Elecciones 2026. Cubrimiento especial.
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4 de Junio de 2026 11:00
Acostumbrados a que, en otras capitales latinoamericanas, la moda esté fuertemente influenciada por corrientes europeas (perdiendo parte de nuestra identidad cultural en el intento de parecer más internacionales), Bogotá se consolida, una vez más, como la capital de la moda latina. La ciudad ofrece una libertad única para vestir: entre su clima diverso, aunque mayormente frío, el asfalto gris y el caos cotidiano de TransMilenio, surgen múltiples formas de expresión estética. Bogotá es el lugar donde conviven subculturas que van desde lo alternativo y gótico hasta lo clásico, conservador e incluso caribeño, todo coexistiendo en un mismo espacio con propuestas vanguardistas y auténticas.
La capital colombiana ha entendido que la moda no se trata únicamente de prendas, sino de identidad, territorio y memoria colectiva. Cada barrio, cada universidad, cada café y cada esquina construyen un lenguaje visual diferente. Mientras en otras ciudades las tendencias parecen responder a estándares homogéneos, Bogotá ha convertido la diferencia en su mayor fortaleza. Aquí, las botas conviven con los abrigos oversized, la sastrería clásica dialoga con la estética urbana y las influencias vintage encuentran espacio junto a propuestas futuristas. La ciudad no obliga a encajar; por el contrario, permite experimentar.
“El ADN sobre todo de Bogotá le está diciendo al mundo tienes que abrazar tus raíces y este es el ejemplo perfecto de cómo se hace sin imitar a nadie”, afirmó Manuel Castillo, crítico de moda mexicano.
Es una moda que nos permite pertenecer. Bogotá no nos dice cómo vestirnos, porque la dinámica cotidiana de la ciudad ha creado un lenguaje visual propio. Aquí, el clima no es un obstáculo, sino el elemento que moldea estas expresiones. Colombia ha elevado el estándar y le ha gritado al mundo que aquí también hay tendencia, identidad y propuesta.
Durante el Bogotá Fashion Week se evidenció que los diseñadores están apostando por la artesanía, la sostenibilidad y, sobre todo, por reconectar con sus raíces. Parte de lo que hoy caracteriza a la moda colombiana es su estrecha relación con las técnicas artesanales de los pueblos originarios, llevando estos saberes a nuevas tendencias y propuestas contemporáneas de alto nivel.
En medio de una industria globalizada, donde muchas marcas buscan replicar fórmulas internacionales, Colombia empieza a construir una narrativa distinta: una moda que mira hacia adentro antes de mirar hacia afuera. El trabajo manual, los tejidos ancestrales, las siluetas inspiradas en los territorios y el diálogo con las comunidades se han convertido en elementos fundamentales dentro de las nuevas colecciones. La moda colombiana ya no busca validación únicamente en Europa; ahora entiende que su mayor valor está en aquello que la hace diferente.
“Como diseñadores debemos tener de la mano resaltar nuestras raíces, yo siendo una colombiana cómo no voy a darle el valor al producto nacional en temas artesanales y eso ha hecho que la moda colombiana a nivel internacional esté donde está hoy en día”, expresó Mónica Millán, diseñadora de Isidora Malva.
En esta edición de la semana de la moda, liderada por la Cámara de Comercio de Bogotá, se destacaron marcas extraordinarias. La apertura estuvo a cargo de Kika Vargas, quien regresó a las pasarelas nacionales después de diez años sin presentar una colección en Colombia, entregando una propuesta exhibida en Kinder Club. Su regreso no solo representó uno de los momentos más importantes de la semana, sino también una conversación sobre la evolución del diseño colombiano y la manera en que las marcas nacionales están logrando posicionarse internacionalmente sin perder su esencia.
Asimismo, marcas como La Petite Mort lograron unir la sastrería con un enfoque moderno sin abandonar la identidad colombiana. De igual manera, Ayre mezcló tendencias contemporáneas con las vibras tropicales que identifican al país en el panorama internacional. Estas propuestas demuestran que la moda nacional atraviesa un momento de madurez creativa, donde el diseño ya no busca únicamente verse estético, sino también contar historias y transmitir posturas culturales.
