Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
Buscar
20 de Mayo de 2026 09:51
Caminar por las calles enladrilladas de Zipaquirá es, para muchos, un ejercicio de memoria episódica donde basta una nota para plegar el tiempo sobre sí, abrir en él una hendidura y revivir un recuerdo en particular.
Sucede, por ejemplo, al doblar la esquina de la Plaza de los Comuneros. Allí las personas caminan como quien no quiere llegar a ninguna parte; sin embargo, lucen el afán como su prenda más preciada, que abrochada al cuello, asfixia cualquier intento de pausa.
Pese a ello, el aire consigue aflojarse cuando toma la forma de un acorde mientras una canción se insinúa con el rasgar de una guitarra. Varios siguen de largo, pero otros ladean la cabeza, afinan el oído y lo buscan como si se tratara de un momento perdido.
“La música trae recuerdos”, expresa Jaime Mateus, un hombre que desde hace 22 años traduce la vida en arpegios y hoy alterna su habilidad en el macramé con el rock y la música andina, empeñándose en desenterrar las raíces de una tierra que se ha acostumbrado a sembrar el olvido.
En palabras de Jaime: "la música es un lenguaje universal", un dialecto que cautiva tanto al nómada cómo al sedentario, pues habita en un espacio que deja de ser de nadie para pertenecer a todos. Entonces, reconoce el poder de la música para elevar el espíritu, o por el contrario, sumergirlo en la melancolía, sirviendo como un puente entre la historia propia y aquella del entorno.
Para Hanan Al Mutawa, subgerente de cultura del Instituto Municipal de Cultura, Recreación y Deporte de Zipaquirá, el arte callejero se percibe como una parte vital para la experiencia del viajero. Ella sostiene que esta industria otorga una integración diferente a aquella que se consolida en espacios turísticos como lo es la Catedral de la Sal: “esos artistas generan experiencia, entonces quién visita no sólo recuerda los lugares por lo que son sino por cómo lo hicieron sentir”.
Santiago Núñez encarna dicha perspectiva. Para él, la labor del músico radica en orquestar una colisión de mundos aparentemente incongruentes. “Crecí entre la música, entre las raíces de mi país”. Recorrió desde el Caribe colombiano hasta la región Andina: “Siempre viajé por mi papá”, explica él, tanto así, que logra “traer a todo el país junto", reflejando un cruce cultural en su música.
Viajar es, a fin de cuentas, el deseo por hallar una verdad diferente a la propia. Cómo expresó un turista que viajó desde Alemania: “en casa, escuchamos música latina…nos encanta. Pero escucharla aquí, es aún mejor, se oye desde otro punto de vista. Es una de las partes más importantes de la cultura”. Así, resaltan que el idioma los hace sentirse “fuertemente conectados” a una identidad que, de otro modo, les resultaría ajena.
En este umbral de ilusión se encuentra Santiago Hernández, un turista de Barranquilla, quien ha viajado por varios municipios colombianos y ha aprendido que solo a través del encuentro con el arte callejero se siente “acogido”.
En el mismo sentido, los locales creen que la música transforma el espacio público. Emmanuel Sánchez, quien nació en Zipaquirá, destaca que los artistas “hacen el ambiente” y contribuyen a revivir la cultura local. Este punto de vista lo comparte la comerciante Ana María Mercedes: “Cuando tocan, qué cosa tan bonita; cantan boleros y hasta yo me emociono”. Ella vende obleas en la plaza desde hace 5 años y ha sido testigo de cómo los vínculos humanos se debilitan, pues describe un municipio lleno de hombros caídos y miradas que no quieren cruzarse. Es ahí donde ella destaca el rol del músico, pues piensa que el arte tiene la capacidad de revitalizar la plaza, creando un refugio ideal para encuentros entre viajeros y residentes, lo cual “ayudaría a que vinieran más personas a apoyar mi negocio”, dice con convicción.
En la calle la cultura se entrega sin garantías: “Que no se acabe el arte…y mucho menos, la música”, dice Jaime. Se distingue la urgencia en su voz, puesto que, moldeada por la incertidumbre, parece ser consciente de que el anhelo se le escapa entre los dedos.
Según Santiago, la experiencia lo ha llevado a percibir el acto de “hacer gorra” como aquel del trueque, cada moneda en su bolsa es el sello de un contrato tácito: comparte su música con el mundo y recibe, a cambio, sustento y reconocimiento. Lejos de todo egoísmo, esto revela un vínculo recíproco: un encuentro entre quien anhela ser escuchado y quien, con igual entrega, está dispuesto a detenerse y oír.
