Elecciones 2026. Cubrimiento especial.
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19 de Octubre de 2026 13:30
El pasado 14 de octubre, en las principales ciudades del país se llevaron a cabo protestas contra el Gobierno Nacional, siendo esta la primera movilización multitudinaria. En una protesta la indignación y el reclamo tienen fuerza y calor, como el fuego, y en esta primera protesta, aunque pacífica, algo se quemó.
Pese a que la marcha del 14 de octubre no fue la primera movilización en contra de una decisión gubernamental —le antecedían la marcha del 6 de septiembre por el reconocimiento del lenguaje hacia las niñas, y la del 28 del mismo mes en conmemoración de la despenalización del aborto—, sí fue la primera protesta multitudinaria. En ella confluyeron distintas organizaciones, minorías y movimientos, surgiendo como una necesidad imperiosa para Fecode, la CUT y distintos sectores del Pacto Histórico, quienes convocaron la cita. Con el paso de los días, el ambiente se fue calentando en redes sociales: por un lado, las decisiones del Gobierno Nacional aumentaban la inconformidad; por el otro, figuras políticas de la izquierda, como el expresidente Gustavo Petro y el senador Iván Cepeda, se unían a la convocatoria.
Si bien desde el 30 de septiembre se sabía que el Gobierno pretendía ajustar las normas de regulación a la protesta social, la idea se había mantenido como un borrador. Sin embargo, el 13 de octubre, un día antes de la marcha, el Ministerio del Interior emitió el decreto 1525 de 2026, que sembró muchas dudas sobre cómo se abordan las manifestaciones. Con esta medida, se eliminó el diálogo como prerrequisito, permitiendo que La Policía y su escuadrón antidisturbios actúen antes de cualquier advertencia.
“Abelardo, (--), el pueblo no copea” se escucha como un eco en las calles bogotanas. Esta resonancia se hace más fuerte con el pasar de las horas, hasta que a las 9:00 a. m. inician las primeras movilizaciones desde el Parque Nacional.
Camino al lugar, frente a la Universidad Pedagógica, la protesta ya se está gestando con un pequeño grupo de personas que comienza a reunirse. A un par de cuadras, sobre una esquina de la carrera novena, aguardan listas unas camionetas antidisturbios con agentes preparándose para la misma cita. Sobre las 11:00 de la mañana, la manifestación llega a la calle 67 con carrera Séptima. Casi como el agua cuando empieza a hervir, los gritos y los reclamos se escuchan cada vez con mayor intensidad: el eco toma fuerza para convertirse en un clamor absoluto.
“Somos la desobediencia”, dice una bandera que ondea una manifestante recién unida a la marcha. Aunque la multitud sigue aglomerada en el borde del semáforo esperando a que les den paso, la ola de angustia se adelanta a su caminar.
En cada semáforo, el ambiente se pone más tenso, casi como si se contuviera una explosión a la fuerza. Los manifestantes, lejos de cesar su reclamo, siguen coreando y gritando, pese a que algunas personas prefieren quitar la cara o simplemente expresan su inconformismo con la marcha.
En el semáforo de la calle 36 con Séptima la bomba de tiempo estalla: cuelgan de un hilo transparente una figura de trapo con la cara del presidente, acompañada por las banderas de Estados Unidos e Israel. Un tumulto de gente se separa, formando gradas alrededor del espectáculo mientras aclaman: “fuego, fuego, fuego”. Una persona encapuchada rocía un líquido inflamable. De repente la figura se prende en llamas y el ambiente arde con ella. En cuestión de segundos, el fuego consume con furia al muñeco que representa al mandatario: solo queda la tela quemándose y un puñado de cenizas.
A lo lejos se ve la Torre Colpatria, aún un poco tímida. La multitud avanza hasta que se empiezan a escuchar estruendos sobre las 12:15 pm. En un principio pienso que son papas bomba, pero en realidad son petardos activados dentro de las canecas de basura. Esos artefactos, lejos de causar más daño que una simple contaminación auditiva, parecen un augurio de la lluvia que se avecina.
Gran parte de la marcha sigue avanzando a paso firme por la carrera Séptima, protegiéndose como una coraza de sombrillas y ponchos al llegar al Museo Nacional. Otra gran porción de la manifestación decide escampar en los edificios aledaños a la carrera tercera. Allí, en uno de esos tantos lugares, estoy yo cuando recibo una noticia que me pone la piel de gallina: hay francotiradores sobre el Capitolio vigilando la Plaza de Bolívar. Esta alerta, sumada a la lluvia, hace que buscar refugio sea la mejor idea posible.
El reloj marca la 1:20 p. m. cuando decidimos, con la colega que me acompañaba, entrar de nuevo al ruedo y avanzar hacia la Plaza de Bolívar “a ver si pasa algo”. Al acercarnos al viejo edificio de El Tiempo, el ambiente vuelve a sentirse de protesta, aunque no con la misma intensidad que calles abajo, sino calentándose de a poco.
Al llegar a la plaza, así como las palomas parecen formar sindicatos al aglomerarse durante todo el día, ahora se reúnen miles de personas con las emociones a flor de piel por los reclamos. Frente a la catedral, hay una tarima techada donde los organizadores predican sus consignas: “dónde está la plata de la primera dama”, “no nos representa”, “Petro, amigo, el pueblo está contigo”. Está tan llena que la verdadera razón para estar ahí no es la tarima en sí, sino las personas conversando y compartiendo. La plaza está tan abarrotada que a veces ni siquiera se escuchan los parlantes.
2:00 de la tarde. Aunque la marcha continúa, dado a que la emoción empieza a bajar, algunos empiezan a marcharse paulatinamente. El fuego siguió gestándose, no en la protesta, sino en las redes sociales y por parte de La Policía. A eso de las 9 de la noche, En X empieza a circular un video del escuadrón antidisturbios interrumpiendo la protesta pacífica que yacía en el parque de los periodistas criticando el fracking. Videos como el de la exministra de ambiente Susana Muhamad empiezan a dar luz de lo que sucede en esa zona, con un pequeño filtro de denunciar al otro.
Se quemó con furia, la marcha no, sino la paciencia. De lado y lado, unos salen a protestar, otros no quieren que eso suceda, pero sí, la olla caliente que parecía gestarse sobre el polarizado país. ¡Ya hay que bajarla del fuego!, que se quema la democracia.
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