, Araminta ha logrado llevar técnicas milenarias de tejido, principalmente macramé, a lugares inesperados como el Bogotá Fashion Week, donde varios artesanos de diversos lugares de Colombia presentaron vestidos, collares, entre otros, hechos con técnicas y nudos ancestrales.
Como todo en la vida, es encontrar un balance para así mantener este arte vivo. Al preguntarle a Milena sobre cómo considera ella que este problema puede solucionarse, está de acuerdo en que “se debe tratar de traer la tendencia a esto, para que los jóvenes se interesen”.
La solución, además, podría también estar en enseñar el amor y respeto por la identidad y tradición propia desde la niñez. Araminta menciona su idea de formar escuelas de saberes ancestrales, donde se le enseñe a los niños todo el proceso que implica el tejido, desde esquilar las ovejas, hilar la lana, etc. “Toca conquistarlos desde niños”, ahonda. Marta propone una idea similar, dar clases de tejido en los colegios. Ella cree que así también los niños se graduarían sabiendo que “de esto se puede hacer negocio y vivir”.
Si nos detenemos a pensarlo por un segundo, el hilo siempre ha sido una metáfora común para hablar de la vida: se enreda, se tensa, se tuerce, se deshace y se vuelve a enredar… Sobre esta cualidad, Martínez explica que “el moldear algo con las manos se presta para que sea una buena metáfora, para hablar de cosas más abstractas, como construir algo en conjunto, con las manos, con esfuerzo, con paciencia, con delicadeza” Así que, Araminta tiene razón cuando dice que “el primer nudo nos lo hacen al nacer”. Cada uno es un hilo y tenemos un nudo como punto de partida. Pero un telar, un tapiz o un tapete no se hace con un solo hilo. El tejido es mucho más que unir cuerdas, es unir vidas, tan variadas y diferentes como los hilos en un telar. Y, a pesar de todo esto, es un arte que lentamente está desapareciendo y con él, muere una parte de nuestra identidad.
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