Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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28 de Mayo de 2026 16:00
El primer sonido no es un motor, es una corneta.
Un pito agudo, parecido al silbato de un celador, que rompe el silencio y atraviesa el aire frío de un pueblo donde la mayoría de personas se levantan a las 6 a. m.. Se toman una taza de tinto, desayunan pandebonos y disfrutan el paisaje montañoso. Ese sonido nace en La Cumbre, Valle del Cauca, un municipio con cerca de 18 mil habitantes, ubicado a poco más de una hora de Cali, la capital vallecaucana.
A un lado del parque principal, mientras va avanzando el día, se forma una fila de turistas esperando su turno, al mismo tiempo que los conductores acomodan los carritos de madera sobre los rieles de la antigua vía del tren. Algunos tienen techos de colores: rojos, verdes, morados, azules, entre muchos otros; muñecos o peluches colgados; otros, parlantes con música a todo volumen como boleros, bachata, baladas románticas y de despecho. Pero todos conservan la misma esencia: ruedas pequeñas, tablas de madera y una promesa de adrenalina.
Siempre pensé que las brujitas de La Cumbre llevaban ese nombre por las historias familiares que escuchaba acerca de mi bisabuela Amelia Sabogal. Ella vivió entre esas montañas, leía la mano, interpretaba cartas y parecía conocer el destino de las personas. A esas personas las llamaban “brujitas”.
Sin embargo, en mi última visita entendí el verdadero origen: aquí todos las llaman así, sin cuestionarlo, desde hace más de 40 años. Según cuentan los conductores, fueron los niños quienes les pusieron ese nombre. En el voz a voz y la memoria oral del pueblo sobreviven relatos de quiromancia y otras prácticas esotéricas que alimentaron esa atmósfera misteriosa que tiene el pueblo. Quizá por eso el nombre encajó tan bien: esos pequeños carros aparecen sobre los rieles entre la neblina y, vistos de lejos, parecen flotar, como si avanzaran por arte de magia, como si fueran brujitas.
Camilo López, conductor desde hace 21 años, se acomoda junto a una de las brujitas y observa a los turistas con la tranquilidad de quien ha repetido este ritual mil y una veces. “Hace aproximadamente 40 años que existen", dice, mientras revisa el pequeño motor y lo vuelve a llenar de gasolina, el cual hoy reemplaza el método tradicional de impulso, que era a pie. “Persisten porque el tren ya no pasa y porque aquí vivimos de esto”. El paseo en brujita tiene un costo de 15 mil pesos colombianos por persona (4,15 dólares), y el galón de gasolina en Colombia, con lo que se llena el motor de la brujita, está en aproximadamente 16 mil pesos colombianos (4,44 dólares), lo que las hace muy rentables como método de transporte.
Esa frase resume buena parte de la historia de La Cumbre. Lo que alguna vez fue un método de transporte improvisado para aprovechar las vías abandonadas del tren terminó convirtiéndose en el corazón turístico y económico del municipio. Aunque no hay un apoyo directo de la alcaldía, sí apoyan la promoción turística de ellas, interviniendo solamente con la regulación del transporte y la seguridad. Hoy, el recorrido lleva a La Chorrera, un tramo de aproximadamente 15 minutos bajo un paisaje de árboles altos, aire frío y una neblina que va cayendo entre pinos, yarumos y guaduales, cubriendo la montaña con un verde profundo que parece pintado a mano.
La brujita arranca. El sonido de las ruedas golpeando los rieles es lo más característico: taca, taca, taca, taca. La vibración sube por el asiento y te entra al cuerpo; si hablas, te salen entrecortadas las oraciones por la misma vibración, acompañada de ese olor a hierba húmeda que solo encuentras en los pueblos de montaña.
Para Yaneth Rojas, visitante desde hace más de 20 años, esa sensación es justamente por lo que sigue regresando al pueblo. “Sentir el viento en la cara, el frío y ver los paisajes verdes hace que la experiencia sea muy bonita”, recuerda con cariño el paseo y el municipio.
Yaneth viene desde Yumbo, un pueblo a una hora de La Cumbre, más de dos veces al mes. Antes lo hacía con su suegro, nacido en La Cumbre, y lo sigue haciendo hoy con su esposo e hijo. Para ella, el paseo no es algo solo turístico, es mantener viva esa memoria familiar.
Cuenta que antes las brujitas se impulsaban con el pie. Luego evolucionaron a un sistema con pedales, como una bicicleta. Hoy son el asiento, el motor y los manubrios de una motocicleta los que hacen el trabajo. El trayecto sigue siendo el mismo, pero los años le han añadido seguridad, velocidad, comodidad y más turistas.
