Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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23 de Mayo de 2026 10:30
Son las diez de la mañana del sábado. El tráfico hacia Cedritos no es tan pesado. En unos treinta minutos ya estoy entrando al centro comercial Cedritos 151, dejando el auto parqueado junto al arcade del sótano. Paso por el primer piso, admirando las varias tiendas de ropa y joyería que hay a lo largo del pasillo, luego subo al segundo, hasta llegar a la plazoleta de comidas. A un lado, por un pasillo poco transitado, está la tienda.
Aunque oficialmente abre a las once de la mañana, ya hay varias personas esperando afuera. Algunos están sentados alrededor de las mesas viendo carpetas llenas de cartas; otros revisan cajas mientras preguntan si alguien tiene justo la carta que lleva semanas buscando. Entre conversaciones se escucha de todo: cómo estuvo la semana, cuánto tiempo llevaban esperando el torneo, o cuánto se prepararon desde el domingo anterior para intentar ganarlo todo.
La tienda se llama Valhalla Hobby Center. En las vitrinas de la entrada se exhiben figuras de colección, accesorios exclusivos, objetos para el hogar de edición limitada y juegos de mesa que la mayoría jamás ha visto. Al fondo, un pequeño stand de videojuegos y un counter abarrotado de mazos sellados, booster packs y guías de juego terminan de confirmar que no se trata de una simple tienda de juguetes, sino de un espacio especializado en cultura lúdica.
El segundo piso es donde ocurre todo. Varias mesas y sillas de madera forman el escenario perfecto para los torneos semanales. Las paredes están llenas de pósters de distintos juegos y franquicias. Veo a los demás jugadores subiendo. Son de todas las edades: jóvenes entre los veinte y los treinta, incluso un padre acompañado de su hijo de doce años; ahí la edad importa poco.
Sobre las mesas se mezclan carpetas, cajas y cartas tiradas por todas partes: unas valen más de veinte dólares; otras apenas unos centavos. Aun así, todas parecen tener importancia para alguien. Algunos llegan con la misma baraja de siempre, esa que llevan usando durante años. Otros aparecen estrenando el deck de la nueva temporada.
A las once y media llega el encargado con la lista de participantes en la mano y comienza a llamar uno por uno para confirmar asistencia. El torneo suele durar entre tres y cuatro rondas, dependiendo de la cantidad de jugadores. Cada duelo puede durar desde quince minutos hasta casi una hora.
¡Yu-Gi-Oh! es un juego de cartas coleccionables nacido en Japón a finales de los años noventa, inspirado en el manga del mismo nombre. Cada jugador construye un mazo de entre cuarenta y sesenta cartas —divididas en monstruos, hechizos y trampas— con las que enfrenta a su rival en duelos por turnos. El objetivo es reducir los puntos de vida del oponente de 8.000 a cero, invocando criaturas fantásticas, activando efectos encadenados y construyendo combos que pueden durar varios minutos.
Un torneo típico se juega en formato suizo: todos los participantes se enfrentan en rondas sucesivas sin eliminación directa, acumulando puntos hasta que los mejores se llegan a cruzar en una final. La preparación, dicen los jugadores, empieza desde el lunes.
Juan Castillo llegó al juego a los trece años, en otro hobby center. Volvió años después atraído por una plataforma digital llamada Duel Links. Hoy es uno de los rostros fijos de los sábados en Valhalla. Para él, lo que pasa sobre las mesas va más allá de ganar o perder. “Los duelos son experiencias. Son compartir con otro jugador momentos, ya sea de jugadas raras o de cosas que pueden estar planeadas de una manera u otra", afirma Castillo.
Los sábados de Juan empiezan en casa. Se prepara, coordina con amigos qué van a almorzar de camino, arma el plan de la tarde como quien organiza una salida en familia. Lleva el deck box con su baraja favorita, unos dados, el playmat y una carpeta llena de cartas para cambio o venta. Todo tiene su lugar. Todo hace parte del ritual antes de competir.
