Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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6 de Abril de 2026 10:34
Son las 7:00 a.m. y, para muchos, Bogotá está en un profundo sueño. Para mí, sin embargo, el despertador ha marcado el inicio de una jornada inusual. Mi reto de hoy: vivir mi primera Ciclovía, y hacerlo a pie, en ese frío madrugador que uno siente en los huesos desde que abre la ventana. No voy en bicicleta, no voy a patinar. Solo voy a caminar, a ver qué pasa.
Salgo de mi apartamento rumbo a la Avenida Boyacá, a la altura de la Calle 53. Siempre he visto los domingos como días de cama, cobijas y cero alarmas. Por eso, llegar a la avenida y ver cómo un espacio normalmente dominado por buses, taxis y el trancón se convierte en una pista abierta para miles de personas es impactante. Es como si Bogotá tuviera dos personalidades: la acelerada de entre semana y esta versión dominguera, libre, deportiva y amable.
Mientras camino, lo primero que noto es la disciplina de la gente. Señores mayores, familias completas, mujeres, niños que casi no alcanzan los pedales… todos despiertos, activos, sonrientes. Y yo ahí, medio dormida, preguntándome cómo hacen para levantarse cada semana tan temprano. Pero al avanzar empiezo a entenderlo. Caminar me permite ver cosas que quienes pasan volando en bicicleta quizá no notan: las conversaciones pequeñas, las mascotas felices, las pausas espontáneas para tomar agua o estirar, y ese ambiente que no se siente entre semana.
La avenida, que normalmente me intimida por su ruido, hoy parece un parque lineal gigante que respira distinto. Y yo estoy en ella.
Para entender lo que estaba viviendo, me puse a leer sobre el origen de todo esto. La Ciclovía no es algo nuevo ni improvisado. Nació en 1974, impulsada por un movimiento estudiantil llamado Pro-cicla, que buscaba que la gente pudiera apropiarse de las calles sin carros. El primer ensayo fue el 15 de diciembre de ese año. Una locura para la época: cerrar vías para que la gente hiciera deporte.
En 1976, la Alcaldía formalizó la idea con los Decretos 566 y 567, y así nació oficialmente “La Ciclovía”. Al principio eran solo 40 kilómetros, nada que ver con lo que es hoy. Para los años 90 ya se había expandido a más de 121 kilómetros y la Avenida Boyacá, donde yo estaba caminando, se volvió uno de los ejes principales.
Según la Alcaldía Mayor de Bogotá, hoy en día se calcula que entre 1.5 y 2 millones de personas salen cada domingo y festivo. La ciudad literalmente se reorganiza para que la gente pueda moverse sin carros. Es una tradición que ya hace parte de nuestra identidad bogotana o cultura rola.
Mi primera parada llega cerca de la Calle 80. Siento que el flujo aumenta, las conversaciones son más fuertes y los colores más vivos. Entre patines, bicicletas, perros y caminantes como yo, veo una cadena de puestos que huelen a desayuno. Me antojo de inmediato: un salpicón gigante y un pastel de yuca recién frito. Es ese tipo de comida que uno solo disfruta cuando va sin afán y con frío.
Aquí decido hacer algo que no tenía planeado: acercarme a algunas personas que parecen ser “frecuentes” de la ciclovía para saber cómo viven ellos lo que yo estaba experimentando por primera vez.
La primera fue Diana, una señora de unos 50 años que caminaba rápido, con audífonos y un termo en la mano. “Vengo todos los domingos. Para mí esto es salud mental. Si no salgo, siento que me falta algo”, me contó. Su respuesta me hizo pensar que, para muchos, la ciclovía no es un plan, sino una especie de ritual. Algo que organiza la semana emocionalmente.
Luego hablé con Julián, un chico joven con bicicleta de ruta. “Yo entreno. Aquí uno puede rodar sin carros encima. A veces hago 40 o 50 kilómetros”. Su forma de hablar era seria, enfocada. Esto me hizo pensar que para muchos la ciclovía no es “paseo”: es entrenamiento, disciplina, y una forma de sentirse seguro en una ciudad que no siempre cuida al ciclista.
Muchos otros ciclistas comentaron que la ciclovía da pie a una ruta más larga, empezando en la 80 para después desviarse y llegar al Alto del vino. Así que también es usada como ruta para llegar a destinos más largos. Esto le da más tranquilidad y seguridad al ciclista. Con esos testimonios seguí mi camino, pensando en cómo cada persona le da un sentido distinto al mismo lugar.
Al llegar a la altura del barrio Colina Campestre (cerca de la Calle 134), el panorama es de otro nivel. Aquí sí parece feria, mercado, festival y centro comercial ambulante. Emprendimientos, ropa deportiva, juguetes, collares para perros, talleres móviles, jugos, empanadas, gafas, gorros… todo convive en un mismo espacio.
Cómo iba caminando, pude interactuar con más vendedores. Entre ellos estaba Christian, quien me contó que lleva más de 20 años trabajando ahí. “Es un trabajo pesado, sobre todo cuando hay mucha gente, o cuando llueve”, me dijo. “Pero es lo que me da de comer todos los días”. Me llamó la atención que él se encontraba dentro de la ciclovía, a diferencia de la mayoría de vendedores. Me explicó que es porque su puesto es respaldado por el IDRD. El Instituto de Recreación y Deporte (IDRD) apoya a cerca de 193 vendedores como él, lo que confirma que esta ruta no solo mueve piernas: también mueve economía.
Al llegar a la Calle 153 con avenida Boyacá, mi destino final, sentí el cansancio de haber caminado más de 10 kilómetros. Un cansancio que no pesa, sino que llena. Y mientras estiraba, pensé en todo lo que había visto y escuchado. La ciclovía es Bogotá sin maquillaje. Caótica, diversa, relajada y, de alguna manera, más humana.
Una de las cosas que más me sorprendieron fue ver puestos de carne asada con mesas y sillas que los mismos vendedores se encargaban de llevar; el olor era tal cual, como cuando mi familia decidía hacer asados.
Según el sociólogo Christian Bernal, la ciclovía refleja elementos característicos de la “cultura rola”. “Vender cosas típicas, salir a tomar salpicón, transitar por las avenidas… hay una especie de apropiación del espacio. Se ve la ciudad de otra manera y baja la conflictividad durante la semana”, explica. Además, señala que, aunque persisten barreras geográficas —por ejemplo, personas del norte difícilmente llegan al sur—, la ciclovía genera integración social y promueve hábitos saludables. La actividad física, el atletismo y la convivencia forman parte de un cambio cultural que incentiva estilos de vida más activos.
Bernal también analiza la evolución de la ciclovía a lo largo del tiempo. “Colombia se descubrió por la bicicleta, eso le dio identidad al país. Los primeros ciclistas empezaron a competir en Europa, y quienes podían acceder a estas bicicletas eran una población específica. Hoy, la ciclovía es mucho más grande y diversa, y su economía popular ha generado su propia microcultura”, señala. De esta forma, la ciclovía se convierte en un espacio donde deporte, cultura y economía popular coexisten, y donde la ciudad se observa y se habita de manera diferente.
Me di cuenta de que la ciclovía no es solo una vía cerrada. Es una experiencia social que junta edades, ritmos, cuerpos y realidades distintas en un mismo trayecto. Nadie va al mismo ritmo, pero todos avanzan. Cuando empecé a caminar de regreso, entendí que la ciclovía no se hace con afán: se habita. Y ese reto de levantarme temprano, que parecía difícil, terminó siendo la manera más inesperada y enriquecedora de vivir un “descanso activo”.
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