Amnesia del tiempo en el monte colombiano

19 de Febrero de 2024 00:00

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Por: Envato Elements

Redacción
Editor Periodista
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“La Abuela” no es el nombre que sus padres le dieron al nacer, sino el que fue escogido cuando tenía setenta años por el grupo de doce guerrilleros pertenecientes a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, secuestradores de Magdalena*, ese sí, nombre de nacimiento. Todo lo acontecido dentro de ese periodo de once meses de secuestro ha comenzado a volar de su mente con el tiempo; y quizá, a pesar de que goce ahora de una vida apacible con sus bien extensos 90 años, su terrible experiencia de secuestro es lo que hace que actualmente “La Abuela” tenga una gran historia por contar.

En 1932, cerca al desaparecido Armero, dentro de una recóndita finca repleta de cultivos de los más autóctonos productos colombianos, nació Magdalena, hija menor de 13 hermanos de una familia próspera dedicada a las labores del campo. Con un deseo inimaginable de convertirse en enfermera y unos cuantos años de estudio básico de primaria, esta mujer, que actualmente se ve como las abuelas de las películas, quienes llevan un corto cabello blanco, arrugas en su tez morena y una tierna expresión en su mirada, encontró el amor, que la llevó a construir su propio núcleo con tres hijos hombres. Buscando nuevos horizontes, llegaron a Bogotá con ánimos de conceder mejores oportunidades educativas y laborales para sus sucesores, quienes tomaron sus palabras y, sobre todo el hijo del medio, reflejó desde temprana edad una visión hacia el éxito laboral con un emprendimiento en la industria textil que, desde hace bastantes años, ha tomado liderazgo en el mercado como una marca reconocida de ropa.

Con la tranquilidad de haber hecho lo mejor por sus hijos, Magdalena se fue a vivir a un pueblo que le proveyera mejor calidad de vida por su acogedor clima, que le permitiría sentir una suavidad cálida y penetrante bajo sus mejillas. En el vecindario, se hizo visible por su amabilidad y cariño, pero el motivo más inquietante para sus vecinos era la constante presencia de carros de alta gama de su familia cuando la iban a visitar. Sin duda, el acercamiento del personal de seguridad con la familia llevó a que los guardias tuvieran conocimiento parcial de algunos puntos vulnerables de su segundo hijo. Por eso, Magdalena, una mujer solitaria y de la tercera edad, madre de este exitoso hombre, se convirtió en un blanco perfecto para quienes quisieran aprovecharse del éxito económico de este empresario colombiano.

Así empezó la historia del secuestro del 7 de abril del 2002, cuando se perdería la noción del tiempo y comenzaría la amnesia entre montañas, bosque y trocha.

El sol se ocultaba despacio ante la llegada del crepúsculo, y el alegre pueblo al suroccidente de Bogotá estaba enmarcado por los característicos árboles de cují, mangos y almendros que se alzaban como una imponente barrera encargada de proteger los kilómetros de espacio abierto que se extendían. Bajo el característico sonido del televisor proyectando las noticias de las siete de la noche, Magdalena y su sobrina se encontraban en el sofá que daba hacia la puerta principal de la casa, y, de pronto, escucharon unos golpes en la ventana. Era una vecina con un perrito en las manos:

— Doña Magdalena, ¿cómo está? — habló con entusiasmo— le traigo este perrito para cruzarlo con una de sus perritas.

— No, mija, yo no tengo hembras… puros perritos machitos — afirmó Magdalena.

— Ay, qué pesar, doña Magdalena, bueno, ¿me podría dejar entrar a su baño rápidamente por favor?

Magdalena, con su buena voluntad, le permitió la entrada a esta desconocida y, quizás, ese haya sido el peor error que haya cometido en tantas décadas. Pasaron unos cuantos minutos, cuando de repente, la vecina se abalanzó encima de la señora y comenzó a gritar. Entonces, su sobrina se dio cuenta de que había un carro afuera esperando con dos hombres, que, de un solo jalón, alzaron y raptaron a Magdalena.

La sobrina intentó correr detrás del carro unos cuantos metros, pero, entre agitaciones y llantos, Magdalena se alejaba más y más. Estuvo varias horas dentro del carro hasta que por fin se detuvo. Su cuerpo se sacudió con violencia y luego sintió revolotear como si los hombres no supieran en qué dirección seguir. Pero se pusieron de nuevo en movimiento y se adentraron en matorrales densos, antes de volver a detenerse, de manera más abrupta esta vez. Llegaron más o menos a las tres de la mañana al monte donde empezaría su infierno.