En algún momento saca cartas valuadas en uno o dos millones de pesos. Invirtió ese dinero de vuelta en el juego. Pero no lo ve como un gasto. “Lo veo como una inversión, pues igual pasé con mis amigos, conocí a mucha gente muy bacana, gente que puedo llamar amiga. Eso vale más que la plata”, dice Castillo mientras baraja su deck.
Entre ronda y ronda el ambiente nunca se detiene. Apenas alguien gana o pierde, vuelve a las mesas a revisar carpetas, cambiar cartas o simplemente a hablar. Algunos aprovechan para practicar; otros ayudan a jugadores nuevos enseñándoles técnicas, combos o cómo construir una mejor baraja. Más que una competencia, muchas veces parece una reunión entre amigos que comparten el mismo idioma: el de las cartas.
Liz, la dueña de Valhalla, lo entiende a la perfección. Fundó la tienda junto a dos socios: uno apasionado por los TCG, otro por los juegos de rol, y ella con su amor por el anime. Desde entonces ha sido testigo de cómo personas llegan, se van y regresan, encontrando en ese segundo piso algo inesperado. “Hay familias que viajan juntas, que prácticamente construyeron una familia fuera de su familia natural”, afirma Liz con la naturalidad de quien sabe que su espacio se convirtió en un hogar compartido.
A las tres de la tarde el primer torneo termina y la gente baja a la plazoleta de comidas. Los jugadores se reúnen en mesas junto a sus amigos mientras almuerzan y comentan cómo les fue. Algunos hablan sobre qué van a cambiar para la semana siguiente; otros tienen que irse porque todavía les esperan responsabilidades afuera.
Pero también están quienes vienen pensando en algo más grande. Muchos usan estos torneos semanales como preparación para competencias importantes: un regional, un nacional, un continental. Porque, aunque desde afuera parezca solamente un juego de cartas, para varios de ellos cada sábado es entrenamiento para algo mucho más serio.
Y mientras algunos guardan sus cartas para irse a casa, otros ya están preparando la siguiente ronda del día, abriendo nuevamente sus carpetas, mezclando sus barajas y sentándose otra vez frente al tapete porque en ese pequeño rincón escondido al lado de la plazoleta de comidas, los sábados no giran alrededor del reloj, sino del próximo duelo.
Mientras los duelistas se alistan para el próximo gran evento, hay figuras que se mueven entre mesas y distintas tiendas con una lógica diferente a la del duelo: el carpetero. Jarold Maldonado, quien visita los torneos de Valhalla no solo busca competir, muchos llegan también a revisar qué es lo que trae, a completar la baraja que les falta, a buscar la carta del momento. Y acá es donde el juego y el mercado se cruzan.
Jarold explica que el precio de una carta nunca es arbitrario. Existen páginas como TCGPlayer o Cardtrader que ofrecen referencias, pero al final la oferta y la demanda imponen sus reglas, especialmente cuando se acerca un torneo importante. “Si la carta cuesta cinco dólares en la página, pueden venderla en diez porque la van a pagar, porque la necesitan”, señala con claridad.
También hay cartas cuyo precio puede desplomarse de un día para otro. Si una carta es reimpresa masivamente, su valor puede pasar de cincuenta dólares a apenas dos en cuestión de horas. El carpetero aprende a compensar esas pérdidas con las ganancias de otras ventas. “Cuando buscan una carta y tú la tienes, y hay pocas unidades, la puedes vender más alto; en varias ocasiones esas ganancias equilibran las pérdidas de otras”, afirma Jarold.
Inclusive lo clásico, lo vintage, la primera edición: siempre vale. Las cartas de la primera generación, si están en buen estado, pueden costar miles de dólares. “Las primeras cartas siempre son las más valiosas”, dice Jarold. Lo nostálgico también mueve el mercado, tiene un valor sentimental que se traduce directamente en precio.
