Elecciones 2026. Cubrimiento especial.
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21 de Junio de 2026 19:18
No cabe duda de que en los últimos años hemos asistido a un fenómeno innegable en la región: la derechización del continente. Si miramos un par de décadas hacia atrás, durante el apogeo del gobierno de Álvaro Uribe, Colombia era prácticamente una isla de derecha en un océano dominado por el giro a la izquierda.
En ese mapa convivían el chavismo en Venezuela, Lula y Dilma en Brasil, los Kirchner en Argentina, Evo Morales en Bolivia, Fernando Lugo en Paraguay, José Mujica en Uruguay, Michelle Bachelet en Chile y la socialdemocracia de Alan García en Perú. Geopolíticamente, la derecha tradicional estaba aislada.
Hoy, el panorama ha cambiado de forma radical, obligándonos a formular una pregunta incómoda pero necesaria: ¿Por qué está ocurriendo esto?
Las urnas han hablado de forma consecutiva en varios países. La derecha o posiciones de corte conservador se han impuesto o consolidado en Chile, Argentina, Paraguay, Bolivia, Ecuador, y en el panorama peruano con figuras como Keiko Fujimori. Incluso en Venezuela, el desgaste y el aislamiento han llevado a una realidad anómala, fuertemente condicionada por la presión de Estados Unidos.
Un dato alarmante en este proceso es la desaparición del centro político. Países como Perú, Chile, Colombia y Ecuador han visto cómo los sectores moderados se diluyen, provocando que el electorado salte de manera pendular y paradójica desde gobiernos de izquierda directamente hacia opciones, en muchos casos, de extrema derecha.
La explicación a esta pérdida de votaciones no radica en una repentina iluminación ideológica de las masas, sino en el desencanto. La izquierda latinoamericana ha pecado de construir grandes relatos, de abusar del discurso polarizante, pero ha fallado a la hora de hacer las cuentas y gestionar la realidad.
Los discursos de igualdad son atractivos y necesarios, pero cuando las condiciones de vida de las clases desposeídas y de quienes confiaron en esos proyectos no mejoran de forma tangible -y, por el contrario, se ven empañadas por recurrentes casos de corrupción- el electorado busca alternativas. La izquierda parece haber olvidado la resolución de los problemas cotidianos de la gente.
Ante la ineficacia de las promesas de igualdad, el discurso de la seguridad y la estabilidad ha comenzado a calar profundamente, no solo en las clases medias, sino también en las clases bajas. Mientras que la igualdad sigue siendo un ideal noble e indiscutible, el ciudadano de a pie prioriza hoy el orden concreto sobre la utopía abstracta.
Esto forma parte de la teoría pendular de la democracia, un movimiento habitual en Europa donde la alternancia entre izquierdas y derechas es natural, y que debería serlo también en Colombia, donde históricamente la izquierda no había gobernado. Sin embargo, a nivel internacional, esa "marea roja" que alguna vez tiñó el mapa latinoamericano está tendiendo a desaparecer.
El escenario actual deja más preguntas que certezas. Está por verse cómo se resolverá la tensión en Brasil entre las fuerzas de Lula y el bolsonarismo; Uruguay se mantiene como una excepción por su escala, y el mapa se reduce a dictaduras antidemocráticas de izquierda como Cuba y Nicaragua, sumado a la incertidumbre sobre el rumbo que tomará México.
La izquierda latinoamericana se encuentra en una encrucijada histórica. Si quiere frenar su retroceso frente a la extrema derecha, debe recapitular, abandonar la retórica de la confrontación y volverse más ejecutiva y gerencial. Menos relato y más gestión: esa parece ser la exigencia de un electorado que ya no vive de ilusiones, sino de hechos.
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