La noche era más negra que cualquiera que Magdalena hubiera visto antes. Por más que agudizara la vista, no había ni el más mínimo atisbo de luz aparte del lejano resplandor de las estrellas. Y el cielo, en cambio, parecía extrañamente cerca, como si se hubiera venido encima como una enorme colcha negra que la aprisionaba con las criaturas nocturnas del suelo. Todo rastro de sueño había desaparecido, y al abrir sus ojos se dio cuenta de que no solo la rodeaba, también la observaba a unos pocos pasos de distancia un grupo de doce personas vestidas con trajes de combate extra grandes y fusiles, quienes la acompañarían por los siguientes 12 meses.

Ahí el “Magdalena” quedaría en el olvido. Sería “la Abuela”, la protagonista de uno de los más reconocidos casos asumidos por los Grupos de Acción Unificada por la Libertad Personal (GAULA).

Los días transcurrían de forma monótona y desgarradora. Fueron caminatas de horas incontables para llegar a lugares todavía peores donde había mínimos rastros de agua para poder bañarse, lavar la muda de ropa que tenían y cocinar la única opción de alimento disponible: sopa de pasta. La mayor parte del tiempo no veníamás que una maraña de hojas delante de ella, y la piel no tardó en protestar por la nueva tanda de arañazos infligidos por las ramas que se devolvían con crueldad para castigarla por haberlas perturbado y por los nuches que se implantaron en su cuerpo por el mal tratamiento de las prendas mojadas.

Las frías madrugadas llegaban con apuro para envolver con rocío y neblina a La Abuela. Lo único que ella tenía era un par de pliegos de periódico, un costal y ramas gruesas, donde se postraba a dormir lo que pudiera con unas ganas inaguantables de ir al baño y cuya solución se definía en orinarse encima. Tenía el pelo descuidado, y las uñas de las manos y los pies incómodamente largas. La única forma de cortarlas era con un machete, pero ella se negó ante esa posibilidad, al igual que se negó a la acción de vestirse con uno de esos pesados trajes camuflados. Esto, porque hacía unos pocos meses La Abuela había escuchado sobre el caso de Consuelo Inés Araújo Noguera, “La Cacica”, exministra de Cultura que fue secuestrada por las FARC y asesinada en un confuso tiroteo tras haber sido confundida como una combatiente por solo estar llevando el famoso uniforme verde.

La tristeza y preocupación de la familia de La Abuela eran inconcebibles desde el primer momento en que supieron que era un secuestro. Llanto, unión y fortaleza primaron en este proceso de aceptación y negociación con las FARC para que su regreso fuera lo más pronto posible. El contacto se hacía por medio del reconocido guerrillero Marco Aurelio Buendía o Aureliano Buendía, como se hacía llamar, tal como el personaje icónico de Cien Años de Soledad. A punta de insultos, llamadas interceptadas e intentos de canje por uno de sus hijos para que La Abuela no tuviese que presenciar semejantes vivencias, pedían diez mil millones de pesos colombianos.

Los pies de la Abuela hablaban por sí solos. Las botas con punta de metal se convirtieron en sus peores enemigas, pues las medias parecían estar adheridas a la carne con pegamento industrial.

— ¡Abuela! Quítese esas medias — gritó un guerrillero.

— Ay, no… Mire cómo se me desprende ese cuero, ¡qué dolor! — gritó La Abuela.

— Métalos en agua rápido, rápido — le ordenó el guerrillero.

Lo único que podía esperar era que sus pies sanaran solos mientras contaba los días a escondidas con una rama y un pedazo de piedra dibujando palitos, cual prisionero. En ningún momento pensó en escaparse; no podía descifrar para dónde coger o qué aceleren la huida. ¿Qué tal la encontraran? ¿Qué tal la mataran? ¿Qué tal se perdiera? Todo iba a ser peor…

Un día, muy temprano en la mañana, llegó el guerrillero al mando dando la orden de levantarse y subir de inmediato a lo más alto del monte. Ella calcula que fue más o menos la distancia de Bogotá a Monserrate caminando entre la selva. Iba más muerta que viva, no sentía sus pies y anhelaba un pequeño trozo de panela, un pan o un vaso de agua para tener la mínima energía para sobrevivir a tremendo esfuerzo. Otro de los guerrilleros, al verla gravemente cansada, le extendió el fusil para que pudiera agarrarse, hasta que llegaron a la cima. La sentaron en una silla y le entregaron una revista que relataba el atentado al Club El Nogal en Bogotá, que conmocionó al país en febrero del 2003. Los guerrilleros sacaron una cámara y fotografiaron a La Abuela. Era una prueba de supervivencia. Una de varias otras que en cierto modo se volvían un tanto cómicas por la actuación que ella debía hacer, fingiendo estar amarrada, pero en realidad solo arruinaba los videos, revoloteando moscas y desatando los presuntos nudos que tenía, porque en toda su historia de secuestro si estuvo amarrada una vez fue mucho.

