Rock al Parque: inconsciente colectivo

19 de Octubre de 2026 15:15

Público mirando un show en la tarima de Vans de Rock al Parque
Por: Santiago Contreras Acosta

Santiago Contreras Acosta
Periodista Periodista
Compartir

Nadie vino a portarse bien

Íbamos caminando sobre la carrera 60; eran las 1:40 de la tarde y mi amigo Luis decidió gastar $15.000 pesos en una camiseta de My Chemical Romance. “Está re barata”, me dijo. A mi izquierda había dos chicos indecisos, “¿Cuál compramos?”, preguntó uno. “Uy, no sé… ¿una de Morat?”, respondió el otro. “¡Jajaja!”, estallaron ambos.

Era el primer día de Rock al Parque, que cumplía 30 años, y el código de vestimenta era irse de negro hasta las uñas. El humo de los asados de mazorca no alcanzó a ocultar los estampados de Megadeth e Iron Maiden en esas chaquetas gruesas y oscuras. Yo llevaba una chaqueta estilo Liam Gallagher, negra, arremangada para que en mi muñeca derecha se viera la cinta que me legitimaba como “Prensa”. Estaba acreditado como periodista en el festival gratuito más grande de Latinoamérica.

“Acá al frente nos van a requisar”, dijo Luis. Me descolgué la bolsa, nervioso por el esfero que guardé. “¿Esto es un lapicero?”, preguntó el guardia. “Sí”, respondí, y lo tiró a una bolsa de basura.

“Menos mal no metió la mano en el bolsillo izquierdo”, le dije a Luis: mi esfero principal reposaba en el jean, detrás de una libreta.

El festival estaba casi vacío. Mi amigo me explicó que, de los tres días, hoy era el “metalero”; por eso no había gente apeñuscada. Era temprano y, menos mal, no había llovido.

“Porro, perico, porro, perico”, cantó el vendedor entre la multitud que veía a la banda de brutal death metal Solegnium en el escenario Plaza. Me sorprendió la venta tan libre de drogas: los dealers caminaban entre nosotros con bolsas ziploc en la mano y miraban a los ojos, esperando algún cliente.

“¿Quiénes nos conocen desde Soacha, de Kennedy, de Suba, de todos esos barrios que tienen a las verdaderas bandas?”, preguntó el vocalista de la banda, antes de que el público levantara los brazos.

Hacía frío y llevamos veinte minutos parados. Solegnium ya tocó varias canciones, como “Stages of Putrefaction”. No entendí nada de las letras: puro descontrol de guitarras distorsionadas y doble bombo rapidísimo. El parche de metaleros frente a mí solo fumaba y tomaba; los ánimos todavía se estaban calentando.

Aburridos, decidimos ir a ver a Darkness. Luis estudia en la EMMAT (Escuela de Música, Medios y Tecnología) y uno de sus profesores es el guitarrista de esa banda: argumento perfecto para meterse a un pogo.

Caminamos hacia el escenario BBC y vimos, a mi juicio, demasiada publicidad: Electrolife, Vans, Aguardiente Amarillo. A la izquierda estaban las carpas de emprendimientos y alcancé a ver la de I.R.A., banda de punk de Medellín. “¿Será que quienes venden blunts de marihuana lograrán competirle a las grandes marcas?”, me pregunté. Al fin y al cabo, un porro es más barato que una camiseta de Vans.

2:40 de la tarde. Estábamos bajo el techo del escenario, rodeados de adultos de distintas edades, la mayoría hombres. Un tipo llevaba una camiseta llamativa: “Un verdadero hombre solo compra en el D1”, decía el estampado. Alcanzábamos a ver la tarima; huele a nicotina, ¿o a marihuana? La verdad nunca pude diferenciar su olor.

“Qué chimba que se pueda beber. ¿¡A quién le gusta la pola!?”, gritó el presentador antes de darle la entrada a Darkness.

La banda apareció: el bajista, vestido de militar, apuntó con su instrumento en forma de fusil al vocalista. “Guerrofobia” arrancó con un bajo veloz y el público saltó de inmediato. Luis me dijo “Ven, tenme esto acá, porfa”; recibí su chaqueta y lo vi meterse al pogo. Las guitarras sonaron como un motor e hicieron que la gente corriera más rápido.

Dudé entrar, pero me hacía falta movimiento: solo agitaba el hijuemadre cuello, así no aguantaba… Luis volvió, le dije que iba al pogo y abrió los ojos sorprendido.

