Ruana vs. bikini: una noche rebelde con Aterciopelados

11 de Noviembre de 2025 11:35

Por: Mariana Contreras Malambo

Valentina Hernández Otero
Fotógrafa y periodista Periodista
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Esta crónica fue escrita a cuatro ojos, dos cámaras y dos voces. Lo que sigue es el eco de esa noche, contado desde nuestras miradas cruzadas. 

Desde los años noventa, la genética de la música colombiana sufrió un cambio rebelde, visceral y profundamente político. Andrea Echeverri y Héctor Buitrago —los icónicos Aterciopelados— han sido una de sus voces más potentes: incómodas cuando toca, dulces cuando quieren, pero sin pelos en la lengua. Su álbum Genes Rebeldes, nominado al Grammy 2026 en la categoría “Mejor álbum de rock latino o alternativo”, y su más reciente sencillo El Futuro es Ya (junto a Wendy Sulca), demuestran que siguen siendo tan vigentes como cuando apenas iniciaron hace 30 años. 

No han dejado de evolucionar ni de cantar verdades que siguen ardiendo. Verlos en vivo no es solo un acto de nostalgia. Es memoria en presente, es resistencia bailada. 

“Agradecida con las coincidencias” (Agradecida, 2025) — Valentina 

Desde mi lugar como fotógrafa —y como alguien que llegó básicamente de sorpresa, reemplazando a una amiga— trataba de encontrar mi foco. No solo en la cámara, sino en mí. Esa noche también me crucé con alguien que me removió cosas viejas… de esas que uno cree ya superadas. Pero no me fui. Al contrario. Respiré hondo, me concentré, y tomé probablemente las mejores fotos de mi vida. 

En la entrada del teatro de la UNICOC, a eso de las 7 de la noche del 25 de octubre, nos encontramos con Mariana. Adentro, nos recibió Ana Milena, productora de Soundtrip —la mente detrás del evento— emocionada de ver energía joven apoyando la escena. Hicimos scouting del auditorio: sin foso ni altura de escenario, había que moverse con cabeza para no tapar a nadie. Decidimos tomar lados opuestos, pero terminamos rotando por todo el lugar, capturando lo que podíamos, cuando podíamos. Y en medio de ese caos, algo se sintió correcto. 

“Macrodosis de revolución” (Rompan Todo, 2025) — Mariana 

Frente a mí, vi a una pareja con dos cervezas Poker, atrás de ellos estaban las letras de la UNICOC y los torniquetes que permiten la entrada. Avancé hasta los torniquetes, una mujer con traje me recibió y me preguntó si iba para el concierto. Yo respondí afirmativamente y recorrí el camino hacia el auditorio Jorge Arango Tamayo. Le envié un mensaje a Valentina avisándole que ya había llegado. Ya en las puertas, mis manos temblaban.  

No sé si era el frío o el nerviosismo de ver a la banda que mi mamá ponía todos los domingos. O ver a la mujer que me enseñó que vestir diferente y alzar la voz en contra de las injusticias era lo correcto y, por medio de sus canciones, me mostró que, como mujer, tengo la fuerza para abrirme paso en caminos prohibidos.  

Aterciopelados es una banda que fusionó la rebeldía con el arte de lo natural, y cuya música grita sobre las pequeñas cosas de la vida, que a veces dejamos en el olvido. Verlos en vivo, su energía y su amor por la música — desde una perspectiva diferente, como fotógrafa — fue ver el eco de la nostalgia de una Colombia que sueña en voz alta.  

Esa voz que se siente detrás del lente de una cámara. Detrás de luces y sonrisas que dan vida a cada rostro que ocupa un asiento y busca gritar con cada canción. Rostros que son acompañados por el rojo de los asientos que rodean en un semicírculo al escenario y se alzan uno tras otro bajo la calidez que generan los cuerpos. Valentina y yo nos separamos, pero, al final, en medio del caos, nos dejamos llevar y nos unimos para captar los momentos más memorables.  

Y cuando se apagan las luces y el escenario queda iluminado por colores, los gritos y aplausos se alzan. Las sonrisas de padres orgullosos que llevan a sus hijos envueltos en ropa de colores, aquel chico con una ruana y su familia, la niña vestida como el Sombrerero Loco de Alicia en el País de las Maravillas, las parejas jóvenes y mayores que se levantaron para bailar. Todos demostraron que Aterciopelados no es cosa del pasado, sino que son artistas que prevalecen en el tiempo y conectan generaciones y emociones. 

Músicos que reúnen espíritus de diversas partes del país para bailar al son de Andrea Echeverri. Cuando ella preguntó de dónde venían, sonaron lugares como Ibagué, Chía, Tocancipá o Medellín, que dieron paso a la risa y formaron una conexión que trascendió con mensajes que buscan dar voz a aquellas situaciones que nos llegan al alma y nos duelen.  

