Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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5 de Abril de 2026 08:31
Subir a Monserrate con el corazón roto y una buena amiga al lado es una experiencia que nadie debería perderse. Me atrevo a decir que caminar el cerro, al menos una vez en la vida, es un momento que vale la pena vivir, no solo por todo lo que representa, sino también por lo deslumbrante que resulta su paisaje.
La montaña está cubierta de árboles altísimos que brindan sombra a los caminantes, flores coloridas, artesanías de los comerciantes y animales, tanto salvajes como domésticos. El sol se adentra a lo largo del cerro, de tal manera que va guiando el camino hacia la cima.
La iglesia de Monserrate fue construida en 1640 y el Señor caído (el centro de devoción del cerro) llegó para 1656. Casi cien años después, en 1743 y 1745, Bogotá fue sacudida por bruscos temblores, dejando tras su paso terribles pérdidas a lo largo de la ciudad, pero no en la ermita que se ubicaba en la cima de la montaña. Desde entonces, se le atribuye al Señor una protección casi milagrosa. Subir el cerro, más que una caminata, se convirtió en un punto crucial para el peregrinaje.
Llegar al cerro es relativamente sencillo: pasando la Universidad de Los Andes, en el centro de la ciudad, son alrededor de 15 minutos más de caminata hacia arriba para poder ver el letrero de bienvenida. A esta altura, los sonidos de la congestión vial que suelen acompañar a Bogotá se disuelven y el comercio en Monserrate se vuelve protagonista.
En la montaña se puede encontrar desde piña fresca hasta chorizo asado. Cada cierta distancia está ubicado un puesto de negocio. Es común escuchar la famosa frase del comerciante local, “pregunte sin compromiso”. Los precios, teniendo en cuenta que es un lugar tan congestionado y turístico, son justos. Por ejemplo, una porción de sandía fresca cuesta $2,000 COP o una botella de agua, $5,000
Dependiendo de la hora y el clima de la ciudad, puede que haya bastante sol y, aunque se vea más lindo el panorama, la subida se puede complicar un poco por el calor que se siente. Si bien es cierto que la alternativa de subir a la cima del cerro a través del teleférico existe, mi inexplicable susto al ver las alturas me hizo tomar el camino más largo: subir escalón por escalón.
Subí el sendero por primera vez en mi vida, siendo bogotana, a los 20 años, motivada por hacer algún plan diferente a estar en casa. En un punto del camino, escuché a una mujer proveniente de la costa, quien decía que, tras haber vivido en la capital por más de 5 años, era necesario conocer la montaña. Me sentí avergonzada al ser local y no haber ido antes, pero por el simple hecho de la cantidad de gente que suele haber, no me animaba a ir.
Francamente, subestimé por completo el recorrido (imaginaba que iba a ser mucho más corto) y cometí un error imperdonable para las crespas con pelo largo: llevé el cabello suelto. Con cada paso que daba, sentía la necesidad de desistir con mi misión de llegar a la cima, me sentía sofocada, pero me había prometido a mí misma continuar y acabar.
El día era soleado, Bogotá amaneció con un cielo azul, lleno de nubes blancas. Dentro de la montaña, se sentía la humedad de los árboles, el calor humano y un bullicio constante (entre vendedores y parlantes) que podría aturdir a cualquiera. Sin embargo, la solidaridad entre los que subimos es innegable: sonrisas a la hora de parar, chistes de lo difícil que es subir o los comentarios que cada uno tiene sobre su experiencia, me acompañaron durante todo el viaje.
A lo largo del camino, hay varios puntos de información que indican cuánto falta para llegar hasta la cima. Supongo que la alcaldía los ubicó así para animar a los valientes que suben a pie. Sin embargo, a mí me parecieron desalentadores: ¿Cómo así que me faltan todavía 1.350 metros si llevo subiendo ya cuarenta minutos?
Sin embargo, la leyenda es cierta: no se puede pensar en nada más a la hora de enfrentarse con Monserrate y me curé de mi corazón roto con mi ascenso y descenso a pie. Esto tiene una explicación psicológica. De acuerdo con Valeria Moreno, psicóloga de la Universidad Javeriana, la actividad física es crucial para este tipo de situaciones (las mal llamadas tusas): “ayuda a levantar el ánimo, mejora los hábitos de sueño y libera estrés”.
Siendo así, conocí otro lado de la montaña, no necesariamente religioso. Si bien es cierto que muchos de los caminantes que suben, lo hacen por motivos religiosos (algunos ascienden incluso descalzos, otros con guitarra en mano y en coro), la mayoría de las personas lo hacíamos con otro propósito. Como lo explica, Christian Bernal, sociólogo de la Universidad Nacional “las sociedades se han ido desmitificando, es completamente probable que Monserrate se resignifique”.