“Permiso”, “Qué pena”, “Disculpe”, murmuré cabizbajo mientras me dirigía al mosh pit. Era yo (lo sigo siendo) un escuálido joven que podía ser desarmado de un puñetazo. Pero eso se me olvidó. No había tiempo de pensar: corrí en círculos, me cubrí la nuca como me aconsejó Luis y choqué brazos con los demás; “No es grave”, me repetía en mi mente. “Es como una estación del Transmi”.

Al volver, vi a un tipo barbado con un carné que ponía “PRENSA”. “Ahora sí puedo aprovechar mi acreditación”, pensé. Luis me dijo que estaba esperando a que un amigo le contestara.

“Ahora nos vemos, voy a seguir a ese señor hasta prensa”, le dije.

“De una”, respondió.

Pero lo perdí de vista, y mi esperanza fue una chica del chaleco verde de logística que me dijo que la entrada de prensa estaba al fondo, por el escenario Plaza. Caminé a zancadas amplias; vi una entrada de rejas negras, donde dos de logística escanearon el QR de mi cinta y, a las 3:27, descubrí el pedazo “Secreto” de Rock al Parque.

Estaba nervioso en el foso del show de Narcocracia. El vocalista, parado en medio de la tarima, agarró el micrófono con ambas manos y soltó un grito ensordecedor de seis segundos, mientras que la batería estallaba con el ya característico doble bombo. Había muchos fotógrafos, incluido el profesor que me dio Fotografía en primer semestre; traté de hacer contacto visual, pero no se acuerda de mí.

“¡Firmes por las nalgas!”, gritó el frontman sin camisa.

“¡Abelardo, gonorrea, el pueblo no copea!”, exclamó un puñado de metaleros.

No paraba de pensar que hace unas horas yo estaba allá, en esa multitud de chaquetas negras que jugaba con dos balones de playa. “Ahora estoy al lado de la gente que vino a trabajar más que a disfrutar, creo”, pensé.

La agrupación Vein subió al escenario Plaza, pero mis ojos se centraron en dos personas de logística que daban entrada a un sitio peculiar: una carpa gigante con un camino blanco en zigzag frente a su entrada.

Me escanearon de nuevo el QR, entré y lo primero que vi fue un sillón gigante frente a un logo de IDARTES. “Estoy en las ruedas de prensa”, pensé. “Juemadre, ¿yo qué hago acá?”. Todos tenían barba y unas cuantas arrugas junto a laptops con software de edición abierto… Yo, mi libretica y mi esfero.

Entre botellas de Electrolife y maletas alcancé a ver a Patricia Godes, la legendaria autora, periodista y escritora española. Me acerqué.

“Patricia, buenas tardes”.

“Hola”.

“¿Tiene algún consejo para escribir una crónica de Rock al Parque?”.

“Pues, primero, anota ahí: no beber ni una cerveza”.

“Ok, ok”.

“Pregunta a la gente: no hay festival sin la gente. Ten los ojos abiertos y no tengas miedo de escribir la crítica negativa. Y, como en el colegio, escribir bien con sujeto, verbo y predicado”.

Le agradecí y le dije, con sonrisa tímida, que siguiera disfrutando del festival.

Salí de la carpa. A mi izquierda estaba el set de Canal Capital, con Danny Galvis; a mi derecha, una carpa roja de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas permanecía casi vacía. Escapé de esa mini ciudad que, más que el Vaticano, parecía un pueblito de un juego de Nintendo.

Salí por la reja que me vio entrar, con la sensación de que no sería la última vez. La señal telefónica falló y a Luis no le entraban las llamadas. Iba a ciegas hacia el escenario Eco, donde él se encontraría con otros amigos.

Entre la gente apareció una cara familiar: Sebastián Rosas, estudiante de la Universidad La Sabana. Nos saludamos y, la verdad, me alivió ver a alguien conocido en medio de la falta de internet. Me presentó a su amigo y caminé con ellos. “¿Quieres ir a producción?”, preguntó Sebastián; le expliqué que no me dejaban porque mi manilla era diferente.

Sabía que él había venido a tomar fotos, así que le pregunté cómo cuidaba los equipos en medio del caos. Me contó que tuvo que meterse a un pogo para grabar y estar pendiente. “¿Y priorizaste tu integridad física o el plano?”, le pregunté. “Yo priorizaba el plano, jajá”, remató.

Nos despedimos frente a la entrada de producción; esperaba que le vaya bien.