Carnestoléndica — Valentina 

No conocía Ruana versus Bikini, del álbum Genes Rebeldes, y se volvió uno de mis momentos favoritos de la noche. Echeverri contó que era la primera vez que le escribía a la envidia, y esa vulnerabilidad me sorprendió. La canción no ataca ni juzga, pero sí pone sobre la mesa una comparación que muchas mujeres se hacen en silencio. No se trata de menospreciar a las artistas del pop o el reguetón —como ella dijo con humor, “las viejas en pelota”—, sino de preguntarse: ¿por qué a veces sentimos que no somos suficientes si no encajamos en ese molde? Fue honesto, valiente e increíble de oír en vivo. 

Después, Florecita Rockera. Echeverri, Buitrago y los demás instrumentistas se pusieron unas gafas gigantes con luces, y todo el auditorio se iluminó con esa energía. Pero lo mejor estaba en el público: niñas con sus propias gafas locas, bailando felices. Me pareció hermoso ver cómo este tipo de música sigue conectando con nuevas generaciones. Puede que hoy no entiendan del todo las letras, pero mañana las van a vivir. Y ojalá, las conviertan en acciones. 

Aunque el ambiente fue, en general, cálido y receptivo, hubo momentos que rompieron levemente la dinámica del show. Algunos asistentes interrumpieron con gritos espontáneos —desde el clásico “¡Héctor, te amo!” hasta solicitudes puntuales de canciones fuera del setlist. En un momento particular, una espectadora pidió a voz en cuello que interpretaran su tema favorito que, según dijo, “nunca han tocado en vivo”. Echeverri simplemente dijo que la canción era bonita… y siguió con el repertorio previsto. No hubo tensión, pero el momento dejó una sensación extraña en el aire, como si algo se hubiera desacomodado por unos segundos. 

Más allá del episodio puntual, la escena me dejó una discusión silenciosa sobre la etiqueta en los conciertos. Pedir canciones no es en sí un problema, pero el cómo —y el cuándo— sí puede marcar la diferencia. En espacios teatrales, donde la experiencia busca ser más íntima y compartida, gritar desde la butaca puede romper no solo el ritmo del artista, sino también la atmósfera emocional del público. No hubo reproches explícitos, pero la energía colectiva pareció detenerse, incómoda, por un instante. Como si todos pensáramos lo mismo, sin decirlo. 

“Yo, medio monja, vieja y rockera” (MOR, 2025) — Mariana 

Pero, como suele pasar en los shows, la energía no se detuvo. Bastó una acción de Echeverri, una mirada entre los músicos y un movimiento de Buitrago para que el momento se olvidara. Y cuando comenzó a cantar sobre átomos que colapsan en la magia del cosmos, nadie pudo evitar reaccionar a su energía. 

Un momento que recuerdo fuertemente fue cuando Echeverri se quitó los zapatos y quedó descalza en el escenario. Era como si quisiera sentir con más fuerza el vibrar de la música y la fuerza de las voces del público. También, cuando usaron máscaras de animales para cantar Rompecabezas, fue como si el amor por la naturaleza se transmitiera en una sola imagen. 

Otro de esos momentos — de los que más recuerdo con cariño— fue con Valentina. Estábamos tiradas en el piso, con el polvo llenando nuestra ropa, pero siempre capturando cada momento que podíamos. Teníamos sonrisas de emoción y nos sentíamos unidas con la gente que cantaba y bailaba. 

Como aquellas mujeres que se movían con emoción, con las niñas que se subieron al escenario y brillaban bajo las luces azules y, también, con aquella chica que miraba a Echeverri como si hubiera caído bajo un hechizo desde que comenzó el show. 

Pero esa noche no fue solo música. También fue de lucha y esperanza. Aterciopelados, en medio de su concierto, nos devolvió a una realidad que nos duele. Así como en Colombia seguimos en la búsqueda de justicia, en otros rincones del mundo también se alzan voces que claman por paz. Con la mención de Palestina, un territorio marcado por el conflicto y el sufrimiento, ese llamado invita a que la vida vuelva a florecer donde hoy hay dolor. 

“Repertorio Dorado” (Eterno, 2025) — Epílogo 

Aterciopelados no solo dio un buen show: abrió un espacio donde se cruzaron generaciones, memorias y muchas preguntas que siguen vivas. Desde dos cámaras distintas intentamos contar lo que pasó —y lo que se sintió— en una noche que, aunque ya pasó, sigue haciendo eco. 

Ese eco no se detiene. La banda acaba de presentarse en el México Rock Fest, regresará a Colombia el 20 de noviembre para tocar en Villavicencio, y en diciembre llevará su gira a Estados Unidos. Además, hoy, 7 de noviembre, lanzaron una colaboración con la peruana Wendy Sulca a favor del planeta.

Porque más allá del teatro, las canciones siguen ahí. Hablando de cuerpo, de envidia, de protesta, de amor, de lo que duele y de lo que resiste. Oír a Aterciopelados hoy no es solo mirar atrás, es entender lo que todavía nos queda por cantar. 

Volver a sus discos, seguirles la pista, y apoyar los espacios donde el arte incomoda, abraza y propone… eso también es hacer memoria. 

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