A la mitad del recorrido, me topé con dos perros, ambos de raza, quienes me miraban desafiantes, escalando la montaña más rápido que yo. Por un momento, pensé que estaban perdidos y, con tan mala suerte, que se toparon con la subida de Monserrate mientras deambulaban sin rumbo por la ciudad. Pero, todo lo contrario, sus dueños eran una enfermera y su hijo, quienes tienen el plan familiar de subir cada sábado.
Me comentaron que no recuerdan desde cuándo nació la tradición familiar, pero que se ha vuelto una pieza esencial para sus vidas. De tal manera, que hasta gestionaron los permisos de los perros, para que puedan subir sin problema. Similar al caso de la señora Eugenia, ya de tercera edad, quien sube a diario para mantenerse saludable.
Aunque yo no haría la subida cada 8 días, ni diariamente, entiendo por qué es un plan tan típico de la ciudad. De cierta manera, subir a Monserrate es forjador de nuestra identidad capitalina. Allí encuentras todo lo que significa ser bogotano: mazorca asada, chicha, salpicón, fruta fresca y hasta refajo.
El ambiente es cálido, la gente es muy amable y respetuosa. Cerca de la capilla, se encuentran los souvenirs que todo extranjero necesita para recordar su estadía en Bogotá. Es un pasillo natural, completamente lleno de comerciantes quienes, a causa de la terrible señal telefónica, solamente reciben efectivo.
En 2024, Bogotá recibió cerca de dos millones de turistas extranjeros, según cifras del Instituto Distrital de Turismo. Desde la pandemia, el número no ha dejado de crecer, lo que se traduce en más empleo, comercio y vida para la ciudad. Ese aumento de turistas no solo se nota en los aeropuertos o en los hoteles: también se siente en los cerros. En Monserrate, la presencia de extranjeros es parte del paisaje.
La montaña es una parada obligatoria para los visitantes de la ciudad. Como lo explica Andrea Izquierdo, guía de Monserrate, “es una de las atracciones turísticas más importantes de la ciudad. Siempre los llevo ahí”. De todas maneras, resulta imposible calcular cuántas personas lo suben a diario, puesto que la entrada es gratuita y sin registro.
Aun así, la montaña acoge a un sinfín de personas, sobre todo los fines de semana. Sin embargo, la Alcaldía aclara que, en Semana Santa, la cantidad de visitantes es mucho mayor a lo que suele ser. Para este año, el cerro tuvo, a lo largo de la semana, un promedio de 250 mil personas. Esto significó un aumento exponencial, puesto que hace dos años, el turismo religioso durante Semana Santa en Monserrate fue de 180 mil personas.
Cuando se llega a la cima, se puede entender el porqué del turismo religioso. La capilla y las figuras de Jesús son deslumbrantes, además se puede escuchar la misa desde cualquier punto en la plaza principal (ubicada al frente de la iglesia) puesto que hay parlantes que la transmiten continuamente.
Si se buscan lugares para almorzar, también se pueden encontrar en la cima. Hay varios restaurantes, todos distribuidos a lo largo de la plaza, con variedad de precios y sabores. La mayoría, ofrecen sazones tradicionales de la región, como el ajiaco, la changua y el chocolate con queso, lo cual, termina encajando perfectamente en el panorama de identidad cultural. A través de nuestros platos típicos, se mantiene el argumento de que Monserrate es un espacio muy rolo. Su propósito es brindar las aristas típicas de la ciudad a todos sus visitantes, desde lo gastronómico, pasando por la vista de la ciudad y por lo que se escucha musicalmente.
De todas formas, si se planea bajar a pie, como yo, no es recomendable comer un plato de ese tamaño antes de iniciar el descenso. La montaña es retadora y por la humedad, varias piedras son resbaladizas; el aire se puede sentir escaso a veces y el sol deshidrata fácilmente. Sin embargo, aunque no está permitido, varios de los visitantes bajan corriendo.
Cuando por fin llegué a tierra firme, mi amada cotidianidad, sentí que ya había hecho todo en la vida. En total, me demoré 3 horas haciendo el recorrido completo: la subida, conociendo la cima y descendiendo. Obligué a mis piernas a seguir caminando hasta la estación más cercana de Transmilenio, “Universidades”, donde tomé el bus y conseguí una silla para seguir viendo el admirable paisaje de Bogotá, con mi corazón reparado gracias a la montaña.
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