Mientras avanzaba, vi una reja parecida a la de Plaza, al costado izquierdo de la tarima de Eco. Entré al foso; había personas mirando las pantallas sabiendo que tenían a End It a menos de diez metros. Me llamó la atención el vocalista, que cantaba como si tuviera pulmones infinitos; el bajista tocaba con púa y el sonido era delicioso, garajero, distorsionado.

Miré el celular para apuntar la hora: eran las 4:12. Aproveché que estaba al frente para mirar atrás y analizar a la gente. La mayoría no cantó… otros movieron la cabeza y levantaron los brazos para grabar, obstaculizando la vista de los de atrás.

Volví a la multitud y vi a Luis, que me presentó a Jerónimo. Este me contó, despreocupado, que en un pogo capaz le rompió la nariz a un extraño con un codazo. Luego alzó la voz para explicarme lo absurdo que es ver gente grabando conciertos. “Para eso vaya y prenda Canal Capital”, dijo enojado.

No habíamos comido nada, así que caímos a los restaurantes. Los paquetes de papas estaban a $10.000 en Dog Town, pero yo quería un Frisnack; nos acercamos a Frisby y el cajero dijo que no tenían. Me decidí por un combo de poco más de 15 nuggets con una ensalada. Costó $36.500.

“Todo está caro…”, reflexionó Luis.

Me sentía en Haight-Ashbury en 1967: olía a hippies, a contracultura, a pelos largos. Había demasiados cigarrillos tirados en el pasto. La gente se acomodaba donde podía; otros, afortunados, consiguieron mesas de madera o se sentaron bajo los árboles, como Ricardo. A él no le preocupó la venta libre de drogas. “El alcohol es una droga legal, ¿por qué no legalizan los porros?”, cuestionaba mirando al horizonte. Lo que sí le preocupaba eran las camisetas deportivas. “Vea, allá hay un man con una camiseta del Junior (de Barranquilla) y se supone que no se pueden vestir con eso por norma del festival”.

Después de almorzar, a las 5:10 nos dirigimos al escenario Bio, donde Syracusæ brindó un metal progresivo bien potente.

Mientras charlábamos de música, vi a un grupo de jóvenes, y entre ellos a Julieta, una melómana con la bandera de Palestina amarrada al cuello, a modo de capa. “Vaya y háblele”, me dijo Jerónimo. “Bueno”, respondí, y corrí hacia ellos.

Julieta me explicó que la música tenía que servir para no olvidar el genocidio, “que la gente escuche el mensaje de la música”. Argumentaba que el arte nunca es ajeno a la política y que espacios como Rock Al Parque deben usarse para apoyar causas.

En la multitud de Bio, los hombres seguían siendo mayoría. El nombre de la banda aparecía en la pantalla: SYRACUSÆ, en tipografía grande y roja que atraía al ojo como un imán.

Estábamos juntos y era difícil perdernos; por eso le dije a los muchachos que iba de nuevo al foso. Frente a la tarima, el vocalista lanzaba guturales que yo no alcanzaba a entender; el bajista tocaba en slap, pero tampoco alcanzaba a oírlo. “O estoy bien sordo o el bajo definitivamente no se oye”, pensé. Aun así, la banda me hizo vibrar. La batería era pegadiza, te hacía cabecear al instante y los gritos siempre eran una chimba: hacían temblar.

“Necesito citas de periodistas”, recordé. Vi a un hombre de pelo largo con barba, y me acerqué.

“¿Puedo hacerle una pregunta muy puntual?”, le dije, intentando hacerme escuchar sobre el ruido.

Asintió con la cabeza.

“¿Por qué los periodistas deberían seguir cubriendo Rock al Parque?”, pregunté.

“Primero, Rock al Parque nos pertenece a todos, es patrimonio cultural. Segundo, es la vitrina para agrupaciones bogotanas como Syracusæ. Bogotá es muy rockera. Y sobre los periodistas, Rock al Parque es una escuela tremenda para periodismo”.

Se presentó como Andrés Linares, periodista, jefe de prensa de Syracusæ y director del medio alternativo Rugidos Disidentes. Después de intercambiar contacto, me dijo que fuera en media hora a la carpa de prensa, porque Syracusæ iba a dar una entrevista. Le agradecí y le dije que “De una”.

Salí y me metí entre la multitud para llegar al otro lado del escenario, por los bordes donde casi no había gente. Observé a un tipo sentado, con la espalda apoyada en el muro que nos separaba del foso.

“¿Cómo está? ¿Le puedo hacer una pregunta?”.

