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23 de Octubre de 2026 14:30
Dos estudiantes de la Universidad de La Sabana contaron cómo vivieron el proceso de adaptación al campus, las dificultades de mudarse lejos de sus familias y el impacto del acompañamiento institucional en su experiencia.
La Universidad de La Sabana, en Chía, recibió a una parte de ese grupo: estudiantes provenientes de otros municipios y también de distintos países. Dos de ellos contaron cómo fue su paso y vivencia dentro del campus.
Acompañamiento institucional
Alix Blanco, venezolana, estudió Comunicación Social y Periodismo. Eligió Colombia porque las universidades de su país seguían paralizadas tras la pandemia y no quería perder tiempo. Entre los campus que investigó, La Sabana le atrajo por parecerse a los europeos. Hizo sus trámites de admisión y visa por su cuenta, pero reconoció el apoyo institucional cuando Migración tardaba en responder: “La universidad sí fue muy considerada conmigo; a pesar de que me decían que había tiempos límites para cumplir, entendían mi proceso y me ayudaban”, dijo.
Ese acompañamiento no se limitó a lo administrativo. Alix no conocía en detalle los servicios para extranjeros porque no los había necesitado, pero sostuvo que la institución estuvo presente en el bienestar emocional de los estudiantes. Lo comprobó en un momento difícil: “Hubo un momento en el que sufrí, por así decirlo, de xenofobia y la universidad estuvo ahí acompañándome”, expresó.
El reto de la independencia
Lejos de Ubaté, con la mitad del camino por recorrer, Haston, originario de ese municipio, cursaba quinto semestre de Administración de Empresas. Conoció La Sabana en una feria universitaria en su pueblo y la escogió por su calidad académica. Su primer semestre lo hizo viviendo en dicho municipio, pero el costo y los tiempos de transporte no resultaron sostenibles, por lo que se mudó a la zona cercana a la universidad. El cambio fue duro: pasó de la rutina familiar a encargarse él mismo de su vida diaria.
Su balance de la universidad tuvo dos caras. Valoró a los docentes: “Los profesores sí son bastante empáticos, entienden situaciones”, aunque aclaró que no todos mostraron la misma flexibilidad. También señaló que la institución había adaptado un espacio para estudiantes foráneos, aunque nunca participó en él. Aun así, echó de menos una estructura propia para ellos: “No hay un enfoque como tal que nos acompañe”, reconoció.
Adaptación social y la soledad
Ambos coincidieron en que lo difícil no estuvo en las aulas, sino en construir una vida alrededor. Haston recordó que, al mudarse a Chía en segundo semestre, llegó a sentirse solo al no contar con una red de contactos sólida, la cual fortaleció con el tiempo fuera del campus.
Alix, por su parte, tardó en adaptarse a Bogotá y expresó que a los extranjeros les costaba vincularse con los estudiantes colombianos, por lo que propuso la creación de un espacio donde se sintieran más acogidos.
Pese a ello, el balance de ambos fue positivo. A punto de graduarse, Alix resumió lo que significó sentirse en casa lejos de su país: “Ya siento el campus como mi casa, mis amigas como mi casa”, culminó.
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