Eso también lo nota Elisa Ortega, más conocida como “La Mona”, comerciante del pueblo desde hace más de 25 años. Desde su negocio de obleas, panderitos, merengones, dulce cortado, manjarblanco y otros dulces típicos del Valle, ha visto pasar generaciones enteras frente a la carrilera. Para ella, las brujitas son más que una atracción. “Claro que ayudan al negocio, porque traen más turistas y mejoran la economía de todos”, dice con una sonrisa que parece entrenada por décadas de recibir visitantes.
Alrededor de esos rieles también se mueve la economía local del pueblo: más de 20 puestos de dulces, fritanga, arepas, café y recuerdos. El paseo en brujitas termina siendo una puerta de entrada a esos pequeños ingresos que mantienen en pie a La Cumbre.
Pero las brujitas no solo sostienen el turismo, la economía y el comercio. Para varias familias que viven en las casas levantadas a los lados de los rieles, siguen siendo un método de transporte indispensable, sin decir que prácticamente es el único, aparte de caminar. Esas casas o fincas fueron construidas cuando el Ferrocarril del Pacífico seguía en funcionamiento y el paso del tren era una normalidad para el pueblo. Con el paso del tiempo, entre 1940 y 1960, el sistema ferroviario dejó de operar, pero los hogares siguieron ahí.
Hoy, para los habitantes de esas casas y fincas, no hay otra entrada ni salida de sus hogares que no sean las brujitas; son la única forma de llegar a la ‘galería’, que en el Valle significa plaza de mercado, volver del trabajo o regresar de una tarde familiar en el pueblo. Más allá de una atracción, son el puente diario entre una vida “moderna” y las viviendas que quedaron suspendidas sobre las huellas del tren.
En La Cumbre no hay grandes empresas; su economía históricamente ha estado ligada a actividades de baja escala y al campo. En el municipio solo hay alrededor de 70 a 180 empresas formales, concentradas solamente en el comercio, la agricultura, el alojamiento y la comida. No hay empresas ni industrias que generen trabajo masivo; la mayoría de ellas son negocios pequeños y familiares. De resto, predomina el trabajo informal. El turismo no es un complemento: es supervivencia. No hay una cifra oficial de cuántas personas dependen del turismo; sin embargo, se estima que cientos o incluso miles de familias dependen indirecta o directamente de esa actividad.
Por eso nadie deja que la tradición de ir a montar brujitas y comer dulces una tarde en familia se pierda.
Mientras el carrito avanza, empieza a aparecer el verde del que la gente tanto habla: esas casas de descanso escondidas en la naturaleza y las flores que resaltan en la vegetación montañosa. Más adelante, ese paisaje se abre para empezar a escuchar ese sonido del agua, la señal de que La Chorrera ya está cerca.
Los turistas bajan entre risas; algunos todavía con la emoción del trayecto marcada en la cara y otros se toman fotos al lado de los rieles. Incluso graban el trayecto y lo suben a redes sociales, pero lo que prima es la fascinación de la mezcla entre lo artesanal y lo moderno.
Lo dice Camilo, que ha pasado décadas viendo cómo niños, familias, extranjeros y parejas se suben con la misma mezcla de miedo y entusiasmo. También lo reconoce Elisa, que dice que cada turista es una oportunidad para que el pueblo siga creciendo.
Las brujitas ya no solo son un medio de transporte heredado de un abandono ferroviario: son identidad. Hablar de La Cumbre es hablar de esos carritos coloridos, del pito que anuncia la salida, del traqueteo constante sobre ese hierro viejo y del frío que recibes en la cara mientras vas en el paseo.
Son, en cierto modo, la manera que encontró el pueblo de convertir el olvido en oportunidad, un pueblo que de cierto modo quedó atrás desde el cierre del Ferrocarril del Pacífico, pero que con inteligencia y unidad sacó provecho para volver a ser recordado.
El recorrido de regreso empieza nuevamente con el sonido distintivo de ese pito. Los pasajeros vuelven a subir; algunos ya no tienen susto, otros, en cambio, parecen buscarlo. El carrito toma una velocidad entre los 30 y los 40 kilómetros por hora y el sonido vuelve a llenar la vía.
En el pueblo, Elisa está vendiendo obleas y esperando que los turistas lleguen a su negocio; más allá, Camilo está esperando otro grupo para empezar el recorrido. Y en alguna casa de Yumbo, Yaneth ya está pensando cuándo volverá a subir.
En La Cumbre, las brujitas no solo recorren una carrilera antigua: transportan la memoria de un pueblo, sostienen su economía y conectan a quienes todavía viven a los costados de la vía. Sobre esos rieles oxidados también avanza la historia de un pueblo que aprendió a convertir el abandono en identidad y a seguir moviéndose, incluso cuando el tren dejó de pasar.
Tal vez por eso, cada que el pito suena y las brujitas vuelven a deslizarse entre la neblina, La Cumbre recuerda que todavía hay caminos capaces de mantener viva su historia.
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