No contestó. Tenía los ojos entrecerrados y pensé: “Este man está dormido”. Los abrió, inclinó la cabeza como quien se preguntaba algo y le solté “¿Qué es lo que más le gusta de Syracusæ?”. Seguía sin contestar; levantó lentamente su mano izquierda, con un rollo de papel quemado entre los dedos, y me sacó el pulgar: Quería que me fuera.

“¿Estará drogado? Probablemente”, dije en voz baja mientras me alejaba.

¿Qué pasa si ocurre una emergencia y este señor, que claramente no está en sus cinco sentidos, no puede hacer nada? Los dealers venden la droga, están atentos; los clientes, puede que no…

Alejado de la multitud, saqué el celular, abrí la app de Fotos y busqué el reglamento de Rock al Parque. Leí cada punto, “Ah bueno, sí nombran las drogas”.

“¿Entonces por qué los de logística no hablan con los dealers?”, “¿Por qué no les dicen que está prohibido vender perico?”, me cuestioné.

“Es un festival gratuito, en Bogotá”, me respondí. Pero eso sí, escribir “Alcohol y sustancias psicoactivas” en un reglamento es un saludo a la bandera más que una acción concreta. Igual, droga es droga.

Vi a los chicos, les conté lo ocurrido y les expliqué que a las 6 de la tarde debía volver a la carpa de prensa. Ya se ocultaba el sol y menos mal no había llovido. Syracusæ tocaba “Baracunatana” de Aterciopelados, mientras me dirigía a la entrevista; a mi derecha, un hombre de pelo corto estaba disfrazado de unicornio. “Ojalá no se acalore”, deseé.

5:58. Estaba en la rueda de prensa y los flashes salían como corcheas. Había mucha gente ocupada, y hasta un señor trabajaba de pie en algo que parecía Adobe Premiere.

En el sofá principal estaba un hombre envejecido (a mi juicio), de pelo largo y blanco: Pelle “Hellbutcher” Gustavsson, quien tocó black metal en el escenario Plaza a las 4:50.

“Bueno, el sonido es crudo, orgánico y destructivo, capturando la energía de los 80. Ustedes, en el estudio, usan equipos análogos. ¿Cómo hicieron para mantener esa esencia cruda?”, preguntó un periodista. La traductora le trasladó la pregunta a Pelle, quien contestó que eran una banda vieja escuela, con influencias como Motörhead, y que no trataban de ser modernos.

“Hmmm, ‘banda vieja escuela’… ‘no tratamos de ser modernos’…”, medité las respuestas en busca de una pregunta. La moderadora estaba a mi izquierda; le toqué el hombro y le imploré que me dejara preguntar, que ya la tenía, que se la hacía en inglés, que era rápida. Ella contó a los periodistas, giró la cabeza y me dijo que sí, pero que pregunte en español para que todos entiendan.

“¡Listo, preparado, dale!”, me dijo al instante.

“Soy Santiago Contreras, de Conexión Sabana 360. Como ya dijiste, ustedes son una agrupación vieja escuela. Pero ¿cómo hacen para conectar con una audiencia más joven en medio de tanto ruido digital?”. Al final la tiré, con el corazón en la garganta.

“Muy bien”, dijo el presentador.

La traductora respondió: “Realmente no pensamos en nada, simplemente hacemos la música que nos gusta, para la gente que le gusta, y todo lo demás cae en su lugar”.

Cerca de las 6:40 me encontré con Andrés, el jefe de prensa de Syracusæ. Charlamos un buen rato; le sorprendió ver a un pelado tan joven anotando en libreta y me pidió que le mandara mis crónicas. Me presentó como “cronista” ante el vocalista de Syracusæ, Tomás Pérez, y charlamos unos minutos: Me dijo que, aunque han tocado en Dinamarca, le encantaba presentarse en festivales gratuitos como este. Nos dimos la mano, le agradecí, me despedí de Andrés y salí de la carpa. Vi mi celular: 15% de batería, las 7:04 de la noche. Estaba perdido, no sabía dónde estaban los muchachos.

En los emprendimientos, las luces amarillas brillaban sobre la basura postrada en el pasto; dos chicas, vestidas de negro y con medias de malla, reposaban acostadas mirando el cielo. Los baños portátiles parecían puertas giratorias: salía y entraba gente. Decidí explorar uno y, justo en ese, no había papel.

Luis recibió mis mensajes y acordamos vernos en Bio. Valore tocaba frente a una pantalla roja con calaveras negras; el guitarrista soltó un solo que sonaba como motosierra. Sentado de piernas cruzadas en el foso, me fijé en una chica que agitaba la bandera de la Unión Soviética, apoyada en el muro para que no se le agotaran los brazos.