A las 7 de la noche, la comunidad de Valhalla se reúne para un espacio antes del gran evento, que llaman “clínica de decks”. Muchos usan este espacio como preparación para la competencia del momento: el torneo nacional. Las conversaciones entre rondas no son solo sobre el duelo que acaba de terminar. Son sobre el mazo que hay que ajustar, la carta que todavía falta conseguir, la estrategia que hay que pulir antes del gran evento.
Son las 8 de la mañana de un domingo y el nacional ha llegado. Los duelistas llegan al Centro Deportivo y Empresarial Colsubsidio “El Cubo”, sede de este semestre para el nacional. Las mesas están alineadas con precisión milimétrica, cada una marcada con un número. Afuera, una fila de jugadores con maletas, deck boxes y carpetas está a la espera de registrarse.
Muchos llegaron desde otras ciudades: Cali, Medellín, Armenia, Cartagena, Barranquilla, etc. Todos vinieron a demostrar que son los mejores duelistas de Colombia.
Organizar un evento no es poca cosa. Jorge Guevara, el organizador del torneo nacional y representante de Unlimited Hobby Center, lo sabe mejor que nadie. Lo primero, explica, es encontrar el lugar adecuado: un espacio cómodo, bien ubicado, de fácil acceso. Después viene todo lo demás. "La logística es bastante fuerte y requiere mucha organización para garantizar que todo funcione bien durante los dos días", cuenta. Papelería, computadores, impresoras, publicidad, mobiliario: cada detalle tiene que estar resuelto antes de que llegue el primer jugador.
El crecimiento ha sido vertiginoso. "En menos de cuatro años pasamos de alrededor de 100 jugadores a más de 500 participantes", dice Jorge. Colombia, afirma, está hoy entre los países más fuertes de la región, fácilmente dentro del top tres en participación y crecimiento competitivo. "Cada vez hay más jugadores con gran nivel compitiendo internacionalmente, las asistencias a los eventos son muy altas y la comunidad sigue creciendo. Lo importante es mantener ese impulso".
Son las 10 de la mañana y los duelistas están esperando la orden para comenzar el evento. Entre los cuatrocientos inscritos hay nombres ya conocidos de Valhalla. Santiago Roa llega con la tranquilidad de quien sabe lo que tiene entre manos: "Me llevo preparando unas dos semanitas— dice—, y espero quedar X-1, de segundo". Daniel Mora tiene otra historia: lleva apenas una semana de preparación intensa, pero las dos o tres anteriores las pasó construyendo y reconstruyendo su decklist hasta dar con la combinación correcta. Ninguno de los dos llegó aquí por casualidad.
Afuera del salón, en los pasillos, el mercado informal no para. Carpeteros como Jarold aprovechan las últimas horas antes de que comience la ronda inaugural para cerrar ventas, conseguir las cartas que alguien necesita con urgencia y reponer lo que ya vendió. Es el mismo ecosistema de los sábados en Valhalla, pero multiplicado por cinco.
Dentro, el head judge llama al silencio. Se acerca el momento del primer sorteo. Los jugadores guardan sus teléfonos, acomodan sus barajas y buscan su mesa asignada. Quinientas personas en una sala, todas con el mismo objetivo.
Jorge mira el salón desde un costado. "Ver todo eso pasar en Colombia es muy especial", dice en voz baja. Y tiene razón. Hace cuatro años esto era un sueño pequeño. Hoy es el torneo más grande del país y hay jugadores que llevan meses preparándose para este momento.
Se anuncia la primera ronda. Las sillas rascan el suelo. Los mazos se barajan por última vez. Y en algún lugar entre todas esas mesas, el próximo campeón nacional de Colombia está por surgir, y en la mente de todos los duelistas solo se repite una frase ¡Es Hora del duelo!
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