Sin embargo, no es sencillo abrirse camino como músico independiente: “es muy diferente porque el reguetón y la música popular es lo que se está vendiendo, es el mercado…pero nosotros nos quedamos un poco olvidados”, expresa Jaime.
Agrupaciones musicales como la de Belár Castro le dan un giro a esta perspectiva: “todos empezamos en la calle”. Y hoy, ocupan escenarios como aquel frente a la catedral de Sal, donde fueron invitados para rendir homenaje al campesino y enseñarle al turista “lo que los músicos hacían antiguamente”. La banda muestra un gran respeto a sus orígenes, y es así que logran conservar su identidad. Ellos son los arquitectos de una obra genealógica, pues plasman las tradiciones heredadas de sus abuelos a su música.
Así mismo, transforman los instrumentos en herramientas de memoria, en ellas guardan lo vivido, pues cada nota arrastra consigo “una historia de amor”, como lo describe Belar Castro: “lleva un poquito de todo”.
Es la pasión por lo que hacen, lo que son y por su herencia, aquello que los impulsa a entregarse al mundo como quien se entrega a un gran romance. En cada nota persiste una devoción obstinada hacia sus raíces, incluso cuando todo parece conspirar en su contra. Y así, cada canción se asemeja a una carta de amor dedicada a quienes tocaron antes que ellos, y a quienes mañana habrán de heredar la tradición.
Cuando la música desaparece de las calles, “se pierde un poco de la posibilidad de humanización que puede ofrecer al espacio…si está en silencio se siente vacío”, lo que deriva en una mayor percepción de inseguridad, advierte María Isabel Tolosa, música de la Universidad de los Andes y gestora cultural. Frente a este riesgo, la Constitución colombiana, bajo el artículo 70, asume la cultura como un fundamento de la nacionalidad; así, pretende fomentar la expresión y los valores identitarios.
Además, Tolosa resalta la diferencia entre el impacto del arte callejero y el formal: “mientras que la cultura institucional responde a normas y misionalidad…la espontánea refleja emociones más auténticas y obliga a que exista mayor creatividad en el momento de la puesta en escena”.
Con la intención de transformar el entorno urbano y fortalecer este ideal, la Subgerencia de Cultura se plantea una premisa de revitalización, donde lugares de paso se convierten en un “escenario lleno de significado y emoción”. Como señala Tolosa, estrategias como esta otorgan un “valor de experiencia adicional”. Este hace parte del proyecto: Zipaquirá desde el corazón, el cual “busca que las personas se identifiquen con su Zipaquirá”, explica Hanan Al Mutawa.
En este sentido, Lorena Obando Rodríguez, Secretaria de Desarrollo Económico y Turismo, plantea integrar al artista en la cadena de valor del turismo, con el fin de que los 700 mil visitantes anuales de la Catedral de Sal decidan “consumir en el centro histórico…y quedarse”. Además, impulsa el Fondo Progresa 2026, el cual otorga recursos desde 5 millones hasta 12 millones de pesos para potenciar emprendimientos, incluyendo a músicos que deseen fortalecer su actividad cultural”.
El objetivo de estas iniciativas es apoyar a quienes tienen el “ímpetu para seguir trabajando”, dice la secretaria. Así, garantizar que el arte sea un negocio sostenible, pues, como se explica desde la Cámara de Comercio, los artistas “son empresarios” y una pieza fundamental para la “economía popular”: el motor del país.
De Jaime Mateus se sabe lo que la suerte permite. Él, como los suyos, no figura dentro de los mapas ni de las guías de bolsillo. Podrían definirse como un rumor, un murmullo escurridizo que solo perciben quienes se quedan un segundo más de lo prudente.
Aquel encuentro con un músico en las calles de Zipaquirá no es, entonces, más que un juego del azar. Conviene advertir, sin embargo, que dicha experiencia conlleva un precio, pues eventualmente la rutina reclamará su lugar y hará presencia una especie de resaca. Es una sensación que todo viajero conoce alguna vez: no saber con certeza qué parte de lo vivido ocurrió realmente y qué parte fue tan solo un desliz de la imaginación, pues hay lugares de los que uno se marcha con el cuerpo, pero no del todo con el alma; Zipaquirá es uno de ellos.
Aun así, la rutina reclama su lugar y te invade una inquietud, ¿acaso no fue real… o es, precisamente, lo único que alguna vez lo fue?
Conoce más historias, productos y proyectos.