El reloj marcó las 8 de la noche. La basura inundaba el escenario: una chica estaba acostada junto a dos botellas de trago vacías y un tipo bostezó mientras cabeceaba al ritmo de la música. Me sorprendió lo normalizado que estaba caminar sobre plástico, latas y cigarros; la gente pensaba que eran parte del pasto.

Con los muchachos de nuevo, me dijeron que fuéramos a Plaza a ver a Perpetual Warfare. “Tremendo pogo el que se va a armar”, intuían. Ya no le cabían más personas al lugar: Nos agarramos de los hombros y, en fila, nos movimos espichados hacia el centro del campo. “Porro, cigarros, porro”, gritaban los vendedores. “¡Me voy a vomitar!”, gritó un hombre, inclinándose hacia delante para que la gente, asustada, le diera paso.

Y el pogo se dio. Luis y yo corrimos con los brazos en la espalda del otro para no perdernos. Noté cómo la gente levantaba a quienes se caían, dando la arenga rola de “¡Hágale, hágale!”. Hombres corrían sin camiseta, mostrando sus tatuajes sin miedo a que les cayera algún golpe; las mujeres tampoco eran ajenas al pogo: una empezó a gritar como si se estuviera desahogando, tenía una bandana de alguna de esas bandas de metal de nicho; corría en círculos abrazada de un tipo.

“Me golpearon la mandíbula, pero bueno”, nos dijo Jerónimo. Enseguida recordé que yo estaba en plena recuperación de una cirugía maxilofacial: no podía correr riesgos, mucho menos meterme en un pogo. “Ya qué”, pensé.

Me despedí de los chicos; y por última vez en el día crucé el foso. La voz de la publicidad del festival salía de los parlantes: “Rock al Parque cumple 30 años…”, y un hombre le respondía: “¡Ya sabemos, hijueputa!”. Yo estoy grabando la escena, en video. Ahora me respondió a mí: “¡Deje de grabar, hijueputa!”.

Bajé el celular, y alcancé a ver cómo salía un chico adolorido de la multitud. Lo recibió el personal de logística, que me dijo que lo golpearon. Aproveché para preguntarle qué pasa con la basura del festival y me respondió: “Eso es trabajo de los de limpieza… pobrecitos”.

Al llegar a la carpa de Prensa encontré un paquete de galletas Oreo tirado frente al sofá. Salí por el otro lado y me crucé con una chica joven de logística, Sara. Hablamos un buen rato, y fue dejando frases como “Este trabajo es bien negrero”, “Llevo parada desde las 11 de la mañana”, “Solo nos dan descansos de, por mucho, 15 minutos”. Le comenté que había visto a gente de logística con tapones de oídos y le pregunté si el festival se los patrocinaba. “¿Tú crees que a una empresa le importa el bienestar de sus empleados?”, me respondió y se formó un silencio de dos segundos.

“¿Y qué estás haciendo en este lado?”, me preguntó.

“Creo que voy a hacer una crónica de estos días”.

“Hmmm, el periodismo nunca me pareció objetivo, ¿sabes?”.

“Exacto, este género sirve para escribir todo tal cual pasó”.

“Suerte con eso”, me respondió.

Parados al lado de la carpa, ella sostenía una botella de agua y le dije que esperaba verla pronto. “Que descanses”, concluyó.

En medio del silencio, una periodista miraba su celular. Arrancamos a hablar de periodismo y del gobierno actual; me dijo que le sorprendía la ineficacia del presidente y cómo, a su juicio, varias veces había violado la Constitución. Le pregunté cómo hacía periodismo en un país que no escucha. “La verdad, yo trabajo sola, ¿sabes?”, me respondió sonriendo.

Su amigo, Juan, llegó y nos escuchó. “Yo pienso que Colombia es un pseudoentorno gigantesco; a la gente le gusta simplificar demasiado la realidad a partir de prejuicios”, le comenté a la periodista, que me miraba asintiendo con la cabeza.

Los dos se alistaron para irse. Me despedí de ella; Juan me miró y lanzó lo que podría ser una pulla (o una esperanza nostálgica): “Siga con esa inocencia. Espero que le dure”.

Asfalto agridulce

“Porfa, déjenos sobre el Parque de los Novios”, le dije al conductor del Yango después de ver el trancón del frente. Estaba con Isabella, compañera de estudio. Eran las 4:24 de la tarde y caminábamos entre el humo de los asados de mazorca intentando abrirnos paso hasta el festival, en su segundo día. La prioridad era cantar “Por qué no se van”, de Los Prisioneros, en el recital de Claudio Narea.