La democratización de la moda tampoco quedó relegada. Por el contrario, tomó protagonismo de la mano de Franklin Ramos y su marca Toscano, un proyecto que busca generar conciencia sobre el impacto ambiental de la industria textil y promover un consumo más responsable a través de las prendas de vestir. Hoy, hablar de moda también implica hablar de sostenibilidad, de consumo consciente y de responsabilidad social. La industria ya no puede limitarse a producir tendencias; también debe cuestionar la forma en que produce.
“Definidamente la moda colombiana no busca pretender, busca conectar y eso me parece muy bonito porque se vuelve más cercano y apuestan a confiar en su historia, en lo rico que es Colombia”, comentó Paula Márquez, influencer de moda española.
La asistencia de prensa internacional y de figuras icónicas de la industria colombiana, como Juan Carlos Giraldo, reconocido periodista de moda; Eleonora Morales; y Kika Rocha, permitió visibilizar esta semana de la moda en otros países. A esto se sumó la presencia de figuras internacionales como Manuel Castillo, Paula Márquez y Victoria de la Cruz, fortaleciendo el alcance global del evento. También se destacó el cubrimiento de medios nacionales como Caracol Televisión y la asistencia de personalidades de la farándula colombiana como Claudia Bahamón, Tala Restrepo y Karen Martínez.
La consolidación de esta plataforma de moda ha sido posible gracias al liderazgo del presidente ejecutivo de la Cámara de Comercio de Bogotá, Ovidio Claros Polanco, junto a la jefa de gabinete Giorginie Mendoza, quienes han impulsado una visión que hoy permite proyectar el talento colombiano hacia escenarios internacionales como Nueva York y Milán. Bajo esta apuesta institucional, la moda colombiana ha logrado fortalecer su presencia global, generando espacios donde diseñadores, marcas y nuevos talentos pueden dialogar con las grandes capitales de la industria.
En este proceso, el trabajo de Rebeca Herrera Feldsberg ha sido clave como líder de esta plataforma de moda, consolidando al Bogotá Fashion Week como un escenario de alta curaduría y visibilidad para la moda nacional. A su vez, regiones como Sabana Norte también comienzan a posicionarse estratégicamente dentro de esta conversación creativa bajo el liderazgo de Paula Valencia, quien ha trabajado en potenciar y resaltar la riqueza y el valor cultural de esta región dentro del ecosistema empresarial y creativo del país.
“Este es el momento donde hay mucho talento brillando”, señaló Juan Carlos Giraldo, crítico y periodista de moda.
Hoy, la moda nace en San Victorino, en los barrios y en las calles; reivindica el estilo popular que durante años fue segregado de la industria e incluso catalogado como vulgar. La estética urbana bogotana ha dejado de esconderse para convertirse en referencia. Las nuevas generaciones entienden que la moda también puede construirse desde lo cotidiano, desde el transporte público, desde las tiendas de barrio y desde las dinámicas reales de la ciudad. En Bogotá, el lujo y la calle ya no son conceptos opuestos: dialogan constantemente.
En la capital se teje el 33 % del negocio textil nacional, consolidándose como un epicentro financiero que dialoga constantemente con la tecnología y el comercio global. Más allá de la creatividad, existe un ecosistema empresarial robusto que impulsa el crecimiento económico del país: más de 32.000 empresas activas y cerca de 200.000 empleos directos que no solo confeccionan prendas, sino también el sustento de miles de familias colombianas. La moda en Bogotá no es únicamente espectáculo; es industria, empleo, exportación y desarrollo económico.
La moda es nuestra primera declaración ante el mundo. Más allá de las cifras, es lenguaje, identidad y una forma de proyectar quiénes somos, qué soñamos y cómo queremos ser percibidos antes de pronunciar una sola palabra. Hablar de moda hoy importa más que nunca porque, detrás de cada desfile, existe una maquinaria de industrias, economía, cultura y poder que continúa transformando la manera en que Colombia se narra a sí misma ante el mundo.
Bogotá entendió algo que pocas ciudades latinoamericanas han logrado construir con tanta autenticidad: la moda no necesita pedir permiso para existir. Vive en las calles, en las universidades, en los diseñadores emergentes, en la artesanía y en quienes usan la ropa como una extensión de su identidad. La ciudad se convirtió en un escenario donde vestirse también es una forma de resistencia, de expresión y de libertad.
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