Del otro lado, primos, hijos, hermanos, sobrinos y nietos se reunían a comer roscón con gaseosa mientras observaban junto a agentes del GAULA los atemorizantes y confusos videos segundo a segundo. Esperando con ansias el momento en que pudieran establecer un acuerdo óptimo, a finales de febrero comenzó a asomarse una luz de esperanza del regreso a casa.

Una tarde, La Abuela, inmersa en sus pensamientos, estaba sentada bajo un fuerte rayo de sol de la tarde, cuando, de repente, llegó uno de los guerrilleros más jóvenes del grupo y le dijo en voz baja: “Abuela, no esté triste. Nos vamos”. La noticia le permitió ir recuperando de a poco, como paso trochero, la identidad de Magdalena, más envejecida por la ausencia y con setenta años revueltos en incredulidad. El joven, bastante insistente, la levantó y le repitió: “Nos vamos, nos vamos. La vamos a entregar, pero tenemos que movernos rápido porque el trayecto es muy largo”. Comenzaron a caminar y encontraron un caballo para ella… y anduvieron toda la noche.

Al amanecer, los guerrilleros vieron que la logística de la entrega estaba lista. Mientras tanto, la familia esperaba una llamada que diera luz verde para iniciar la estrategia planeada con meses de anterioridad. Duraron gran parte del día en la fábrica de ropa de su hijo. En pocas horas, ya habían consumido unas cuatro botellas de whisky que pasaban como agua del estrés tan grande. Mandaron a comprar pollo asado con papas, que realmente nadie determinó. Hasta que brincó el teléfono.

Roberto, sobrino de La Abuela, era un hombre entrando a la tercera edad, de aproximadamente 60 años, con una apariencia humilde sin dejar dudas de su origen de pueblo. Gordito, no muy alto, moreno con bigote y bonachón. Muy buena persona, afectuoso, de esos seres que inspiran confianza y buena onda. Fue el elegido para ser el salvador en tan anhelado momento. Pero claro, todo sacrificio tiene su precio, y el riesgo de ser una segunda víctima siempre estuvo. Sin embargo, la estrategia construida desde meses atrás dio fruto y era la siguiente: Sabiendo que en la carretera habría retenes, enviaron dos camionetas de lujo como señuelos. Era seguro que el Ejército los iba a parar. Lo que los militares no sabían era que en medio de esas dos camionetas iría un Renault 4 de color blanco, con la cojinería repleta de billetes.

En plena madrugada, en el cruce de una vía principal, Roberto se quedó esperando a que llegaran con la tía. Tras largas horas de espera, sin ningún rastro de señal y múltiples llamadas perdidas, vio llegar una moto. ¡Era Magdalena! El guerrillero con el que iba le dijo:

— Abuela, váyase, váyase.

— No, mijo, lléveme con usted, yo tengo miedo — dijo Magdalena con voz cortante.

— Abuela, no, camine como pueda, gatee, corra como pueda hacia las luces de ese carro que allá la están esperando — le replicó.

Roberto se bajó del carro y lentamente se fue acercando hacia donde estaba Magdalena mientras la llamaba en medio de susurros. Ella no sabía quién era, solo sabía que debía hacer lo posible por llegar a esa andante sombra de contextura gruesa. Una vez en sus brazos, dejó el dinero, la llevó al carro y le ofreció pan con queso. Pero ella solo quería partir con la mayor prontitud posible para reunirse con su familia, que no veía desde el 7 de abril del 2002.

Su mente estaba nublada, ella no sabía lo que ocurría. Con una somnolencia irresistible solo sentía el frío aire saliendo de las polvorientas rejillas del auto que habían comprado especialmente para rescatarla. A toda velocidad, se fueron directo a Facatativá, donde estaban sus familiares esperándola.

No puede explicarse en palabras la felicidad enmarcada en el llanto de cada uno de ellos. Era casi como un destilado del dolor que detenía el peso de la angustia, de una lucha que en momentos no tenía fin, una lucha de familia, una lucha de país que permanece aún en las mentes que lo padecieron… y que ahora lo que deja en Magdalena son anécdotas por contar y un rechazo hacia la sopa de pasta.

*Magdalena es el nombre ficticio utilizado en la historia para garantizar la protección de su información personal.

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