A diferencia del primer día de Rock al Parque, la paleta de colores estaba más variada: chaquetas amarillas, caras pintadas de blanco y chicas con cintas que ponían “Femme Fatale” sobre sus cuerpos. “Hay demasiadas personas. Si ayer asistieron más de 190.000, hoy fijo es el triple”, pensé. Tras cruzar la requisa y camuflar mi esfero en el bolsillo del jean, entramos al campo del escenario Plaza: la multitud parecía sacada de la película Troya; Isabella me agarró del brazo para evitar perdernos, y eso que apenas arrancó la jornada, con un clima parecido al de Mad Max.

Estábamos de pie en un espacio diminuto; tenía que tener cuidado al levantar los brazos para no golpear a alguien. “¡Vamos, Bogotá, nos cuidamos entre todos! ¡Un paso hacia atrás, por favor!”, exclamó una voz que salió de los parlantes de la tarima. Era imposible hacerle caso: si dábamos un paso hacia atrás, hacíamos que las personas se cayeran como dominó; era absurdo. Al fondo alcancé a ver cómo alguien ondeaba una bandera de Palestina amarrada a un palo, mientras que Narea, a las 5:10, se subía a cantar “We are sudamerican rockers”. Había gente sentada sobre el pasto, fumando, y de la nada se cruzaron personas, en fila, que intentaron amontonarse al frente; nos chocaron sin pedir permiso. “¿Será que esta gente que camina sin pensar en los demás es la misma que hace unos momentos coreó ‘Abelardo, gonorrea, el pueblo no copea’?”, le pregunté a Isabella.

Los acordes de “Por qué no se van” sonaron y la gente estalló. Canté a grito herido con Isabella; saltamos con cuidado de no pisar a nadie. En medio de la euforia, la basura hizo acto de presencia: todos esos parches sentados sobre el pasto tiraron sus cigarros y latas de cerveza sin importar donde caían.

Entre empujones, la sed no se pudo ignorar y le dije a Isabella, “Salgamos por el foso, está jodido salir entre toda esta gente”.

El problema era que ella no tenía una manilla de prensa; igual nos acercamos a la entrada y una señora, al ver mi muñeca derecha, nos dejó entrar al foso. “Menos mal, juemadre”, dijimos.

Aun así, escapar de Plaza no fue fácil: periodistas y fotógrafos caminaban entre nosotros lentamente. “¡¿Qué pasó?!”, gritó una señora; volteé la mirada y vi cómo un tipo de logística agarraba bruscamente a una mujer que se intentó colar al foso, junto a otro hombre. Isabella y yo nos miramos desconcertados. “¿Sí viste cómo la agarró?”, preguntó.

Teníamos mucha sed y estábamos buscando una cerveza. Ya casi eran las 6 y no encontrábamos nada; entre la oscuridad había personas caminando con el flash de su celular encendido; no podíamos contar con el Internet. “Daniela y Sebastián capaz ya llegaron”, le dije a Isabella. La idea era encontrarnos los cuatro para ver a Serú Girán, pero, después de ir a la cervecería errónea y de caminar en círculos, nos perdimos.

“¿Dónde está BBC?”, “¿Por qué no ponen un poste de luz?”, nos preguntábamos. “No, Santiago, vámonos mejor”, propuso Isabella. Teníamos que volver a Plaza porque es la única salida visible. Un bebedero público reposaba entre rejas y los dealers gritaban “Porro, porro”, aprovechando la aglomeración. Los de logística caminaron como los demás, no hicieron nada y terminaron estorbando el paso.

A las 6:40 cruzamos las rejas donde requisaban y observamos a un hombre inconsciente tirado sobre el asfalto con su jean suelto; su ropa interior era lo único que le cubría. Una señora de logística se reía mirándolo mientras las personas caminaban ignorándolo. “Menos mal no es una mujer”, comentó Isabella. “Este tipo puede que sea el papá de algún niño”, pensé, intentando procesar la imágen que estaba viendo.

“¡Santi!”, gritó una chica que caminaba hacia nosotros, con un flequillo que reconocí al instante; era Daniela, acompañada de Sebastián y de un chico llamado Mark. “¡Menos mal nos encontramos, Dios mío!”, les dije aliviado. “Les presento a Isabella, la periodista de la que te hablé”, le dije a Dani.

“Bueno, volvamos a entrar, jaja”, dijo Sebastián. La de logística me pidió que abriera la maleta, alumbró el interior con su linterna y me hizo pasar. “No escarbaron nada”, les dije a los chicos. Mark se presentó como estudiante. “¿Ay, qué estudias?”, le preguntó Isabella. “Ingeniería de Diseño, primer semestre”, respondió.

