Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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19 de Abril de 2026 10:00
En el marco del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias, la edición 42 de los Premios India Catalina volvió a reunir a gran parte de la industria audiovisual colombiana. Más allá de la alfombra roja y la transmisión televisiva, el evento también se vive desde otros lugares: la logística, la prensa y todo lo que ocurre fuera de cámara.
El sol en Cartagena no da tregua. A las 3:30 de la tarde no hay una sola nube y el calor se pega al cuerpo como si uno lo llevara puesto. Afuera, en las murallas, ya hay movimiento: tacones, cámaras, gente organizando, acreditaciones de prensa colgando del cuello. Todo parece listo para empezar. Menos yo.
A las 4:00 ya ingresan los invitados a los Premios India Catalina y yo sigo afuera, dando vueltas. Un problema con la logística me deja buscando otra entrada dentro de la ciudad amurallada. Mientras adentro ya están en lo suyo, yo todavía tratando de entrar. Esa sensación de ir tarde a algo importante, pero sin poder hacer mucho.
En medio de eso anuncian a la ganadora de Talento Juvenil: María José Vargas. Y lo que debería ser un momento perfecto termina siendo todo lo contrario: le toca correr, hacer señas desde afuera, prácticamente avisar que sí, que ella es la que ganó.
Logro entrar tipo cinco. La alfombra roja ya está en acción: Luces, cámaras, entrevistas cruzadas: todo pasando al mismo tiempo. Cerca a la entrada veo a Marcelo Cezán tranquilo, sonriente, como si todo estuviera bajo control; mientras que sostiene el premio a Mejor Presentador de Variedades.
A las seis llega el creador de contenido Julián Pinilla con una ruana doblada sobre el brazo. En Cartagena, con el calor todavía pesado y con el bochorno de la multitud, el detalle no pasa desapercibido. Mientras muchos buscan verse más frescos frente a las cámaras, él carga una prenda que claramente no pertenece al clima. No se la pone, pero la sostiene con cuidado, como si fuera más que un accesorio. Cuando le preguntan, dice que ahí lleva sus raíces y que espera que la gente conozca su “tierrita”, tan linda, refiriéndose a Boyacá.
La cosa se empieza a mover rápido. Entrevistas por todos lados, equipos de prensa tratando de sacar aunque sea una pregunta. Juan Pablo Urrego me dice que solo una, que está corriendo. Se le nota el afán, pero mantiene la cordialidad en su respuesta.
Más tarde aparece Julián Arango, mucho más relajado. Se pone a molestar con unas fans chilenas, les imita el acento, se ríe con ellas. Ahí el evento se siente menos rígido.
A las 8:30 ya todo se mueve hacia el escenario. Las luces bajan y la atención se concentra en la premiación. La estatua de la India Catalina queda iluminada en la mitad, como punto fijo en medio del caos. Porque sí, hay caos: gente buscando silla, técnicos moviéndose, prensa intentando no estorbar, pero tampoco perderse nada.
Todo va fluyendo hasta que a las 9:20 cortan la transmisión. Y es raro. De un momento a otro todo se queda quieto. Un grupo vestido de negro con velas se queda completamente inmóvil. Nadie habla. Nadie se atraviesa. Es como si alguien hubiera puesto pausa.
Cuando vuelven al aire, el ambiente ya es otro. Llega el In Memoriam. Nombres como Carlos Barbosa, Gustavo Angarita y Kepa Amuchastegui hacen que todo se sienta más pesado. La gente casi no se mueve. El ruido baja. Se siente distinto.
En medio de todo eso, a las nueve, me gana la sed. Me voy a comprar algo y en la fila alguien se me hace conocido. Pregunto y sí, es el actor David Noreña. Está ahí, como cualquiera, esperando. Me cuenta que vino a mostrar su primera película, buscando un productor que lo ayude a distribuirla. Pero la conversación no solo fue eso, también menciono la evolución y facilidades que ha ofrecido el cine colombiano para poder producir una película. Ese encuentro no solo fue una contextualización de la industria, fue empezar a sentir más cercano lo que antes se veía tan distante.
Más tarde, sobre las 10:35, le hacen un homenaje a Consuelo Luzardo por su trayectoria. Y a las 10:45, Emmanuel Restrepo sube por su premio y rompe la solemnidad con una frase que hace reír al público. Se siente honesto.
Ya sobre las 10:50 se empieza a notar el final. Producción recogiendo cosas, moviendo mesas, desmontando poco a poco, mientras que cerca de la salida empiezan a ofrecer manillas para el after party.
A las 11 termina la transmisión. Cuando se apagan las cámaras, el ambiente cambia: la gente se levanta, se saluda, se felicita. Las poses desaparecen y lo que hace un rato parecía perfecto desde lejos empieza a sentirse más cercano, más real.
Lo que queda ya no es el espectáculo, sino las personas que están detrás de todo: técnicos recogiendo cables, actores saliendo de personaje, periodistas asegurando material. Todo lo que durante horas pareció inalcanzable se vuelve cercano, casi cotidiano. Y es en ese momento, sin transmisión y sin filtros, donde realmente se entiende de qué está hecho el evento.
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