Elecciones 2026. Cubrimiento especial.
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1 de Octubre de 2026 08:30
El olvido se instala por medio de la costumbre, esa práctica que entrenamos día tras día; mientras tanto, los desaparecidos empiezan a sentirse como parte del paisaje.
Me encuentro absorta por la tendencia constante al olvido; todo pierde importancia antes de alcanzar siquiera a importarme. Quizá por ello resulta innegablemente paradójico que el nombre que finalmente resonara dentro de mí no fuese colombiano.
Después de tres años de ausencia, Alexis David Ríos volvió a casa. Sin embargo, no volvió caminando: volvió en una funda, con una credencial de elector como único testimonio de su identidad, pues, esa misma tarjeta laminada que alguna vez cargó en su billetera, fue hallada junto a sus restos como primer acercamiento a la identificación de su cuerpo. Él desapareció una tarde de abril de 2023 y, tras ser encontrado en Miguel Alemán, Tamaulipas, a 772 km en línea recta desde Ciudad de México, volvió el martes, 18 de agosto, a los brazos de su madre, brazos que pronto deberán enterrarlo.
La osamenta fue hallada por el grupo de madres buscadoras Amor por los desaparecidos durante la jornada ciento diez realizada por ellas en esa zona. Y este es el positivo número treinta y nueve localizado por la agrupación durante 2026.
“Positivo treinta y nueve. Jornada ciento diez”. Estos fueron los números que intenté memorizar al leer la noticia, los que repetí para mí misma como quien entiende que el hábito del olvido le está ganando terreno a la conciencia. Aun así, antes incluso de digerir las implicaciones de estos datos, una parte de mí, esa que todos tenemos ya adiestrada, había pasado a otra cosa casi como por costumbre. Un video de veinte segundos, un mensaje de whatsapp, un nuevo titular.
Esa es la palabra que me interesa: costumbre. Aquella destreza que debería darme más miedo del que me da, esa que no debe confundirse con indiferencia, pues me refiero a la costumbre como técnica. La maña de olvidar, que se entrena como cualquier otro reflejo y actúa como una función automática del cuerpo.
En la era de la información, el plazo de interés por una noticia es extremadamente corto: a partir de un estudio sobre la atención colectiva, la vida media de una noticia es de 69 minutos, esto es poco más de una hora en la que la noticia aún conserva toda su capacidad para suscitar interés. Los clics tardan aproximadamente dos días en alcanzar su punto máximo desde la publicación antes de comenzar a decaer, de modo que cuarenta y ocho horas es lo que suele durar la información de un suceso antes de ceder su lugar al próximo.
Casi parece que hemos diseñado un lenguaje que obstaculiza a la memoria. Este es un lenguaje de estadísticas: “Positivo treinta y nueve”: un número que no cabe en la cabeza; uno que habla de treinta y nueve personas encontradas entre un mar de ausencias, demasiado grande como para comprenderlo plenamente. En contraste, pienso en los “tres años”: esta es una cifra medible, un plazo humano. El tiempo que tarda una carrera universitaria, el tiempo máximo que suele durar la etapa del enamoramiento, el tiempo que se demora un niño en llegar a la llamada crisis de la infancia. ¿Cuántas veces, entonces, puede sonar un celular que alguien sigue llamando por si acaso durante tres años?
Todo esto ha ocurrido ya en varios puntos del mapa, con otro acento y otro nombre. Si cambiamos Tamaulipas por Bogotá, estamos hablando de alrededor de cinco personas desaparecidas por día según cifras oficiales del Concejo de Bogotá. Cinco, todos los días.
El olvido no sucede, se construye. Miguel Polo Polo se agachó frente a las botas que las Madres de Soacha habían alineado en la calle, un par por cada hijo perdido en los falsos positivos. Después, las metió en una bolsa de basura bajo la premisa de que era meramente un “invento exagerado”. Las botas, sin embargo, eran un medio para hacer tangible la ausencia. La indignación no tardó en hacerse visible. Podría decirse, entonces, que el gesto se volvió contra sí mismo, reforzando la urgencia de seguir recordando. No obstante, exhibió, de forma simultánea, una realidad más incómoda: la existencia de una cultura entera dispuesta a tratar la memoria como algo desechable.
Frente a esto está el trabajo de las madres, el cual me hace suponer que incluso cuando la memoria ha tenido que aprender a llevar inventario, el olvido no es indomable. En Soacha y en Tamaulipas, muchas de ellas han tenido que aprender un oficio que nadie escogería ejercer: buscar, cavar y negarse a olvidar.
“Positivo treinta y nueve, jornada ciento diez.” Una cifra más, archivada entre miles: pero treinta y nueve llegará a cuarenta, y luego a cuarenta y uno, hasta que ningún número alcanza a asustarnos el tiempo suficiente como para ser recordado. La velocidad bajo la que vivimos nos impide medir la anormalidad de la inmediatez, y sin esa medida, lo anómalo termina por parecernos normal.
Nos alimentamos de cada noticia a picoteos, nos dura unos días, y cuando ya no queda nada que nos llene, pasamos a la siguiente de forma penosamente inconsciente. Supongo, entonces, que nos hemos vuelto expertos en el oficio del buitre. Empezará la jornada ciento once, se confirmarán nuevos positivos y los buitres, para entonces, ya estaremos alimentándonos de otra cosa.
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