En la entrada de Plaza había personas colgadas de las puertas y montadas sobre las barreras. Nos agarramos de los hombros para no perdernos; avanzamos hasta encontrar un espacio donde los cinco quedáramos cómodamente.

En medio de la gente, Dani y yo hablábamos sobre las canciones de Serú. “Ojalá toquen Peperina”, le dije. A nuestra derecha se atravesó un hombre de logística agarrando su chaleco verde, pisó a una mujer y la empujó. El tipo le gritó, “Permiso, Policía Nacional”. Las personas no reaccionaron ante la escena. Tiempo después, otro señor de logística se entrometió; la mujer le contó indignada lo ocurrido y el tipo alegó “¿Yo la pisé? ¿Yo la pisé?”.

“De verdad que nos falta mucha cultura”, dijo Isabella.

“¡Bogotá, un paso hacia atrás, por favor!”, gritó de nuevo la voz de los parlantes. “¿Usted qué opina de que alguien por allá en la tarima nos diga que demos un paso hacia atrás, si no podemos?”, le pregunté a Melkin, un señor parado a mi izquierda. “Pues demuestra mucha inconsciencia, la verdad”, respondió.

A las 7:31 sonó el primer verso de “La grasa de las capitales” y nos volvimos locos. Pero no cantaron la canción completa; en su lugar, “Canción de Alicia en el país” inauguró el show de Serú Girán. “Menos mal me sé la letra”, pienso.

David Lebón y Pedro Aznar tocaron temas como “Noche de perros” y “Frecuencia modulada”, junto a otras canciones de nicho que ni Daniela ni yo conocíamos. “Esta música me transporta a una iglesia”, dijo un hombre de camisa blanca a mi izquierda. No habían tocado “Peperina” y me decepcioné; la pantalla se apagó y salió el logo de la banda. “No se pueden ir”, dijo Daniela. Minutos después, un lick de guitarra sonó y la pantalla se encendió mostrando un vidrio mojado. “Van a tocar ‘Seminare’”, comenté sorprendido, con los oídos bien abiertos.

“Quiero ver, quiero entrar, nena, nadie te va a hacer mal. Excepto amarte”, cantó Lebón. Inmediatamente nos agarramos todos y cantamos como quien ya podía morirse en paz.

Con el estómago vacío, a las 8:24, salimos a buscar comida; los puestos ponían en su publicidad mostrando el precio de “$7.000”. Me acerqué al señor y le pregunté si, como pone en la imagen, la hamburguesa y la gaseosa están a ese precio. “No, en combo vale $13.000”, respondió.

“¡Jugo de mandarina, lleve la mandarina!”, gritó un señor e inmediatamente se me hizo agua la boca. Daniela me compró el jugo, le agradecí y me lo tomé como si estuviera deshidratado.

“Toca ir a ver a Mon Laferte”, dijeron Mark y Daniela. Nos levantamos del pasto mientras Esteman cantaba “Te alejás más de mí”. Isabella me gastó un paquete de papas mientras intenté que la app de Bancolombia cargara para gastarle unas galletas, pero nada: la señal era precaria.

A mi derecha colgaban banderas del M-19, de la Unión Soviética, de Palestina y del Pacto Histórico. Cada vez había más personas sobre las rejas de Plaza. “¿Cómo hacen para no quedar adoloridos por el metal?”, me pregunté. A las 10:00 conseguimos un buen sitio: Daniela y Mark podían ver las pantallas y cantaron cada canción; un hombre detrás de nosotros se quitó las gafas y se puso los binoculares para ver a la artista chilena. El recital estaba en paz: la gente cantó, lloró y se abrazó; Mon Laferte también demostró su alegría fumando marihuana. “Ojalá Canal Capital la transmita”, pensé.

Después de despedirme de los chicos sobre la rotonda de la Avenida 68, traté de llamar a mi papá. Nada que entraban las llamadas, los mensajes no cargaban, tenía 5% de batería y no sabía qué hacer.

“¡Alejandro, Alejandro!”, gritaba una señora a todo pulmón, “¡Ay no, no nos podemos perder!”, le dijo una chica, llorando, a su amiga. “Va a tocar quedarnos de pie hasta las tres de la mañana o hasta que bajen los precios del taxi”, dijo una señora con tono decepcionado.

Un hombre estaba sentado, inconsciente; sus dos amigos le daban cachetadas tratando de reanimarlo. “Señor, ¿será que me puede colaborar con una llamada?”, le pregunté a un Policía. “No, qué pena”, me respondió mirando su teléfono.

Caminando, desesperado, vi a un puñado de adolescentes alrededor de un celular. “Hey, ¿ustedes tienen señal?”, les pregunté.

“Sí, pues acá estamos intentando llamar. ¿Cuál número quiere intentar?”, me dijo el chico que tenía el celular en la mano.

Menos mal me los encontré: él tenía 4G y, por lo menos, le salían llamadas. El tiempo avanzó; entre ellos estaba parado un chico con lentes, cabizbajo, que tenía que llegar hasta Usme, pero su celular estaba descargado…

“¡Oiga, su papá contestó!”, exclamó el chico.

Le agradecí y le dije en voz alta que siguiera ayudando a la gente. “Ojalá este man pueda llegar hasta Usme”, pensé. Mi papá me recogió y vi a Luis dentro del carro; me contó que una señora le había pedido ayuda para conseguir transporte hasta Chía, pero el Internet no ayudó.

“Espero que llegue bien, que esté viva”, dijo.

"Rock al Parque es una escuela tremenda para periodismo".

Publicaciones relacionadas

Conoce más historias, productos y proyectos.

19 Oct 2026 13:30

9 Min

Una mirada a la marcha del 14 de octubre

El 14 de octubre Bogotá vivió su primera gran marcha contra el presidente Abelardo De La Espriella tras un polémico decreto. La multitud avanzó a la Plaza de Bolívar y quemó la figura del mandatario en una jornada pacífica, pero ardiente.

Santiago Jose Hernandez Alomia Hernández Alomía

6 Oct 2026 13:00

7 Min

Jazz al Parque 2026: donde la exploración y la música convergen

El Festival Jazz al Parque 2026 reunió en Bogotá a artistas nacionales e internacionales en una celebración del jazz latinoamericano, acompañada de naturaleza, cultura y nuevas experiencias musicales.

Antonia Cano Alzate

6 Oct 2026 12:30

5 Min

Lo que recomiendan los especialistas para practicar atletismo

Cada fin de semana, miles de colombianos salen a correr. Las carreras se consolidan como uno de los eventos deportivos con mayor participación del país, y la Media Maratón de Bogotá reunió a más de 40.000 corredores. Sin embargo, los médicos coinciden en que el buen desempeño empieza mucho antes de la línea de salida.

Laura Isabel Plazas Barrera

5 Oct 2026 13:00

5 Min

El humor de Cajicá alimentó el espíritu solidario en Chiquinquirá

Más de 2.000 personas se reunieron en Chiquinquirá para disfrutar de una noche de humor con un propósito solidario: recaudar fondos para la construcción de viviendas destinadas a familias afectadas por el terremoto en el Chocó. Entre los artistas participantes estuvieron humoristas vinculados con Cajicá, quienes donaron su presentación para apoyar la causa.

Luna Carolina Sierra Cristancho

5 Oct 2026 09:15

7 Min

El fútbol amateur sigue vivo en Bogotá

La Liga Fansport reúne en Bogotá a jugadores que mantienen su pasión y espíritu competitivo mientras combinan el fútbol con sus estudios, trabajos y vida personal.

Juan Pablo Segura Ramirez

29 Sep 2026 17:30

5 Min

Viaje al universo cuántico: una actividad imperdible en el Planetario

Durante septiembre, el Planetario de Bogotá ofreció diferentes actividades para acercar la ciencia y la astronomía a públicos sin formación científica. A través de experiencias audiovisuales y dinámicas, pudieron descubrir conceptos complejos de una manera accesible y entretenida.

Maria Paz Torres Castro

28 Sep 2026 07:26

7 Min

La disputa por los alimentos de Sabana Centro: entre lo urbano y lo agrario

En la región Sabana Centro, y particularmente Tenjo, se ha instaurado un debate que en primera instancia se centra en la autonomía de producción, pero que puede terminar consolidándose en el precedente de la política agraria en Colombia.

Simon Andres Hernandez Rincon Hernandez Rincon

22 Sep 2026 13:14

5 Min

ExpoTenjo: una tradición campesina que promueve el emprendimiento

ExpoTenjo e Innova Fest impulsan la economía local al brindar espacios gratuitos a emprendedores que generan ventas de 1 a 3 millones de pesos, mientras atraen a más de 4.000 visitantes que dinamizan el comercio, la gastronomía y el turismo del municipio.

Sara Sofia Correcha Paez